Posteado por: Javier | octubre 19, 2010

El salario mínimo: creador de paro

Esta entrada, básicamente, es una republicación de un escrito de este verano, para todo aquel que estuviera de vacaciones o desconectado por ser período estival, que me viene bastante bien como introducción a un artículo de Walter Williams, titulado “La crueldad del salario mínimo”, y con el que estoy, en líneas generales, bastante de acuerdo.

De Williams eso sí, todo hay que decirlo, me interesan sus ideas sobre la oposición a las leyes contra la discriminación en el sector privado (aquí tiene la ventaja, al igual que Thomas Sowell, de que, al ser negro, ningún iluminado lo puede tachar de racista), la defensa del derecho de asociación, la libertad de armas y su argumentación sobre la obsesión por la época de la esclavitud y el racismo, que dominan ambas en cualquier debate sobre la situación de los negros en EEUU, y, sobre las cuales, ha escrito cosas bastante interesantes. En otros aspectos, es demasiado libertariano para mi gusto: no comparto para nada su defensa de la venta privada de los órganos propios, como prueba de que el hombre es dueño de sí mismo, o del derecho de secesión de los Estados al confederado modo, son solo dos ejemplos.

En cuanto a la cuestión principal, no hay duda de que es muy noble pensar en que quienes trabajan por cuenta ajena deben obtener una remuneración digna y suficiente para su sustento, en que hay que lograr el mayor bienestar económico posible para todos. Ahora bien, ¿cuáles son los medios apropiados para conseguirlo? ¿Puede el Estado incrementar los salarios sin que se resienta la creación de empleo? La riqueza no es algo inmutable pero, a la vez, también está claro que no se puede distribuir más de la que se produce. Como tampoco se puede pagar más de lo que se produce.

El salario, aunque no reciba la denominación de “precio”, no es, ni más ni menos que eso: un precio por los servicios laborales, los efectos de su elevación artificial por el Estado serán los mismos que si el de determinados bienes o servicios se incrementasen de esta forma.

En primer lugar, las leyes de salario mínimo son un ataque directo a los trabajadores menos cualificados y menos productivos, aquellos para los cuales, los salarios bajos constituyen su principal, por no decir su única, arma a la hora de competir por un puesto de trabajo. Evidentemente, con un salario mínimo alto se le cierra cualquier puerta en el momento en que tenga que competir con otros trabajadores más cualificados y con una formación superior. Hasta aquí todo es lógico, aunque tantos sean incapaces de verlo así, porque, siendo claros, la competencia por un empleo sigue las mismas reglas que la colocación de un bien en el mercado y el éxito en su venta: la libre competencia.

En segundo lugar, estas leyes podrán ser bienintencionadas, su objetivo será combatir el daño provocado por los bajos salarios pero los efectos perjudiciales, a la larga, superarán a los beneficiosos. Para algunos trabajadores, seguramente, serán beneficiosas: les garantizará un salario alto y una indemnización más cuantiosa en caso de ser despedidos. Pero, pretendiéndose proteger desde el Estado a todos los trabajadores, para muchos las consecuencias serán bastante perniciosas. Mediante las leyes de salario mínimo, lo que se intenta es sobrevalorar el trabajo de un operario concreto impidiendo su contratación por una cantidad de dinero inferior, lo que tiene como resultado impedirle ganar lo que su capacidad le permitiría, mientras que, como contrapartida, se impide a la comunidad beneficiarse de los servicios que, por muy modestos que éstos sean, es capaz de rendir. Se evita un salario bajo, sí, por supuesto, pero sustituyéndolo por el paro.

Una empresa a la que la ley obligue a pagar salarios por encima de la productividad puede elevar los precios por los que oferta sus servicios para compensar esto, o bien, despedir trabajadores o no contratar más. En el primer caso, podría verse perjudicada por el hecho de que los consumidores elijan los productos de otra empresa con precios más bajos, aunque muchas empresas se verán atrapadas por no poder rebajarlos, al tener que compensar el coste de la producción. El Estado las hará menos competitivas a la fuerza. Casi con toda seguridad optarán por la segunda opción con lo que, en consecuencia, nos volveríamos a ver en el círculo vicioso de las leyes de salario mínimo: el alza de salarios beneficiaría a algunos trabajadores pero enviaría al paro a otros, que no se habrían visto en absoluto protegidos por las leyes de salario mínimo.

En tercer lugar, habría que recordar el gasto ocasionado por las prestaciones por desempleo, así como otras ayudas públicas, como efecto colateral a esta situación de no poder acceder al empleo por no poder aceptar un salario inferior al mínimo. Prohibimos que una persona emplee su tiempo eficazmente, aunque sea por un sueldo no muy alto, manteniéndole en cambio inactivo percibiendo un subsidio inferior a lo que hubiera ganado trabajando. Hemos privado a la sociedad del valor de sus servicios y al trabajador de la independencia y dignidad que se derivan de la autosuficiencia económica, incluso a bajo nivel, separándole de la tarea más de su agrado, mientras recibe una remuneración menor a la que podría haber ganado por su propio esfuerzo.

Esta es una cuestión lógica y en la que, francamente, no hay que extenderse mucho más, precisamente, por su sencillez, pese a que sea uno de los grandes mitos del “Estado del Bienestar” y del “benéfico” intervencionismo estatal en los mercados. La mejor manera de elevar, por lo tanto los salarios es incrementando la productividad del trabajo, cuanto más produce el empleado, tanto más valiosos son sus servicios para los consumidores y, por lo tanto, para los empresarios. Y cuanto mayor es su valor para el empresario, mejor le pagarán. Los salarios reales tienen su origen en la producción, no en las leyes promulgadas desde el poder legislativo.

La crueldad del salario mínimo. Por Walter Williams

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Responses

  1. “De Williams eso sí, todo hay que decirlo, me interesan sus ideas sobre la oposición a las leyes contra la discriminación en el sector privado (aquí tiene la ventaja de que, al ser negro, ningún iluminado lo puede tachar de racista, como Sowell),”

    Una pequeña sugerencia caballero: la parte que pone “como Sowell” suena casi a que usted acusa de Sowell de racista — sé que obviamente no es así pero para evitar confusiones debería cambiarlo.

    Tuve el placer de conocer a Williams en 1999 (otoño) en Washington DC, cuando estuve entrenándome en el famoso “Leadership Institute” de los republicanos y la derecha americana. Él vino a dar un discurso. ¡Qué tiempos Javier! Estaba a punto de gobernar Bush, todavía no había pasado lo del 11-S, y la derecha se comía el mundo. La derecha liberal, todo sea dicho. El Congreso estaba dominado por los republicanos y aún en esas fechas el TS mantenía sus posturas conservadoras.

    “En otros aspectos, es demasiado libertariano para mi gusto: no comparto para nada su defensa de la venta privada de los órganos propios, como prueba de que el hombre es dueño de sí mismo, o del derecho de secesión de los Estados al confederado modo, son solo dos ejemplos.”

    Yo tampoco y se lo hice saber. Me dijo que yo soy demasiado “lincoln-esque”. Tuve un profe sureño, que daba clases de Derecho Bíblico, y él también estaba a favor de la secesión y ODIABA a Lincoln. Decía que la G.Civil debería llamarse “la guerra de agresión norteña” y defendía que los ciudadanos puedan tener un tanque en su propiedad privada. No obstante, sí que tenía buenos argumentos y se comía con patatas a los progres y a los cristianos “buenistas”. Una chica cristiana le dijo (no se me olvida Javier),

    “y qué pasó con el amor de Dios?” Y él le contestó: “¿y qué paso con la autoridad de Dios en materia penal señorita? ¿Quién eres tú para decirle a Dios lo que es justo o no? ¿No sabías que Dios es soberano y tú eres una simple pecadora reprobable?” La clase se partía de la risa y le gritaban, a la chica, “LEFTIST!!” Y claro luego entraba yo al aula y la gente aplaudía porque sabían que mis preguntas eran netamente derechistas. Me dijo un progre una vez que yo uso “lógica circular” — y yo le dije delante de todos en el aula: “yo creo que vosotros os metéis tanta maría que ya todo os parece circular. Estáis mareados siempre, y con las células cerebrales fritas.” ¡Qué buena esa clase Javier! Era mi favorita.

    Claro que no excuso el libertarianismo del profe tampoco. Para él TODO TODO TODO lo malo era “el estado” o como decía el “the government”.

    Eso sí, a diferencia de Gabrielín Calzada, éste al menos era inteligente y muy documentado. No era fácil rebatirle.

  2. ¡Qué envidia le tengo a veces (envidia sana, por supuesto)! Ha conocido a Bush padre, a Thatcher, a Williams…, a Sowell creo que me dijo que estuvo a punto. Y aquí hay gente que le da la mano a Losantos y parece que se la hubiera dado al Señor Jesucristo.

    Por cierto, lo de Sowell, es verdad, quien no lo conozca mucho ni sepa que es negro puede entender que es “un racista”, cosas de estar escribiendo a las dos y pico de la madrugada.

    Muy de acuerdo con lo de aquellos años, entre 1999 y 2000, yo incluso pensaba que Bush podía ser el nuevo Ronald Reagan.

    Esa chica supongo que se refería a la pena de muerte. La verdad es que, en eso, su profesor tenía toda la razón: humanísticamente y, quedándonos en nuestra limitada visión, nos puede parecer ilegítima la pena de muerte como castigo y, es más, nos podemos sentir hasta moralmente superiores frente a quienes la defiendan. ¿Moralmente superiores a Dios, incluso? Él instituyó la pena capital en la Biblia, desde luego, y, salvo que de la base desde la que partamos sea su negación, es muy prepotente y mezquino pensar que superamos a Dios en cuanto a justicia y compasión, cuando se encuentra en una posición, en cuanto a perfección, infinitamente superior a nosotros.

    En todo caso, es cierto lo que dice, comparar a Walter Williams con los libertarianos de aquí, pues en fin… es algo parecido, a lo que ocurre con Milton Friedman: no estoy para nada de acuerdo con su postura a favor de legalizar las drogas y creo que hizo un flaco favor al liberalismo con eso, con su firma, le dio una apariencia de respetabilidad a esa idea extravagante, pero él, al menos, utilizaba argumentos serios, se basaba en estadísticas que entendía apoyaban su tesis, y no el típico “es mi cuerpo y me meto lo que me da la gana que para eso soy muy libre y, además, no le hago daño a nadie”.

  3. Pues no me tenga mucha envidia jeje, todavía me queda mucho recorrido si Dios quiere. Y si somos dos, mucho mejor ¿no?

    Sí, la chica se refería a la pena de muerte. Muy bueno su comentario sobre Friedman: al menos él utilizaba el empirismo. Por cierto, he escuchado una rueda de prensa que dio Ronald Reagan en marzo del ’81 y dijo algo interesante sobre las drogas:

    que el problema de las drogas no pasa solamente por el control policial sino por también convencer a sus usuarios de que es NOCIVO y ganárselos. Es decir, dijo que su gobierno estaba más preocupado por la educación que solamente la persecución (aunque dejó BIEN CLARO que también hace falta controles policiales y detenciones).

    Mi postura sigue siendo la de Thatcher: no se puede permitir que delincuentes como son los traficantes destruyan la juventud de un país en el nombre de la libertad.

    Ella los ponía en el mismo sitio que a los terroristas, y a los comunistas.

  4. Sí que queda carrete para rato, lo digo porque es impresionante, cuando todavía no tiene 30 años.

    El de Thatcher me parece un gran argumento. Creo que esto es una cuestión fundamentalmente de que el Estado no puede legitimar eso ni puede dar cobertura jurídica a un contrato en que una de las partes pierde su libertad, aunque lo haga voluntariamente la primera vez que compre drogas, en las sucesivas, lo hará por una situación de adicción (no sé que libertad hay en ese caso). No hay más que ver la “libertad” que tienen los enganchados.

  5. Así es Javier. Pero no deberíamos hablar la verdad — no somos liberales, y somos unos racistas en realidad. Soy, yo personalmente, tan racista, que me gustaría ver esto como opción para las próximas elecciones presidenciales en EEUU:

    SOWELL-WILLIAMS 2012

    Saludos

  6. Sería un buen ticket para los republicanos. Y un cambio de verdad, no el obamismo.


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