Posteado por: Javier | diciembre 25, 2010

Combatiendo el pecado en un orden liberal

Ayer, domingo por la tarde/noche de frío crudo, estuve repasando los acontecimientos que rodearon los eventos que dieron lugar a la identificación de brujas en el Salem de la colonia puritana. En esta exposición histórica-jurídica, pretendo empezar a desarrollar mi “teoría” sobre el papel jurídico de la iglesia cristiana y su relación con el Estado. Insisto, “pretendo desarrollar” porque no es muy definitivo y es solo una de las teorías con las que “juego” habitualmente en mis tiempos de reflexión.

El Estado, en virtud del ministerio de justicia otorgado a el por Dios, ocupa un lugar especial en el Reino, y tiene una relación especial con la iglesia. El Estado es soberano, significando que ninguna autoridad terrenal existe por encima de el; si existiese tal autoridad terrenal el Estado ya no podría llevar adelante su misión que es administrar justicia final, contra la cual no hay recurso. Pero el Estado no lleva adelante su ministerio en aislamiento. Debe someterse a la ley de Dios o ser tiránico; por lo tanto ha de rendirse a la enseñanza de la iglesia en tanto que esta enseñanza tenga repercusiones en su ministerio; la administración de justicia. Y no tengan duda: justicia es el primer interés de la Ley de Dios, y de hecho, la justicia aparte de la Ley de Dios es una imposibilidad. El Estado no puede cumplir su llamado sin la Ley de Dios; esa ley es extendida a él, lo mismo que a cualquier otra institución terrenal, por el ministerio de la iglesia. Así que la iglesia tiene un papel constitucional que jugar en la vida de las naciones. El estado es soberano; sin embargo, la iglesia tiene la tarea de supervisar el ministerio del Estado de manera que este no exceda sus límites.

Dicho esto, muchos se estarán preguntando acerca de las “cazas de brujas” o apostatas. Bien: de ninguna manera pretendo ni he pretendido justificar ciertos acontecimientos en Salem, Massachussetts. Al final, casi todos los magistrados confesaron su error y, como Dios siempre es justo, destrozó aquella colonia de los puritanos por sus excesos y por ciertos abusos inaceptables contra quienes consideraban brujas. Pero esa no es la cuestión. La cuestión que sigue vigente es esta:

Dentro de un orden liberal, ¿qué podría y debe hacer la iglesia contra quienes se declaran enemigos de Dios? Cuando digo “enemigos”, estoy hablando de aquellos individuos que rechazan, conscientemente, deseosamente y gustosamente, la Ley de Dios. Me viene a la mente los adúlteros, los homosexuales, los pederastas, los ateos, los que practican brujería (wicca/santería), etcétera. En definitiva, cualquier persona que viole uno de los diez mandamientos (aunque hay otras leyes).

Un par de cosas:

1. La iglesia tiene una autoridad bíblica y constitucional para pronunciar juicios en términos de la ley de Dios. Es decir: el poder de atar y desatar. El atar y desatar se refieren en este pasaje a la predicación del evangelio. Pedro proclamo el evangelio cuando contesto la pregunta de Jesús, “¿quién decís que soy yo?” al decir “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Este evangelio ata y desata al traer a los hombres al punto de decisión en pro o en contra de Cristo. Jesús también discutió el poder de atar y desatar en Mateo 18:15-20. Allí se refiere al poder de admitir a alguien en, o de excluir a alguien de, el compañerismo de la iglesia, en términos de su obediencia a los mandamientos de Dios. Por lo tanto denota una autoridad judicial, una autoridad para pronunciar juicio en términos de la ley de Dios.

2. El atar y el desatar son términos de dos tipos: predicación y disciplina. Estas dos juntas conforman el poder de las llaves. La gente llega a estar bajo el juicio de Dios, o son liberados de él. La iglesia tiene el poder de hacer esto: puede atar a los pecadores al poder del pecado, entregándolos a Satanás (I Corintios 5:5; I Timoteo 2:20) o los puede liberar del poder del pecado.

Por ejemplo, en I Corintios tenemos el caso del incestuoso. Dice así la Palabra de Dios:

“Por todas partes se oye hablar de una inmoralidad tal entre vosotros, que no se da ni entre los gentiles, hasta el punto de que uno de vosotros vive con la mujer de su padre.” (I Corintios 5:1)

Aquí, el apóstol Pablo habla sobre las penas y persecuciones que encuentra en su apostolado y el modo como Dios le concede superarlas.

Continua Pablo (v.2-5):

“Pues bien, yo por mi parte corporalmente ausente, pero presente en espíritu, he juzgado ya: que en nombre del Señor Jesús, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de Jesús Señor nuestro, sea entregado ese individuo a Satanás, para mortificar su sensualidad.

Hablamos del incestuoso. La pregunta ahora es esta:

¿Debe el Estado castigar el incesto? No voy a entrar en eso ya que mi exposición no se trata de los poderes estatales en un orden liberal sino de la Iglesia cristiana y sus poderes correspondientes. Atención, por favor, a las siguientes palabras de Pablo. Estas declaraciones nos dejan bastante claro que el “rol” primordial de la iglesia es castigar lo que normalmente no castiga el Estado. Así pues, no tenemos por que preocuparnos sobre temas como si el Estado debe castigar la sodomía o el incesto ya que esa no es la preocupación de un cristiano. Dice Pablo:

“Al escribiros en mi carta que no os relacionareis con los impuros, no me refería a los impuros de este mundo en general o a los avaros, a ladrones o idolatras. De ser así, tendríais que salir del mundo. ¡No!, os escribí que no os relacionarais con quien, llamándose hermano, es impuro, avaro, idolatra, difamador, borracho o ladrón. Con esos ¡ni comer! Pues ¿me toca a mí juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes vosotros juzgáis? A los de fuera Dios los juzgará.

¡Arrojad de entre vosotros al malvado!”  (I Corintios 5:9-13)

A los cristianos no nos corresponde legislar contra los pecados sino disciplinar y, si procede, excomulgar a los pecadores entre nosotros, que contaminan el cuerpo de Cristo, la Iglesia.

La jurisdicción eclesiástica se extiende solamente a aquellos que se someten a su autoridad. Para aquellos que no se someten a su autoridad permanece la maldición de Adán.

La Iglesia es la que ha recibido la ley de Dios, y esta llamada a predicar esa ley, a discipular a las naciones en términos de esa ley hasta que la obediencia sea completa.

Esto me lleva a mi tercer punto: las familias.

3. La iglesia tiene, antes del Estado, autoridad sobre las familias; sobre el hogar especialmente. Es decir: la Iglesia administra la ley de Dios en lo que atañe a la finalidad eterna del hombre. Ella NO legisla cada detalle de la vida; ella simplemente supervisa la actividad cultural para asegurarse que se conforma a los mandamientos de Dios, la cual es principalmente ética en contenido.

Creo que con esto he dejado bien claro que la Ley de Dios es para la Iglesia y no necesariamente el Estado: la postura liberal y cristiana es que el Estado en última instancia también hereda estas leyes, pero únicamente cuando las naciones se someten a Dios de forma voluntaria. Por ese mismo principio, podemos entender mejor por qué, en la colonia de Salem, existían leyes contra muchos pecados como la sodomía: los puritanos, de forma voluntaria, se sometieron a la Ley de Dios. Obviamente, vivimos en un país que no se ha sometido voluntariamente a la Ley de Dios y está en plena rebeldía impía contra Sus mandamientos.

Eso no significa, no obstante, que la Ley no tiene ninguna función. Pablo nos habla sobre esa función. Termino esta breve exposición citando a Pablo seguido de un comentario mío.

La función verdadera de la Ley.

I Timoteo 1: 8-10

“Sí, ya sabemos que la Ley es buena, con tal que se la tome como ley, teniendo en cuenta que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos, adúlteros, homosexuales, traficantes de esclavos, mentirosos, perjuros y para todo lo que se opone a la sana doctrina.”

La Ley aquí, señores, no va destinada a dar a conocer el pecado, sino a corregir a los pecadores.

Conclusiones

El Estado español, que continuamente viola a sabiendas la Ley de Dios, obviamente hace lo contrario: legaliza el adulterio, legaliza la homosexualidad y el matrimonio entre homosexuales, permite y consiente el trafico de mujeres esclavas(prostitución), miente a diario, y premia a los asesinos como De Juana Chaos y a otros terroristas asquerosos que merecen la pena capital. Celebra la impiedad cada vez que destina dinero público para financiar obras que blasfeman contra Dios, y los cargos del Estado están repletos de profanadores de profesión como Pepiño Blanco, feministas radicales como Maria Teresa de la Vega y Bibiana Aído, sodomitas agresivos como Pedro Zerolo, holgazanes y mentirosos de nacimiento como Zapatero, asesinos que no se arrepienten de su iniquidad como Santiago Carrillo, desgraciados como Alfredo Pérez Rubalcaba, y mal nacidos como los Bardem. Con este historial, es surrealista pedir que el Estado español sea vengador de la justicia de Dios cuando lo que se merece (y recibirá) es la venganza de Dios. Un Estado, como el español, que sea tan abiertamente hostil hacia las leyes cristianas solo merece la destrucción total y no me cabe la menor duda de que eso ocurrirá tarde o temprano y de alguna forma u otra. La maldición que padece la nación española tiene mucho que ver con el Estado, que no es otra cosa que un reflejo de la sociedad que nos rodea. La esperanza moral la encontramos en la iglesia. En su relación con la nación, la Iglesia ha de seguir con el Evangelio y aplicar la Ley de Dios dentro de nuestros propios ámbitos. No podemos pedir que un Estado prohíba el pecado cuando ese mismo Estado es un pecado, un reflejo de que la nación ha elegido vivir bajo las leyes del hombre en vez de las leyes de Dios. No debemos exigir que se acabe con el feminismo, que es una doctrina anticristiana, cuando el Estado promulga leyes feministas que son contrarias a la naturaleza de las cosas y máxime cuando muchas iglesias ni siquiera condenan el estado actual de las cosas. No pensemos que podemos ilegalizar conductas pecaminosas cuando no castigamos a los pecadores dentro de nuestra propia Iglesia como Dios manda.

Primero, la iglesia tiene que castigar y expulsar a los pecadores desde dentro del ámbito eclesiástico. ¿Cómo es posible que la Iglesia Católica se queje del matrimonio entre homosexuales cuando se niega a investigar a sus pederastas y a excomulgarlos del cuerpo de Cristo para que sean entregados a Satanás? De la misma forma, no es licito condenar la abominación de la homosexualidad cuando, por otro lado, permitimos que algunos hermanos en la fe cometan el pecado de la fornicación y cuando algunos se ríen, constantemente, casi como si lo celebrasen, cuando algunos compran revistas pornográficas o se bajan este tipo de imágenes para el móvil.

Con el auge de las distintas confesiones en España, los cristianos que defendemos la libertad tenemos una gran oportunidad para empezar a ser justicieros en nuestra propia casa. La libertad confesional nos da potestad para ejercer el derecho a excomulgar a quienes no se sometan a las Leyes de Dios tal y como los adúlteros, los homosexuales, los que van de tolerantes y niegan la Santísima Trinidad, los profetas falsos, los desobedientes, etc. No hay ninguna ley que prohíba, de momento, ejercer esta autoridad desde dentro. No se preocupen en demasía por los Zerolos del mundo, como cité antes, ya Dios se encargará de esos. No se angustien en demasía cuando el Estado prohíba los castigos corporales contra los niños que desobedezcan a sus padres, pues el orden natural y divino de las cosas impide que el Estado sepa a ciencia cierta si un padre le da un bofetón a su hijo o si le golpea con un cinturón cuando falta al respeto y desobedece. Y yo les aseguro de que Bibiana Aido, reina del infierno donde las haya, no puede saber si una madre ha decidido quedarse en casa por su propia voluntad (y la de su marido) para ser ama de casa y buena madre de sus hijos. En definitiva, de momento no está prohibido que la mujer sepa llevar bien una falda y que el marido sea el que lleve los pantalones en el hogar aunque el Código Civil español mantiene un principio de “equidad” antinatural en lo que se refiere a la relación conyugal.

Y hay mucho más que podemos hacer:

1. Si usted tiene la desgracia de tener que mandar a su hijo a un colegio publico donde se imparte la asignatura de Educación Para La Ciudadanía, hágale saber que es doctrina falsa y anímelo a cuestionar y criticar todo lo que diga el profesor. Es una estrategia que han utilizado los ateos y embajadores del laicismo para abortar las enseñanzas cristianas y la proporcionalidad a la hora de defenderse nunca es pecado.

2. Si hay alguien desde dentro de la iglesia justificando la promiscuidad, el adulterio, la inmigración ilegal (como hace la de los católicos), y otros pecados, hay que reprocharlo, condenarlo y si no cesa, excomulgarlo.

3. Hay que conocer, de fondo, a los parroquianos para poder saber el estado de sus hogares, el estilo de vida que llevan, y si sus actuaciones corresponden con los mandamientos.

4. En el mundo, debemos persistir en nuestra condenación contra el pecado y dejar de ser tan optimistas a la hora de exigir que el Estado imponga una moral cristiana, pues no es un Estado cristiano sino un Estado anticristiano y socialista. Me da igual que gobierne el PSOE o el PP: ambos partidos no son defensores de las libertades ni del liberalismo de ningún tipo.

En definitiva, lo liberal es exigir, constantemente, el Estado limitado, la propiedad privada, recortes en el gasto publico y una política monetaria austera, sin impuestos “progresivos” como el IRPF o el IBI. Lo liberal incluye todo esto y también nos da derecho a denegarle la entrada a aquellos grupos cuyo único objetivo es desestabilizar la libertad confesional y la propiedad privada. Por eso, cada vez que se acerque un enemigo de estos principios a la iglesia, nuestro deber es condenarlo, demostrarlo, y pedir su arrepentimiento. Si persisten, entonces le castigamos con las herramientas que nos ha dado Dios. Por eso, digo con toda serenidad, que si Zerolo & co llegan a acercarse a nuestra iglesia e intenten penetrar en ella, lo condenaremos y exigiremos un arrepentimiento so pena de tener que enfrentarse a una declaración oficial de “persona non grata.” Hace falta recuperar el sentido y el concepto del “escándalo” antes de evangelizar lo demás en un orden liberal. Será que soy raro, pero yo todavía me escandalizo cuando veo como se celebra, abiertamente, la iniquidad y la tiranía.


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