Posteado por: Javier | septiembre 25, 2011

Una vida de devoción

¿Estás viviendo una “vida de devoción” y comunión plena con Dios?

Vamos a empezar a ver hasta qué punto nuestras vidas deben alcanzar una plena comunión con Dios a través de dos textos, uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo:

Levítico 1:1-9: “Llamó Jehová a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a Jehová, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda. Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová. Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya. Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión. Y desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas. Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego. Luego los sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar; y lavará con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová”.

Romanos 12:1: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”.

Los versículos de Levítico nos pueden parecer un poco distantes y ajenos pues se describen en ellos una parte concreta de los sacrificios de animales del Antiguo Testamento, pero veremos que en absoluto. Mientras Israel vagaba por el desierto y hasta la construcción del Templo por Salomón, los distintos sacrificios expiatorios y ofrendas se realizaban en el patio exterior del Tabernáculo. Aquel era el sitio en que el pueblo estaba más cerca de la presencia de Dios, puesto que solamente los sacerdotes podían acceder al Santuario (hoy, gracias a la obra consumada de Jesucristo, como sacerdote y mediador, podemos llegar a tener el más pleno contacto con Dios). La conocida como “ofrenda quemada” u “ofrenda encendida” consistía en una consagración de la propia vida por entero a Dios, puesto que todo el animal era quemado sobre el altar del atrio del Tabernáculo. Este rito se encuentra derogado desde Cristo, aunque, no era la esencia del mismo su mecánica, sino su realización con arrepentimiento por el pecado y obediencia a Dios, exactamente igual que el culto actual.

La ofrenda obligatoriamente debía consistir en una cabeza de ganado vacuno u ovejuno, o sea, de aquellos animales que eran no sólo mansos, inocentes y apacibles, sino útiles y adecuados para alimento. Esta regla excluía caballos, perros, cerdos, camellos y asnos, que eran usados en sacrificios por algunas naciones paganas, como también animales y aves de presa, así como liebres o venados. No se permitía ofrecer ningún animal que tuviera alguna deformidad o defecto.

Las cabezas de ganado vacuno u ovejuno eran las más costosas, sobre todo cuando los israelitas pastoreaban en tierras semidesérticas, eran ofrendas de mucho valor y costo: la expiación no era barata (al igual que por un precio muy alto, la sangre de Cristo, fuimos adquiridos). Eso sí, en caso de pobreza, podían ofrecerse aves.

El holocausto se distinguía de los demás sacrificios en que toda la carne del animal se consumía sobre el altar. La idea del holocausto fue el entre­garse totalmente al Señor, lo que se simbolizaba en la combustión completa de lo ofrendado. Cuando Abra­ham rindió su corazón enteramente al Señor (y lo demostró ofreciendo a Isaac) entonces Dios permitió que se ofreciera el carnero en su lugar. En su corazón (su in­tento) Abraham ofreció a su hijo Isaac como Dios ordenó. Todo sacrificio debía tener este significado: los israelitas, al realizar los sacrificios debían entregarse a la voluntad de Dios, pues, de otro modo, no era sacrificio acepto y agradable, sino abominable. Dios abominaba y rechazaba estos mismos sacrificios cuando su pueblo los ofrecía de la manera insincera. A través de los años el pueblo de Israel continuó ofreciendo sacrificios, aunque al haberse rebelado contra la ley de Dios, eran idólatras, crueles e hipócritas (Isaías 1:10-20, Jeremías 6:20; 7:21-23, Oseas 6:6; 8:13, Miqueas 6:6-8, Malaquías 1:6-14; 2:13). Dios es el mismo ahora, no ha cambiado en nada, y el culto vacío todavía sigue siendo una ofensa para Él y una idolatría maldita. Jesús dijo, en Marcos 12:33, que “y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios”.

El holocausto aceptable, el realizado con fe y sometimiento a la voluntad de Dios, proporcionaba a quien realizaba la ofrenda la comunión con Dios. El pecado destruye esta comunión y por medio del sacrificio se restaura. La comu­nión con Dios se realiza ahora si aprovechamos el sacrificio de Cristo. En aquel momento, la sangre (la vida, según Génesis 9:4, 5 y Levítico 17:11) del animal era derramada y rociada sobre el altar. La vida del animal era en­tregada a la muerte y Dios la aceptaba para “cubrir” (hacer expiación de) los pecados de aquel que ofrendaba. La palabra “expiación” significa literalmente “una cubierta”. Por medio del holocausto presentado volun­tariamente y administrado por el sacer­dote, el israelita tenía sus pecados cubier­tos y él mismo fue cubierto, protegido de la pena que sus pecados merecían, hasta que llegase el momento en que Dios olvidase eternamente los pecados de los miembros de Su pueblo de todas las épocas y lugares del mundo, por medio de la sangre de Cristo, lo única que los borra (no los tapa, LOS BORRA).

Los sacrificios de animales prefiguraban lo que sería la muerte de Cristo. En los evangelios, nuestro Señor Jesucristo es visto como el “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29), del mismo modo que en el tabernáculo solo se permitía sacrificar animales mansos, así como en las cartas apostólicas se nos dice que “no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22), es decir, no tenía ninguna tacha.

¿Qué significaba que la ofrenda era de “olor grato para Jehová”? Dios se agradaba con tal servicio si el israelita ofrecía el holocausto sin defecto, con sinceridad y humildad. Los sacrificios ofrecidos con sinceridad indicaban corazón arrepentido, humillado. Como dice Salmo 51:17, “los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despre­ciarás Tú, oh Dios”. Por eso el apóstol Pablo dice en Romanos 12:1: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. Ya no son los animales del Antiguo Testamento sino nuestras propias vidas lo que hemos de consagrar por completo a Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo como perfecto ejemplo de cómo agradar al Padre: “Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2). Y al igual que el animal sobre el que se había hecho expiación de los pecados de los israelitas era totalmente consumido por el fuego, Dios obra en nosotros haciendo morir nuestra propia naturaleza: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5). El apóstol Pablo, en muchas de sus cartas, nos habla de la vieja naturaleza sin Cristo, de la cual debemos desaprendernos y revestirnos de una nueva naturaleza que fue creada por Dios en Cristo, para poder así vivir una vida cristiana victoriosa. Cuando recibes a Jesús como salvador, la Biblia señala que eres una nueva criatura, es decir, alguien nuevo totalmente, las cosas viejas pasaron (2º Corintios 5:17; 1º Corintios 6:9-11; Efesios 2:1-5).

¿Necesitas una buena y continua comunión con Dios en tu vida?

¡Claro! ¿Necesitas respirar? Esto es lo mismo. Sin respirar solo podrás sobrevivir quien sabe si pocos minutos antes de morir de asfixia. Sin comunión con Dios, seguramente no eres nacido de nuevo. Has estado autoengañado, cuando, en realidad, eras un muerto espiritual, el estado en que has estado desde el día de tu nacimiento. El hombre nacido de nuevo no puede “optar” por la comunión con Dios, ya que es el “medio ambiente” en el cual se desarrolla. El hombre natural no puede elegir entre vivir en el aire o no, y el cristiano no puede elegir entre vivir en la comunión con Dios o no. El cristiano puede perder la comunión con Dios en un momento determinado por causa del pecado, pero empezará, de pronto, a sentir la “asfixia” del alejamiento del Espíritu Santo que hasta ese momento había estado en una buena relación con él.

El hombre que vive una vida de devoción no se limita a leer la Biblia, aunque esto es importante, por supuesto, pero no se queda ahí. Solo eso puede hacerlo cualquiera por una mera “curiosidad intelectual”. El hombre que vive una vida de devoción está en presencia de Dios, tiene una comunión y una relación íntima con el Salvador, y eso no un momento en el día, sino una vida. Es una profunda y confiada amistad. Nadie que pretenda tener una íntima comunión con el Señor podrá conseguirlo con cinco minutos de oración al día antes de acostarse, o un par de hojitas de la Biblia. Dios no desea cinco minutos al día, lo quiere todo. Si no tenemos una comunión completa con el Señor todo el día necesariamente no quiere decir que no seamos salvos, pero perderemos muchos de Sus dones, gracias y bendiciones. La mayoría de personas que espiritualmente no marchan muy boyantes, precisamente son personas que descuidan sus tiempos con el Señor y su comunión con Él. Por el contrario, hombres espiritualmente fuertes y sólidos, suelen ser cristianos curtidos en las batallas espirituales vividas en íntima comunión con Dios. Normalmente, quien ora poco y mal poca gracia tiene. Posiblemente, la próxima semana escriba sobre cómo orar correctamente, conforme a lo que Dios nos manda, algo de lo que tenemos todos que tomar nota, y yo el primero, por supuesto. Oramos poco y mal por la misma razón que seguimos pecando. Nos cuesta muchísimo trabajo.

Pero, cómo no, importa muchísimo la forma en que nos dirijamos a Dios. ¿Cuántas veces leemos la Biblia mecánicamente, y sin pedir la ayuda del Espíritu Santo para entenderla, o cuántas veces oramos también mecánicamente sin dar gracias y sin pedir lo que Dios requiere, en lugar de con ferviente amor? ¡Muchísimas! Muchas veces nos hacemos a nosotros mismos como esos israelitas que ofrecían los sacrificios como una rutina o un fastidioso compromiso. Así oramos y leemos la Biblia muchas veces. Dios no quiere papagayos que repitan veinte veces lo mismo, desea hombres que se postran ante su presencia para derramar el alma ante su Hacedor. Todos aquellos que estuvieron ante la presencia del Señor, quedaron postrados, como dice Isaías en el capítulo 6.

Que Dios ponga en nuestro corazón un continuo e intenso deseo de servirle y amarle, como Él nos ha amado, y de tener siempre una íntima comunión con Él.

Amén.

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Responses

  1. […] Además, os recomiendo la excelente entrada de Javier al respecto. […]


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