Posteado por: Javier | noviembre 23, 2010

Liberalismo clásico, breve historia (V): Adam Smith (1ª parte)

Seguimos con este recorrido histórico y hoy me voy a parar un poco en uno de los padres del liberalismo económico, el escocés Adam Smith (1723-1790). Quien más, quien menos, lo conoce y le ha leído, pero sí es interesante conocer un poco a fondo las ideas de uno de los primeros en preguntarse no porqué hay pobreza, sino cómo se crea la riqueza. En su época, a finales del siglo XVIII, cuando publica “La riqueza de las naciones”, lo normal era ser pobre y estar expuesto a los efectos de las hambrunas periódicas, las sequías, las pérdidas de cosechas y otros infortunios y, sin embargo, a Smith lo que le causaba curiosidad es por qué caminos una nación llega a ser rica, no por qué se es pobre.

Nacido en Kirkcaldy, en Escocia, en 1723, estudió en las universidades de Glasgow y Oxford. En la primera, recibió clases de filosofía moral por parte de Francis Hutcheson asignatura en la cual Smith basaría gran parte de “La riqueza de las naciones”. En 1740 recibió una beca para ir a estudiar al Balliol College de Oxford, una universidad en decadencia, como él mismo sostuvo en la “Riqueza de las naciones”. Entre 1748 y 1751 fue profesor ayudante de las cátedras de retórica y literatura en Edimburgo, período en el cual entabló una estrecha amistad con David Hume, amistad que influyó mucho sobre las teorías economicas y éticas de Smith. En 1751 fue nombrado catedrático de lógica y en 1752 de filosofía moral en la Universidad de Glasgow. En 1763 renunció a la universidad y se convirtió en el tutor del Duque de Buccleuch, a quién acompañó a un viaje por Suiza y Francia, en el que conoció a los fisiócratas franceses, que defendían la economía y política basada en la primacía de la “ley natural”, la riqueza y el orden, inspirándose en buena parte en Quesnay y Turgot para construir su propia teoría. En 1778, fue nombrado director de Aduana de Edimburgo, puesto que desempeñó hasta su muerte el 17 de julio de 1790. Tres años antes, en 1787, había sido nombrado Rector Honorífico de la Universidad de Glasgow.

Como detalle anecdótico, decir que su padre, juez e inspector de aduanas, falleció pocos meses antes de su nacimiento. Esto creo una estrechísima relación entre Smith y su madre, hasta el punto de que vivió siempre con ella, sin casarse, sobreviviéndola solo seis años.

SU TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS MORALES:

Como todos sabemos, era un economista, amén de un filósofo moral, para nada un teólogo. Sin embargo, Smith elaboró su sistema filosófico-moral basándose en las doctrinas religiosas de Juan Calvino, ya totalmente asimiladas en su época en su Escocia natal, a través del presbiterianismo. El calvinismo es la premisa básica de la filosofía de Smith, aunque lo que hizo fue aplicar específicas ideas religiosas, extraídas del calvinismo, en sus trabajos.

La filosofía moral del considerado “padre de la economía moderna” se basa en que el ser humano, aun siendo egoísta, se interesa por otros, mas no puede ponerse en el lugar de ellos salvo por medio de su imaginación y sus emociones. Dios predetermina con una naturaleza moral y emocional a las personas, rechazando su racionalidad y voluntad corrompidas, controlando su tendencia al mal y consiguiendo lo que, como Creador, dispuso desde la eternidad. Esa predeterminación se realizaría por Dios más allá de los deseos egoístas de los propios hombres, imponiendo al ser humano unas reacciones morales y emocionales regulares e, incluso, predecibles. Smith, en definitiva, se inspira para su filosofía moral en la idea calvinista de la soberanía de Dios sobre todas las cosas, rechazando el libre albedrío.

En su obra “Teoría de los Sentimientos Morales” (1759), Smith afirmaba que “… si (el hombre) fuera a perder su dedo meñique no podría dormir por la noche pero, siempre que nunca los haya visto, roncaría con la más profunda seguridad sobre la ruina de cien millones de sus hermanos”. No en vano, como así aplicó en la construcción de su teoría económica, para él, las limitaciones morales del hombre en general, y su egocentrismo en particular, no son características que hubiera que cambiar, sino hechos que estaban ahí. Smith no partía de una supuesta bondad natural de hombre que, después se corrompe por factores externos, la cual es inexistente, sino de un realismo que le llevaba a pensar que los fines no eran cambiarla, un intento vano e inútil, sino conseguir los mejores resultados posibles a partir de esas limitaciones, los mayores beneficios morales y sociales posibles, dentro de las limitaciones de la naturaleza humana.

No obstante, aún así, siendo por naturaleza un ser egoísta y que asigne mayor importancia a lo más cercano (su familia, ciudad, país), también se caracteriza por una cierta simpatía que le hace observar con placer el bien y la felicidad de los demás: por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que lo mueven a interesarse por la suerte de los otros, y a hacer que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella más que el placer de contemplarla”. En su búsqueda de la felicidad y el bien propio, el hombre termina, en no pocas ocasiones, actuando de forma propicia a la felicidad y el bien ajeno.

LA RIQUEZA DE LAS NACIONES:

Su otra gran obra, “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”  (“An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations”), o, simplemente, “La riqueza de las naciones”, la cual salió a la luz por primera vez en 1776, en Londres, es un gran desconocido en el mundo de habla hispana. Un gran desconocido digo porque, a pesar de ser Smith no solo uno de los padres del liberalismo sino también de la teoría económica moderna, y aunque es cierto que fue publicado en español por primera vez en 1794, sin embargo, a fin de obtener el permiso de la “santa” Inquisición (entre muchas comillas lo de santa), su primer traductor, José Alonso Ortíz, se vio obligado a omitir algunos pasajes significativos. La primera versión completa en nuestro idioma no fue publicada hasta 1958, por el Fondo de Cultura Económica de Méjico.

En ella, Smith aplica la observación y el empirismo en la construcción de su teoría. Así desarrolla sus ideas:

La división del trabajo:

Smith parte de la constatación de que: “El trabajo anual de un país es aquel fondo que en principio proporciona todas las cosas necesarias y convenientes para la vida y que anualmente consume el país; y estas cosas son siempre o el producto inmediato de este trabajo, o compradas a otros países con este producto”. La división del trabajo no se produce en virtud del mandato de un gobierno ni de una planificación sino que es algo espontáneo, por la natural propensión a trocar, permutar y cambiar una cosa por otra”. Tampoco procede esta división del altruismo o la benevolencia hacia otros, sino del interés personal: Pero el hombre necesita casi constantemente la ayuda de sus semejantes, y es inútil pensar que lo atenderían solamente por benevolencia. […] No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, la que nos lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que prestan a sus intereses. Nosotros no nos dirigimos a su humanidad, sino a su egoísmo; y no les hablamos de nuestras necesidades, siempre de su provecho. […] La mayor parte de estas necesidades por el momento se satisfacen, como las de los otras hombres, por trato, por intercambio y por compra”.

Algo que recogería, 200 años después, Milton Friedman. Para el economista neoyorkino, los distintos operadores del proceso productivo interactúan entre sí, constituyendo el libre mercado, en sí mismo, un procedimiento pacífico y eficiente. Las fuerzas del mercado comunican naciones y personas de todas partes del mundo para generar bienes que no podríamos obtener actuando de una manera individual. Según Friedman, el mercado comunica a gente que jamás en la vida llegará a conocerse, que, quizás, de llegar a encontrarse, podrían ser incluso enemigos, pero que interactúan en función de un interés común.

Por ese motivo, ambos recomiendan abrir las economías al comercio exterior, pues ello implica una expansión de la división del trabajo, si bien Smith no muestra tanto recelo como Friedman a los aranceles de importación.  

El valor del trabajo y la moneda:

En principio, considera que el trabajo es la medida real del valor de todas las cosas, mientras que el que denomina “valor en cambio” es el que se obtiene en el mercado. Aunque es respetuoso con el valor de los bienes en el mercado y, es más, considera apropiado utilizar estos precios como fuente de información, nunca termina de comprender la distorsión entre el valor como utilidad de una cosa y el que la misma tiene en el mercado: ¿Por qué, si el agua es mucho más útil, no tiene el mismo valor, o más aún, en el mercado que el diamante?

Según la Escuela de Chicago, no solo hay que tomar en cuenta la utilidad para determinar el valor de un bien, sino que existe una interdependencia entre la oferta y la demanda. Pese a ser más útil que el agua, el diamante es más escaso y mucho más deseado.

Para Smith, la moneda no es el valor en sí, y la acumulación de moneda no tiene interés económico para un país. La moneda es, cada vez, más la forma de medida práctica del valor de las transacciones, así como el medio de cambio de este valor. Para cumplir estas funciones, los  metales son particularmente apropiados, puesto que su propio valor varía poco en periodos de tiempos razonables. A largo plazo, el trigo es un patrón mejor. Aun así, los metales preciosos tienen ellos mismos un coste importante, y se propone pues reemplazarlos por el papel moneda, siguiendo una ratio estricta con objeto de evitar la emisión sin contrapartida.

Ya, en el siglo XVIII, Adam Smith nos advierte frente a la inflación.  

Mañana continúo con otras cuestiones desarrolladas por el economista escocés en “La riqueza de las naciones”.

Anuncios

Responses

  1. Es ese origen escocés de Adam Smith el que explica muchas de sus opiniones.

    No es más que una tontería mía, pero esa pose de “escocés orgulloso de serlo” que el actor Sean Connery ha adoptado en sus últimas películas a mí me ha servido para comprender un poco mejor el modo de sentir de Adam Smith y David Hume, haciéndome particular gracia ese desprecio por Oxford ( en verdad, gracias a una serie de destacadas figuras, Edimburgo y Glasgow se convirtieron en aquella época en unos centros culturales y de pensamiento mucho más avanzados que el propio Londres, y también por razones políticas quizá estuvieron mucho más conectados con la Francia “Ilustrada” ).

  2. David Hume sí que fue también otro de los productos destacados de esa “Ilustración Escocesa”.

    A Edimburgo la bautizaron como la “Atenas del Norte”.

  3. muy buen comentario


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: