Posteado por: Javier | enero 21, 2011

De momento, paran la ley obamita

Ayer, jueves, la Cámara de Representantes de Estados Unidos, controlada por los republicanos tras las elecciones parciales de noviembre, aprobó revocar la reforma del sistema de salud aprobada en 2010, con 245 votos a favor y 189 en contra, tras siete horas de debate, cumpliendo así una de sus promesas electorales, aunque los demócratas, quienes controlan el Senado, lógicamente, no la rebatirán.

Aquí voy a tratar la cuestión de la sanidad en Estados Unidos y los numerosos equívocos y leyendas que existen, pero antes: hay que ver cómo se ha “lucido” el congresista demócrata de Tennessee, Steve Cohen, tachando de “nazis” a los republicanos. No me hace gracia el “Tea Party”, pero si alguno de los republicanos más asociados a este movimiento llega a hacer una declaración así, posiblemente, la noticia estaría dando la vuelta al mundo. Este señorito, en concreto, hizo referencia al ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, al acusar a los republicanos de mentir sobre el alcance y contenido de la reforma sanitaria. Tampoco soy fan de la Palin pero fijémonos en lo que dice Charles M. Golpe, un columnista del New York Times, sobre Palin, está claro que lo dice en sentido figurado, faltaría más, pero es muy desafortunado: “Es como uno de esos grumos de las películas de terror: cuanto más le disparas, más grande y fuerte se vuelve”.

Entrando ya en el asunto: a la mayoría de españoles y a bastante gente del resto de Europa les deja anonadados que haya quienes se opongan a la iniciativa del presidente Barack Obama, pensando que los norteamericanos son mayoritariamente personas caracterizadas por ser unos egoístas insolidarios que no se preocupan por la suerte de sus conciudadanos enfermos, dejados a su suerte sin cobertura médica estatal. Lógicamente, casi todos esos egoístas serían ultra-conservadores neoliberales y neocon, republicanos, claro, fanáticos de un capitalismo salvaje, de un darwinismo social, que deja en la cuneta a los más débiles sin abochornarse por ello. Izquierda y derecha europeas, altamente socialistas, socializantes e intervencionistas, creen, seguramente que el porcentaje de estadounidenses no asegurados se mueren irremisiblemente tirados por las calles de las mugrientas ciudades useñas, auténticas cochineras, ante la mirada impasible de sus conciudadanos más afortunados. Estos últimos, unos verdaderos inhumanos. Si son capaces de invadir Irak y cometer un auténtico “genocidio”, ¿cómo no van a hacer lo anterior?, pensarán.

Obama, a imagen y semejanza de los progres y socialistas europeos de un signo u otro (ciertamente, da igual de izquierdas o de derechas, casi todos los derechistas con los que he hablado tienen una opinión muy similar sobre esta cuestión y creen en los mismos mitos que los izquierdistas), tan empeñados en salvar a los norteamericanos del poco menos que “casi genocidio” del que habla Michael Moore en su película (o, mejor dicho, prácticamente líbelo) “Sicko”, parece haber asumido sus tesis sobre que el gasto público en sanidad es inexistente (a pesar de que se desconozca si Moore, cada vez que le entra un constipado, coge un avión directo a La Habana para ser atendido por la, tan apreciada por él, sanidad pública cubana), que el sistema norteamericano está viciado por el sistema capitalista, que hay 46 millones de americanos sin seguro médico, olvidando la existencia de los programas públicos para los pobres (Medicaid) y mayores de 65 años (Medicare), instaurados ambos por la Ley de Seguridad Social de 1965, aprobada por el presidente Lyndon B. Johnson.

Son elegibles para pertenecer a Medicare todas las personas de 65 años o más que han sido residentes legales de los Estados Unidos por lo menos durante cinco años. Sin embargo, si ni ellos ni su cónyuge han pagado impuestos de Medicare por un mínimo de 10 años (40 trimestres), entonces deben pagar una prima mensual para estar inscrito en Medicare. Por su parte, Medicaid es un programa federal-estatal conjunto que provee cobertura de salud o cobertura de asilo a las personas de bajos ingresos, incluidos niños, mujeres embarazadas, los padres de los niños elegibles, las personas con discapacidad y adultos mayores en hogares de ancianos que necesitan atención. Medicaid fue creado para ayudar a las personas de que pertenecen a una de estas categorías para pagar parte o la totalidad de sus gastos médicos. Mientras el Congreso establece las normas generales en las que opera Medicaid, cada estado cuenta con su propio programa. Como resultado, las normas de elegibilidad para este programa difieren significativamente de un estado a otro, aunque todos los estados deben seguir el mismo marco fundamental para fijar estas normas.

Lo cierto, es que Estados Unidos venía dedicando a la sanidad aproximadamente el 16% del PIB, más que cualquier otro entre los países desarrollados. Los ciudadanos sin seguro representan apenas el 15,6% de una población de más 300 millones de habitantes. No tener seguro médico es muy distinto a no recibir asistencia sanitaria. Ahí está el meollo de la cuestión, dicho sea de paso, una cosa es “seguro médico” y otra “atención medica”

Los países con sanidad universal no tienen una atención médica mejor que Estados Unidos. Y, además, sin necesidad de seguro: mucha gente, aun pudiendo suscribir un seguro médico, no lo hace al saber que la asistencia de urgencias en muchos casos es gratuita, se tenga seguro o no. No es nada raro, sobre todo en California, con su enorme población inmigrante ilegal, que los hospitales tengan que cerrar porque muy pocas personas pagan por la atención primaria que reciben. Pensemos en los más jóvenes. Estos, normalmente, gozan de una buena salud. En caso de romperse una pierna o tener otro percance saben que siempre van a ser atendidos. Otra cosa es que el tratamiento, eso ya no es gratuito y no haber suscrito un seguro, teniendo capacidad económica para hacerlo, no es que haya sido una decisión muy sensata pero ahí entramos ya en la responsabilidad individual de cada cual y en lo que le apetezca hacer con su dinero.

La realidad de las cifras indica que, salvo que el intervencionismo extremo lo estropee convirtiéndolo en una Europa “socialdemocratizada” al otro lado del Atlántico, Estados Unidos cuenta con la mejor infraestructura hospitalaria del mundo, los últimos adelantos terapéuticos y los más eficientes equipos de tecnología médica e innovación investigadora. Y todo ello, además, en manos de los mejores profesionales de la medicina y de investigadores reconocidos y premiados por su labor en las más altas esferas de la investigación médica.

Lo que siempre se omite al hablar del 15,6% de norteamericanos no cubiertos por un seguro médico es que no todos están en una situación en la cual no pueden permitírselo económicamente, sino que, la inmensa mayoría, por su juventud, como he dicho antes, o por deseo expreso, no quieren pagar a una aseguradora, ni tampoco esperan que el Estado les sufrague el seguro. Es parte de la mentalidad norteamericana, totalmente opuesta a la socialdemócrata europea (aunque ésta esté calando, de ahí la división que el mesias moreno ha creado en el país: según la última encuesta de Rasmussen Reports, un 55% de los estadounidenses apoya la revocación mientras que un 40% apoya la ley), la que Obama quiere imponer en Estados Unidos, aumentando aún más el gasto ya existente por parte del Gobierno y cargando a la ciudadanía con más impuestos todavía. El ciudadano cada vez más dependiente del Estado. Teniendo en cuenta, asimismo esta mentalidad tan arraigada entre los estadounidenses de desconfianza hacia la pretensión de imponerles un Gran Gobierno, se explica bastante bien el rechazo que (sorprendentemente para una mentalidad europea socializante, por supuesto) encontró desde el principio el plan Obama, en sus términos iniciales, no sólo entre los legisladores norteamericanos sino también entre buena parte del ciudadano medio. Los famosos y desgraciados “americanos sin seguro médico”, por tanto, lo son casi todos por propia elección, y no por carencia de medios. Una cuestión interesante sería preguntarse por qué, si es tan deficiente la sanidad americana, la esperanza de vida es la misma, aproximadamente, que la de cualquier país europeo. O por qué, en Hong Kong, con un sistema sanitario totalmente privado, la esperanza de vida es incluso superior. O por qué, desde Canadá, van a Estados Unidos personas en busca de un tratamiento médico que podrían obtener más barato en su país.

Seguramente, como muy bien ha señalado en alguna ocasión Charles Krauthammer, el problema a resolver sería abaratar el precio de estos seguros. Una buena forma sería eliminando impuestos innecesarios y escondidos que se cargan a la cuenta de los ciudadanos a la hora de adquirir seguros médicos y que sólo logran aumentar los precios. Igualmente, pone el dedo en la yaga sobre dos factores más que incrementan considerablemente el precio de las pólizas de salud en Estados Unidos (y que constituye, aunque no lo cite, uno de las causas del derroche de dinero en la sanidad y del déficit público). El primero, las cuantiosísimas indemnizaciones que el sistema legal establece para el supuesto de negligencias médicas. Es algo totalmente lógico que cuando un profesional de la medicina debe pagar decenas de miles de dólares al año en concepto de seguro de responsabilidad civil, estos deberán pasar elevadas minutas a las aseguradoras, quienes, a su vez, las repercutirán en forma de pólizas más caras para sus asegurados. El segundo, el ingente coste encubierto de la llamada “medicina defensiva”, los exámenes y las pruebas que los médicos solicitan sin ningún otro motivo que protegerse de posibles demandas judiciales. Aquí podríamos encontrar, entre otras, una buena explicación a la cuestión de por qué, si el 60% de los americanos están cubiertos por un seguro privado, el 25% por un seguro estatal y el 15% no tiene cobertura, el gasto en sanidad asciende al 16% del PIB (aproximadamente el doble que España). Los médicos transfieren la mitad de sus ingresos, lo que significa que doblan sus honorarios, a los seguros que los resarcen en los casos de las frecuentemente abusivas y espectaculares, dinerariamente hablando, condenas por errores.

La sanidad no es un derecho, como quieren hacernos ver estos estatistas, sino una necesidad que surge eventualmente. Alimentarse sí es una necesidad diaria y perentoria, y, sin embargo, nadie habla del “derecho a comer” o de que el Estado deba cubrir universalmente las necesidades alimenticias de toda la población. Hay mucha más gente, con la actual crisis económica, debiendo vivir de la caridad ajena que desatendida en caso de enfermedad. El gasto en alimentos que debe asumir una persona a lo largo de su vida es muy superior a los médicos. Aunque la atención médica sea más costosa que la comida, su necesidad es más eventual. Y, no obstante, nadie exige que se socialice la comida ni que se creen comedores públicos para toda la población. Es más, a muchísimos, no precisamente ricos, no les gustaría que les estuvieran imponiendo día a día un menú concreto en esos imaginarios comedores públicos universales. ¿Qué decir de la vestimenta? Si no socializamos la ropa, ¿andaremos desnudos por la calle? ¿O del agua? Beber es una necesidad diaria y, es más, antes se muere de sed que de inanición y, sin embargo, nadie en su sano juicio dice que haya que crear un “derecho” universal “al agua”. Tenemos derecho a trabajar, pero no a que nos den un empleo. Tenemos derecho a usar el dinero que obtengamos por ese trabajo en cubrir las necesidades que entendamos más urgentes. No tenemos derecho a que nos den algo porque digamos “yo no tengo dinero para pagarlo”. Un médico sí tiene derecho a que le paguemos por su trabajo, igual que el dueño de la tienda de alimentación a que le paguemos por la comida que le compremos. Los derechos son derechos a hacer, positivos, no a recibir pasivamente cosas de otros. Ni a coaccionar a esos otros para que nos las den porque “yo no tengo dinero para pagarlo”. Si otros me lo dan cuando yo esté en situación de necesidad será encomiable, pero voluntario (y en EEUU funciona muy comúnmente este sentido de la solidaridad, existiendo una amplia red de caridad, tanto pública como privada).

La sanidad pública no precisa su universalización, ni tampoco hay que defender su supresión. Lo que necesita son reformas. No es de recibo que, como ocurre en España, la sanidad pública financie cambios de sexo pero no cubra el dentista. O, como se pretende, los abortos y las píldoras del día después, mientras mucha gente se hacina en interminables listas de espera para una simple prueba. Y eso que, en España, hasta ahora, gracias a una cierta homogeneidad de la población (que estamos perdiendo), a que somos un país de 45 millones de habitantes y a que todos contribuimos en parte no ha funcionado mal del todo. Pero en un país de más de 300 millones de habitantes este expansionismo estatal es la ruina del propio Estado. No es una cuestión de “derecho” sino de competencia para cubrir una necesidad. No está mal que parte de nuestros impuestos se dediquen a financiar unos servicios sanitarios públicos que se oferten en concurrencia con los privados para aquellas personas sin recursos para acudir a estos últimos. Limitándose la posibilidad de acudir a los mismos en unos determinados niveles de renta. Este caso sí seria una competencia del Estado, el emplear un porcentaje del dinero que ponemos a su disposición en ofertar una serie de servicios sanitarios a quien necesite cubrir una serie de necesidades de este tipo y no pueda costearse uno privado de razonable calidad. Los impuestos a pagar por todos, para financiar este servicio público, serían muy inferiores a la carga fiscal que soportamos. Y los beneficiarios disfrutarían de un servicio público mucho más eficiente y totalmente alejado del torpe elefante burocrático que soportamos. Hay que reiterar que el enorme encarecimiento del servicio sanitario, público y privado, en EEUU tiene unas razones muy concretas, las expuestas párrafos más arriba.


Responses

  1. […] una entrada de enero sobre el sistema sanitario en EEUU, apunté que la sanidad no es propiamente un “derecho”, sino una “necesidad eventual”, que […]


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