Posteado por: Javier | septiembre 8, 2010

Liberalismo clásico, breve historia (I): la Revolución Inglesa del s. XVII

La presente entrada, más que una nueva, es la refundición en una sola de dos publicadas separadamente hace algún tiempo, bastante idóneas, sin embargo, aparte de que siempre habrá lectores nuevos que no las hayan leído, para un pequeño recorrido histórico que quiero iniciar sobre los orígenes del liberalismo clásico. Esta historia comienza en la Inglaterra de principios del siglo XVII.

Allí, en aquella época, nos encontramos con una situación en la que los burgueses, dedicados al comercio y a la producción de mercaderías, y la “gentry”, nobles dedicados al comercio, cada vez prosperaban más rápidamente, mientras la nobleza más tradicional veía menguar su posición frente a estos debido a que su única fuente de riqueza la propiedad de tierras. La monarquía intentó revertir esta situación poniendo límites al desarrollo de las actividades económicas de los burgueses, creando nuevos impuestos y aumentando los ya existentes, así como desplegando un agresivo intervencionismo económico, participando directamente en algunas de las actividades industriales y comerciales, con el resultado que, no podía ser de otra forma, tenía que producirse: aumento de precios, desocupación y descontento general. El Parlamento inglés estaba en contra de las medidas fiscales impuestas por el monarca, al ser imposible controlar el destino del dinero recaudado, más aún, desde que la corona comenzó a exigirlos aunque no tuvieran la aprobación del Parlamento.

A partir de 1639, los acontecimientos comenzaron a precipitarse. Los burgueses se negaron a pagar impuestos y la Cámara de los Comunes se opuso a destinar fondos a un ejército personal del rey Carlos I destinado a sofocar la rebelión independentista de los escoceses, en 1640. Gran parte de la burguesía apoyó a la Cámara y en 1642 estalló la guerra civil. Los parlamentarios, dirigidos por Oliver Cromwell, quien organizó rápidamente un ejército revolucionario, el “New Model Army”, recibieron fundamentalmente apoyo de las regiones industriales y comerciantes del sur y el este del país y de los puritanos mientras que los realistas recibieron el de las agrícolas del norte y el oeste y el de la Iglesia Anglicana.

Cromwell, conocido como el “Lord Protector”, iba a ser la figura clave en el devenir de Inglaterra en los años siguientes. “Confiad en Dios, muchachos, y mantened la pólvora seca” y “Por la libertad del Evangelio y por la ley de la tierra” son dos de sus citas más conocidas. Educado en un hogar protestante, puritano y hondamente anticatólico, estaba convencido, cómo no, de que la salvación eterna era para todos los que se conformaban con las enseñanzas de la Biblia y de actuar por voluntad divina. Durante toda su vida se enfrentó tenazmente a la Iglesia Católica y a las reformas del rey inglés Carlos I en la Iglesia de Inglaterra, quien intentaba asimilarla en lo estructural y lo ceremonial a la católica.

Su revolución no buscaba implantar una utopía en la tierra ni hacer tabla rasa con todo y empezar a construir otra cosa, sino defender libertades preexistentes, que entendía de origen divino. Curiosamente, no era un democratista pero sí un partidario de la tolerancia religiosa, del parlamentarismo y de la propiedad privada, así como de la idea de la igualdad ante la ley, y de que, con talento, cualquiera, con independencia de su origen, podía llegar a lo más alto. Él mismo, en solo ocho años, pasó de no tener experiencia militar alguna a estar al mando del ejército del Parlamento, demostrando un gran genio como estratega durante la guerra civil. En el ejército parlamentario se hizo famoso por elegir a sus oficiales por el mérito y no por su origen nobiliario.

No hay duda alguna, en definitiva, de que el legado de Cromwell tiene muchas más luces que sombras, como el de los puritanos, en la defensa de la libertad. Como antes he comentado en alguna ocasión, inspirados en la idea teológica calvinista de que el ser humano tiende al mal, al estar inclinado por naturaleza al pecado, insistieron en la división de poderes para que unos pudieran controlar a otros y la acumulación no llevara a la tiranía. Juan Calvino había escrito en “Institución de la Religión Cristiana”, obra clave para entender el pensamiento reformado, que “Porque las Escrituras nos enseñan que una república bien constituida es un singular beneficio de Dios, mientras que por otros lado, un Estado desordenado con gobernantes impíos y pervertidores de la ley es un signo de la ira de Dios en contra nuestra… Por lo tanto, aun cuando el mundo está inundado con un diluvio de impiedad e iniquidad, no nos maravillemos si vemos tanto pillaje y robos por parte de la gente en todas partes, y reyes y príncipes que piensan que ellos merecen todo lo que ellos desean, simplemente porque nadie se les opone” y que “Y por eso, el vicio y los defectos de los hombres son la razón de que la forma de gobierno más pasable y segura sea aquella en que gobiernan muchos, ayudándose los unos a los otros y avisándose de su deber; y si alguno se levanta más de lo conveniente, que los otros le sirvan de censores y amos”. Bebiendo de esta idea, los puritanos apostaron por garantizar derechos no utópicos, sino realistas a favor de la libertad individual, como el de propiedad privada, el de controlar las subidas de impuestos o el de libertad de conciencia. Su herencia quedaría cristalizada más tarde en la constitución norteamericana y en su sistema de “frenos y contrapesos”. Pero de esto habrá tiempo de hablar más adelante.

Los parlamentarios resultaron vencedores, tras la derrota de las tropas realistas en Marston Moore (1644) y Naseby (1645), expulsando a la nobleza del Parlamento y proclamando la república en 1649, tras la decapitación de Carlos I. El poder absoluto de la monarquía había desaparecido. Es de reseñar, no obstante, que, al principio de la guerra civil, Cromwell quería solamente que Carlos I aceptara reinar junto con el parlamento, pese a que fue, finalmente, el principal artífice de su ejecución.

Sus campañas militares en los años siguientes dieron a Inglaterra el control de Escocia e Irlanda. Allí Cromwell no es recordado, precisamente, con demasiada simpatía. No obstante, como con cualquier hecho histórico hay que ver los hechos en su contexto y no desde un único prisma.

Con respecto a Escocia, Cromwell estuvo dispuesto a admitir su independencia hasta que, en 1650, se produjo un intento por parte de los escoceses de restauración monárquica en Inglaterra, coronando a Carlos II, hijo de Carlos I, e invadiendo las tierras inglesas. Ahí Cromwell se vio obligado a reaccionar, derrotando a los escoceses en las batallas de Dunbar y Worcester, conquistando Escocia.

En Irlanda, es cierto que hubo hechos injustificables, aunque la propaganda de los partidarios de la monarquía se encargó de inflar enormemente los mismos, pintando a Cromwell como un monstruo sanguinario, responsable de múltiples asesinatos de inocentes, aparte de que la intervención de sus tropas se produjo después del ataque por parte de los católicos a los protestantes irlandeses.

Como Lord Protector, hasta su muerte en 1658, llevó una política tolerante en lo religioso, a excepción de para los católicos, aunque, también es cierto, no comparable a la persecución a los protestantes que existía en la Europa católica. Permitió el regreso a Inglaterra de los judíos, 350 años después. Reorganizó la hacienda pública y fomentó la liberalización del comercio, a fin de asegurar la prosperidad de la burguesía mercantil. Su legado dejó una gran impronta en la Revolución Gloriosa de 1688, tras la cual, se eliminaron los privilegios reales, aristocráticos y de las corporaciones, los monopolios, las prohibiciones, los peajes y los controles de precios, que obstaculizaban la libertad de comercio y de industria, se crearon y fortalecieron instrumentos que servían para el desarrollo de las nuevas actividades económicas, se creó el Banco de Inglaterra y se generalizaron las sociedades anónimas, se difundió la tolerancia religiosa y se protegió el progreso de la ciencia.

Sin embargo, tras su muerte, la única experiencia republicana en la historia de Inglaterra, acabó con la restauración de la monarquía con la coronación de Carlos II, en 1660, por el Parlamento. El rey, como una de sus primeras medidas, ordenó la exhumación del cadáver de Cromwell para cortarle la cabeza y exponerla encima de un palo delante de la Abadía de Westminster. Hoy día, de hecho, se desconoce el lugar exacto en donde se encuentran los restos de Cromwell. Su estatua sobresale delante del Palacio de Westminster y, actualmente, figura como el décimo inglés más popular de todos los tiempos.

Carlos II aceptó la potestad parlamentaria para la elaboración de leyes y la aprobación de impuestos. Los problemas comenzaron de nuevo con la subida al trono de Jacobo II, católico y con tendencias fuertemente absolutistas. Éste intentó reimplantar de nuevo la monarquía absoluta, disolviendo el Parlamento en 1687 y creando un ejército personal con numerosos católicos romanos en los mandos de mayor importancia, pero se encontró con la oposición frontal de los nobles, quienes no eran católicos. Se forjó un nuevo acuerdo entre nobleza y burguesía con el fin de destronar al rey. En realidad, no solo influyeron en esto las ideas absolutistas de Jacobo sino también su política religiosa y su intento de instaurar una dinastía católica en Inglaterra.

En 1688, ambos grupos ofrecieron la corona de Inglaterra al príncipe holandés Guillermo de Orange con dos condiciones: debía mantener el protestantismo y dejar gobernar al Parlamento. El 30 de junio de ese año, un grupo de nobles protestantes, conocido como los “Siete Inmortales”, le solicitaron venir a Inglaterra con un ejército. Para septiembre estaba claro que Guillermo intentaría invadir el país y aun así, Jacobo cometió el error de rechazar la ayuda de Luis XIV, el rey de Francia y el monarca católico más poderoso de Europa, ante el temor de que los ingleses se opondrían a la intervención francesa. Cuando Guillermo de Orange llegó a Inglaterra el 5 de noviembre de 1688, todos los oficiales protestantes del rey desertaron. Jacobo, abandonado por todos los grupos sociales (incluida su propia hija, Ana), abdicó del trono.

La Gloriosa Revolución, que abolió definitivamente la monarquía absoluta e inició en Inglaterra la época de la monarquía parlamentaría, con la participación de los súbditos en el gobierno del Estado a través del Parlamento, había triunfado sin violencia y sin derramamiento de sangre, sin guillotinamientos a mansalva y sin genocidios de “enemigos del Estado”, como el de La Vendée, a diferencia de la Revolución Francesa de 1789.

Guillermo y su esposa María fueron coronados juntos en la Abadía de Westminster el 11 de abril de 1689 por el obispo de Londres, Enrique Compton. Normalmente, las coronaciones de los monarcas ingleses eran realizadas por el arzobispo de Canterbury, pero el arzobispo de entonces, Guillermo Sancroft, se negó a reconocer la deposición de Jacobo II. En el día de la coronación, la convención de los Estados de Escocia declaró que Jacobo no era más el rey de Escocia. Ofrecieron a Guillermo y María la corona escocesa, quienes la aceptaron el 11 de mayo, convirtiéndose el primero en Guillermo II de Escocia.

En diciembre de ese año, uno de los documentos constitucionales más importantes de la historia inglesa, el Acta de Derechos (“Bill of Rights“), fue aprobada, estableciéndose una serie de obligaciones y deberes del Rey y el Parlamento: 1) El Rey no podría crear o eliminar leyes o impuestos sin la aprobación del Parlamento; 2) El Rey no podría cobrar dinero para su uso personal, sin la aprobación del Parlamento; 3) Sería ilegal reclutar y mantener un ejército en tiempos de paz, sin aprobación del Parlamento; 4) Las elecciones de los miembros del Parlamento deberían ser libres; 5) Las palabras del Parlamento no podrían obstaculizarse o negarse en ningún otro lugar; 6) El Parlamento debería obligatoriamente reunirse con frecuencia.

El depuesto Jacobo, por supuesto, como buen déspota, no estaba en absoluto conforme con haber perdido la corona, intentando, a través de sus partidarios en la católica Irlanda, recuperar el trono inglés, con la ayuda de Francia.

Un primer levantamiento en apoyo de Jacobo se produjo en 1689, dirigido por John Graham de Claverhouse, conocido como “Bonnie Dundee”, quien levantó un ejército de clanes de las Highlands. En Irlanda, los católicos locales dirigidos por Richard Talbot I, conde de Tyrconnel, tomó todos los lugares fortificados de la isla excepto Derry, en un intento de conservar el reino para Jacobo. Éste mismo desembarcó en Irlanda con 6.000 soldados franceses para tratar de recuperar el trono, en la que fue llamada en la Guerra Guillermita de Irlanda, y que duró desde 1689 hasta 1691. En solo un año, la Revolución Gloriosa se estaba viendo amenazada.

La derrota decisiva de los jacobitas tuvo lugar el 1 de julio de 1690, cerca de Drogheda, en la costa este de Irlanda, la que fue llamada Batalla del Boyne. En ella, los guillermitas derrotaron fácilmente a las tropas jacobitas, formadas principalmente por soldados recién reclutados y poco preparados.

Los jacobitas fueron desmoralizados por su derrota, por lo que muchos infantes irlandeses desertaron. Los guillermistas marcharon triunfalmente sobre Dublín dos días después de la batalla. El ejército jacobita abandonó la ciudad y se retiró a Limerick, donde fueron sitiados. Después de su derrota, Jacobo no se quedó en Dublín, sino que cabalgó con una pequeña escolta a Duncannon y regresó al exilio en Francia. Su apresurada huida enojó a sus partidarios irlandeses, que, no obstante, siguieron luchando hasta la firma del Tratado de Limerick, en 1691.

Para Jacobo fue el final de la esperanza de recuperar su trono, asegurándose el triunfo de la Revolución Gloriosa. En Escocia, los Highlanders abandonaron la Rebelión Jacobita, ante las noticias de la batalla.

Los logros de la Revolución Gloriosa se habían salvado.

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Responses

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  2. Muchas gracias.

    Me está gustando wordpress. Te permite crear una bitácora elegante y sencilla a la vez. Y las estadísticas también están muy bien, al no contar tus propias visitas.

    Saludos.

  3. […] historia ya la conté en una entrada larga y esta que reproduzco aquí, publicada hace un año, como pequeña conmemoración, es de Godopunk […]

  4. muchas gracias estubo bien eso es lo que necesitaba gracias aunque falto un poco

  5. […] la Revolución Gloriosa y la Batalla del Boyne lo hice en dos entradas de hace algunos años: AQUÍ y […]


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