Posteado por: Javier | diciembre 9, 2010

Que lo ejecuten en el nombre de Dios

Un verdadero privilegio el que tienen en Estados Unidos, el de poder ver las fotos de asesinos, violadores y otros criminales, a diferencia de en España. Ya se sabe, por el famoso “derecho a la intimidad” de esta gentuza, el criminal suele ser A.R.P., R.D.L. o T.V.M., no es lo normal que veamos sus nombres y mucho menos sus caras.

La de este engendro sí la vemos:

Se trata de Rodney Alcalá, condenado en febrero, en Santa Ana (California), a morir por medio de la inyección letal, considerado el mayor asesino en serie de Estados Unidos, un ex fotógrafo independiente y miserable criminal, como autor de la muerte de una niña de 12 años de Huntington Beach y la de cuatro mujeres del Condado de Los Ángeles en la década de los 70s. Un ser depravado, del que se dice tiene un coeficiente intelectual similar al de Einstein, y que también había sido condenado por el asesinato de Robin Samsoe, quien fue secuestrada por este engendro mientras iba en bicicleta a una clase de ballet, el 20 de junio de 1979, el de Jill Barcomb, de 18 años, y asesinada en 1997, el de Georgia Wixted, de 27 años, en 1978, el de Charlotte Lamb, de 32 años, en 1978, y el de Jull Parenteau, cuyo asesinato ocurrió en 1979. No obstante, se especula con que podría ser el autor de unas cien muertes más, el número de fotos que se han encontrado en su poder y que se han difundido con la esperanza de resolver otros tantos casos de desapariciones de mujeres.

Actualmente, Alcalá se encuentra en el corredor de la muerte de la prisión estatal de San Quintin (California). Que se cumpla la sentencia a lo menos tardar y ocupe lo antes posible el lugar que tiene reservado en el infierno, bajo el pie de Satanás. No hay derecho a mantener de por vida, a cuenta del contribuyente, a esta escoria, encerrada en una prisión.

No es para menos, los liberales que consideren la pena de muerte un instrumento eficaz para proteger a los ciudadanos del crimen podrán estar de enhorabuena el día que se ejecute la sentencia. Sí que es cierto que, con respecto a España, parto de lo problemático de la aplicación de la pena de muerte en nuestro país. La administración de justicia está monopolizada por el Estado y en España ésta brilla por su ineficiencia. Algo como una hipotética implantación de la pena capital exigiría una reforma a fondo de la legislación procesal penal (aún estamos con una ley del siglo XIX), hasta el punto de que pudiera ser necesaria hasta la promulgación de una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal, y del sistema judicial en su conjunto. Ahora mismo, por otro lado, jurídicamente no es posible sin una reforma de la Constitución a través de los mecanismos que la misma establece (conste que, a pesar de sus deficiencias, es un texto que a los españoles nos ha proporcionado una cierta estabilidad en las últimas décadas, al igual que ocurre con la monarquía) así como por esta institución igualmente socialista y alejada de lo cristiano que es la Unión Europea.

Pero Estados Unidos es un caso completamente distinto. Las Américas son más salvajes, más indómitas que la vieja Europa. Posiblemente, sin la libertad de portar armas de fuego, como medio de autodefensa, y sin la pena de muerte, como medio disuasorio, las tasas de criminalidad en Estados Unidos serían aún mayores. En España, con unas penas más blandas, la criminalidad es sensiblemente inferior. Cada país tiene unas necesidades y una realidad distintas. En España la cuestión sería despenalizar numerosas minucias que entran dentro del Código Penal, pasarlas a la jurisdicción civil, eliminar algunos tipos delictivos más bien liberticidas y endurecer las penas en los delitos graves de verdad, incluso si hay que llegar a la cadena perpetua.

Pero la cuestión principal es que la ley penal no está para “reformar” a nadie y menos si ese alguien no se quiere reformar. Es un poso de una mentalidad totalitaria y liberticida pensar que las leyes pueden tener ese efecto. La ley penal está para castigar al criminal, obligarle a reparar el daño causado y apartar de la sociedad a un elemento peligroso para que no pueda ocasionar más perjuicios aún.

La ley y la condena a quien la vulnera es el instrumento del Estado para cumplir la que debe ser su función fundamental y que no es otra que defender nuestra vida, nuestra propiedad y nuestra libertad frente a las agresiones de terceros. Existen una serie de individuos que deben verse lo suficientemente intimidados por las posibles consecuencias penales de sus actos criminales. En todo caso, si no la pena de muerte, al menos, debería ser algo debatible la cadena perpetua. Los criminales deben ser apartados de la sociedad por el peligro que representan y castigados, por ello, con la debida proporcionalidad. Si se reinsertan, mejor, pero el fin debería ser el primero. Está por ver que se demuestre con argumentos sólidos que la pena de muerte sea, siempre y en todo momento, desproporcionada con respecto al daño infligido a través de la comisión de algunos delitos.

Los cristianos, como no, también deben felicitarse de que se haga justicia. Desde luego, los de Estados Unidos pueden alegrarse de que su país, pese a las degeneraciones y la acción de determinados grupos que intentan minar la aplicación de la pena capital tupiendo los tribunales a base de demandas con las que paralizar los procedimientos y la ejecución de las sentencias, siga siendo una reserva de valores liberales y cristianos.

La pena de muerte, no obstante, creo no pocos problemas morales a algunos cristianos. No hace mucho, he leído que gran parte de los pastores presbiterianos de Atlanta, tras la ejecución del asesino Mark McClain, en octubre de 2009, han manifestado que la pena capital “usurpa” la posición de Dios, sosteniendo quela pena máxima debería ser abolida ya que “la venganza solamente le corresponde a Dios”. Que la santurronería papista ha contaminado muchos púlpitos protestantes es más que evidente pero, es más, también se alega el Sexto Mandamiento, como ilegitimador, moralmente hablando, de la pena capital.

Bien, vamos a ver, en la mayoría de ediciones de la Biblia, el Sexto Mandamiento aparece como “No matarás”. La palabra hebrea traducida “matarás” en el Sexto Mandamiento es ratsach, y puede significar “matar” o “quitar la vida” a propósito o accidentalmente. Ratsach, como muchas otras palabras, tiene muchas acepciones, y por lo tanto su significado en un versículo en particular debe ser obtenido del contexto en que aparece así como de toda la Biblia. Si se prohibiera matar en cualquier circunstancia, incluso mediante la aplicación de la pena capital o en guerras, entonces ¿cómo es que en el Antiguo Testamento se aplica la pena de muerte en tantas ocasiones?

El Sexto Mandamiento significa que no debemos quitar una vida injustamente. La palabra ratsach, en realidad, debemos entenderla como “asesinar”, segar una vida sin justificación alguna. Ese es el sentido en que debe interpretarse el versículo. El mandamiento protege la vida, no como la posesión mundana más importante, sino porque es la base de la existencia humana, y es en la vida que la personalidad es atacada, y en ella, la imagen de Dios (Génesis 9:6).

Sobre la “venganza que corresponde solo a Dios”. Por un lado, el castigo para la eternidad sí corresponde a Dios. Pero el castigo en la tierra es administrado por el hombre como mandato de Dios. Salvo en casos como el Diluvio o la destrucción de Sodoma y Gomorra, anticipos del Juicio Final contra los malvados, el hombre es el responsable de la aplicación de la pena capital (Génesis 9:6: “El que derrame sangre de hombre, su sangre será derramada por hombre; porque a imagen de Dios él hizo al hombre”). Dios es quien da al hombre la responsabilidad de mantener una sociedad segura. Dios dijo que si un hombre derrama la sangre de otro hombre, entonces es tarea de los hombres hacer justicia y vengar ese derramamiento de sangre para proteger al resto de miembros de la sociedad. No tiene base bíblica alguna, pues, lo que dicen estos pastores.

Más aún, después de los Diez Mandamientos, en Éxodo se instituye la pena de muerte por asesinato:

21:12: El que hiriere a alguno, haciéndole así morir, él morirá. 
21:13: Mas el que no pretendía herirlo, sino que Dios lo puso en sus manos, entonces yo te señalaré lugar al cual ha de huir. 
21:14: Pero si alguno se ensoberbeciere contra su prójimo y lo matare con alevosía, de mi altar lo quitarás para que muera.
21:15: El que hiriere a su padre o a su madre, morirá.

Por supuesto, aparte de no castigarse con la muerte el homicidio accidental, el hombre es el encargado del cumplimiento de esta ley.

Junto con el asesinato, la Biblia, igualmente legitima la pena de muerte para el secuestro (Éxodo 21:16: “El que secuestre a una persona, sea que la venda o que ésta sea encontrada en su poder, morirá irremisiblemente”) o el perjurio (Deuteronomio 19:16-21: Cuando se levantare testigo falso contra alguno, para testificar contra él, entonces los dos litigantes se presentarán delante de Jehová, y delante de los sacerdotes y de los jueces que hubiere en aquellos días. Y los jueces inquirirán bien; y si aquel testigo resultare falso, y hubiere acusado falsamente a su hermano, entonces haréis a él como él pensó hacer a su hermano; y quitarás el mal de en medio de ti. Y los que quedaren oirán y temerán, y no volverán a hacer más una maldad semejante en medio de ti. Y no le compadecerás; vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”. Igualmente, para una condena a muerte era necesario el testimonio de dos o tres testigos. Sólo se debía llevar a cabo la ejecución cuando no existía ninguna duda acerca de la culpa, por tanto, de acuerdo con la Biblia, no se debe ejecutar a una persona sin clara evidencia de que es realmente culpable.

Vemos lo que afirmaba Juan Calvino, posiblemente el padre espiritual de los Estados Unidos, en el Libro Cuarto de su “Institución de la Religión Cristiana”, acerca de la pena capital: “Pero aquí se suscita una cuestión muy difícil y espinosa; conviene a saber, si se prohíbe a los cristianos en la Ley de Dios matar. Porque si la Ley de Dios lo prohíbe (Éx. 20,l3; Dt. 5, 17; Mt. 5,21), y si el profeta anuncia del monte santo de Dios, o sea de su Iglesia, que en ella no harán mal ni dañarán (Is. 11,9; 65,25), ¿cómo es posible que los gobernantes sean a la vez justos y derramen la sangre humana? En cambio, si se entiende que el gobernante al castigar no hace nada por sí mismo, sino que ejecuta los juicios mismos de Dios, este escrúpulo no nos angustiará.

Es verdad que la Ley prohíbe matar y, por el contrario, para que los homicidas no queden sin castigo, Dios, supremo legislador, pone la espada en la mano de sus ministros, para que la usen contra los homicidas. Ciertamente no es propio de los fieles afligir ni hacer daño; pero tampoco es afligir y hacer daño castigar cómo Dios manda a aquellos que afligen a los fieles. Ojalá tuviésemos siempre en la memoria que todo esto se hace por mandato y autoridad de Dios, y no por temeridad de los hombres; y que si precede tal autoridad nunca se perderá el buen camino, a no ser que se ponga freno a la justicia de Dios para que no castigue la perversidad. Mas si no es licito darle leyes a Dios, ¿por qué hemos de calumniar a sus ministros? Porque, como dice san Pablo, no en vano llevan la espada, pues son servidores de Dios, vengadores para castigar al que hace lo malo (Rom. 13,4). Por ello, si los príncipes y los demás gobernantes comprendiesen que no hay cosa más agradable a Dios que su obediencia, si quieren agradar a Dios en piedad, justicia e integridad, preocúpense de castigar a los malos”
.

En el Antiguo Testamento, en definitiva, se ordenaba la pena de muerte para varios actos: asesinato (Éxodo 21:12), secuestro (Éxodo 21:16); bestialidad (Éxodo 22:19), adulterio (Levítico 20:10), sodomía (Levítico 20:13), ser un falso profeta (Deuteronomio 13:5), prostitución y violación (Deuteronomio 22:4), así como y muchos otros crímenes. Tomando a Dios como centro, presentándonos ante Él, todos y cada uno de los pecados que cometemos merecen la muerte (Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”). Recordemos que estamos muertos en nuestra propia naturaleza pecaminosa, la depravación total, y, aunque la merezcamos todos, muestra su gracia con algunos a los que no condena (Romanos 5:8: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”). También hay, en el Antiguo Testamento, pasajes en los que Dios es misericordioso no quitando la vida al pecador, como el caso del rey David, autor de adulterio y asesinato.

La pena capital fue instituida por Dios, como leímos en Génesis 9:6, y, en modo alguno, derogada por Cristo (con la Ley, Dios nos demuestra a los hombres que somos incapaces de cumplirla y que necesitamos Su salvación, Cristo no nos exime de cumplirla sino que nos libra de la maldición de la Ley), antes al contrario, apoyaba la pena capital en algunos casos, pero también mostró Su gracia cuando esta sentencia estaba por ejecutarse, como en el caso de la adultera que iba a ser apedreada por los fariseos (Juan 8:1-11). Este es uno de los versículos más manipulados, que ya es decir, de los Evangelios. Recordemos que los fariseos, como los saduceos, sostenedores del legalista y precioso sistema de muerte espiritual en que se había convertido el judaísmo en los tiempos en que el Salvador habitó entre nosotros (sepulcros blanqueados), buscaban constantemente poner trampas a Jesús, sorprenderle en la violación de la Ley. Jesucristo lo único que hizo fue recordarles su hipocresía (“El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”), no pretendían castigar el pecado sino tenderle una trampa, además de haber condenado a la adultera sin cumplir el requisito de los dos testigos mínimos. Mostraba su misericordia hacia la mujer pero no le daba el beneplácito al pecado (“Ni yo te condeno; vete, y no peques más”), en modo alguno.

Si en el Nuevo Testamento no se defiende la pena de muerte, ¿cómo es que no protestó Jesucristo o declaro la ilegitimidad de Pilatos para condenarle según las leyes del Imperio Romano? ¿Cómo es que, tras la conversión del Buen Ladrón, no clamó porque vida la vida de éste fuera perdonada y bajado de la cruz? Todo lo contrario, Cristo reconocía la potestad humana de aplicar la pena capital para ciertos delitos.

Si alguien les argumenta “oye, tío, eso no puede ser, Dios es amor”. Efectivamente, PORQUE DIOS ES AMOR, INSTITUYE LA PENA CAPITAL, ya que Jesucristo nos enseñó a amar al prójimo. Cuando dijo que el segundo gran mandamiento era “ama a tu prójimo como a ti mismo”, estaba citando Levítico 19:18. La Ley de Moisés sí enseñaba amor, y parte de ese amor por la gente y la sociedad era protegerla del mal haciendo cumplir la Ley, la cual incluía la pena de muerte. El plantear que haya un sistema penal justo y que proteja auténticamente a las víctimas es amar al prójimo, incluso a nuestro enemigo. Si la disuasión de la pena de muerte salva la vida de alguien que sea nuestro enemigo, evita que sea asesinado, estaremos mostrando el amor incluso a quien esté enemistado con nosotros, del que habló Cristo.

Aunque pueda ser merecida, Dios no siempre exige la pena de muerte, pero es indudable que la contempla. El pecado siempre es un crimen contra Dios, aunque algunos puedan no serlo contra el hombre. Todos ellos recibirán el castigo no en esta vida sino en la siguiente, en forma de muerte eterna, salvo que hayan sido perdonados por Dios. Humanísticamente y, quedándonos en nuestra limitada visión, nos puede parecer ilegítima la pena de muerte como castigo y, es más, nos podemos sentir hasta moralmente superiores frente a quienes la defiendan. ¿Moralmente superiores a Dios, incluso? Él instituyó la pena capital en la Biblia, desde luego, y, salvo que de la base desde la que partamos sea su negación, es muy prepotente y mezquino pensar que superamos a Dios en cuanto a justicia y compasión, cuando se encuentra en una posición, en cuanto a perfección, infinitamente superior a nosotros.

¿Hasta dónde llegamos, pues? En Génesis 9:6, Dios concede ya la autoridad al gobierno para establecer y determinar la pena de muerte para determinados crímenes, delitos de sangre, lo que se ratifica en Romanos 13:1-7, sobre el respeto a las leyes promulgadas por gobiernos legítimamente constituidos: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de Dios que atienden continuamente a esto mismo. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”.

Desde el punto de vista cristiano y, en definitiva, desde el del liberalismo engendrado por el cristianismo, el gobierno legítimo tiene la potestad de castigar, o no, con la pena de muerte los delitos más execrables, especialmente, los delitos de sangre.

Igualmente, de aquí pudiera extraerse la legitimidad de que los ciudadanos democráticamente pudieran decidir sobre la implantación o no de este castigo.

Así pues, que lo ejecuten no solo en el nombre de la libertad, sino en el de Dios.

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Responses

  1. […] Apostólica y Romana apoyaba la pena de muerte) para oponerse a la pena capital. En buena medida, les remito a una entrada anterior, aunque canse un poco estar hablando 23.000 veces de lo mismo. Estos días estoy teniendo la […]

  2. […] el punto de vista cristiano, cada vez que medito más, menos defendible me parece, lo adecuado es la pena capital, una pena, por otro lado, muchísimo más humana que la cadena perpetua. Parecerá muy chocante […]


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