¿Qué quieren que les diga?

Lo cierto es que me hacen bastante gracia rumores que corren en las últimas fechas en torno a mi persona en los que se me tacha de “judío” (como si eso fuera malo de por sí) y que estoy a favor de la “inmigración invasión”, solo ha faltado decir que soy “negro” (tiempo al tiempo), y lo mismo que a lo anterior se puede aplicar: como si fuera algo malo en sí mismo.

Gracia digo pues, habitualmente, casi siempre me han tachado de todo menos bonito y guapo (aunque lo sea, aparte de español), pero en el sentido contrario: que si soy “facha”, que si soy un “belicista”, que si soy “racista”, que soy “anti-moro” (cuando lo que siempre condenaré es el terrorismo, sea lo que sea, reitero y deletreo: el T-E-R-R-O-R-I-S-M-O) que si me gustaría “tener sirvientes negros”, que si hoy apoyaría a los confederados por eso de esclavizar a los negros, que si hoy me molaría el apartheid que existía en la República Sudafricana.

Nada nuevo bajo el sol: ya sabemos la cantidad de malditos ignorantes catetos y tontitos telebasurizados que campan a sus anchas por el suelo patrio.

A mí esto es algo que ya me duele la boca de decirlo: por mí, si de mí dependiera, que España fuera un país étnicamente mucho más homogéneo, a ser posible cristiano (que no “católico”, aunque esto, ahora mismo, sea mucho pedir; por mí que la bonita bandera protestante ondease al lado de la hermosa rojigualda monárquica), pero por motivos ante todo de mantener la paz y el equilibrio en las relaciones interétnicas. Un inmigrante no tiene porque ser un delincuente, pero sí llegan ilegalmente bastantes elementos delictivos y eso es una bomba que hay que evitar en la medida de lo posible. Pero hay que trabajar con lo que hay. Lo irreal es pensar que se va a poder “pescar” a todos y deportarlos, puesto que, además, para ello habría que implantar casi un estado policial y ningún liberal quiere eso. Todo el mundo, unos más otros menos, tiene un cierto pensamiento y forma de actuar racialista (y eso es aplicable a todas las etnias) en su contacto con otras razas, hasta los “multicultis”, aunque lo nieguen, pero a ver si nos enteramos y esto lo puede entender hasta un lector de “Minuto Digital“: legislar en función de la raza o la genética es totalitario y antiliberal. Si, vale, Abraham Lincoln o Winston Churchill, en sus tiempos, tenían un pensamiento racialista, hasta ahí de acuerdo, pero ¿cómo actuaron en la práctica?

Por otra parte: atropellar a un moro, aunque sea un ladrón, es delito aquí y donde sea. El castigo al delincuente lo tiene que ejercer el Estado, no una “justiciera” al volante, aunque haya sido víctima del robo de su bolso. Más que nada lo digo porque parece que me voy a tener que preocupar otra vez, ya que parece que hay sensibleros a los que molesta que me preocupe que más que liberales haya muchos admiradores de Charles Bronson (Pinchando sobre el enlace verán a qué me refiero).

Esto ha sido una pequeña introducción a esta entrada, un poco de transición entre las anteriores y otros asuntos que trataré en próximos días.

Hablando de racismo y terrorismo, una figura que convendría desmitificar es la de Nelson Mandela, el ex presidente sudafricano.

Vamos a ver, el régimen del apartheid en Sudáfrica era injusto por muchos motivos y ya en los años 80 se hacía necesario que se produjesen cambios, y muy profundos, sobre todo cuando la Guerra Fría estaba tocando a su fin y, tras el tapado de nariz por el peligro del expansionismo soviético en el sur de África, había que presionar al gobierno sudafricano para que introdujese reformas pues era intolerable que los negros viviesen en una situación de discriminación en su propio país (lo era, pese a esa ficción de los “bantustanes”) por parte de su propio gobierno, aunque el nivel de vida de un negro sudafricano fuera superior al de cualquier otro del resto de países de este continente. Eso último también era una realidad: no en vano, muchos trabajadores negros, de países gobernados por dictaduras marxistas y tiránicas, habían emigrado a Sudáfrica. El propio Mandela recibió una licenciatura en Derecho de la Universidad del Sur de África, y también estudió en la Universidad de Fort Hare y la de Witwatersrand, todo con el dinero de los contribuyentes blancos. A finales de la década de 1960, los negros en Sudáfrica tenían la mayor tasa de alfabetización de todos los negros en África, y desde la de 1970, el presupuesto para la educación de negros se elevó más que cualquier otro departamento gubernamental. En 1985, había alrededor de 80.000 estudiantes que asistían a universidades negras en Sudáfrica (incluyendo los bantustanes). Hacia las últimas etapas del apartheid, en 1987, el 56% del presupuesto del gobierno se dedicó a los negros, a pesar de que los blancos pagaban el 77% de los impuestos. Y, es más, es significativo que ni un solo político de la etapa del Partido Nacional haya sido juzgado en Sudáfrica, ya con un gobierno de mayoría negra, por “crimen de apartheid”. Las cosas hay que criticarlas con la verdad, no en base a leyendas urbanas ni a ideas prefabricadas. La injusticia fundamental en Sudáfrica era la falta de igualdad política y ante la ley.

Además de esto, para la propia minoría blanca de Sudáfrica estaba claro en los 80 que el apartheid era demográficamente insostenible en un futuro inmediato. Cuando el Partido Nacional implantó legalmente el apartheid en 1948, los blancos eran el 21% de la población sudafricana. Sin embargo, en los años 80 los blancos eran ya solo el 15%, con lo que dificilmente iban a poder mantener un aparato policial y militar que mantuviera controlada a los negros con una diferencia tan aplastante de población.

Hay algo que aclarar: Mandela no estuvo en prisión por oponerse al apartheid, sino por las actividades terroristas del grupo que lideraba, el Congreso Nacional Africano (CNA). La mismísima ONU, pese a sus sanciones a Sudáfrica, lo consideraba un terrorista por aquellos tiempos. El propio Senado de EEUU no excluyó a Mandela de su lista de presuntos terroristas hasta junio de 2008. John Kerry, el candidato demócrata a las elecciones presidenciales de 2004 y uno de los promotores de la iniciativa, dijo que esperaban “borrar por fin la enorme vergüenza de haber deshonrado a este gran líder al haberle incluido en la lista de terroristas de nuestro Gobierno”.

Pero, a pesar de lo dicho por Kerry, lo cierto es que Mandela fue solo uno más de los agentes del totalitarismo soviético en África durante la Guerra Fría, que se sirvió de numerosos grupos armados y terroristas a lo largo y ancho del mundo como medio de desestabilización. Era el dirigente del brazo armado del CNA y del Partido Comunista de Sudáfrica, el “Umkhonto we Sizwe”. Mandela no fue a parar a la prisión de Robben Island por oponerse al apartheid. ¿Por qué, solo por poner un ejemplo, el obispo anglicano Desmond Tutu, tan negro como Mandela, se opuso también firmemente al apartheid y nunca fue encarcelado? Mandela no recibió durante su encarcelamiento ni siquiera el apoyo de Amnistía Internacional, tan dada a hacer bandera de casos como este, ya que, pese a haber estado implicado en numerosos crímenes violentos, su juicio había sido razonablemente justo. Crímenes de los que no solo fueron víctimas blancos, sino incluso negros que no simpatizaban con el CNA.

¿Cómo no iba a ser condenado a prisión si fue hallado culpable de 156 actos de violencia pública que incluían oleadas de atentados con bomba, muchos de ellos en lugares públicos, como el atentado en la estación de ferrocarril de Johannesburgo? Por no hablar de bombas en grandes almacenes, intentos de sabotaje a instalaciones nucleares, purgas virulentas de críticos y opositores dentro de los propios negros, ataques cruentos a granjeros blancos o el apoyo de Mandela y el CNA a regímenes sanguinarios como el de Fidel Castro en Cuba, el de Robert Mugabe en Zimbabwe (autor de su propio apartheid, pero este contra la población blanca, aunque ninguna plañidera internacional se propusiera a denunciarlo ni a poner el grito en el cielo como con Sudáfrica) o el régimen comunista chino, muchísimo más represivo que el sudafricano, simpatías que eran mutuas, por supuesto.

El presidente sudafricano Pieter Botha ofreció a Mandela la libertad en algunas ocasiones a cambio de una renuncia a la lucha violenta, lo que éste rechazó. Lo cierto es que, y esto es una realidad, durante las cuatro décadas de gobierno del Partido Nacional, aproximadamente se calcula que unas 18.000 personas murieron en tumultos, atentados o víctimas de la represión por la policía o el ejército. Pese al aislamiento internacional, el acoso del bloque soviético (que bien se permitía dar lecciones de democracia en este caso) y una guerra de hostigamiento en su frontera dirigida desde Cuba, el nivel de vida era similar al de cualquier país occidental. Desde luego que el apartheid no es defendible pero, en la Sudáfrica actual, la cifra de muertes cada año ronda las 20.000, uno de los países del mundo en los que existe una mayor violencia, mayor índice de delitos y una de las tasas de contagio por VIH más disparadas, así como la situación económica se ha deteriorado enormemente. Entre 1996 y 2003, el desempleo en este país aumentó en un 39%, así como entre 1995 y 2002 el número de alumnos de primer grado se redujo en un 23%, y todo esto a pesar de un aumento de la población de seis millones

El problema ha sido el mismo que en otros casos: aplicar el revanchismo para pretender “corregir” una situación injusta anterior. A causa de la ola de violencia, cada vez más blancos abandonan el país, con el déficit de profesionales cualificados que ello está suponiendo. No solo en las ciudades, algo similar está sucediendo en el campo con los agricultores blancos. Incluso habitantes blancos de Sudáfrica que no hayan vivido el apartheid parece que deben pedir perdón y sufrir las consecuencias de aquello. Una muy buena pregunta que se ha hecho alguien negro, por cierto, como Thomas Sowell es Si resulta que es correcto discriminar hoy a individuos que no le han causado ningún daño, entonces ¿por qué estuvo mal discriminarle a usted en el pasado?”.

Es lo que tiene olvidar que, pese a algunas situaciones injustas, han sido los occidentales, con sus valores y su preponderancia, los que han permitido, justamente al final, que esas mismas situaciones estén un poco más cerca de erradicarse en todo el mundo.

———————————————————————————

———————————————————————————

Como curiosidad, algunos videos sobre la Sudáfrica del apartheid.

Durante las décadas del gobierno afrikáner del Partido Nacional, éste se vio obligado varias veces a declarar el estado de emergencia en todo el país debido a disturbios y revueltas en las zonas de población negra. Estas imágenes son del estado de emergencia de la segunda mitad de los 80. En el segundo video el presidente sudafricano Pieter Botha declara el estado de emergencia el 12 de junio de 1986:

.

.

Aquí algunas imágenes de la televisión sudafricana de aquellos tiempos:

.

About these ads