Posteado por: Javier | septiembre 30, 2010

¿Es liberal prohibir símbolos musulmanes?

Sobre este tema he hablado ya en muchas ocasiones pero no me importa insistir una y otra vez aún a riesgo de que me llamen pesado, sobre todo cuando afecta a una de las libertades fundamentales y, cuando, parece ser, el liberalismo va camino de convertirse en prohibir pañuelos en la cabeza, quemar coranes (aunque esto entre dentro de la libertad de expresión) o prohibir la construcción de mezquitas.

El Islam es, ante todo, un credo condenable y diabólico. Esto último en el sentido de que ser seguidor del mismo es un pasaporte directo al infierno. Es algo que es bueno aclarar en estos tiempos de ecumenismo y del llamado con ese nombre tan rinbombante “diálogo interreligioso”, en los que prima la famosa patochada “cristianos, judíos y musulmanes creen y siguen al mismo dios”, Juan Pablo II dixit y en lo que se ratificó Benedicto XVI. Jesúcristo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Un cristiano acepta la Verdad, no solo como un concepto, sino como una Persona. Igualmente, reconoce públicamente que Jesús resucitó de entre los muertos (Romanos 10:9-10).  La iglesia romana tampoco reconoce que para el hombre pecaminoso y mundano la salvación solo está en Cristo Rey y el “Dios” católico está muy lejos de ser el mismo Dios de la Biblia, pero aquí, aparte del judaismo, centrándonos exclusivamente en el Islam, pese a que haya alguna similitud puntual con el cristianismo, el primero rechaza la mayor parte de la Biblia y la Trinidad, asegura que Jesús fue solo un profeta (no el Hijo de Dios), que no murió en la cruz, que el Corán es la autoridad última y la final revelación de Alá o que el paraíso se obtiene a través de buenas obras y la obediencia al Corán, mientras que la revelación bíblica nos enseña que el hombre por sí solo está inhabilitado para alcanzar la salvación y solo gracias a la misericordia y amor de Dios, los pecadores pueden ser salvados a través de la fe en la redención a través de Cristo (Efesios 2:8-9). No exagero nada con lo de “diabólico”. Una de las tareas favoritas del diablo es, precisamente, la propagación de cultos y religiones falsas. El diablo pervierte y falsifica ante los hombres todo lo que Dios hace, para ganar la adoración del mundo, aunque ataque a bienintencionados que crean estar adorando a Dios.

También hay que condenar el fundamentalismo islámico y a la propagación del Islam en Europa a través de la inmigración descontrolada que sufrimos.

Lo que no es rechazable es el Islam como opción de fe dentro de un sistema de libertad religiosa, sino todo el sistema de valores que trae consigo, totalmente extraño y difícilmente compatible, eso es cierto, con el nuestro, al igual que su materialización en sistema político, las dictaduras islámicas, y el terrorismo (partiendo de que la oposición debe ser a cualquier terrorismo sea islamista, sea etarra, sea narcoterrorismo, como en el caso de las FARC, etc.) que apoyen algunos, no todos, lógicamente. No se puede negar al musulmán el libre ejercicio de su fe pero tiene que saber que, en el orden constitucional, civil o penal, se tiene que regir por nuestras leyes.

Para nuestra libertad, no es el problema que los seguidores de la fe de Mahoma en nuestro suelo puedan profesarla, sino el relativismo con respecto a nuestros propios valores, por un lado y en primer lugar, en España, capitaneado por Zapatero, con su Alianza de Civilizaciones y su nefasta política migratoria, que comenzó con la regularización masiva de 2005 (la del PP también había sido lamentable, dicho sea de paso, el PSOE lo único que hizo fue radicalizarla, pasar del autismo pepero en inmigración a una postura decididamente pro-inmigración). El presidente del Gobierno uno de los personajes más dañinos (por no decir el que más) que ha dado la política europea. Rodríguez Zapatero considera ofensivos una serie de principios en los que se basa la civilización occidental (aunque él los vea de una forma más o menos difusa y, sobre todo, los identifique con catolicismo) y, para él, el Islam, como elemento extraño y contrapuesto que es a la misma, una posibilidad de ir relativizándolos y desnaturalizándolos. Nada de lo que extrañarse puesto que, como progresista izquierdista que es, su único objetivo es ir socavando los elementos que configuran la democracia liberal y capitalista. No es una supuesta “tolerancia” al Islam o a la diversidad cultural o religiosa lo que le mueve. Lógicamente, es un suicida si piensa que puede instrumentalizar a su favor a los morunos.

En segundo lugar, hasta no hace mucho, teníamos la idea de vivir en un Estado de Derecho pero han ocurrido numerosos acontecimientos en España que nos dan la idea de que esto parece un Estado de Torcido más que otra cosa. Tristemente, Cataluña es el paradigma, desde el momento en que la propia Administración, la cual, con un estatuto de autonomía recurrido ante el Tribunal Constitucional, se ha dedicado durante cuatro años a aplicarlo “de facto”, se sitúa fuera de la ley. Por no hablar de ataques a la propiedad privada cometidos con total impunidad por los porreros okupas en Barcelona. El propio Gobierno catalán pretende situarse al margen de la legalidad española. No nos llevemos las manos a la cabeza, pues, cuando algunos grupos siguen el ejemplo y comienzan a sentirse con la fuerza suficiente para aplicar e imponer sus propias leyes al margen de las vigentes en España. No es nada raro que allí, precisamente allí, se hayan producido episodios como la constitución en Tarragona, por parte de nueve magrebies, de un “tribunal” islámico que, al margen de la legalidad y de la Constitución española, se arroga la potestad de condenar a muerte a una presunta adúltera. O cuando algunas mezquitas de Cataluña (al margen de un colegio de carmelitas de Ripoll) se ofrecieron para acoger los ridículos referéndums soberanistas ilegales. O, por último, lo ocurrido en Cunit (Tarragona), donde la alcaldesa socialista (y feminista, quizás, debe serlo también) frenó la detención del imán imputado por amenazar, coaccionar y calumniar presuntamente a una musulmana moderada que trabaja como mediadora cultural en el municipio después de que éste tratara de agredir a la mujer. La presunta campaña del imán, Mohamed Benbrahim, perseguía que Fatima Ghailan perdiera su empleo por no llevar velo y relacionarse con españoles no musulmanes, según la instrucción judicial (¡qué escándalo! una musulmana relacionándose con “infieles”). Y hete aquí que la alcaldesa, postulándose como una “dhimmi” en toda regla, afirmó actuar “para evitar un conflicto social”. Algo, ciertamente, “magnífico”.

Todo esto lo traigo a colación para tener una cosa clara: no serán prohibiciones ni trabas a la libertad religiosa sino defensa cerrada de nuestro ordenamiento democrático y respeto al Estado de Derecho lo que evitará que el Islam sea un problema para nuestra sociedad. Con este Gobierno que en desgracia nos ha tocado es cierto que ambas cosas se convierten en una heroicidad pero no hay que renunciar a esos principios.

No se trata de que nosotros impongamos una moral o unos valores a los musulmanes, sino que los suyos no agredan a nuestro orden público y nuestro sistema de derechos y libertades, que salvaguarda a todos, sean de las creencias que sean. Una cosa es la respetable libertad de culto y otra aceptar la idea de que una religión puede situarse al margen de nuestro sistema de derechos y libertades. Distinto es prohibir las expresiones de esta religión.

La defensa de la propia cultura, por otro lado, y hablando ya desde un punto de vista liberal, debemos realizarla con total convicción, pero individualmente. No necesitamos que el Estado defina qué es nuestra cultura. Somos una civilización de raíz cristiana, pero no porque desde la entidad estatal hayan de decírnoslo.

En este sentido, prohibiciones a la construcción de minaretes como la aprobada en Suiza mediante referéndum popular o en Francia, en relación a no permitir el velo integral (el niqab y el burka) en los servicios públicos, esencialmente las administraciones, los hospitales, las escuelas y el transporte público, con posibilidad de extenderla por motivos de seguridad a los espacios privados abiertos al público, como son los comercios o los bancos, pudieran parecer ampararse, en principio, en la “defensa de la cultura europea”, pero abren una senda bastante peligrosa. Una senda, por la cual, cualquier iluminado puede plantear regular la posibilidad de libertad de culto de católicos romanos, protestantes, ortodoxos o judíos. Es significativo que, en España, buena parte de la derecha conservadora protestase o pusiera el grito en el cielo ante la posibilidad de la aprobación de una ley de libertad religiosa por parte del Gobierno que, entre otras cosas, eliminase símbolos católicos de edificios oficiales, cuando son utilizados y pagados por mucha gente que no es católica (aunque, personalmente, reconozco que los “anti-crucifijo” españoles no son una compañía agradable, la mayoría de ellos, sí ven aceptable, en aras de sus idioteces multicultis, lo islámico pero, en cambio, el crucifijo es “facha”, ellos entienden estar atacando el cristianismo de esta forma, como apóstatas que son), pero, sin embargo, apoye esto.

Otro tanto lleva ocurriendo, desde el verano, con la polémica construcción en Manhattan de la ya célebre “Cordoba House”, a dos manzanas de la Zona Cero del World Trade Center. Posiblemente, si fuera familiar de alguna víctima del 11-S, o incluso vecino de la zona, no me haría ninguna gracia y comprendo su oposición y sus quejas. Humanamente, son comprensibles, pero la libertad religiosa y el derecho a la propiedad privada no pueden violarse en base a opiniones particulares. Se alega que la construcción de la mezquita, centro, o como queramos llamarlo, a dos calles de la Zona Cero será una provocación. La realidad es que ¿cómo sabemos si esa es la intención y dónde fijamos el límite, a qué distancia dejaría de ser una provocación? ¿A cinco, a quince o a veinte calles? No hay que olvidar que la propiedad de los terrenos ha decidido venderlos a los promotores. Aquí hay algo tan sencillo y claro como la propiedad privada, aparte de la libertad confesional.

Muchos, al tocar el tema de la presencia musulmana en España y Europa, caen en lo políticamente correcto y no se atreven a decir que donde reside el problema es en que hay que expulsar a todos los inmigrantes ilegales. Y, a la vez, consideran que hay que aplicar a los musulmanes que viven en España un laicismo forzoso, prohibiendo, por ejemplo, el velo en las mujeres, con el argumento de que el Islam nos está invadiendo, de que dentro de 40 o 50 años “nos vamos a enterar” y de que hay que defender la civilización occidental. Con esto último estoy de acuerdo y sí hay demasiados musulmanes, pero esto es, precisamente, debido a que no se cumple estrictamente la ley y a que estamos inundados de inmigrantes ilegales (musulmanes o no). Veo que confunden una cuestión con otra: piden aplicar poco menos que un pequeño “apartheid” para musulmanes pero no exigen que a los ilegales (muchos de ellos, precisamente, musulmanes) se les ponga el avión de regreso a casa. Si me preguntan diré que prefiero que haya una moratoria en la llegada de inmigrantes y que se expulse a todos los ilegales pero que siempre defenderé la libertad de usar símbolos religiosos de los que estén aquí, con sus papeles en regla, mientras no infrinjan las leyes ni cometan delitos al poner en práctica sus creencias. Si cometen delito, un expediente judicial de expulsión, un bocadillo, un avión y vuelta a casa. Con prohibición de volver a pisar nuestro territorio, por supuesto.

Aparte, no seré yo, al menos, quien se dedique a estar mezclándose todo el día con musulmanes. Si tengo que elegir, prefiero estar con otro tipo de gente. Tampoco puedo dejar de decir que minaretes y burka, personalmente, me parecen aberraciones, fundamentalmente, la segunda, cosa que también ha de quedar clara. El primero simboliza para muchos musulmanes la dominación islámica sobre un territorio, no en vano su altura debe superar a la de cualquier construcción. El segundo puede ser una muestra de la posición de subordinación de la mujer en el Islam. “Puede” puesto que también existe la posibilidad de que haya casos en que la propia mujer sea la que desee usar estos atuendos. ¿Nos vamos a erigir nosotros en paternalistas protectores de la mujer musulmana? ¿Vamos a pedir una declaración de confesionalidad a cada mujer que lleve un pañuelo en la cabeza, para averiguar si es musulmana o no, más aún, cuando esto es algo inconstitucional?

Si una empresa privada quiere prohibir el uso de estas prendas seré el primero, y con total razón, que apoye el derecho a esta restricción por parte del empresario. Una empresa privada tiene el derecho absoluto sobre qué tipo de personas admitir y bajo qué condiciones y normas. Y casi todas prohibirían con mucho gusto el uso de velos o burkas, de ello que no nos quepa la menor duda. Pero de ahí a prohibir estas prendas en espacios públicos media una gran diferencia. Un Estado que se arroga la posibilidad de establecer estas restricciones definiendo qué debe ser nuestra cultura mañana puede cambiar de criterio y prohibir las biblias por razones tan peregrinas como considerar que no casan con un estado aconfesional.

Deberíamos reflexionar sobre una paradoja en la que podemos incurrir: luchamos en Irak y Afganistán contra el terrorismo y contra la imposición de teocracias islámicas, teóricamente para liberar a los musulmanes que habitan esas tierras pero, no obstante, y, mientras,… restringimos la libertad de los que viven aquí.

Ha de quedar claro que no se trata de “libertad de los musulmanes”, en concreto, sino de libertades individuales. La libertad religiosa no puede coartarse mientras que no pise nuestras leyes y, para estos casos, está el Código Penal, no las prohibiciones. En la democracia más antigua y admirable del mundo, los Estados Unidos de América, estas prohibiciones son implanteables. Ni siquiera se llegaron a considerar tras el 11-S.

Resultan muy esclarecedores, desde postulados liberales, estos fragmentos de la “Carta sobre la tolerancia”, escrita en 1689, por John Locke (de quien tendré ocasión de hablar próximamente), el supuesto “ídolo” de muchos liberales:

“Es deber de todo gobernante, mediante la ejecución imparcial de las mismas leyes, garantizar a todos en general, y a cada uno de sus súbditos en particular, la posesión justa de las cosas que pertenecen a esta vida. Si alguno pretende violar las leyes de la justicia pública y de la equidad que están establecidas para la preservación de estas cosas, su pretensión deberá ser frenada bajo la amenaza de castigos que consistan en la privación o disminución de aquellos intereses civiles o bienes de los cuales podría gozar en caso contrario. Pero al ver que ninguno querrá sufrir voluntariamente el castigo de ser privado o reducido en parte de sus bienes, y mucho menos en su libertad o existencia, será entonces el magistrado, con el poder y al fuerza de todos sus súbditos, quien castigará a quienes vulneren los derechos de otra persona.

Ahora bien, me parece que las siguientes consideraciones demuestran plenamente que toda jurisdicción del gobernante alcanza sólo a aquellos aspectos civiles, y que todo poder, derecho o dominio civil está vinculado y limitado a la sola preocupación de promover estas cosas; y que no puede ni debe ser extendido en modo alguno a la salvación de las almas” (Página 6).

“No hay, por lo tanto, ni individuos ni iglesias ni Estados que tengan justificación para invadir los derechos civiles y los bienes terrenales de cada cual bajo pretexto de religión. Quienes no concuerdan con esto, harían bien en meditar sobre los perniciosos gérmenes de discordia y de guerra, en cuán poderosa provocación para interminables odios, rapiñas y asesinatos proporcionan a la humanidad. No habrá paz ni seguridad ni amistad entre los hombres mientras prevalezca la opinión en orden a que el señorío está basado en la gracia y que la religión debe ser propagada por la fuerza de las armas” (Página 14). 

“¿No es lícito acaso hablar latín en el mercado? Entonces también lo será hacerlo en las iglesias. ¿Es lícito que un hombre se arrodille, esté en pie o se siente o adopte cualquier postura en su hogar y se vista de negro o de blanco o con hábitos largos o cortos? Entonces debe serle lícito comer pan o tomar vino o lavarse con agua en la Iglesia. Digamos en resumen que todo aquello que es lícito en las circunstancias comunes de la vida, debe serlo asimismo en el culto divino de cualquier iglesia. No ha de permitirse que la vida o el cuerpo o el hogar o las propiedades de un individuo sean perjudicados por esta causa. ¿Podéis admitir la doctrina presbiteriana? ¿Por qué no podréis entonces que otros admitan la episcopal? La autoridad eclesiástica, ya sea administrada por una misma mano o por las de muchos, será siempre la misma, y no tendrá jurisdicción alguna en lo civil, ni ningún poder de coerción ni relación alguna con las riquezas ni con sus rentas” (Página 36).

“Si se evidencia en las asambleas religiosas algo que constituya sedición y sea contrario a la paz pública, debe ser castigado en la misma forma que lo que acontece en las ferias o mercados. Estas reuniones no deben transformarse en santuarios de individuos sectarios y facinerosos, pero tampoco será menos legítimo que los hombres se reúnan en iglesias que en lugares públicos, ni será más culpables unos que otros por causa de sus reuniones. Cada cual es responsable de sus propios actos y nadie puede ser sospechoso u odioso por causa de otro. Quienes son sediciosos, asesinos, ladrones, adúlteros, difamadores, etc., debe ser castigados y extirpados, sin consideración de las iglesias a que pertenecen. Aun más, si podemos hablar libremente, como corresponde a los hombres entre sí, ni los paganos ni los mahometanos ni los judíos deberían ser excluidos, bajo pretexto de religión, de los derechos civiles de la comunidad. El Evangelio jamás lo estableció así. La iglesia que no juzga a aquellos que no están en ella (1 Cor. V. 11), lo rechaza, y el Estado, que admite sin diferencias a todos los hombres que sean honestos, pacíficos y diligentes, tampoco lo requiere. Si permitimos que un pagano negocie y trafique con nosotros ¿por qué no debemos tolerar que rece y rinda culto a su dios? Si se permite a los judíos poseer casas y hogares entre nosotros, ¿por qué deberíamos prohibirles que tengan sinagogas? ¿Son acaso sus doctrinas más falsas, sus cultos más abominables, o está más amenazado el orden civil por sus reuniones públicas que por aquellas que celebran en sus casas?”  (Página 37).

Todos aquellos que nos consideremos liberales, luchemos contra el terrorismo, sea el que sea, y contra los totalitarismos de cualquier signo, así como defendamos los valores liberales de nuestras democracias con todas nuestras fuerzas, pero no pretendamos implantar pequeñas dictaduras para ciertos grupos.

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Responses

  1. Tema “mezquitas suiza” y “mezquita zona cero”.

    No es mi posición, pero le hago la siguiente pregunta :

    ¿ Si, al contrario que yo, está usted en relación con el comercio internacional en contra de la apertura unilateral de las fronteras y la vincula a una acción equivalente de nuestros competidores, no deberíamos también cerrar el paso al Islam hasta que en los países islámicos permitan la entrada de nuestro cristianismo, en mi caso catolicismo ?

  2. Son dos cosas muy distintas. La libertad confesional e ideológica es una libertad fundamental e inalienable del individuo mientras que las medidas económicas forman parte de la política de cada estado, la primera no se puede suprimir (más bien no se debería, en un orden liberal, no) ni limitar mientras que la segunda sí está sujeta a decisiones políticas y normativas, la libertad económica existe dentro de un marco de normas (no es cierto, como dicen nuestros queridos amigos progres, que la economía esté desregulada, demasiado regulada está y ha estado en muchos países pero eso es otro asunto).

    El proteccionismo que defiendo, en todo caso, es bastante puntual, en base a un principio de reciprocidad, sí, dependiendo del momento que estemos viviendo y si beneficia a los intereses nacionales, por supuesto, eso es lo fundamental. Por ejemplo, antes que hemos estado hablando del Partido Republicano, durante la hegemonía del GOP entre 1869 y 1933 (hasta el crack del 29, concretamente), los republicanos, bastante hamiltonianos, establecieron unos aranceles muy altos que permitieron desarrollarse a la industria estadounidense sin competencia extranjera y, sin embargo, en el interior, el estado no intervenía casi en la economía, los impuestos eran los más bajos del mundo, no había casi regulaciones y pocas empresas importantes en manos del Estado. Como resultado, EEUU era el país más rico del mundo y su gente disfrutaba de la mejor calidad de vida, ya quisiera yo esa riqueza y prosperidad para España. Me parece indudable que, dentro de EEUU, nunca hubo más liberalismo económico que entonces.

    Si queremos parecernos a una dictadura islámica, en cambio, sí que podemos establecer un principio de reciprocidad en cuanto al nivel de libertad confesional que tengamos e imitándolos está claro que llegará a estar por los suelos. Pero yo quiero un orden liberal, no algo similar a esas tiranías.

  3. […] su día ya escribí una extensa entrada y esta noticia, en concreto, la ha tratado Alfredo con mucha amplitud, en una entrada que, por […]


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