Posteado por: Javier | febrero 17, 2013

Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto

Hoy vamos a ver algunas cuestiones que se tratan en el libro de Apocalipsis y que están de plena actualidad, puesto que hay situaciones que estoy viendo en las iglesias y que están preocupándome, y mucho.

Veremos, la próxima semana también, Apocalipsis, pero no, no va a tratar esto sobre lo que va a pasar en el futuro, las “últimas cosas” (eso ya lo tratamos en noviembre del año pasado), sino sobre el presente. Lo normal con Apocalipsis es centrarse en el “futurismo” (ello es lo habitual hoy, pensar que es solo una profecía sobre hechos que están por ocurrir en el futuro, sin nada referido al presente o al pasado), a veces por una manía morbosa por especular con posibles fechas en las que ocurrirá éste o aquel acontecimiento, o en el “historicismo” continuo y lineal (como pensaban los primeros reformadores), eso aparte de la interpretación que defiende que todo el contenido de este libro son hechos ya ocurridos en el pasado, la postura “preterista”, muy minoritaria y que fundamentalmente considera que se trata de hechos que acaecieron a la Iglesia primitiva y que terminan con la caída del Imperio Romano.

No me voy a parar mucho, pues esto se haría interminable, y no es el tema central de este estudio, pero sí decir varias cosas sobre estas posturas. Sobre la “preterista”, la misma fue desarrollada por jesuitas que pretendían desviar la atención sobre la Iglesia de Roma y de la identificación entre el papado y algunos símbolos del libro que hacían los primeros reformadores. Difícilmente puede referirse el Apocalipsis a hechos que terminan con la caída del Imperio Romano, cuando el libro nos lleva a la destrucción de Satanás y de todos sus instrumentos y poderes: Babilonia, las bestias, el falso profeta, etc. La “futurista” tuvo un origen similar: el intento de teólogos católicos de demostrar que no había nada en el libro que pudiera identificarse con Roma y que casi todo había de ocurrir unos 2000 años después de la época en que Juan lo escribe. Pero, sin embargo, si se refiere a hechos separados de la época de Juan en dos milenios por lo menos, ¿qué consuelo se suponía que debía dar a los cristianos perseguidos en esa época por el poder romano? No solo a ellos, a todos los que han sufrido tribulación y persecución en siglos posteriores, ¿qué consuelo es este libro, si no va dirigido a ellos, sino que solo es una profecía de hechos que van a ocurrir muchos años después? Incluso para los cristianos del futuro, dado que las interpretaciones “futuristas” del Apocalipsis también defienden la idea del “rapto pre-tribulacional”: ¿para qué iría con ellos este libro, si se supone que antes de que ocurran estos hechos habrán sido arrebatados y ya no van a presenciar estos hechos en la tierra? Además, el “futurismo” pospone el Reino de Dios hasta la Segunda Venida de Cristo, cuando bíblicamente es evidente que el Reino ya es una realidad actual. En cambio, la “historicista continua” enseña que las visiones que recibió Juan se referían a hechos históricos que se seguirían uno a otro cronológicamente hasta el final. Pero decir que un símbolo tiene que ser una indicación de algo concreto (un personaje histórico, un hecho, etc…), nos lleva a que podemos encontrarnos tantas interpretaciones como interpretes posibles haya. Muchos han querido ver a Napoleón, Hitler, Stalin o las dos guerras mundiales como representados por un símbolo concreto en el Apocalipsis (por ejemplo, pensaban que Hitler era “el Anticristo” y ningún otro podía serlo). Aparte, si leemos el Apocalipsis, veremos al momento que los capítulos 10 y 11 describen el Juicio Final, mientras que el 12 se remonta de nuevo al nacimiento de Cristo. Es decir, no es posible entender el Apocalipsis como un libro histórico lineal empezando por el capítulo 1 y terminando por el último.

Es un libro en el que se describen desde distintos ángulos, y a través de diferentes imágenes y símbolos, la condición y situación de la Iglesia desde la Primera Venida de Cristo hasta la Segunda, el Juicio Final y los nuevos cielos y nueva tierra. Es un libro aplicable a los cristianos de todas las épocas y al día a día. Estaba de actualidad hace 2000, hace 500 o hace 30 años, los que sea, está de actualidad ahora y lo estará en el futuro.

Leemos en Apocalipsis 3:1-6:

“1 Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto. 2 Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. 3 Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre tí como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre tí. 4 Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas. 5 El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles. 6 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

Los capítulos 2 y 3 son una serie de siete cartas que Cristo dicta a Juan, destinadas a siete iglesias en Asia Menor. Es decir, no son cartas corrientes, sino que son  dictadas directamente por Jesús a Juan mientras él estaba en el exilio en Patmos. No son meras cartas de saludo sino que son mensajes autoritarios de Jesús a estas iglesias. Aunque la interpretación historicista lineal ha tendido a considerar que se trata de una alegoría de siete períodos distintos en la historia de la iglesia, esto no es exacto puesto que en las siete cartas se tratan problemas concretos y distintos que afectaban entonces a la iglesia y que siguen afectándola igualmente hoy día.

Este mensaje en concreto era una advertencia muy seria a quienes dirigían la iglesia en Sardis, puesto que estaban dejándola morir (recordar que Apocalipsis es una revelación directa de Jesucristo, “El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas”). La iglesia de Sardis tenía fama de ser una congregación activa, “viva” para Cristo. Sin duda, era bien conocida en Asia como representante de la fe cristiana en una ciudad rica y famosa. Sin embargo, en una época de cada vez mayor persecución no se conoce que la iglesia de Sardis tuviera problemas: más bien parecía que se había identificado muy bien con la cultura pagana que la rodeaba y su número de miembros aumentaba.

Pero, en realidad, era una iglesia MUERTA.

La muerte de Sardis no consistía necesariamente en la falta de actividades juveniles o reuniones de comunión (que es la razón de que las iglesias tiendan a ser llamadas “muertas” hoy día). Más bien, la iglesia se había secularizado: SU VISIÓN FUNDAMENTAL DEL MUNDO NO ERA NADA DIFERENTE DE LA CULTURA PAGANA QUE LA RODEABA. Su perspectiva era similar a la de los que en otra parte de la Biblia son descritos como “muertos en delitos y pecados” (Efesios 2:1-3). Los supuestos “vivos” por la gracia de Dios (los miembros de la iglesia) seguían viendo el mundo igual que los muertos (los miembros de la sociedad pagana), puesto que Sardis se había identificado por completo con el ambiente pagano que la rodeaba. Ya empezamos a ver lo actual que es Apocalipsis, puesto que este es exactamente el mismo problema que existe hoy día: los miembros de la iglesia viven exactamente igual que quienes están en el mundo, no se nota ninguna diferencia.

El Señor hace a la iglesia de Sardis una amonestación: ¡DESPIERTA!

Aquí algunos de sus miembros podrían haberse quejado: “¿Por qué recibimos esa reprimenda? ¡Pero si no hemos hecho nada!”. Precisamente ese era el problema: Sardis tenía obras, pero no eran completas, a los ojos de Dios, no habían sido cumplidas. Como iglesia muerta, no experimentaba ni controversia teológica ni persecución. Para el mundo pagano que la rodeaba, era demasiado inofensiva como para que siquiera valiese la pena perseguirla.

Cristo también ordena a esta iglesia: “Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído”. Esto se refiere al Evangelio, al ministerio y a los sacramentos, así como a los privilegios y las responsabilidades de ocupar un puesto en la iglesia de Jesucristo. Todas estas cosas ellos las habrían de preservar, vigilar, y guardar, y eso significaba que debían arrepentirse de su indolente actitud y conducta: ” y guárdalo, y arrepiéntete”.

Todo esto es lo que ocurre muchas veces hoy día en la iglesia, ¿no? No somos conscientes de que ser parte de la Iglesia de Jesucristo no es un juego, sino algo muy serio.

“Pues si no velas, vendré sobre tí como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre tí”: hay quienes interpretan esto como la Segunda Venida de Cristo, pero no es exacto, como he dicho al principio, con Apocalipsis no hay que obsesionarse con que todo es “futurista”, pues se refiere a la iglesia de Sardis en singular. Dios no solo castiga el pecado después de la muerte, sino también en esta vida y no sabemos cuándo puede caer sobre nosotros este castigo (en la Biblia hay además una afirmación muy rotunda de que con el creyente, Dios utiliza el castigo para disciplinarlo). La amenaza de la venida de Cristo contra una iglesia local, o hasta contra una nación o grupo de naciones, no es lo misma que la Segunda Venida. Todo el mundo puede acceder a Cristo el Señor en todo momento, y cualquier individuo, familia, iglesia, negocio, sociedad, o nación desobediente está expuesto a que Cristo venga en juicio (el cual puede incluir cualquiera o todas las maldiciones por el quebrantamiento del pacto, descritas en Levítico 16 y Deuteronomio 28). En este caso, las palabras “sobre ti” indican una venida local, sobre la iglesia de Sardis.

Sin embargo, en los versículos 4 al 6 leemos que había miembros de la iglesia de Sardis que habían permanecido fieles a lo que habían oído y recibido, sin secularizarse ni conformarse a la cultura pagana que les rodeaba: “Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas”. En toda iglesia, por secularizada que esté siempre es posible encontrar cristianos fieles. El que venciere será vestido de vestiduras blancas”: los santos vestidos con vestiduras blancas son citados varias veces en Apocalipsis. El blanco en la Biblia es un símbolo de pureza y justicia, y la alusión a las vestiduras blancas quiere decir que, en Cristo, los santos son recreados a imagen de Dios, y son revestidos del Nuevo Hombre, Jesucristo.

Posteriormente, Cristo afirma, respecto a quienes vencieren, que “no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles”. Este versículo ha creado muchas controversias sobre qué consiste realmente la apostasía y sobre si es posible perder la salvación.

Hay quienes dicen que los que han sido verdaderamente salvados por la redención de Cristo, pueden apostatar y perderse eternamente. Esto es lo que piensan los arminianos y la Biblia lo contradice absolutamente: la naturaleza de la salvación proporcionada por Cristo es eterna, y nuestra justificación a la vista de Dios no está basada en nuestras obras sino en la justicia perfecta y consumada, así como en la expiación sustitutiva de Cristo Jesús.

Entre otros pasajes, esto lo vemos en Juan 3:16; 5:24: De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida“; 6:39-40: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero“; Romanos 5:8-10: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”; 1 Tesalonicenses  5:23-24: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará”; 1 Juan 2:19: Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros.

Otros piensan que quienes han “aceptado a Cristo”, automáticamente son salvos, no importan lo que hagan o cómo vivan después, no van a ser condenados. Aparte de que un muerto (lo que es todo hombre antes de ser salvado por Cristo) difícilmente puede aceptar algo, esto evidentemente, no es una cosa que competa al hombre: Jesucristo es Señor, se le “acepte” o no, no está en un rincón como un pobrecillo suplicando nuestra “aceptación”. Esto es lo que cada vez está más en boga entre las iglesias evangélicas y es la clásica postura cobardona (también contraria, obviamente, a la Biblia). Los que adoptan esta posición intentan comer con ambas manos, por decirlo así: no quieren al “Dios predestinador” que predican los calvinistas, pero tampoco tienen el valor de afirmar el arminismo plenamente. Quieren que el hombre sea soberano al escoger su salvación, sin interferencia de un decreto de Dios, pero quieren que la puerta de la salvación se cierre con fuerza tan pronto el hombre entra, para que no pueda salir. No quieren la seguridad en la elección, pero sí la seguridad en la salvación.

Pero la Biblia enseña que Dios ha predestinado absolutamente todas las cosas y reina soberanamente sobre todos. Él ha escogido infaliblemente a todos los que han de ser salvos, extendiéndoles su gracia irresistible, así como ha determinado quiénes serán condenados, reteniéndoles Su gracia. Mírate Mateo 11:25-27: “En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”; 20:16: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos“; Marcos 4:11-12: “Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados”; Lucas 4:25-27: “Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”; Juan 6:37-39: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero”; Hechos 4:27-28: “Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera” o Romanos 9:20-23: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria“, entre muchos otros (1 Corintios 1:27-31, Efesios 1:4-5, 11, 1 Tesalonicenses 5:9, 2 Tesalonicenses 2:13, 2 Timoteo 1:9, Judas 4).

Junto a estos que son salvos, es evidente que la Biblia enseña también que hay quienes profesan creer en Cristo y exteriormente muestran apariencia de ser cristianos, pero, no obstante, al final apostatan de la fe y lo que heredan es la condenación. Buenos ejemplos de miembros del pacto que apostatan son Saúl, en el Antiguo Testamento, y Judas, en el Nuevo, pero hay más. Es un error decir que un creyente está a salvo sin tener en cuenta su vida posterior de pecado e infidelidad. También lo es pensar que la fe salvadora no produce frutos de santidad (Mateo 3:10: “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego”). No existe tal cosa como el “cristiano carnal”. Decir que un creyente está a salvo cualquiera pueda ser el alcance de su adicción al pecado en su vida subsiguiente dejar la fe en Cristo como un cascarón vacío y un abuso que convierte la gracia de Dios en lascivia. La doctrina de la perseverancia es la de que los creyentes perseveran, y significa que los santos, los que están unidos a Cristo por el eficaz llamado del Padre y porque el Espíritu Santo mora en ellos, perseverarán hasta el fin. No es que serán salvos dependiendo de que perseveren, es que perseverarán con toda certeza (Mateo 24:13: Mas el que perseverare hasta el fin, éste será salvo”).

La advertencia expresada por Jesús aquí es muy real: los que están en el Libro de la Vida, aquellos que son miembros de la iglesia, bautizados, que profesan creer en Cristo, y son contados y tratados como cristianos, deben permanecer fieles a Cristo. Si apostatan y se convierten en herejes, inmorales, o simplemente se “secularizan”, de la manera en que le ocurrió a Sardis, serán borrados, eliminados del registro de los redimidos y arrojados eternamente al infierno.

El cristiano que supera estas tentaciones, demostrando que Cristo le ha comprado realmente y que le ha hecho suyo, no corre ningún peligro, su nombre no será borrado jamás del Libro de la Vida.

¿Estoy hablando ahora de “salvación por obras”? En absoluto. La justificación de una persona es algo eterno, decretado por Dios desde la eternidad, y es una obra tan poderosa que produce frutos en el creyente, pues opera un cambio de disposición en el mismo. Es transformado en un arbol bueno que siempre produce buenos frutos, al igual que antes de su justificación producía siempre malos frutos: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?” (Mateo 7:16). No puedes producir esos buenos frutos si antes no has sido justificado, es decir, no son la causa, sino el efecto. Pero, si no los produces, puedes sospechar y temer que no has sido justificado. No eres justificado por producir frutos, sino PARA PRODUCIR FRUTOS, los cuales, sin embargo, no son la causa de nuestra salvación, la cual es únicamente la expiación de Jesucristo. El Espíritu, a través de las Escrituras, lo que hace es que nuestra alma sienta temor de caer y llamarnos constantemente al arrepentimiento, aparte de que el control absoluto de Dios sobre todas las cosas no elimina la responsabilidad del hombre.

La promesa de Cristo es “Cualquiera pues que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos. Y cualquiera que me negare delante de los hombres, le negaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32,33 y Lucas 12:8,9). Muchos cristianos de Sardis negaban a Cristo delante de su comunidad, pues se empeñaban en ser alabados de los hombres antes que de Dios. En el Juicio Final, oirán estas palabras del Hijo de Dios: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad” (Mateo 7:23). Pero los que vencieron estas tentaciones serán gozosamente reconocidos por Cristo como suyos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:32).

El pasaje termina, como las otras cartas que Jesucristo dicta a Juan, con la exhortación “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.

La palabra de Jesús es VERDAD, con lo que es aplicable a todas las iglesias y todos los individuos en todos los tiempos. No importa lo lejos que estemos en el espacio y el tiempo de estas iglesias, pues en estas cartas hay verdades que conciernen a nuestra condición y situación espiritual actual.

El mensaje a la iglesia en Sardis es tan importante hoy y lo será mañana como lo era hace dos milenios:

¿Tenemos oído para oír lo que el Espíritu dice a las iglesias?

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