Posteado por: Javier | enero 8, 2011

Liberalismo clásico, breve historia (VI): los puritanos y el Nuevo Mundo (2ª parte)

Bien, terminé la entrega anterior hablando del desarrollo de la idea de libertad en las colonias de Nueva Inglaterra a partir de la fe bíblica de sus habitantes.

¿Cómo fue esto? Muy sencillo, cuanto más pegados a la Biblia, más libertad. ¿Por qué las naciones mayoritariamente protestantes son más libres? ¿Por qué nunca ha habido una dictadura protestante? ¿Por qué nunca ha habido un protestante fascista o que haya impuesto el totalitarismo comunista? ¿Por qué, estando los judíos más cerca de lo bíblico, al menos del Antiguo Testamento, que algunas “denominaciones cristianas”, Israel es una democracia, con todas las imperfecciones que se quiera?

Otros países, Corea del Sur, Japón, Taiwan, India etc. han ido desarrollando también un sistema de democracia liberal. Sin embargo, siempre imitando, precisamente, el modelo del Occidente cristiano, aunque no sean naciones cristianas.

Sin embargo, cuanto más nos alejamos de esto, más socialismo y más restricciones a la libertad. La cuestión no es “cristianizar” ni “moralizar” en ese sentido a través de las leyes. Hace algún tiempo alguien dijo: “¡JAVIER HA DEFENDIDO BARBARIDADES COMO EL DERECHO BÍBLICO!”. ¡Hombre! ¡Tampoco es eso! Esto es la eterna confusión entre “moralización” mediante la ley y que la ley se base en alguna moral. Una ley no está para hacer que nadie desarrolle criterios morales, no está para “imponer”, dejémoslo en imponer, una moral sino para regular comportamientos y fijar cuáles son lícitos e ilícitos. Pero que, sea cuál sea, se basa en criterios morales es indudable. Por ejemplo, en España y algunos otros países europeos yo no puedo poseer libremente un arma de fuego. A mí en particular me puede parecer mal pero así es y a otros les parecerá algo fabuloso y pensarán que es aberrante poseer un arma y que, si no fuera necesaria licencia para ello, las calles se convertirían en algo parecido a una réplica de los duelos del salvaje Oeste. ¿Esto no se basa en ninguna moral? O la pena de muerte, ¿por qué se considera por algunos “inhumana” la pena capital y no el aborto libre?

En nuestros países vemos algo así. El cristianismo retrocede, el humanismo secular avanza y estos últimos pretenden hacernos más virtuosos mediante sus leyes. En España, sin ir más lejos, nos van a hacer dejar de fumar así, a base de leyes prohibicionistas. No solo han prohibido fumar en bares, restaurantes y otros sitios públicos cerrados (y algunos abiertos, como los parques infantiles) sino que incluso la Ministra de Sanidad ha pretendido animar a que sea la gente la que denuncie a los locales que incumplan la prohibición. La ley hay que cumplirla, está claro, pero pretender recurrir a “chivatos” entre los ciudadanos es realmente infumable, nunca mejor dicho. Dejar de fumar es una buena y sabia decisión pero obligar a los sitios privados abiertos al público a que no permitan fumar a sus clientes porque, supuestamente, molesta a los no fumadores, es un ataque a la propiedad privada y a la libre admisión. El concepto de “molestia” es algo totalmente impreciso y arbitrario: más me molesta a mí la cara de una tipa que no pintaría nada en otro sitio que no fuera la cola del INEM, mucho menos de ministra, y, sin embargo, no pido que la prohíban. Eso sí, esto no es una ley “nazi” o “soviética”. Ha salido de un Parlamento constituido democraticamente. A quien no le guste ya sabe el camino democrático y, aparte, no hay un “derecho a fumar”. Las cosas hay que verlas caso a caso. No es lo mismo prohibir por ley fumar en una guardería o en un colegio o en un hospital, aunque fueran privados, que en un bar de copas, en este último caso es cuando es absurda la prohibición. Lo que no se puede ir es con el simplismo del “¡¡mi cuerpo, mi cuerpo, hago lo que me da la gana con él!! ¡¡ESTAO MALO!!” (¿acaso es lícito que yo me auto-ampute un brazo?). La ley es un ataque a la propiedad privada y por ahí hay, en el campo de las ideas, que combatirla, pero esta tampoco es siempre un absoluto.

Bueno. Ayer, otro bodrio que se avecina: la presentación en sociedad de una futura “Ley de Igualdad de Trato”, cuyo objetivo es “crear una sociedad que no humille a nadie”. Parece que aquello de la inversión de la carga de la prueba fue una leyenda urbana, pese al sensacionalismo amarillista de la prensa y la blogosfera. Muchos se han alarmado con esto, pero España, gracias a Dios, es un país de leyes y una ley que obligase al presunto “discriminador” a demostrar su inocencia no pasaría ningún control. No sé si será el fin de la discriminación privada, pero la dificultará. Cualquiera se puede convertir en sospechoso de ser un discriminador, puesto que situaciones habituales en las que suelen darse casos de presunta discriminación son los procesos de contratación laboral, la concesión de créditos bancarios, la firma de contratos de arrendamiento, y así una larga lista. Nuevamente, a crear “derechos” especiales para ciertos colectivos específicos. Los lobbys zerolicos, cómo no, encantados con la iniciativa.

Pero OJO: no nos equivoquemos. No es el Gobierno español intrínsecamente mucho más “malvado” o “liberticida” que el de otros países. En Europa hay legislaciones muy parecidas en este sentido. Es cierto que estamos en medio de una oleada intervencionista, pero no es exclusivo de aquí: lo que estamos haciendo es “ponernos al día”. En los EEUU, sobre todo en las dos costas, la Este y la Oeste hay una infección total de socialismo, prohibiciones a granel y corrección política a raudales, aunque en Massachusetts, ironías del destino, empezase la debacle del Mesías moreno Obama, como allí comenzó también la sublevación de los colonias contra el rey inglés Jorge III (dicen que el que tuvo retuvo). Justamente, cuando EEUU es menos cristiano, es, a la vez, menos liberal. Prácticamente, la reserva de estos valores de libertad está quedando en el sur, aunque, no obstante, siga siendo aún un país más libre que Europa. Estos señoritos ingenieros sociales dan a sus productos una apariencia de “neutralidad”, cuando lo que hacen es crear sus propias leyes, crean sus propios sistemas de valores y educativos y los adoran. El hombre lo que es adorar, siempre adorará a algo: unos a Dios, otros a Alá, otros a las copas, otros a la coca, otros a las putas, etc. Otros al feminismo, otros al multiculturalismo, otros a la igualdad de resultados. Si no tienen a Dios para que les acerque a la virtud, necesitaran al Estado para que éste se encargue de hacerlo.

Sin embargo, ¿cómo “redimir” a través de algo creado por el propio hombre? La Biblia enseña que, siendo el hombre, como hemos visto, un ser naturalmente defectuoso es incapaz de redimirse por sus propias obras: solo Cristo salva y es por la Gracia de Dios, a través de la fe en su Salvador. La salvación individual justifica al hombre y lo hace capaz de conocer la verdad y las buenas obras, pero no lo aparta por completo del pecado, con lo que ha de permanecer vigilante y seguir la guía del Espíritu Santo para actuar con la mejor rectitud posible, dentro de las limitaciones que tiene a causa del pecado que aún mora en él. Está muy claro que esta visión del ser humano y sus obras, y menos de las del gobernante que detente el poder no es demasiado optimista. Pero la alternativa es pensar que el hombre, todo lo contrario, es bueno por naturaleza y son la sociedad u otros factores los que le apartan del buen camino y le hacen corromperse. Según esta visión, sería a la sociedad a la que habría que reformar y moldear.

La Biblia muestra una clara enseñanza de mostrarse vigilante ante los gobernantes. Los hay verdaderamente deplorables y hasta buenos reyes como David o Salomón cometieron numerosos errores en sus mandatos. De los mandatarios de los reinos de Israel y Judá, cuyas historias se cuentan en los dos libros de Reyes y los dos de Crónicas, y todas sus iniquidades, corrupciones y degeneraciones, mejor ni hablar, siendo el único destacable Josías, quien restauró el respeto a la Ley Mosaica entre sus súbditos y borró la idolatría de su reino. O del tiránico faraón egipcio de los tiempos de Moisés, o de Nabucodonosor, el rey de Babilonia, etc…

Justamente, la forma bíblica de gobierno sería aquel en el cual el poder está dividido y descentralizado. Sin Ley no hay libertad y Dios entregó sus leyes a los israelitas en manos de su legislador, Moisés. En el Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, se recogen estas leyes. En el libro de Éxodo se cuenta como, a la hora de aplicar estas leyes a su pueblo, Moisés se ve desbordado por sí solo, ante lo cual designa en cada tribu unos funcionarios, de entre los hombres más sabios, con poderes limitados, llamados jueces: Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de sobre ti, y la llevarán ellos contigo. Si esto hicieres, y Dios te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar. Y oyó Moisés la voz de su suegro, e hizo todo lo que dijo. Escogió Moisés varones de virtud de entre todo Israel, y los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta, y sobre diez. Y juzgaban al pueblo en todo tiempo; el asunto difícil lo traían a Moisés, y ellos juzgaban todo asunto pequeño” (Éxodo 18:21-26). Ese es el modelo bíblico de Gobierno: una descentralización efectiva de numerosas competencias en las entidades administrativas menores, con el Gobierno de la nación conservando la competencia en las materias de mayor interés y trascendencia para el país. Ejecutivo, legislativo y judicial federal, por un lado, y estatales, por otro. La competencia de estos jueces, de hecho, no iba más allá de su tribu, del territorio en que se había asentado cada una de ellas, una vez hecha la repartición de la tierra de Canaán. Los impuestos, igualmente, eran moderados, no sobrepasaban el 10% de la renta de cada persona, el diezmo. Eso sí, cuando los israelitas pidieron un Gran Gobierno, un rey, como los demás pueblos, Dios, por boca del profeta Samuel, les advirtió muy grave y severamente de las adversidades y penurias que el Rey les impondría: les oprimiría, les esquilmaría y esclavizaría, a ellos y a sus hijos e hijas (I Samuel, 8). De hecho, así fue.

Esta idea de gobierno es, justamente, la que habían puesto en marcha los puritanos en las colonias norteamericanas. Hacia la década de los 70 del siglo XVIII habían surgido ya pequeños centros urbanos, como Filadelfia, Nueva York, Boston o Charleston. La tierra era abundante y la mano de obra escasa y cada hombre libre podía alcanzar allí la prosperidad y la libertad económica. No existía allí, a diferencia de Europa, una aristocracia feudal, como no existiría en los futuros EEUU. Las trece colonias establecidas en la costa Este se regían por el gobierno representativo: el rey de Inglaterra nombraba a muchos de los gobernadores coloniales, pero todos ellos debían gobernar conjuntamente con una asamblea elegida, la metrópoli, por tanto, no ejercía un control directo sobre sus colonias. El voto estaba restringido a los propietarios varones blancos, pero la mayoría de los hombres blancos tenían propiedades suficientes para tener derecho al voto.

¿Cómo empezó el camino al conflicto que enfrentó a las colonias americanas con Inglaterra?

Entre 1756 y 1763, Inglaterra se vio envuelta con Francia, que controlaba todo el territorio del Este de Canadá y la vertiente del río Misisipi, en la Guerra de los Siete Años. Casi se puede decir que el conflicto fue una especie de “guerra mundial”, pues implicó a Inglaterra, Prusia y Portugal, por un lado, y a Francia, España, Austria, Rusia y Suecia, por otro, como bandos enfrentados, con frentes en varios continentes: Europa, Norteamérica, el Caribe, el Río de la Plata y la India, y que empezó por la ambición austriaca de recuperar Silesia, en manos prusianas, lo que puso en marcha todo el mecanismo de alianzas militares europeas (algo no muy distinto a la I Guerra Mundial). En Norteamérica, fue conocida como “Guerra Franco-india” y se originó por la rivalidad entre ambas potencias, Francia e Inglaterra, por el control de las zonas peleteras al Oeste de los Apalaches y los derechos de pesca en Terranova. Los franceses pretendían construir una línea de fuertes armados desde Canadá hasta Nueva Orleans, con el fin de evitar la expansión inglesa al Este y, de hecho, en los primeros años de la guerra consiguieron varias victorias, hasta que el Primer Ministro inglés William Pitt colocó al general James Wolfe al mando de las tropas en América y comenzó a enviar más soldados y dinero. Wolfe asedió Louisburg, en 1758, conquistó Quebec, en 1759, y, pese a que falleció al poco de acabar la batalla por la toma de la ciudad, debido a una herida de bala que había recibido durante el combate, esta victoria facilitó la capitulación de Montreal, al año siguiente, y el que los ingleses expulsaran de Canadá a los franceses. En 1763, se firmó la Paz de París, que dio a Inglaterra derechos sobre Canadá y el Este del río Misisipi.

Sin embargo, los problemas comenzaron de inmediato con las colonias de la costa Este norteamericana. Inglaterra quería evitar conflictos entre los colonos y los indios, por un lado, por lo que prohibió a los primeros, mediante la Proclamación Real de 1763, extender sus propiedades al Oeste de los Apalaches, y, por otro, pretendía que sufragaran los gastos de defensa que, según el gobierno inglés, había invertido la metrópoli en proteger las colonias, aumentando los impuestos sobre el azúcar, el café, el papel, el vídrio, la pintura, los productos textiles y los bienes importados, obligándoles por ley a acoger y alimentar a las tropas inglesas y a adherir estampillas fiscales especiales a todos los periódicos, folletos, documentos legales y licencias. Poco a poco, desde Londres comenzaba a limitarse la libertad de la que habían gozado hasta entonces en tierras americanas.

Los ánimos empezaban a caldearse, pues los colonos habían desarrollado, durante siglo y medio, una desconfianza ya casi innata hacia el Gran Gobierno y temían que las medidas fiscales obstaculizasen el comercio, limitando la libertad económica, y que las tropas estacionadas allí pudieran, en cualquier momento, aplastar sus libertades individuales. Los antepasados de la mayoría de ellos, no olvidemos, habían huido de la persecución política, por motivos religiosos, en Inglaterra. Los representantes de nueve de las trece colonias se reunieron, en 1765, en el conocido como “Congreso sobre la Ley de Timbres”, en protesta contra dicho impuesto. Como resultado, los comerciantes se negaron a vender productos ingleses y la mayoría de colonos a comprar dichas estampillas. En Inglaterra, el Parlamento revocó la Ley de Timbres pero creó nuevos impuestos, sobre el té, fundamentalmente, enviando funcionarios aduaneros a Boston para asegurar el cobro de estos aranceles. Aunque el Primer Ministro, Lord North, eliminó todos los impuestos que se habían establecido en años anteriores, salvo el del té, en 1773, un grupo de colonos disfrazados de indígenas abordaron varios mercantes ingleses, arrojando 340 cajones de té al mar. Fue la conocida como “Fiesta del Té”, o “Tea Party” (no confundir con los “Tea Parties” actuales, cuidado).

Como respuesta, el Parlamento inglés promulgó las “Intolerable Acts” (como así se conocieron en las colonias; mientras que los ingleses las llamaban “Coercive Acts”, Leyes Coactivas, o “Punitive Acts”, Leyes Punitivas), por las que restringía severamente la independencia del gobierno de la colonia de Massachusetts, suspendiéndose las elecciones legislativas, y se decretaba que los cargos del mismo serían nombrados directamente desde Inglaterra. Esto por medio del Acta de Gobierno de Massachusetts. Aparte, el Acta de Administración de Justicia autorizaba al Gobernador de la colonia de Massachusetts a transferir cualquier juicio a Inglaterra, el Acta del Puerto de Boston lo cerró hasta que la colonia pagase los daños ocasionados por el “Tea Party”, mientras que el Acta de Acuartelamiento obligaba a los particulares a hospedar a tropas inglesas en sus casas (recordemos la III Enmienda de la Constitución de los EEUU: En tiempo de paz a ningún militar se le alojará en casa alguna sin el consentimiento del propietario; ni en tiempo de guerra, como no sea en la forma que prescriba la ley”).

El rey Jorge III estaba atacando directamente la autonomía del gobierno de la colonia con medidas represivas. Esta, por cierto, fue la gran y fundamental diferencia con la Revolución Francesa: eran dos gobiernos constituidos y el de la metrópoli estaba restringiendo violentamente la libertad y el autogobierno del de la colonia, allí no hubo una sedición de una turba descontrolada, como en Francia en 1789. Esto llevó a la convocatoria del “Primer Congreso Continental” y a la “Declaración de Derechos y Quejas”, en la que se rechazaban las “Leyes Intolerables” y se llamaba a  los colonos boicotear el comercio inglés, no adquiriendo sus productos ni exportando hacia la metrópoli. Los propios colonos, a la vez, comenzaron a organizar milicias y a almacenar armas y municiones.

El 19 de abril de 1775, con la batalla de Lexington, comenzaba la Guerra de Independencia de Estados Unidos.

Así se llegó, contado esto de una forma muy somera y resumida, a la guerra por parte de unos colonos de espiritualidad puritana que tenían fundamentada en su fe sus deseos de libertad.

La guerra, la independencia y la constitución de la república norteamericana son hechos a contar más adelante.

He aquí algunas imágenes en este emotivo video, imprescindibles para todos los liberales. Fíjense en el minuto 2:57, la travesía por George Washington del río Delaware, el 25 de diciembre de 1776:



Responses

  1. “Ese es el modelo bíblico de Gobierno: una descentralización efectiva de numerosas competencias en las entidades administrativas menores, con el Gobierno de la nación conservando la competencia en las materias de mayor interés y trascendencia para el país. Ejecutivo, legislativo y judicial federal, por un lado, y estatales, por otro. La competencia de estos jueces, de hecho, no iba más allá de su tribu, del territorio en que se había asentado cada una de ellas, una vez hecha la repartición de la tierra de Canaán. Los impuestos, igualmente, eran moderados, no sobrepasaban el 10% de la renta de cada persona, el diezmo. Eso sí, cuando los israelitas pidieron un Gran Gobierno, un rey, como los demás pueblos, Dios, por boca del profeta Samuel, les advirtió muy grave y severamente de las adversidades y penurias que el Rey les impondría: les oprimiría, les esquilmaría y esclavizaría, a ellos y a sus hijos e hijas (I Samuel, 8). De hecho, así fue.”

    Pues ya veo más claro el significado de estos pasajes. Veo que debo leer la próxima vez esa parte de la biblia con mayor detenimiento. Es increíble que, hasta hoy, la gente tenga ese deseo natural de que algún patán les gobierne y les esclavice, con tal de que les “proteja” del mundo exterior.

    “El rey Jorge III estaba atacando directamente la autonomía del gobierno de la colonia con medidas represivas. Esta, por cierto, fue la gran y fundamental diferencia con la Revolución Francesa: eran dos gobiernos constituidos y el de la metrópoli estaba restringiendo violentamente la libertad y el autogobierno del de la colonia, allí no hubo una sedición de una turba descontrolada, como en Francia en 1789.”

    Excelente aclaración.

  2. Antisindicalista, sólo un apunte breve al excelente análisis de Javier: la guerra por la independencia fue eso, una GUERRA para restituir derechos que ya tenian como ingleses. NO FUE en ningún cas una “revolución”.

    saludos y excelente como siempre, Javier

  3. Sí, efectivamente, la Guerra de la Independencia de EEUU, fue justo eso, ni más ni menos, UNA GUERRA, no un proceso revolucionario. De hecho, es casi mejor no hablar de “Revolución Americana” para que no haya equívocos. No se buscaba crear un “nuevo orden” sino restaurar los derechos que ya tenían, de los que habían gozado antes del intervencionismo de la metrópoli.

    La guerra de los puritanos de Cromwell y el bando parlamentario contra Carlos I fue lo mismo, un conflicto bélico para restaurar derechos.

    La Revolución Francesa sí buscaba destruir lo anterior, aunque fuera el Antiguo Régimen, y lo consiguió en parte. Eliminó las instituciones de la monarquía absoluta pero se puso a edificar otra cosa a partir de una base atea y estatista, distinta pero no mejor, y al final del proceso lo que tuvieron fue el terrorismo napoleónico. Las sediciones al final a lo que llevan es a eso, que un totalitario aproveche la coyuntura para “restablecer el orden”.

  4. cool

  5. Totalmente de acuerdo con lo que dice el caballero Javier sobre este tema en su último comentario. Se me olvidaba decir, no obstante, que me encanta la música del vídeo, sobre todo la del principio con el violín. Si escribimos con este tipo de música, muchas veces veremos como se nos parte el bolígrafo en los ataques ideológicos que nos da a los varones políticos.

  6. Sí, el vídeo, la música y las imágenes es de esas cosas que hacen que te dé un subidón liberal.


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