Posteado por: Javier | enero 13, 2011

El derecho de todos al libre mercado

Una verdadera oleada proteccionista, con la excusa de la crisis financiera, recorre los mercados de los distintos países de Europa Occidental y Estados Unidos. Esta oleada se traduce en la aprobación de leyes proteccionistas, que obstaculizan el libre comercio internacional, impidiendo a los productos extranjeros competir en los mercados internos, subsidios y aranceles, falseamiento de la libre competencia mediante el mantenimiento a flote de forma artificial de empresas ruinosas con tal de que sean nacionales, planes de estímulo dirigidos todos, igualmente, al mercado interno, etc.

Después, hemos de escuchar estoicamente la eterna cantinela de que la libertad económica es la causante de la pobreza del Tercer Mundo. Precisamente, es el capitalismo lo que más gente ha rescatado de la pobreza en el mundo. De enorme interés fue un estudio publicado el pasado año, “Socialism Kills. The Human Cost of Delayed Economic Reform in India”,del economista indio Swaminathan S. Anklesaria Aiyar, en el cual ofrece una estimación de cuántos niños hubieran sobrevivido y cuántas personas habrían abandonado la pobreza si el Gobierno de ese país hubiera liberalizado su economía en 1971, en lugar de 1981, abandonando un modelo casi soviético de economía planificada, basado, entre otras cosas, en la autarquía, renunciando al comercio internacional. Según sus estimaciones, 14,5 millones de niños habrían sobrevivido, 261 millones de indios más estarían alfabetizados y habría 109 millones de pobres menos. En la actualidad, aunque la renta per cápita sea sólo de 2.930 dólares, la economía de la India se encuentra en plena expansión, siendo la cuarta del mundo en cuanto a volumen total de su PIB. Siguen existiendo grandes diferencias económicas dentro de la India, está claro, pero la expansión económica genera muchas más oportunidades para todos. Oportunidades, que eso hay que tener por cierto, que no se generan cuando todos son iguales, pero, eso sí, iguales de pobres. ¿Qué más me da a mí que alguien gane 15.000 si, gracias a que ese alguien gana 15.000, yo puedo ganar 5.000?

Del libre mercado y de los intercambios comerciales en una economía liberalizada nos beneficiamos todos porque la riqueza es algo que se expande y llega a más personas en cuanto ambos son favorecidos, no es algo estático e inalterable y, por tanto, escaso, que haya que racionar mediante el mecanismo de la redistribución. Todavía hay muchos “ungidos”, como los llamó Thomas Sowell, en el mundo desarrollado, empeñados en que existan pueblos que nunca salgan de la pobreza.

Nada más lejos de la realidad: si permitiéramos a estos países tener la oportunidad de comerciar libremente y de competir en igualdad de condiciones con los dos tipos de productos que, básicamente, producen, agrícolas y textiles su situación económica estaría en las condiciones de poder mejorar sustancialmente. Precisamente, sobre estos productos, los países desarrollados aplican el mayor número de medidas proteccionistas. Este tipo de medidas tienen su sentido cuando un país se encuentra en fase de “construcción” y de consolidación de su sistema industrial, pero lo pierden cuando ha alcanzado un cierto grado de especialización en determinados ramos. Es la famosa división del trabajo, de la que habló Adam Smith en “La riqueza de las naciones”, aplicada a las relaciones comerciales internacionales. Fue el caso de EEUU, durante el siglo XIX, cuando el hamiltonianismo fue el modelo imperante. Alexander Hamilton había tenido a Adam Smith entre sus lecturas de cabecera, sin embargo, a diferencia de éste, consideraba la industria como muy superior a la agricultura. Las medidas proteccionistas que preconizaba eran temporales, hasta que la industria de la joven república alcanzara una alto grado de competitividad, pero lo que no tenía, ni tiene, sentido es la defensa de una vuelta poco menos que al mercantilismo. A decir verdad, quienes defienden esto recuerdan un poco a algunos libertarianos alocados y austriacos, Huertas de Sotos de este mundo, que postulan, en pleno siglo XXI, la vuelta al patrón oro.

Por cierto, ya que ha salido publicado recientemente el libro de memorias del ex presidente estadounidense George W. Bush, es de reseñar la defensa que se hace en el mismo, frente a la dura oposición que recibió de los sectores paleocon dentro del Partido Republicano, del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, siglas en inglés de North American Free Trade Agreement), el acuerdo comercial entre EEUU, Canadá y México, que entró en vigor el 1 de enero de 1994, y establece una zona de libre comercio. Tratados y uniones comerciales de este tipo son de sumo interés, tipo NAFTA o la EFTA europea (la Asociación Europea de Libre Comercio, formada por Liechtenstein, Suiza, Noruega e Islandia), o, incluso, lo que fue la antigua Comunidad Económica Europea (CEE), antes de convertirse en la Babel bruselense de la UE. A diferencia de la Unión Europea, la NAFTA no determina organismos centrales de coordinación política o social. Fijémonos, ¿quiénes se opusieron a la NAFTA, aparte de los “paleos”? Las organizaciones sindicales mexicanas (CNC, CCC, CNTE y SME), algunas de ellas indigenistas, y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), estos últimos quienes, en el año nuevo de 1994, organizaron marchas donde los manifestantes, en su mayoría indígenas, tomaron varias sedes municipales del gobierno de México. Tales fueron los compañeros de “viaje”.

Volviendo al mercantilismo, ya bastante antes de que Adam Smith desarrollase una teoría económica que pudiera sustituirlo completamente, un buen número de estudiosos habían señalado ya algunos errores importantes en las teorías mercantilistas. Hubo críticos como Dudley North, John Locke o David Hume que atacaron los fundamentos del mercantilismo, y a lo largo del siglo XVIII fue perdiendo el favor que había tenido. Los mercantilistas eran incapaces de entender nociones como la de la ventaja competitiva (aunque esta idea sólo llegó a ser entendida por David Ricardo en 1817) y los beneficios del libre comercio. Por ejemplo, Portugal era un productor mucho más eficiente de vino que Inglaterra, mientras que en Inglaterra era relativamente más barata la producción textil. Por lo tanto, si Portugal se especializaba en vino e Inglaterra en textiles, ambos estados saldrían beneficiados si comerciaban. En las teorías económicas modernas, el comercio no se entiende como una suma cero entre competidores, puesto que ambas partes pueden verse beneficiadas, por lo que se trata más de un juego de suma positiva. Mediante la imposición de las restricciones a la importación, ambas naciones terminan siendo más pobres que si no existiesen trabas al comercio.

David Hume, por su parte, apuntó la imposibilidad del gran objetivo mercantilista de lograr una balanza comercial positiva constante. A medida que los metales preciosos entraban en un país, la oferta se incrementaría y el valor de esos bienes en ese estado comenzaría a reducirse con respecto a otros bienes de consumo. Por el contrario, en el estado que exportase los metales preciosos, el valor comenzaría a crecer. Llegaría un momento en el que no compensase exportar bienes del país con altos precios al otro país, que ahora tendría niveles de precios menores, y la balanza comercial terminaría revirtiéndose por sí misma. Los mercantilistas no entendieron este problema, y argumentaron durante mucho tiempo que un incremento en la cantidad de dinero simplemente significaba que todo el mundo era más rico.

Otro de los objetivos principales a la hora de criticar las teorías del mercantilismo fue la importancia que se le daba a los metales preciosos, incluso cuando algunos mercantilistas habían comenzado a desenfatizar la importancia del oro y la plata. Adam Smith apuntó que los metales preciosos eran exactamente igual que cualquier otro bien de consumo, y que no había ninguna razón para darle un tratamiento especial. El oro no era más que un metal de color amarillo que era valioso simplemente porque no es abundante. Smith dedica una parte considerable de ”La riqueza de las naciones” a rebatir los argumentos de los mercantilistas, si bien estos son a menudo versiones simplistas o exageradas de sus pensamientos: “El conceder el monopolio del mercado nacional a la producción nacional, en cualquier arte o industria, equivale en alguna medida a dictar a los ciudadanos particulares la manera en que deberían emplear sus capitales y en todos los casos resulta una intervención inútil o perjudicial. Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial […] La máxima de cualquier prudente padre de familia es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar. El sastre no fabrica sus zapatos, sino que los compra al zapatero. El zapatero no se hace sus vestiduras sino que las compra al sastre. Todos ellos comprenden que les resulta más conveniente emplear su esfuerzo de forma de tener alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar lo que necesitan con una parte del producto de su esfuerzo, o lo que es lo mismo, con el precio de una parte […] Lo que es prudente en la conducta de una familia nunca será una locura en la de un gran reino”. Hoy día, volvemos a las andadas. Seguramente, muchos no se merecen la preocupación que tuvo Smith, ya en el siglo XVIII, por el bienestar material de las distintas naciones.

Pero no es suficiente con la eliminación de barreras a los productos. De nada serviría la liberalización comercial manteniendo la distorsión causada por los subsidios en los mercados, como el caso de la vergonzosa y subvencionada Política Agraria Común de la Unión Europea. Estas subvenciones no sólo nos cuestan una parte importante de nuestro dinero, incautada vía impuestos, sino que permiten a los países ricos producir a unos costes totalmente irreales. Sólo tomando como ejemplo los cereales: Estados Unidos y la Unión Europea realizan más de la mitad de todas las exportaciones de trigo y harina de trigo, y sólo Estados Unidos realiza más de tres cuartos de todas las exportaciones de maíz del mundo. Como los productores de Estados Unidos y la Unión Europea dominan los mercados mundiales de cereales, los precios de sus exportaciones dictan de hecho los precios mundiales de esos productos y, por tanto, los precios contra los que deben competir los productores de los países importadores. Los subsidios pagados a los productores estadounidenses y europeos juegan entonces un papel esencial en la determinación del precio de comercialización de los cereales, no sólo en los países desarrollados, sino en todo el mundo. Esos subsidios son enormes (Estados Unidos y la Unión Europea invirtieron 15.700 millones de dólares en 1995 sólo para subsidiar la producción de maíz y trigo) y superan por lejos el apoyo financiero disponible para los agricultores de los países pobres. Utilizando el dinero público, desde las instancias estatales se desvirtúa, distorsiona y pervierte el libre mercado, permitiendo que este sea devorado por los países ricos, cuyas legislaciones estatistas, intervencionistas y proteccionistas realmente crean un circulo económico cerrado, en el cual los países pobres nunca podrán entrar a competir en igualdad de condiciones. Y a nosotros, como consumidores, por otra parte, nos dan menos posibilidades de elegir, menos libertad en este sentido, entre distintos productos.

Luego, esto ya es otro asunto, tenemos que encontrarnos con tonterías como oír hablar, tras el terremoto de Haití de enero de 2010, como si esta isla fuera un “paraíso neoliberal” y como demostración de las nefastas consecuencias del depredador “capitalismo salvaje”. En la red, desde publicaciones pertenecientes a la extrema izquierda más radical hasta algunas de aspecto bastante más serio, claman frente a una supuesta “libertad económica” y “mercados abiertos o liberalizados”, supuestamente existentes en el país caribeño, y cuyo efecto habría sido agravar las consecuencias del terrible seismo, debido a la pobreza que, según estos iluminados, crea una economía libre (por eso Cuba es el segundo país más pobre de América después de Haití). En ese caso, ¿cómo es que Haití está en el puesto 133 de libertad económica, con un 50,8%? Justamente, Haití es uno de los países que más ayuda económica externa ha recibido en los últimos años, uno de los más subvencionados.

Toda una muestra de “libertad económica”, sin duda. Ayudas “al desarrollo” que, sin duda serán bienintencionadas pero que, como defiende la economista zambiana Dambisa Moyo, caen en manos de dirigentes que no tienen responsabilidad alguna de lo que pasa y pueden seguir empleando el dinero en lo que les parezca oportuno, siempre ligando el gasto a su beneficio personal, y que crean una situación a los habitantes del Tercer Mundo en la cual éstos sólo pueden sobrevivir gracias a la caridad que llega de otros países, sin aportan nada al desarrollo de las economías de sus países y privándoles de la mentalidad adecuada para exigir a sus gobernantes que cumplan con sus deberes. Constituyen una limosna que mata cualquier posibilidad de responsabilidad individual tanto en unos como en otros, manteniendo a estos países en la miseria. División del trabajo y del conocimiento, intercambios voluntarios y acumulación de capital es la hoja de ruta que ha llevado al enriquecimiento de los pueblos.

También tienen su cuota de responsabilidad, es cierto, muchos países pobres. Gobiernos corruptos o déspotas y ausencia total de Estado de Derecho, seguridad jurídica y separación de poderes es otro obstáculo al libre mercado. Algunos de estos gobiernos llegan al poder a través de los votos de sus ciudadanos y, aunque no puedan eludir su responsabilidad por haberlos elegido, quizás, unas mejores condiciones económicas les hubieran evitado ser presas fáciles para este tipo de gobernantes.

Los pobres, como nosotros (pese a lo intervenidos que están nuestros mercados) también tienen derecho a disfrutar de la libertad económica y de las posibilidades de crear riqueza para todos que ofrece. En realidad, nosotros, como ellos, también tenemos derecho al libre mercado.

Pero lo fácil es atacar a la libertad económica. Más que nada porque, subrepticiamente y de tapadillo, podemos atacar a la libertad individual, que, al fin y al cabo, es el fin último de tantos.

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OFF TOPICS:

He recibido, de parte de Mike, autor de El Republicano Digital, el Premio Libertad 2010, dedicado a aquellas bitácoras comprometidas con la defensa de la libertad y sus valores. Últimamente ando algo desenganchado de estos premios, aunque, como Mike es amigo de esta bitácora desde hace mucho tiempo, lo publico aquí:

Muchísimas gracias. 🙂

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En otro orden de cosas, he recibido casi 40 solicitudes de amistad en Facebook, vía mail, una avalancha, ciertamente me ha dejado bastante sorprendido. Las miraré rigurosamente todas pero no prometo nada, pues, ante todo, he de puntualizar que muchas no me gustan ni un pelo.

Buen día.

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Responses

  1. Magnífica entrada Javier. Un par de cosas que quiero comentar.

    Creo que la razón por la cual los paleos se opusieron a NAFTA era por el proteccionismo.

    Dice usted:

    “Del libre mercado y de los intercambios comerciales en una economía liberalizada nos beneficiamos todos porque la riqueza es algo que se expande y llega a más personas en cuanto ambos son favorecidos, no es algo estático e inalterable y, por tanto, escaso, que haya que racionar mediante el mecanismo de la redistribución”

    Podriamos decir lo mismo, en mi opinión, por la democracia y su expansión. Al menos, yo no llego a entender por qué hay gente que se opone a la democratización de determinados países.

    En cuanto a NAFTA:

    Obviamente con usted no hace falta discutir los méritos o beneficios del mercado libre. Cabe destacar, al menos para mí, que NAFTA de hecho ha reducido el paro en Méjico porque ha creado nuevos empleos en Arizona por ejemplo y en algunas otras zonas de EEUU que necesitan o demandan esa mano de obra.

    No sólo eso, sino que, como usted apunta, ha generado riqueza para todos porque ha permitido que empleos que antiguamente costaban mucho mantener, puedan abrirse en terceros países. Un ejemplo ha sido la industria y la pesca comercial en EEUU.

    Se me ocurre preguntarle algo a raiz de esto que le habia preguntado hace muchisimo tiempo a otros: ¿qué empleos del sector “privado” cree usted que no tienen ninguna competencia en España y que deberían enfrentarse a la competencia internacional?

    A mi no se me ocurre ninguno — quizás el de ciertos gremios como las farmacias…

    Lo de la PAC es una pena y aberración Javier – es un portazo precisamente a otros países que podrían producir lo mismo y más barato.

    ¿Tiene usted cuenta en facebook? No lo sabía. Yo también. ¿dónde puedo agregarle?

    No he entendido esto:

    “Las miraré rigurosamente todas pero no prometo nada, pues, ante todo, he de puntualizar que muchas no me gustan ni un pelo”

    ¿? Qué ha pasado Javier?¿

  2. “Podriamos decir lo mismo, en mi opinión, por la democracia y su expansión. Al menos, yo no llego a entender por qué hay gente que se opone a la democratización de determinados países.”

    Con la democracia y la libertad pasa como con el mercado, el éxito de la libertad aquí depende del éxito de la libertad en otros lugares. En Oriente Medio se podría haber conseguido más pero tras las elecciones en Irak, que las mujeres voten en Kuwait o que hayan habido elecciones locales en Arabia Saudí, parecerá muy poco, algo muy pequeño, pero algo es algo en avances donde era impensable hace 10 años.

    “Se me ocurre preguntarle algo a raiz de esto que le habia preguntado hace muchisimo tiempo a otros: ¿qué empleos del sector “privado” cree usted que no tienen ninguna competencia en España y que deberían enfrentarse a la competencia internacional?

    A mi no se me ocurre ninguno — quizás el de ciertos gremios como las farmacias…”

    Humm, el de los abogados tampoco tiene mucha competencia de extranjeros, salvo que sean grandes firmas internacionales, aunque las mayoría de abogados que trabajan en ellas son autóctonos, claro.

    “Lo de la PAC es una pena y aberración Javier – es un portazo precisamente a otros países que podrían producir lo mismo y más barato.”

    Pues sí, a la larga es más beneficioso tanto para los consumidores como para los productores. Que cada cual decida lo que compra y se administre según sus posibilidades económicas. Si alguien encuentra los plátanos o los tomates bastante más baratos, aunque no lleven la banderita española o el “made in Spain” estampado no veo porqué motivos no va a poder tener la opción de adquirirlos.

    En todo caso, la decisión de favorecer a los comerciantes españoles debe ser propia de cada uno, pero el nacionalismo económico ya es difícilmente, vendible, comprable o comestible.

  3. Lo que dice usted de las elecciones y la democracia es algo que comparto. Fijese como de hecho donde hay más cierta influencia comercial occidental ya no ejecutan a gays tampoco.

    Claro que lo de favorecer a los comerciantes españoles es algo muy individual aunque no creo que sea lo más “solidario” que digamos.

  4. No, muy solidario no es, la verdad sea dicha, aunque el elegir comprar una cosa u otra sea decisión de cada uno.

    En todo caso, los partidarios del nacionalismo económico debieran ir acostumbrándose a la libertad porque es lo que queda para el futuro.

  5. Ah, sí, el sector que tenía en mente pero no recordaba y ahora sí: el de los informáticos y electricistas. 😉

    En el tema de los autónomos de determinadas “industrias” o sectores-ramas, es absolutamente necesario (no soy economista pero lo he leído hace poco en un macro informe del CATO…si encuentro el enlace se lo doy) aumentar ahi la mano de obra. Pero claro, se tendría que hacer a través de un organismo tipo NAFTA…que permita que un hindú, por poner el ejemplo o israelí, venga de forma automática para competir en igualdad con los “europeos.”

  6. […] La India era un caso perdido para Ehrlich: “No he encontrado todavía a nadie, familiarizado con la situación, que crea que la India será autosuficiente en alimentos en 1971, o alguna vez”. A finales de los 60, la población de la India era de 550 millones de habitantes y estaba regida por un tosco modelo de economía planificada lejanamente inspirado en el soviético. Pues, cuarenta años después, la India sobrepasó los mil millones de habitantes, liberalizó su economía, llegó la “revolución verde” en la agricultura y este país se convirtió en exportador de alimentos (algo de eso lo expliqué aquí).  […]

  7. […] pieza de información adicional abre la puerta a la comprensión del tamaño de la […]


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