Posteado por: Javier | noviembre 12, 2010

Del muro que cayó a los que se levantaron después

No se cayó sólo, hubo que derribarlo a martillazos. Recuerdo aún aquel 9 de Noviembre de 1989 como si fuera hoy, a pesar de que no era totalmente consciente de que aquello era un momento que estaba cambiando completamente la Historia. Sin tanta parafernalia como hace 12 meses, se cumplieron 21 años de aquello el pasado martes. Tenía yo 11 años de edad por aquel entonces y, aparte de ser muy joven y no estar muy conectado al resto del mundo, internet no estaba extendido entre el gran público, solo existían dos cadenas de televisión y, a diferencia de en la actualidad, a la cama me iba siempre muy temprano, me enteré a la mañana siguiente, antes de ir al colegio, al comentarlo mis padres. Aquello era algo impensable varias semanas antes. El de la República Democrática Alemana era el régimen comunista no sólo más despiadado sino también el más sólido de todos los de Europa del Este. Unos pocos años atrás, no solamente el de la RDA, sino todos los situados tras el Telón de Acero parecía que perdurarían inalterables por décadas. Sin embargo, la presión en la calle de los alemanes orientales y la retirada del apoyo por parte de la URSS hizo que aquella dictadura se diluyera como un azucarillo en cuestión de horas.

Años antes, tras la nefasta era de Jimmy Carter, que llevó al totalitarismo soviético a su momento de mayor plenitud a finales de los 70, las elecciones de Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1981) pusieron freno a la expansión comunista. La postura de Reagan, quien se encontró, nada más acceder a la presidencia, con una Unión Soviética en cuyos dominios nunca se ponía el sol, de oponerse al totalitarismo, frente a los que propugnaban el apaciguamiento, comenzó a abrir las primeras grietas en el Telón de Acero. Muchos tacharon a Reagan de insensato cuando pronosticó que el sistema soviético estaba a punto de colapsar o de “extremista” cuando calificó a la URSS como “el imperio del mal” (más bien la traducción hubiera sido “imperio diabólico”, “evil empire”). Ronald Reagan estaba totalmente convencido de la superioridad moral y material del mundo libre sobre la Unión Soviética y el totalitarismo comunista, con el cual no había que resignarse a “coexistir”, sino derrotarlo. “Mi teoría de la Guerra Fría es que nosotros ganamos y ellos pierden”, dijo en 1977. Esta idea le hizo ganarse el odio de la intelectualidad de izquierdas, y de parte de la izquierda política también, más partidaria de la “distensión” y de negar los desmanes de los regímenes comunistas, considerando que detrás del Muro se estaba construyendo la Utopía. Pero no fue Reagan el único artífice.

No hay que olvidar a los ciudadanos de la extinta Alemania Oriental y a los de otros países del Este de Europa que dijeron no al comunismo que padecían. El 19 de agosto de 1989 se produjo el acontecimiento que terminó por herir de muerte al régimen germano-oriental de Erich Honecker: el picnic paneuropeo. Aquel día, en las colinas de Sopronkohida, Hungría, cientos de alemanes del Este, que se encontraban de vacaciones en el país magiar, planearon cómo llegar por sus propios pasos a Austria. Hungría estaba comenzando tímidamente a abandonar el comunismo (dos meses después el Partido Comunista Hungaro se reconvirtió en socialdemócrata, renunciando al marxismo) y los alemanes veían un rayo de esperanza para poder escapar de la RDA. A las dos semanas, 60.000 alemanes orientales se aglomeraban en improvisados campos de refugiados, aunque oficialmente estaban de vacaciones. Hungría desmontó, con permiso soviético, la vigilancia electrónica a lo largo de la frontera con Austria: el camino a la libertad iba a estar abierto dentro de poco.

Honecker montó en cólera. No en vano, casi toda la historia de la RDA fue una lucha permanente por taponar todas las vías a través de las cuales sus ciudadanos pudieran fugarse a Occidente. A la desesperada, Alemania Oriental prohibió el paso a Hungría, a lo que este país respondió abriendo definitivamente sus fronteras de su país con Occidente (algo acordado en secreto con el canciller de la República Federal Alemana, Helmut Kohl). El movimiento se extendió a Checoslovaquia, donde miles de alemanes orientales (también, oficialmente, de vacaciones) atestaban la embajada de Alemania Occidental en Praga, al igual que ocurría en Budapest. Hasta 250.000 llegó el número de refugiados. El 30 de septiembre, la Alemania Federal otorgó la nacionalidad occidental a esos refugiados.

El Muro fue derribado en la noche del jueves, 9 de noviembre, al viernes, 10 de noviembre, 28 años más tarde de su construcción. Hacia octubre de 1989 las manifestaciones en contra del gobierno de Alemania Oriental eran ya masivas. Erich Honecker sabía muy bien que el comunismo sólo se podía mantener mediante la fuerza (China había sido un buen ejemplo meses antes) y cuando supo que Gorbachov no iba a mandar al Ejército Rojo a sofocar las protestas cayo en la cuenta de que se había quedado sin poder real. Gorbachov, hay que recordar, era un ingenuo que pensaba que el sistema comunista era reformable y posible de mantener perdurable mediante el convencimiento en lugar de mediante la coacción. El comunismo era, para el líder soviético, bueno por naturaleza. Simplemente había que convencer a la población soviética y a las de las democracias populares de sus bondades (así nació la “perestroika” y la “glasnost”). Por este mismo motivo, no movió ni un dedo ante los acontecimientos que se produjeron en 1989 en Europa del Este.

El dictador germano-oriental renunció a su cargo el 18 de octubre de 1989, siendo reemplazado por Egon Krenz pocos días más tarde. El nuevo gobierno comprendió que el proceso era irreversible.

A las 18:57 horas del día 9 de noviembre, el miembro del Politburó del Partido Socialista Unificado (SED), que durante 40 años había mantenido el monopolio del poder en la RDA, Günter Schabowski anunció que todas las restricciones de paso del Berlín Este al Oeste habían sido retiradas. Decenas de miles de personas fueron inmediatamente al muro, donde los guardas fronterizos abrieron los puntos de acceso permitiendo el paso. Schabowski leyó un proyecto de ley del consejo de ministros que tenía delante: “Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin la presentación de un justificante — motivo de viaje o lugar de residencia. Las autorizaciones serán emitidas sin demora. Se ha difundido una circular a este respecto. Los departamentos de la Policía Popular responsables de los visados y del registro del domicilio han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje, sin que las condiciones actualmente en vigor deban cumplirse. Los viajes de duración permanente pueden hacerse en todo puesto fronterizo con la RFA”. A la pregunta de un periodista italiano: “¿Cuándo entrará en vigor?”, Schabowski, hojeando sus notas contestó: “En cuanto lo diga — inmediatamente”.

Gracias a los anuncios de las radios y televisiones de la RFA y Berlín Oeste bajo el título “¡El Muro está abierto!”, muchos miles de berlineses del Este se presentaron en los puestos de control y exigieron pasar al otro lado. En esos momentos, ni las tropas de control de fronteras ni los funcionarios del ministerio encargados de regularlas estaban informados. Sin una orden concreta, sino bajo la presión de la gente, el punto de control de Bornholmerstrasse se abrió a las 23:00, seguido de otros puntos de paso, tanto en Berlín como en la frontera con la RFA. Muchos telespectadores se pusieron en camino. A pesar de todo, la verdadera avalancha tuvo lugar a la mañana siguiente. Muchos durmieron toda la noche para asistir a la apertura de la frontera a la mañana siguiente, 10 de noviembre.

Los ciudadanos de la RDA fueron recibidos con entusiasmo por la población de Berlín Oeste. La mayoría de los bares cercanos al muro daban cerveza gratis y los desconocidos se abrazaban entre sí. En la euforia de esa noche, muchos berlineses occidentales escalaron el muro. Los berlineses llevaron a cabo la destrucción del muro con todos los medios a su disposición como picos, martillos, etc… La que muchos habían considerado la gran utopía del siglo XX había terminado reducida a cascotes.

Sin embargo, todo hay que decirlo, se olvidó algo fundamental: la libertad es algo muy frágil. Hay que conquistarla y merecerla todos los días. Sus principales enemigos en modo alguno se dieron por vencidos con esto. Se bajó la guardia y el viejo comunismo, reconvertido y reciclado en “progresismo”, neoecologismo y “movimiento contracultural” sin prisa pero sin pausa comenzó a rearmarse ideológicamente, hasta el punto de que, 20 años después, tienen la convicción de ser los “vencedores morales”. El cambio que ha experimentado el socialismo sido, ante la incapacidad de ofrecer un modelo distinto al capitalismo y a la democracia, pasar a buscar las mejores vías para corroer los principios en que se basa el Estado de Derecho (propiedad privada, respeto por los contratos, autonomía individual y libertad de asociación). Los herederos del sistema que cayó con el Muro siguen en sus trece: sus objetivos son la demolición de la cultura occidental y sustituir la libertad y la iniciativa privada por el férreo control de la sociedad por el Estado. El medio anterior, el comunismo, ha fracasado con lo que es el momento de sustituirlo por otra cosa pero manteniendo los mismos objetivos.

Echando un vistazo a cualquiera de las nuevas tendencias en ninguna encontraremos ni un principio en favor de la libertad individual. En Europa tenemos el neoecologismo ambientalista (no confundir con la preocupación por el cuidado de nuestro medio ambiente) como forma de control de la energía y, por ende, de la economía. Las simpatías por el Islam es otro de los elementos, visto como el contrapunto y una buena forma de desnaturalizar los principios que sostienen Occidente.

Tienen una curiosa fijación con que, cuanta menos gente haya mejor, por algo muy evidente: como el Estado, para ellos, debe ser omnipotente y el que se ocupe y se entrometa en todos y cada uno de los detalles de la vida de la gente desde el nacimiento hasta la muerte, a menos población más facilidad para que ejerza esa omnipotencia. A todos estos ingredientes se une el apoyo a regímenes iberoamericanos de inspiración o, directamente, comunistas como los de Cuba, Venezuela, Bolivia o Nicaragua, que buscan la destrucción de la democracia a través de la desvirtuación de sus instituciones. La izquierda radical puede haber tenido más éxito a la hora de canalizar su odio a la libertad cuando, en lugar de proponer una inviable alternativa política, se ha concentrado en subvertir los fundamentos de la democracia y la economía de mercado.

La mejor lección a extraer del 9 de noviembre de 1989 es que la libertad tiene un precio que es el estar permanentemente alerta.

Aquel muro cayó hace ya más de dos décadas pero nuevos se han levantado y se siguen levantando. El camino a la servidumbre del que nos habló Friedrich Hayek sigue abierto y expedito.

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Responses

  1. Hola Javier,

    Puntos inadecuados de su escrito (los pongo brevemente porque este artículo ya está “caducado”).

    1- La política de Carter fue fundamental para el crecimiento de las oposiciones en Europa del Este. La Alianza 90 de la RDA o la Soliracnost de Polonia hubiesen sido muy minoritarias de no haber existido la distensión. De hecho de no haber llegado un Gorvachov a la presidencia de la URSS, si hubiese habido un tipo “duro” como Breznev, la política exterior de Reagan hubiese sido posiblemente contraproducente.

    2. La caída del muro y del bloque soviético se debió, fundamentalmente, a la existencia de muchos comunistas que creían que el comunismo era algo bueno y que de despojarlos de su caracter de dictadura tendrían la aprobación del pueblo.
    A mediados de los 80 fue demasiado tarde para esto, algo que sí podría haber funcionado mejor a finales de los 50 o mediados de los 60. En mi opinión la primavera de Praga fue la última oportunidad para el mundo soviético de poder reformarse sin ser destruido.

    3- Esta frase “Los herederos del sistema que cayó con el Muro siguen en sus trece: sus objetivos son la demolición de la cultura occidental y sustituir la libertad y la iniciativa privada por el férreo control de la sociedad por el Estado· es totalmente improcedente.
    No queda casi nadie que sea “heredero” de los comunistas orientales, y los que lo son escandalizarían a cualquier progresista occidental por su crudeza.
    El eco-socialismo no es la herencia de los viejos comunismos, aunque sí que tiene parte de herencia de los comunistas pro-perestroika de la época. Pero los otros comunistas, los “duros”, tienen otro heredero mucho más directo: Los ultranacionalistas y los neofascistas, aquellos que han convertido su odio al capitalismo en concepciones imperialistas y coorporativistas. Mire usted a Putin y verá donde está la herencia del comunismo.

    Saludos,


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