Posteado por: Javier | noviembre 24, 2010

Liberalismo clásico, breve historia (V): Adam Smith (2ª parte)

Los salarios, beneficios y rentas:

Smith distingue, a lo largo de su obra, cuatro fases en el desarrollo económico: los pueblos cazadores, los pueblos pastores, las naciones agrícolas o feudales y las naciones comerciantes. En la etapa más primitiva, solo la cantidad de trabajo utilizada para producir un bien determina su valor de cambio. En cambio, a medida que la economía se va haciendo más compleja y avanzada, en la formación de los precios confluyen tres elementos: el salario, el beneficio y la renta. Estos tres elementos son la remuneración de los tres factores de producción: el trabajo, el capital y la tierra.

El trabajo es una mercancía y el salario su precio, el alquiler de la fuerza productiva del trabajador, con lo que el salario natural consiste en la cantidad necesaria para que éste pueda atender a sus necesidades.

El beneficio se produce cuando el capital acumulado por una persona es empleado para poner a otras personas a trabajar, facilitándoles unas herramientas de trabajo, las materias primas y un salario con el fin de alcanzar un beneficio (esperado y no garantizado) vendiendo aquello que ellos producen. La ganancia es así la recompensa de un riesgo y de un esfuerzo. Sobre la renta, Smith sostiene que, al incorporarse, con el crecimiento económico tierras de menor calidad y de productividad más baja, es, finalmente, la que determina el precio.

Smith considera preeminente la agricultura, y mucho más coincidentes los intereses de los agricultores, junto con los de los productores, con los de los demás miembros del resto de la sociedad. En cambio, de la otra clase social, junto con las dos anteriores, los capitalistas, desconfía enormemente: “Cualquier propuesta de una nueva ley o de un reglamento del comercio, que proviene de esta clase de gente, debe ser siempre recibido con la mayor desconfianza, y no adoptarla nunca hasta haberla sometido aun largo y serio examen, al que hace falta dedicar, no digo solamente la más escrupulosa, sino la atención más cuidadosa. Esta propuesta viene de una clase de gente cuyo interés no sabría nunca ser exactamente el mismo que el de la sociedad, ya que tienen, en general, interés en engañar al público, e incluso en oprimirlo y que, además, han hecho ya una y otra cosa en muchas ocasiones”.

El Estado es, igualmente, el gran distorsionador de los precios, imponiendo la restricción de la competencia y las trabas al libre comercio.

En una de sus citas más importantes se resumen muchas de sus ideas sobre el comercio libre: “El ingreso anual de toda sociedad es siempre precisamente igual al valor intercambiable de todo el producto anual de su industria, o más bien es precisamente la misma cosa que este valor de intercambio. En consecuencia, ya que cada individuo trata, al máximo posible; primero emplear su capital para hacer valer la industria nacional; y segundo dirigir esta industria de manera que haga producir el mayor valor posible, cada individuo trabaja necesariamente para devolver el mayor ingreso anual posible de la sociedad. En verdad, su intención, en general, no es la de servir al interés público, ya que él mismo no sabe hasta qué punto puede ser útil a la sociedad. Prefiriendo el éxito de la industria nacional al de la industria extranjera, no piensa más que en darse personalmente una mayor seguridad; y dirigiendo esta industria de manera que su producto tenga el máximo valor posible, no piensa más que en su propia ganancia; en aquello, como en muchos de otros casos, es guiado por una mano invisible hacia el cumplimiento de un fin que nunca ha estado en sus intenciones; y no es siempre lo peor para la sociedad que esta finalidad no entre en sus intenciones. Buscando sólo su interés personal, trabaja a menudo de una manera mucho más eficaz para el interés de la sociedad, que si se lo hubiera puesto como objetivo de su trabajo”.

Capital fijo y capital circulante:

El capital, por tanto, es la parte de los bienes acumulados por una persona que no son destinados a cubrir sus necesidades vitales y diarias, y que puede invertirse en proporcionarle otros ingresos. Aquí distingue entre capital fijo, aquel que no cambia de manos (máquinas, edificios usados para la producción, mejoras aportadas a la tierra, etc.), y capital circulante, aquel que es vendido por un precio, el cual constituye también capital circulante, con el que se adquieren bienes distintos (dinero, alimentos, materias primas, etc.). El capital fijo procede del gasto de capital circulante y, asimismo, lo precisa para su mantenimiento.

Trabajo productivo y trabajo improductivo:

Smith distingue entre el trabajo que contribuye a la realización de un bien capaz de ser colocado en el mercado (como el trabajo del obrero) y el que llama “trabajo improductivo”, que no añade nada al valor (como es el trabajo del criado, que empieza y termina en el mismo instante en que éste presta sus servicios). No considera inútil o deshonroso, simplemente dice que su resultado no se puede conservar y no contribuye, pues, al fondo económico para el año siguiente.

La acumulación de capital:

Smith iguala ahorro a inversión: el hombre ahorrador dedica más fondos al trabajo productivo, su capital pone en marcha una producción adicional. Por el contrario, el malgastador desgasta su capital y disminuye la masa de los fondos disponibles para el trabajo productivo, lo que disminuye el ingreso nacional, incluso si no consume más que bienes nacionales.

La única manera de aumentar la producción de la tierra y del trabajo es aumentar, bien el número de trabajadores productivos, bien la productividad de estos. Esto requiere un capital suplementario, ya sea para pagar a los nuevos trabajadores, o para facilitarles nuevas máquinas o mejorar la división del trabajo.

Un país que tenga un exceso de improductivos (entre los que Smith señala como ejemplos, “una corte numerosa y brillante, una gran institución eclesiástica, grandes flotas y grandes ejércitos”), puede costarle una parte excesivamente grande de sus ingresos y quedarse sin los suficientes para mantener el trabajo productivo a su nivel, lo que provoca una disminución del ingreso nacional año tras año.

La mano invisible:

Lo más conocido de Smith, por supuesto, es la idea de la “mano invisible”. Según sostiene, las personas, al buscar su propio interés, hacen más por la sociedad que si, expresamente, tuvieran el bienestar de la misma entre sus objetivos: “En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo.

Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad, y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”.

Pese a la fama de la “mano invisible”, Smith solo la utiliza tres veces en la “Riqueza de las naciones”. En la “Teoría de los sentimientos morales” ya había avanzado que los hombres, principalmente, los propietarios, “a pesar de su egoísmo y rapacidad natural, a pesar que solo buscan su propia conveniencia […] comparten con los pobres el producto de sus mejoras. Son llevados por una mano invisible a hacer casi la misma distribución de las necesidades de la vida que se habría hecho si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitantes y así, sin intentarlo, sin saberlo, avanzan el interés de la sociedad”.

Smith tenía una confianza inquebrantable en que la división del trabajo, con la ampliación de los mercados que conllevaría, abría posibilidades ilimitadas para que la sociedad aumentara su riqueza y su bienestar mediante la expansión de producción y el comercio internacional, partía de la idea de un orden natural y espontáneo para la economía.

Aranceles a la importación:

Smith recurre al ejemplo de un padre de familia y de la “política” que debiera seguir más sensatamente en su casa, comparándolo con lo que debiera hacer el soberano, lo mismo pero a mucha mayor escala, en su reino: “El conceder el monopolio del mercado nacional a la producción nacional, en cualquier arte o industria, equivale en alguna medida a dictar a los ciudadanos particulares la manera en que deberían emplear sus capitales y en todos los casos resulta una intervención inútil o perjudicial. Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial […] La máxima de cualquier prudente padre de familia es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar. El sastre no fabrica sus zapatos, sino que los compra al zapatero. El zapatero no se hace sus vestiduras sino que las compra al sastre. Todos ellos comprenden que les resulta más conveniente emplear su esfuerzo de forma de tener alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar lo que necesitan con una parte del producto de su esfuerzo, o lo que es lo mismo, con el precio de una parte […] Lo que es prudente en la conducta de una familia nunca será una locura en la de un gran reino”.

Afirmaba que lo que los Estados que comerciaban a nivel internacional debían hacer especializarse en la producción de bienes y servicios donde obtengan ventaja comparativa, normalmente constituida a través del bajo costo de producción.

Ante dicha teoría, las naciones han implementado aranceles, impuestos por la importación de mercancías para proteger a su mercado interno, como forma de preservar el bienestar de las empresas nacionales y del empleo. El comercio libre tiene muchas ventajas, es indudable, tanto para nosotros como otros países pero, en ciertas ocasiones, al menos de forma temporal, también puede ser muy ventajoso proteger algunos sectores y potenciarlos: en EEUU, entre 1869 y 1933, los republicanos, bastante hamiltonianos, durante su período hegemónico, establecieron unos aranceles muy altos que permitieron desarrollarse a la industria estadounidense sin competencia extranjera y, sin embargo, en el interior, el estado no intervenía casi en la economía, los impuestos eran los más bajos del mundo, no había casi regulaciones y pocas empresas importantes en manos del Estado. Como resultado, EEUU era el país más rico del mundo y su gente disfrutaba de la mejor calidad de vida.

Es cierto que los aranceles no benefician a los países del Tercer Mundo, aunque no necesariamente deben aplicarse sobre todos los productos, sino solo en aquellas industrias y sectores en los que busquemos una especialización, y de forma temporal, hasta poder competir en igualdad con los productos extranjeros.

Los impuestos:

Smith considera que los súbditos de cualquier Estado deben contribuir al sostenimiento del gobierno en la medida de lo posible en proporción a sus respectivas capacidades, mediante unos impuestos que deben ser ciertos y no arbitrarios, cómodos para el contribuyente y, según sus propias palabras, “diseñados para extraer de los bolsillos de los contribuyentes la menor suma posible más allá de lo que ingresan en el tesoro público del estado”.

Otro de los aspectos en los que Adam Smith se fijó especialmente fue en el de la evasión fiscal y sus porqués. El motivo por el cual un individuo, ante una elevada carga tributaria, opta por el riesgo que supone intentar eludirla, al intuir y llegar, finalmente, a la conclusión de que es una opción que le puede compensar (siempre que la actividad inspectora de la administración tributaria no caiga sobre él). La evasión no está en la cultura, ni en comportamientos espontáneos, sino en causas profundas que Adam Smith señala claramente: “Un impuesto excesivo genera una gran tentación de evadirlo. Pero las penas por la evasión aumentan en proporción a la tentación. La ley, en oposición a todos los principios normales de la justicia, crea primero la tentación y castiga después a los que ceden ante ella; y normalmente además amplía el castigo en proporción a la misma circunstancia que debería contribuir a aligerarlo: la tentación de cometer el delito”

En definitiva, a la larga unos impuestos cómodos para el contribuyente, como dice Smith, junto con una prudencia en el gasto público, a la larga, llevan aparejados numerosos beneficios para la administración que debe financiarse a través de los mismos: “Para llevar un estado desde el ínfimo grado de barbarie hasta la máxima opulencia se necesita bien poco aparte de paz, impuestos cómodos y una tolerable administración de la justicia; el resto vendrá por sí solo mediante el curso natural de las cosas. Todos los gobiernos que tuerzan este curso natural, que fuercen a las cosas a seguir por otros canales diferentes o que pretendan interrumpir el progreso de la sociedad en algún punto determinado, serán antinaturales y para seguir manteniéndose en el poder se verán obligados a ser opresivos y tiránicos”.

Las funciones del Estado:

Finalmente, Adam Smith trata en esta obra de las finanzas públicas y expone sus ideas sobre las partidas de gastos públicos que considera legítimas de acuerdo con su opinión general sobre las funciones del gobierno. Para Smith, el Estado debe limitarse a garantizar la defensa, la justicia y seguridad y las obras públicas. Es muy significativo leer sus propias palabras.

Sobre defensa:

“El primer deber del soberano, el de proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes, sólo puede ser cumplido mediante una fuerza militar”.

Sobre justicia y seguridad:

“El segundo deber del soberano, el de proteger en cuanto le sea posible a cada miembro de la sociedad contra la injusticia y opresión de cualquier otro miembro de la misma, o el deber de establecer una administración exacta de justicia”.

“…. de la misma forma, un impuesto de timbre sobre los trámites judiciales de cada tribunal, a ser cobrado por este mismo tribunal, y dirigido a la manutención de sus jueces y otros funcionarios, podrá proporcionar un ingreso suficiente para afrontar el gasto de la administración de justicia sin hacerlo recaer sobre el ingreso general de la sociedad. Es verdad que en este caso los jueces sentirían la tentación de multiplicar innecesariamente las diligencias en cada proceso, para incrementar en todo lo posible el producto de un impuesto de timbre de esta naturaleza. En la Europa moderna la costumbre ha sido en la mayoría de los casos regular el pago de abogados y empleados de justicia según el número de páginas que escribiesen, y el tribunal determinaba que cada página debía contener tantas líneas y cada línea tantas palabras. Para aumentar su retribución los abogados y funcionarios judiciales han procurado multiplicar las palabras por encima de cualquier necesidad, y han corrompido así el lenguaje legal de todos los tribunales de justicia de Europa. Una tentación análoga puede haber ocasionado la misma corrupción en los formulismos de los procedimientos judiciales”. Sostiene que la administración de justicia puede mantenerse con tasas judiciales, nunca antes de terminar el proceso, para motivar la velocidad de los jueces. 

“Cuando el Poder Judicial está unido al Poder Ejecutivo, es casi imposible que la justicia no resulte sistemáticamente sacrificada en aras de lo que vulgarmente se denomina la política. Las personas a quienes se confían los más altos intereses del estado, incluso aunque no tengan una mentalidad corrupta, podrán en ocasiones imaginar que los derechos de un ciudadano privado deben ser sacrificados ante esos intereses. La libertad de cada individuo, la sensación que tiene de su propia seguridad, depende de una administración imparcial de la justicia. Para que cada persona se sienta plenamente segura de la posesión de cualquier derecho que le corresponda no sólo es necesario que el Poder Judicial esté separado del Ejecutivo, sino que además debe tener con respecto a este poder la máxima independencia. El juez no debería estar expuesto a ser destituido según el capricho del Poder Ejecutivo. El pago regular de su salario no debería depender de la buena voluntad y ni siquiera de la buena gestión económica de ese poder”. Smith sostiene que puede haber gastos fijos que deban sostenerse con impuestos sobre las propiedades pero recaudados por el Poder Judicial. Y allí enlaza el tema de la independencia del Poder Judicial.

Sobre las obras públicas:

“El tercer y último deber del soberano o el estado es el de construir y mantener esas instituciones y obras públicas que aunque sean enormemente ventajosas para una gran sociedad son sin embargo de tal naturaleza que el beneficio jamás reembolsaría el coste en el caso de ningún individuo o grupo reducido de individuos y que, por lo tanto, no puede esperarse que sea construido”. Adam Smith sostiene que las obras las deben pagar los directamente beneficiados por eso estimula el sistema de peajes para puentes, caminos y rutas. El Estado debe tener entre sus competencias el correo y la acuñación de moneda.

“Incluso aquellas obras públicas que por su naturaleza no pueden generar ingreso alguno para mantenerse por sí mismas, y cuya conveniencia se limita prácticamente a un lugar o distrito particular, son siempre mejor conservadas por un ingreso local o provincial que por el ingreso general del estado… Si las calles de Londres fuesen iluminadas y pavimentadas con cargo al tesoro ¿habría alguna probabilidad de que estuviesen tan bien iluminadas y pavimentadas como lo están y a un costo tan reducido?”. Los gastos que benefician a toda la sociedad deben ser sufragados con recursos generales.

Pero no se queda ahí. Al contrario de las definiciones del liberalismo como la ausencia total de regulación (o “la ley de la selva”), en lugar de la libertad dentro de un marco normativo que evite los abusos. Todo lo contrario, Smith considera que “Puede decirse que la caprichosa ambición de algunos tiranos y ministros, que en algunas épocas ha tenido el mundo, no ha sido tan fatal al reposo universal de Europa como el impertinente celo y envidia de los comerciantes y fabricantes” o que “Rara vez se verán juntarse los de la misma profesión u oficio, aunque sea con motivo de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y sus conversaciones en alguna combinación o concierto contra el beneficio común, conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías”. Adam Smith tenía muy clara la idea del bien común como fin último. Convencido de que la libertad económica es el mejor camino para alcanzarlo, no obstante, era consciente de que existirán individuos que incluso podrán conspirar contra el bien común (¿los monopolios?). Las leyes deben evitar conductas que terminen desvirtuando esa libertad económica. “Dos objetos son los que presenta la economía política, considerada como uno de los ramos de la ciencia de un legislador y que debe cultivar un estadista: el primero… habilitar a sus individuos y ponerles en estado de poder surtirse por sí mismos de todo lo necesario; y el segundo, proveer al Estado o República de rentas suficientes para los servicios públicos y las expensas o gastos comunes, dirigiéndose en ambos objetos a enriquecer al Soberano y al pueblo como tales”.

El Estado tiene un papel mínimo pero importante para que podamos disfrutar de nuestra libertad. Smith en modo alguno puede ser tachado de no haber sido realista.

Con todos los aspectos matizables dentro de sus teorías, otros que se habrán quedado ya un poco obsoletos en estos tiempos (aunque la mayoría sigan de plena actualidad) y a pesar de un clamoroso error como considerar que el valor real de un bien está determinado por el trabajo empleado en producirlo (Marx encontró una fuente de inspiración en ello), Adam Smith, sin duda, se eleva como un auténtico coloso dentro de la historia tanto de la libertad económica como de la libertad individual.

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