Posteado por: Javier | enero 2, 2011

Las consecuencias de ofender a Dios

Hoy domingo, un pasaje para reflexionar sobre un suceso de la historia, del cual se cumplió el 450 aniversario el pasado 22 de diciembre:

Éxodo, Capítulo 11: “1 Y Jehová dijo á Moisés: Una plaga traeré aún sobre Faraón, y sobre Egipto; después de la cual él os dejará ir de aquí; y seguramente os echará de aquí del todo. 2 Habla ahora al pueblo, y que cada uno demande á su vecino, y cada una á su vecina, vasos de plata y de oro. 3 Y Jehová dió gracia al pueblo en los ojos de los Egipcios. También Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, á los ojos de los siervos de Faraón, y á los ojos del pueblo. 4 Y dijo Moisés: Jehová ha dicho así: A la media noche yo saldré por medio de Egipto, 5 Y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está tras la muela; y todo primogénito de las bestias. 6 Y habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto, cual nunca fué, ni jamás será. 7 Mas entre todos los hijos de Israel, desde el hombre hasta la bestia, ni un perro moverá su lengua: para que sepáis que hará diferencia Jehová entre los Egipcios y los Israelitas. 8 Y descenderán á mí todos estos tus siervos, é inclinados delante de mí dirán: Sal tú, y todo el pueblo que está bajo de ti; y después de esto yo saldré. Y salióse muy enojado de con Faraón. 9 Y Jehová dijo á Moisés: Faraón no os oirá, para que mis maravillas se multipliquen en la tierra de Egipto. 10 Y Moisés y Aarón hicieron todos estos prodigios delante de Faraón: mas Jehová había endurecido el corazón de Faraón, y no envió á los hijos de Israel fuera de su país”.

Estos versículos hay que ponerlos en relación con Éxodo 7:3-4: “3 Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas. 4 Y Faraón no os oirá; mas yo pondré mi mano sobre Egipto, y sacaré á mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, de la tierra de Egipto, con grandes juicios”.

Todos somos culpables pues todos hemos pecado. Nada bueno puede salir de nuestros corazones si Dios no lo coloca en ellos. El pecado es algo que ofende de sobremanera a Dios, Su ira se engrandece enormemente, tanto por el pecado original, como por aquellos que cometemos ahora y Su voluntad es castigarlos, por Su perfecta justicia, temporal o eternamente: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para hacerlas” (Deuteronomio 27:26; Gálatas 3:10).

Dios puede endurecer el corazón de alguien o sujetarle a la obediencia, sin embargo, no es Él el responsable de que esa persona actúe de forma malvada o impía pues el proceder de esa forma es lo que está dentro de la naturaleza caída del ser humano. Como el pecado no puede quedar sin castigo, no es injusto que castigue a aquellos cuyo corazón ha endurecido. El Faraón de Egipto no era alguien bueno o inocente, sino un tirano que se complacía en la opresión de los israelitas en la esclavitud. Estos llevaban cuatro siglos sirviendo a los egipcios e incluso un Faraón había ordenado que los recién nacidos varones de los israelitas fueran muertos. Su pueblo aprobaba la actuación de este tirano o, al menos, no se le oponía.

Antes de la última plaga, la muerte de los primogénitos egipcios, Dios había dado una y otra oportunidad al Faraón y a Egipto para arrepentirse y dejar marchar a Israel, sin embargo, éstos habían endurecido ellos mismos su corazón. Tras una sombra de arrepentimiento, durante la plaga del granizo, volvió a endurecer su corazón y perseverar en el pecado: “Y viendo Faraón que la lluvia había cesado y el granizo y los truenos, perseveró en pecar, y agravó su corazón, él y sus siervos. Y el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir á los hijos de Israel; como Jehová lo había dicho por medio de Moisés” (Éxodo 9:34-35).

Dios endureció el corazón del Faraón y de Egipto, con lo que no permitieron salir a Israel, sin embargo, ellos mismos se habían atraído este juicio sobre ellos mismos al haber sometido a los israelitas a la esclavitud y haber matado a sus recién nacidos. Romanos 6:23 dice que la paga del pecado es la muerte, con lo que el castigo al Faraón y a Egipto por sus pecados con terribles plagas no fue injusto, sino misericordioso, pues un castigo enteramente justo hubiera sido que Dios hubiera destruido por completo a Egipto, lo que no hizo.

La Biblia, tanto a nivel individual como colectivo, ofrece múltiples ejemplos de creyentes que son perseguidos y hasta muertos por defender su fe y su libertad ante los poderes terrenales. Persecuciones y oprobios los cuales nunca quedan sin castigo. Faraón era un tirano más de este mundo, de Egipto, pero su ejemplo es aplicable al Sanedrín de los tiempos de los Apóstoles, a la Roma de los Césares, a la “santa” inquisición, a la URSS, a los nazis, etc. Dios endurecerá sus corazones y ellos, temporalmente, creerán ser triunfantes, pero su triunfo es tan efímero como es el estar en este mundo, pues el juicio y el castigo siempre llega, en esta vida o en la eternidad.

Allá por mediados del siglo XVI, las dos comunidades más fructíferas de creyentes dentro de España se encontraban en Valladolid y Sevilla. Realmente, se puede hablar de otra “memoria histórica”, pero sin victimismos de ningún tipo, una historia no demasiado conocida y sobre la cual hay una ignorancia casi generalizada en España: la obra de los reformadores españoles del siglo XVI. En Sevilla, prácticamente nadie sabe, aunque solo fuera por una cuestión de cultura general, que la Biblia Reina-Valera, la leída por todo el protestantismo de habla hispana fue traducida a nuestro idioma en el monasterio de San Isidoro del Campo, a pocos kilómetros de la capital andaluza. La congregación protestante de Sevilla agrupaba a unas 1000 personas, cifra nada desdeñable para aquellas fechas.

Sin embargo, entre 1559 y 1560 muchos de los miembros de estas congregaciones perecieron en los terribles Autos de Fe que se organizaron en Valladolid, dos en 1559, concretamente, el 21 de mayo y el 8 de octubre, y en Sevilla, uno el 24 de septiembre de 1559 y otro el 22 de diciembre de 1560.

En este último, pereció quemado vivo en el siniestro quemadero de Sevilla, situado bastante cerca de la Universidad y del terreno que actualmente ocupa el Casino de la Exposición, uno de los más valientes mártires, Julián Hernández, más conocido con el sobrenombre de “Julianillo” por su pequeña estatura. Su “delito”: haber introducido en España ejemplares de una nueva traducción del Nuevo Testamento al castellano. Al ser quemado en la hoguera, él mismo cogió la leña y se le echó por encima. En ese mismo lugar murió también una mujer llamada Leonor Núñez junto con sus tres hijas, Elvira, Teresa y Lucía. Asimismo perecieron Francisca de Chaves, monja de Santa Isabel, Ana de Rivera, Juan Sastre, Francisca Ruiz y María Gómez. Incluso se desenterraron los huesos del recientemente fallecido y gran predicador de la catedral de Sevilla, Constantino Ponce de la Fuente. Estos fueron quemados junto con una imagen suya. Constantino había fallecido en la cárcel de Triana el 9 de febrero de 1560. Había sido conducido por la Inquisición a esa prisión porque se le tenía como hereje. En realidad, el gran predicador había abrazado la fe protestante y bíblica. También se quemó una efigie del doctor Egidio, también fallecido, y de Juan Pérez de Pineda, traductor del Nuevo Testamento al español, curiosamente, el Nuevo Testamento que “Julianillo” había llevado de contrabando a España.

Estos hombres y mujeres fueron ajusticiados por preferir obedecer a Dios antes que a los hombres. Los reformadores españoles, desde muy temprano, ejercieron en nuestro país, pasara lo que pasara, el derecho al libre examen de la Biblia, la libertad de conciencia y de fe. Desgraciadamente para nuestro país, fueron borrados y su recuerdo sepultado por la Inquisición. Nuestra historia a partir de entonces estuvo llena de momentos de verdadera oscuridad, autoritarismo, pobreza e ignorancia.

Dios endureció el corazón de aquellos inquisidores y de algunos de nuestros compatriotas de aquellos tiempos, como al Faraón y a Egipto, pero no les dejó sin castigo. El juicio de Dios a la ciudad de Sevilla no llegó casi hasta un siglo después. La peste que azotó a la ciudad en 1649 fue la mayor epidemia jamás recordada. Se estima que la cifra de muertos rondó los 60.000, aproximadamente, el 46% de la población. Según el historiador de aquellos tiempos Diego Ortiz de Zúñiga, fue el “más trágico suceso que ha tenido Sevilla y en que más experimentó cercana la muy miserable fatalidad de ser destruida”, ya que, “quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que se fueron siguiendo ruinas en los años siguientes;… todas las contribuciones públicas en gran baja;… los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores… y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad” […] “Entraron en el Hospital de la Sangre veinte seis mil y setecientos enfermos, dellos murieron veinte y dos mil y novecientos y los convalecientes no llegaron a quatro mil. De los Ministros que servían faltaron mas de ochocientos. De los Médicos que entraron a curar en el discurso del contagio, de seis solo quedo uno. De los Cirujanos, de diez y nueve que entraron quedaron vivos tres. De cincuenta y seis Sangradores quedaron veinte y dos“.

Sevilla, que, hasta aquel entonces, había sido la capital europea del comercio marítimo y una de las ciudades más ricas y prósperas, se convirtió en unas pocas semanas de 1649 en una ciudad lúgubre y fantasmagórica, nunca volvió a ser lo que había sido. Dios juzgó a nuestros conciudadanos, quienes le habían ofendido tan gravemente.

Hoy día, disfrutamos en el mundo occidental de una libertad confesional con la que ni siquiera pudieron soñar estos mártires de la fe.

Dios puede parecer dejar actuar libre e impunemente al malvado pero sus juicios son inexorables.

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Responses

  1. “Su “delito”: haber introducido en España ejemplares de una nueva traducción del Nuevo Testamento al castellano.”

    ¡¡Qué atrevido, Javier!! ¿Cómo se atreve a pensar que todo hombre ha de ser libre para difundir sus ideas? Lo cierto es que aquí no lo necesitábamos, pues para eso teníamos a Roma, para que nos diga cómo pensar.

    Muy interesante toda esta historia: no la conocía, de hecho, y me alegro que lo documente porque tenía curiosidad por este tema en Sevilla. Lo que sí queda patentemente claro es la crueldad de la Iglesia Católica. Nada nuevo bajo el sol.

  2. Sí, los Nuevos Testamentos parece que ser que este hombre los trajo a España ocultos en toneles de vino que tenían un doble fondo. Juan Pérez de Pineda, del que quemaron su efigie, se había refugiado en la Ginebra de Calvino y desde allí los enviaba a España.

    Esta historia no es nada conocida no ya en el resto de España, sino ni siquiera en la propia Sevilla y eso que fue un hito en la lucha por la libertad individual en nuestro país. Pero es muy interesante el tema de la vida y obra de esta gente, por ejemplo, porque la evangelización en América Latina está avanzando mucho desde que esto ha empezado a recuperarse, teniendo allí una serie de referentes y obras en lengua española. Los ven bastante más cercanos.

  3. Javier: a menudo he pensado en el fenómeno de América Latina y el crecimiento del cristianismo bíblico, sin duda, un acontecimiento muy positivo. Lo que está claro es que en España la mayoría no quiere ni saber qué dice la Biblia y prefieren seguir siendo ignorantes. Ya es decir que los católicos ni siquiera conocen su propia fe, pues mucho menos van a querer conocer el Cristianismo. A veces, me dan ganas de decir, “no, España para los Españoles, no — España para los Cristianos”.

    😉

  4. Está claro que el desinterés es total hasta por la propia teología católica. Desde luego, a casi ninguno le quita el sueño que le pueda ocurrir algo como en esta historieta que encontré en esta web:

    http://www.conocereislaverdad.org/Angustia_dela_Salvacion_catolica.pdf
    —————————-

    “«Es domingo por la mañana. El día amaneció apacible con un cielo celeste que invita a respirar profundo y dar gracias a Dios por la vida. La familia, como es costumbre, pronto se preparará para ir a Misa en la parroquia del barrio. Don Ricardo, dueño de casa, suele sumarse a cumplir con este compromiso. Para ese mediodía, luego de la Misa, han invitado a almorzar a la tía Gloria, cuñados y primos… No es frecuente la invitación, habida cuenta de lo incómodo que Don Ricardo se siente cuando la tía Gloria se pone a practicar lo que mejor sabe hacer: criticar a la familia… En ese momento Don Ricardo escucha la voz de su esposa, llamándolo desde adentro de la casa para que vaya a alistarse para salir hacia la parroquia. En el momento que atraviesa el jardín de entrada, y habiendo recordado el prometido almuerzo con la tía Gloria, nota con fastidio lo desarreglado que se encuentra el césped del jardín, tan crecido por las lluvias de la semana pasada. Todavía resuena en su memoria la última vez que la tía no se perdió la oportunidad de largar una indirecta respecto a la “prolijidad del jardinero de la casa de Ricardo…”. No queriendo pasar vergüenza nuevamente, toma la decisión de no asistir a la Misa para dejar el césped del jardín en condiciones… Mientras la familia sale para la parroquia, Don Ricardo sale al jardín con la vieja cortadora de césped. El pasto aún permanece mojado a causa del rocío nocturno. Enchufa la cortadora, la lleva al césped, la enciende… y una inesperada y violenta descarga eléctrica lo sacude por unos instantes y lo lanza contra la pared. Don Ricardo muere instantáneamente.»

    Si bien este relato es ficticio, en absoluto puede catalogarse como “descabellado” o imposible. Es más, se lo ve por demás probable, si se recrean las condiciones. Pues, Don Ricardo, católico por años, acaba de morir condenado al Infierno, pues su FALTA reúne las 3 características que la Iglesia Católica define como necesarias para considerar MORTAL o GRAVE a un pecado. Y además, Don Ricardo no tuvo siquiera tiempo de arrepentirse de él:

    1. La materia es grave. Faltar a Misa sin causa verdaderamente justificada es un pecado grave (Catecismo 2181).
    2. Don Ricardo sabía que debía asistir a Misa. Como católico la Iglesia lo obliga a ello (Catecismo 2180). Sin embargo, y a pesar de su pleno conocimiento, decidió arreglar el jardín para no tener que aguantar a la tía Gloria.
    3. A pesar del compromiso dominical al que sabe que está sujeto, conforme la Iglesia manda, prestó su pleno consentimiento a eludirlo para cortar el césped de su jardín. Bastó conformarse pensando que… -“hace 2 meses que no falto a una sola Misa. Tampoco necesito ser fanático…”

    Conforme la teología de su Iglesia cree y enseña, y a causa de que no dispuso de los segundos necesarios para arrepentirse, Don Ricardo se fue al Infierno.”

    ———————–
    Como la teología nadie la conoce ni se la toma en serio, ni les conviene enseñarla ni que se compare con la Biblia, la Iglesia en lo que se centra es en la “acción social” (Caritas y demás ONGs) y en la “religiosidad popular” (procesiones, vírgenes y santos, romerías, etc…).

  5. Espantoso, Javier — me ha recordado un poco a los que dicen “¿oye pero quién eres tú pa juzgarme, yo soy mu güena…voy a misa toj loj domingo” “tu no erej nai pa jusgar, porque eo lo dijo la Biblia si”.

    en fin, España, el país de la ignorancia y donde la gente incluso se siente ORGULLOSA de ser ignorante…y NECIOS.

  6. Desde luego que es espeluznante pues es pretender venerar a un “dios” muy, muy, muy pequeñito que vive encerrado en un crucifijo o que se fija en cosas como que el fiel no haya ido ese domingo a cumplir con una ceremonia.

    O que será incapaz de levantar a alguien de la muerte porque le hayan quemado en vida o sus huesos, como pensaban en tiempos de la Inquisición.

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