Posteado por: Javier | enero 17, 2011

Distinciones necesarias entre liberalismo y anarquismo

Este es el último, de momento, de varios escritos de otros autores que tengo previsto traer aquí. Y ahora es una colaboración de excepción, la de nuestro compañero Sergio Doncel, autor de la bitácora “El tonel del cínico”, la cual aprovecho para recomendar encarecidamente.

Junto a él, a Alfredo Coll, autor de “El liberalismo democrático y clásico”, Andrés Álvarez, autor de “Crónicas Galaicas”, y Pedro, autor de “La suerte sonríe a los audaces”, puedo decir con satisfacción, y también con mucha responsabilidad, que formamos parte de uno de los mejores equipos de escritores de la blogosfera liberal española, aunque yo esté más cerca ideológicamente de Alfredo y de Sergio, cada cual con nuestros enfoques.

El artículo me permitió republicarlo hace algún tiempo, la web original en que estaba publicado ya no está activa, y pensé que era una pena que se perdiera, puesto que, por supuesto, coincido totalmente con el contenido y las valoraciones que se hacen en el mismo. Sobre este tema he escrito mucho y largo, pero aquí viene explicado de una forma hasta mucho más clara y concisa.

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Distinciones necesarias entre liberalismo y anarquismo

Por Sergio Doncel
Publicado en Liberalismo Democrático

Vivimos en una época confusa, fecunda en la ignorancia, el disparate y el enredo de conceptos, cuando no su en su fusión más absurda. De esta suerte, se confunde el mercado de competencia perfecta con mercados intervenidos y regulados; se confunde liberalismo con capitalismo; y, lo que es peor, se confunde muy frecuentemente liberalismo con diversas formas de anarquismo. O más bien, se pretende llegar a lo segundo a través de lo primero.

En una inolvidable escena de Gran Torino (2008), última película de Clint Eastwood, el adusto Walt Kowalski, interpretado de forma magistral por el propio Eastwood, echa de su jardín, rifle en mano, a unos molestos pandilleros. “Fuera de mi jardín”, ordena, explícito. Se puede ver como una apología de la propiedad privada, ciertamente bien defendida y apreciada en América.

La propiedad privada es uno de los pilares sagrados del pensamiento liberal, pues sin ella no existe una verdadera libertad individual. Vienen a cuento las famosas palabras de Lord Chatham: “El hombre más pobre del mundo desafía en su recinto a todas las fuerzas de la Corona; su chimenea puede estar fría, su tejado puede temblar, el viento soplar entre las puertas, pero el Rey de Inglaterra no puede penetrar”.

En este sentido, hoy en día el pulso con el Estado es permanente, inevitable. Porque este último, amparado en un evanescente bien común, mantiene vivo el deseo de penetrar en las propiedades de los ciudadanos. En algunas constituciones modernas se reconoce la propiedad privada como un derecho fundamental, en otras no (es el caso de la española); y, de todas formas, el Estado se reserva la facultad de expropiar a los individuos, siempre con arreglo a unos procedimientos legales e indemnizando, como no podía ser de otra manera.

Carretera maldita, de Stephen King, es una novela en la que un hombre al que van a expropiar su hogar –para construir una carretera– decide resistir por la fuerza, ya que no quiere perder en balde el lugar donde fue feliz con su hijo, ya fallecido, y en el que guarda sus mejores recuerdos. Huelga decir que el argumento individuo contra Estado es muy querido por los liberales, y suele dar lugar a pensamientos sumamente románticos. Desde luego, los ciudadanos responsables han de defender sus derechos y libertades frente a cualquier tipo de abuso de poder. Es una tarea a la que un individuo que se considere libre no puede renunciar.

Pero estas ideas producen, a la larga, desviaciones. Muchos jóvenes liberales traspasan los límites: del liberalismo saltan a una suerte de anarquismo sin bombas ni pistolas, pero igualmente utópico. Y el liberalismo no se concibe sin un Estado capaz de hacer cumplir las leyes y proporcionar una verdadera libertad de mercado, removiendo obstáculos que afecten a su libre funcionamiento. Lo cual resulta paradójico, pero es así. Sin un orden establecido, sin un monopolio de la violencia, ¿a dónde llegaríamos? Antes o después, a la ley de la selva.

Al margen de los fracasos históricos del anarquismo, hay que considerar su relación con el liberalismo. Es cierto que ambas doctrinas se oponen al poder absoluto y que patrocinan la libertad individual. Sin embargo, ¿es un objetivo de los liberales la abolición del Estado y de toda forma de poder o autoridad? No, en tanto que el anarquismo, en su deseo de crear una sociedad utópica, basada en el concepto de no agresión, sí lo persigue. El marxismo predicaba algo muy parecido, sólo que a largo plazo en vez de con inmediatez.

En cambio, el liberalismo necesita un Estado. Un Estado, por definición, fuerte, en aras de la soberanía, la libertad y seguridad de los ciudadanos y que asegure unas prestaciones mínimas (por ejemplo, educación y sanidad). Estado fuerte no significa Estado hipertrofiado. A fin de impedir su crecimiento desmesurado y los posibles abusos existen unos instrumentos, unos “pesos y contrapesos”, en palabras de Montesquieu, no ya entre los diversos poderes del Estado, sino a disposición de los propios ciudadanos, como la división de poderes, el principio de legalidad, los mecanismos de defensa de los derechos fundamentales, etcétera.

Por lo tanto, no es coherente declararse liberal y, al mismo tiempo, mantener posiciones utópicas y trasnochadas de destrucción paulatina del Estado, o de reducirlo a la mínima expresión.

Siempre habrá tensión entre Estado e individuo, a cuenta de la propiedad o de lo que sea, como ya he apuntado. El primero tiende a expandirse, a intervenir más, a hacerse más grande y poderoso, pero ahí tiene que estar el individuo para, con las armas de las democracias liberales, rechazar esa tendencia. Pero, del mismo modo, el individuo puede llegar a abusar de su libertad y perjudicar a terceros. Entonces el Estado está legitimado para atajar el problema. Esta tensión, a la larga productiva y vivificadora, es la que debe ser inherente a todo orden liberal.

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Responses

  1. Excelente publicación. Para ver un ejemplo histórico de esto, yo recomiendo ver en la historia de Colombia el periodo entre 1853 y 1886, donde gobernaron los radicales y se le conoció como la “anarquía organizada”, el Estado se redujo a niveles insoportables, y casi causa 9 países diferentes, además de tener al país en medio de guerras populares y el desorden por tener un ejecutivo débil. No es que el fuerte centralismo posterior fuese una maravilla (de hecho hizo perder Panamá), pero mantuvo al país unido.

  2. Sí, el artículo es bastante bueno y merecía la pena publicarlo.

    Curiosamente, aquí en España sucedió algo similar con Cánovas del Castillo durante la Restauración monárquica, a finales del siglo XIX. Fue, dentro de las posibilidades que existían, la mejor opción.

    Saludos.


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