Posteado por: Javier | octubre 30, 2010

Liberalismo clásico, breve historia (IV): David Hume

David Hume (1711 – 1776), nacido en Edimburgo, desarrolló, a lo largo de su vida, varias facetas como abogado, político, historiador, economista y filósofo, constituyendo una de las figuras más importantes de la Ilustración Escocesa y aquel que desarrolló la idea del empirismo radical.

Nació en el seno de una familia emparentada con la aristocracia, aunque de modesta fortuna. Estudió durante un tiempo leyes en la Universidad de Edimburgo por voluntad de su familia. Pese su falta de interés por la profesión, logró acceder a la profesión de abogado, la cual estuvo ejerciendo durante unos meses en Bristol. No obstante, ya desde muy joven Hume manifestaba, según sus palabras, “una aversión insuperable hacia todo lo que no fuera la investigación filosófica y el saber en general”, por lo que abandonó su trabajo y viajó a Francia, instalándose en La Fleche, donde permaneció entre los años 1734 y 1737, dispuesto a dedicarse exclusivamente a la filosofía. Durante los cuatro años que permaneció allí, diseñó su plan de vida, como escribiría en “De mi propia vida”, decidiendo “hacer que una estricta frugalidad supla mi falta de fortuna, para mantener mi independencia intacta, y para considerar todos los objetos contingentes excepto la mejoría de mi talento para la literatura”. En La Fleche escribió su “Tratado de la naturaleza humana”, considerada su obra más importante y uno de los libros más relevantes de la historia de la filosofía, teniendo, sin embargo, muy poco éxito en Gran Bretaña. El mismo Hume afirmó sobre la fría acogida popular a su primera obra que “Nacido muerto desde la imprenta, sin ni siquiera alcanzar la distinción necesaria para levantar un murmullo entre los fanáticos. Pero, de temperamento alegre y optimista, me recuperé pronto de la decepción y proseguí con ardor mis estudios”. Como podemos observar, nada hacía dar su brazo a torcer a Hume en su afán de dedicarse en cuerpo y alma a la filosofía.

Escribiría, para intentar resarcirse de la decepción, “Un resumen de un libro publicado recientemente; titulado, Tratado de la naturaleza humana. Donde el argumento central del libro se ilustra y explica”, sin revelar su autoría, intentando hacer su trabajo más inteligible acortándolo, pero incluso esta labor publicitaria que intentó con esta obra no consiguió que se despertase interés entre el público por el “Tratado”.

En 1744, tras publicar “Ensayos de moral y política”, solicitó una cátedra de ética en la Universidad de Edimburgo, siendo desechada su solicitud. Al año siguiente, mientras ejercía de tutor del Marqués de Annandale, comenzó a recopilar información y redactar su gran obra “Historia de Gran Bretaña”, que abarcaba desde los reinos sajones hasta la Revolución Gloriosa de 1688. En 1752, la Facultad de Derecho de su ciudad natal le eligió como bibliotecario, un empleo por el que recibía escasos o nulos emolumentos, pero que puso bajo su mando una gran biblioteca, la cual le sirvió como fuente de datos inigualable para su macro-obra histórica. Con este tratado, por fin, sí encontró el éxito que llevaba tantos años buscando.

Su ateismo, una de las ramas de su escepticismo, latente en algunos de sus libros, como “De la superstición y la religión”, “Del suicidio”, y “De la inmortalidad del alma” y sus “Diálogos sobre la religión”, los cuales no se publicaron hasta después de su muerte (del “Tratado de la naturaleza humana no” no reclamó la autoría hasta el año de su fallecimiento, 1776), aunque no evidente, hasta el punto de que se especula, sobre si, en realidad era deista, le ocasionó no pocos problemas con la Iglesia de Escocia. Hume fue acusado de herejía, pero sus amigos le defendieron alegando que al ser ateo estaba fuera de la jurisdicción de la Iglesia estatal de Escocia. A pesar de resultar absuelto y, posiblemente, debido a la oposición de Thomas Reid, quien criticó duramente sus ideas filosóficas desde el punto de vista cristiano, le fue denegada la cátedra de filosofía en la Universidad de Glasgow. No fue el único cargo que le fue denegado en vida por su escepticismo, al igual que en otras cuestiones, sobre el cristianismo, algo que mantuvo hasta su muerte. En sus últimas semanas, recibió la visita de James Boswell, a quien Hume dijo que sinceramente veía la vida después de la muerte como “el capricho más irracional”.

Hume volvió a Francia en 1763, estableciéndose en París, donde permaneció hasta 1765, período en el que ejerció como secretario de Lord Hertford, y donde se ganó la admiración de Voltaire y fue agasajado por las damas de la alta sociedad, haciendo amistad, además, con Rousseau. La añoranza de su Escocia natal, sin embargo, hizo que, en 1768, volviera a establecerse en Edimburgo. En 1770, Kant afirmó que los escritos de Hume le habían despertado de “sueños dogmáticos”, haciendo que Hume comenzase a gozar del reconocimiento del cual, hasta entonces, había carecido. El 25 de agosto de 1776 exhaló su último aliento. Hume. viendo la cercanía de la muerte, había dejado escrito su propio epitafio: “Nacido en 1711, Muerto en 1776. Dejando a la posteridad que añada el resto”, que está grabado conjuntamente con el año de su fallecimiento en la sencilla tumba romana que él mismo eligió y que está situada, como deseaba, en la ladera este de Calton Hill,  desde la que se ve su casa, en el número 1 de St David Street del New Town de Edimburgo.

Como con John Locke, voy a hablar un poco tanto de su teoría filosófica como de la aplicación de sus ideas a la política.

Hume encabeza su Tratado sobre la Naturaleza Humana” diciendo que No hay un asunto de importancia, cuya decisión no esté comprendida en la ciencia del hombre; y no hay ninguna que pueda ser decidida con alguna certeza, antes de que conozcamos esa ciencia”, así como que “Y como la ciencia del hombre es la única fundamentación sólida de las otras ciencias, por tanto la única fundamentación sólida que le podemos dar a esta misma ciencia debe ser basada en la experiencia y la observación”. Hume creía que todo el conocimiento humano proviene de los sentidos, de la experiencia y la observación, desarrolló el empirismo radical en su teoría. Nuestras percepciones, como él las llamaba, pueden dividirse en dos categorías: ideas e impresiones. Así define estos términos en su “Investigación sobre el entendimiento humano”:“Con el término impresión me refiero a nuestras más vívidas impresiones, cuando oímos, o vemos, o sentimos, o amamos, u odiamos, o deseamos. Y las impresiones se distinguen de las ideas, que son impresiones menos vívidas de las que somos conscientes cuando reflexionamos sobre alguna de las sensaciones anteriormente mencionadas”. Más adelante precisa el concepto de las ideas, al decir que “Una proposición que no parece admitir muchas disputas es que todas nuestras ideas no son nada excepto copias de nuestras impresiones, o, en otras palabras, que nos resulta imposible pensar en nada que no hayamos sentido con anterioridad, mediante nuestros sentidos externos o internos”. Esto constituye un aspecto importante del escepticismo de Hume, en cuanto equivale a decir que no podemos tener la certeza de que una cosa, como Dios, el alma o el yo, exista, a menos que podamos señalar la impresión de la cual, esa idea, se deriva.

Hume rechazaba tanto el denominado Iluminismo, que desembocó, a través de la diosa razón, en la Revolución Francesa, como lo que él consideraba “superstición” cristiana. Para él, en la línea de Locke, sólo somos salvados de una duda total, por los elementos no racionales de nuestra mente: las ideas surgidas a través de las impresiones que nos han producido aquello que ha llegado a nuestros sentidos. En definitiva, consideraba que no existía más conocimiento que el que surge de la experiencia y de la observación. Para él, las creencias procedían de lo que llamaba “imaginación”.

Ya, en materia política, Hume, al igual que Locke, reconoce la necesidad del gobierno para la sociedad, aunque no reconoce que necesariamente tenga que existir contrato social alguno que lo legitime como tal. Así, dice que: “Habiendo encontrado que la justicia natural como la civil, deriva de las convenciones humanas, rápidamente percibimos cuán infructuoso es resolver la una con la otra, y buscar en las leyes de la naturaleza, una fundamentación más fuerte de nuestros deberes políticos que el interés en las convenciones humanas”. Para Hume, el gobierno es necesario, sin necesidad de contrato social alguno previo, para que los hombres vivan en sociedad, porque sin leyes, magistrados y jueces no se podrían impedir los abusos de los fuertes sobre los débiles, de los violentos sobre los justos y equitativos. Ahora bien, o el gobierno surge pacíficamente y es la propia sociedad quien lo instituye, como señalaba Locke, o, por el contrario, es el resultado de la coacción de unos sobre otros. Hume no consideraba la existencia del contrato previo de la sociedad con algunos de sus miembros para que se constituyeran en gobierno, porque, si eso fuera así, la obediencia de los ciudadanos dependería de la promesa dada, cuando la razón real de la obediencia de los individuos al gobierno no es que tengan pacto alguno que cumplir, sino la subsistencia de la propia sociedad. De hecho, la inicial amistad entre el empirista Hume y el soñador Rousseau no tardó en comenzar a deteriorarse: no es muy difícil imaginar por qué.

En su obra “Del origen del gobierno” empieza diciendo que: “Nada es más cierto que los hombres son, en gran medida, gobernados por interés, y aún cuando extiendan su concernimiento más allá de ellos mismos no es a una gran distancia; tampoco es usual para ellos, en la vida común, el mirar más lejos que sus amigos cercanos y conocidos. [...] Los hombres no son capaces de amar radicalmente, bien fuere en ellos mismos o en otros, esa estrechez del alma que los hace preferir el presente a lo remoto. No pueden cambiar su naturaleza. Todo lo que pueden hacer es cambiar su situación, y hacer de la observación de la justicia el interés inmediato de alguna persona en particular y su violación la más remota”. Lo que une a los hombres es la simpatía, aquello que hace que nos alegremos ante la felicidad de los más cercanos a nosotros y nos entristezcamos ante su desdicha, y la utilidad. Hume entiende que el gobierno representa el sistema que comprendería el interés de todo individuo, no solo el de los más cercanos. Muy posiblemente, habría sido el primer filósofo conservador: manifestó su desconfianza por los intentos de reformar la sociedad para llevarla lejos de la costumbre establecida, aconsejó a los pueblos que no se rebelasen contra sus gobernantes excepto en casos de flagrante tiranía  y pensaba que se debía equilibrar el anhelo de libertad con la necesidad de una autoridad poderosa, sin sacrificar ninguna de las dos. En su ensayo “Idea de la mancomunidad perfecta” defendió la separación de poderes, la descentralización, los límites al poder de las iglesias sobre el gobierno, extender el derecho de sufragio a todo el que tuviera propiedades de valor, mediante elecciones que deberían tener lugar anualmente, sin que los representantes del pueblo recibieran retribución alguna por ello.

En relación a la propiedad privada, Hume la entendía como algo justificado por el carácter limitado de los bienes disponibles. No la definió como un derecho natural pues era un concepto que rechazaba absolutamente. Hume igualaba lo útil a lo bueno y, en virtud de aquello, la propiedad privada debía ser apoyada porque es socialmente útil bajo las condiciones existentes, es decir, cuando los bienes son escasos y los hombres ponen sus propios intereses por encima de los intereses de los demás. Evidentemente, si se pudiera disponer libremente de todas las cosas en cantidades ilimitadas o si todos los hombres se preocuparan por los demás tanto como por sí mismos, la propiedad privada dejaría de ser necesaria. Pero este no es el caso, ni los bienes son ilimitados ni la naturaleza humana es de un altruismo ni respeto ilimitado a lo ajeno.

Hume defendió ardientemente la distribución desigual de la propiedad privada, pues entendía que la igualdad total era la muerte para las ideas que llevaban a la prosperidad: el trabajo y el ahorro. Una sociedad en la que, desde el poder, se impusiera una igualdad exactamente precisa entre la cantidad de bienes de cada individuo degeneraría en totalmente empobrecida, pues no se cultivarían ninguna de las dos virtudes anteriores: iguales, sí, pero igual de pobres. No solo eso, la igualdad perfecta devendría en tiranía o anarquía: la tiranía si el gobierno hubiera de mantenerla forzosamente, evitando “desigualaciones”, y la anarquía si la igualdad de la propiedad hubiera de dinamitar la base del poder político, convirtiendo a cada hombre en su propia ley. Cada persona debería disfrutar, si ello fuera posible, de los frutos de su propio trabajo, igualando el porcentaje de carga tributaria mediante la proporcionalidad. Igualmente, la riqueza de otros miembros de la comunidad no debe ser vista con recelo ni envidia por nadie, puesto que contribuirá a aumentar la riqueza de uno mismo: los demás consumen los productos de mi trabajo y yo, a la vez, consumo sus productos como pago. La envidia es uno de los elementos psicológicos que más retraso económico, a la larga, causan en un país. Hume llega más allá, pensando que lo mismo que era aplicable a los individuos podía predicarse también de las naciones: en una de sus citas más célebres, afirmaba que como súbdito inglés, hacía votos por el florecimiento del comercio de Alemania, España, Italia e “incluso por el de la misma Francia”.

Por un lado, desarrolló la teoría del “mecanismo de flujo especie-dinero” según la cual, suponiendo que estuviéramos en un sistema de patrón oro, cuando un país tiene una balanza comercial positiva, es, principalmente exportador, incrementa sus flujos entrantes de oro. Esto provocaría una inflación de su nivel general de precios, que erosionaría la ventaja competitiva del país y reduciría, finalmente, sus exportaciones. De este modo, el patrón oro permitiría restaurar automáticamente el equilibrio en la balanza de pagos de un país. Para Hume, la teoría monetaria del interés, mantenida por el mercantilismo, que dice que el tipo de interés es inversamente proporcional a la oferta de dinero, era incorrecta. En lugar de ello, el tipo de interés reflejaría la oferta y la demanda de capital real, factores éstos, a su vez, que dependen de los “hábitos y formas de vida de la gente”.

Hume desarrolló una teoría de la inflación beneficiosa, pensaba que un incremento de la cantidad de dinero, producido, por ejemplo, por una balanza comercial favorable era algo que estimularía la producción a corto plazo, gracias al margen entre el incremento del suministro de dinero y los precios. A diferencia de la teoría cuantitativa del dinero, según la cual, el incremento de la oferta monetaria tenderá a producir una inmediata elevación de los precios, Hume, en una idea que, en el siglo XX, recogería el keynesianismo, pensaba que los precios no se elevarían en un primer momento. En todo caso, lo harían pasado un tiempo, de forma no demasiado abrupta y no necesariamente en todos los sectores de la economía. En este lapso entre la elevación de la oferta de dinero y la subida de los precios es cuando se produciría los efectos beneficiosos de esta medida, en forma de expansión de los ingresos y el empleo.

Ni que decir tiene que el tiempo y el empirismo, nunca mejor dicho hablando de Hume, ha desmentido esta tesis de que la inflación sea beneficiosa para el crecimiento económico de un país y de que un aumento del dinero en circulación no produzca un inmediato aumento de los precios. La oferta de dinero es el único factor determinante del nivel de gasto y de la actividad económica, de forma que, para asegurar la estabilidad de precios, el banco central debe establecer un índice de crecimiento de la oferta de dinero a una tasa aproximadamente igual al crecimiento real de la economía. Precisamente, la inflación se produciría al haber más dinero en circulación del que debería haber, de acuerdo a las reservas del banco central y a la actividad económica en general (si nosotros tenemos unas reservas de 25.000 millones de dólares, el circulante en euros no debiera superar esos 25.000 millones o, de lo contrario, se devaluará). Para evitar esta situación, la oferta de dinero debe crecer a un porcentaje fijo, no a uno variable, y que sea bajo, para así evitar la inflación, pero ajustado al crecimiento del país a largo plazo.

Tampoco estoy de acuerdo con su empirismo radical, todo hay que decirlo. Más bien, me parecen demasiado rígidos tanto el empirismo dogmático como el racionalismo a ultranza, siendo mucho más aceptable la tesis de que existen una serie de ideas y aptitudes innatas, pero dándole también su papel al empirismo a la hora de adquirir conocimientos.

En todo caso, David Hume fue un pensador imprescindible para el desarrollo del liberalismo.

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