Posteado por: Javier | febrero 4, 2011

No, no soy un relativista (I)

Hoy, trato en dos entradas unas cuestiones de las que ya me ocupé hace bastante tiempo, pero que expongo aquí de forma más ordenada y no tan dispersa.

Pasado mañana o el lunes, en una entrada no muy larga, expondré algunas cosas sobre las corrientes de la derecha norteamericana, pero ahora, aprovechando lo que comenté sobre libertad de expresión en relación con el nazismo y el Holocausto, voy a tratar el relativismo.

Para aclarar un poco, aunque casi todos lo sabrán: lo nefasto no es el pluralismo. Pensar que existen multitud de opiniones y puntos de vista sobre los más variados asuntos no es relativismo. Respetar, se respeta el derecho a expresarlos y a manifestarlos. Un seguidor de Marx tiene derecho a defender el marxismo como yo a dar testimonio de Jesucristo o a postular el liberalismo.

El relativismo consistiría en pensar que la verdad no es absoluta, sino que depende o está en relación con el sujeto, persona o grupo que la experimenta, y que en ciertos aspectos no pueden existir valores universales compartidos por todos los seres humanos.

Ante la pluralidad y multiplicidad de opiniones, que es un hecho que existen, el relativista no se queda simplemente ahí, sino que continua diciendo que dichas opiniones son verdaderas si a las personas que las defienden les parecen verdaderas, manteniendo que existen muchas “verdades” o formas de conceptualizar ciertos hechos sociales, aunque sean absolutamente incompatibles entre ellas.

¿Cuáles son las dos clases fundamentales de relativismo?

Relativismo ético

Tenemos que partir de la base de que, conociendo las características generales de la filosofía relativista, ésta por supuesto negaría la existencia de un Dios vivo, de un Dios personal e infinito con soberanía sobre todas las cosas y definidor de una serie de verdades absolutas, del bien y del mal. En todo caso, si los relativistas en el poder, fueran medianamente tolerantes, todo lo más que harían sería darle la consideración de una “moral” más de las muchas existentes.

El abandono de la noción de la verdad absoluta y la aceptación de que existen múltiples verdades válidas se considera una señal de modernidad, de estar en “los tiempos que corren”. Cada siglo ha visto al anterior con desden, como parte de un pasado oscuro. La verdad sería algo mutable pues dependería lo empírico, de la observación, del acuerdo sobre lo que es socialmente más aceptable o del pragmatismo, de lo que resulte más útil.

Tenemos el ejemplo de la esclavitud. Durante siglos, a lo largo de toda la Edad Moderna y parte de la Contemporánea, los países civilizados la consideraban algo normal, sin excepción. España, Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda, hasta Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Había un acuerdo en que no era nada malo capturar a negros en África y someterlos a esclavitud, puesto que, es más, pragmáticamente eran muy útiles para que realizaran las labores más penosas en los territorios colonizados por estos países. Los negros eran considerados como esclavos por su raza. Los negros eran asimilados frecuentemente a animales, sin siquiera poder ser considerados sujetos de derecho y por lo tanto considerados, jurídicamente, como cosas.

Sin embargo, la Biblia condena la esclavitud basada en la raza desde hace miles de años. Consideremos la esclavitud que experimentaron los hebreos cuando estuvieron en Egipto. Los hebreos eran esclavos por su raza (Éxodo 13:14). Las plagas que Dios envió sobre Egipto, demuestran cuál es el sentir de Dios acerca de la esclavitud racial (Éxodo 7:11). Igualmente, en Éxodo 21:16, se establecía la pena de muerte para quien secuestrare una persona y la vendiese. Los negros eran literalmente cazados en África, transportados en barcos como mercancía y, después, vendidos en el Nuevo Mundo. En la Biblia, la verdad revelada, la esclavitud por motivos de raza es algo odioso a los ojos de Dios.

En aquellos tiempos, es cierto, había más esclavos aún en África que en las posesiones europeas del Nuevo Mundo. Había incluso blancos esclavizados por negros o norteafricanos. Occidente, en un momento dado, comenzó a volverse contra la esclavitud, mientras otras sociedades seguían considerándola algo normal y cotidiano. Justo el que Occidente predominase sobre el resto del mundo, como en otras cosas, hizo que la esclavitud estuviese cada vez más erradicada, incluso en Asia y África.

Hoy día, humanísticamente, desde la Convención sobre la Esclavitud, tratado internacional promovido por la Sociedad de Naciones y firmado el 25 de septiembre de 1926, asumido por la ONU, tras su creación, existe el consenso plasmado en forma de norma legal de que la esclavitud es algo aberrante e inaceptable. Pero ¿y dentro de 100 o 200 años? En Occidente existe el acuerdo en rechazar la esclavitud pero sigue existiendo en algunos como Sudán o Mauritania, allí no ha llegado el avance “a través de la modernidad”. ¿Quién nos asegura que, en siglos venideros, la “verdad” no volverá a cambiar?

Otro buen ejemplo sería la pederastia en la Grecia clásica, allí considerado lo moderno y avanzado. Idealizada por los griegos desde la época arcaica, era una relación entre un joven adolescente (erómenos, “amado”) y un hombre adulto que no pertenecía a su familia próxima (erastés, “amante”), la consideraban un elemento esencial de su cultura ya desde los tiempos de Homero. Otros pueblos de la Época Antigua, como los romanos, también vivían en la degeneración moral absoluta.

Yéndonos más lejos en la antigüedad, esto se daba aún a mayor escala en Canaan, antes de la llegada de los israelitas. Los cananeos se considerarían, a buen seguro unos avanzados, frente a Israel, depositario entonces de la verdad revelada. Los descubrimientos arqueológicos, tales como los de Ugarit, han revelado la corrupción de las naciones cananeas.

Hoy la pederastia está aceptada como aberrante pero ¿en base a qué, sino en el acuerdo temporal? ¿Dónde está la base moral para condenarla? ¿Por qué no pensar que puede haber algún día un consenso social que lleve a su legalización como en la avanzadísima en su tiempo Grecia antigua?

Pensar que el respeto a la libertad, a la vida y a la propiedad es algo a lo que se ha llegado por maduración, por el mero paso del tiempo, que ha dejado “obsoletas” algunas instituciones que las eliminan o limitan, es un craso error.

En los siglos XVII y XVIII, la idea de la libertad se basó en la verdad inmutable y divina, decretada por un Dios viviente e infinito. En la Europa continental esto ha surgido del acuerdo, adoptado tras la experiencia histórica, no porque se considere que es la verdad eterna. No existe lo moderno ni lo caduco sino lo eterno. Fascismo y comunismo pueden parecer malos sueños del pasado pero en el mundo no paran de surgir nuevas formas de totalitarismo que aprenden de los errores que hicieron fracasar a los anteriores. Mientras no aceptemos que la verdad es eterna, siempre dependeremos de que la mayoría no quiera tiranizarnos. Sin embargo, la tendencia es pensar que las situaciones cambiantes que ha vivido la Humanidad durante su historia generan cambios en la moralidad.

El argumento principal al que apelan los relativistas, es el de la tolerancia. Para el relativista, y eso es muy usual, decirle o señalarle a alguien que su conducta es moralmente reprochable o intolerable es una señal de “intolerancia”. Pero esto es totalmente absurdo: primero, los relativistas son los primeros en no tolerar los absolutos y, segundo, no explican por qué cualquiera debe ser tolerante en cualquier lugar. Justamente, el tolerar a gente, aunque no estemos de acuerdo, se basa, mira por dónde, en una norma moral absoluta: hemos de ser justos con los demás.

Pero, más allá de esa justicia con el prójimo, aquí no se trata de imponer una moral o una opinión, pero, hasta ahí podríamos llegar, que no se pueda decir lo que se entiende que es grosero, depravado o inmoral.

El hecho es que toda la gente nace con una conciencia y todos sabemos instintivamente cuando hemos hecho algo malo o cuando se lo hemos hecho a otros. Actuamos como si esperáramos que los demás lo reconocieran como algo bueno pero hasta cuando somos niños tenemos ya una cierta conciencia de cuando hemos hecho algo “malo”.

Relativismo cognitivo

Ahora toca el turno al relativismo cognitivo, ¿cómo llegamos a la verdad? El relativismo cognitivo afirma la incapacidad del conocimiento humano para establecer verdades universalmente válidas, siendo cada afirmación dependiente de un contexto que la condiciona.

En buena medida, en los tiempos actuales, la fe ha sido sustituida por la fe en la ciencia, en la búsqueda de las respuestas verdaderas a través de la ciencia, ante esta inseguridad que crea el relativismo cognitivo. Pero la ciencia no se puede calificar de búsqueda de la verdad, sino del conocimiento, a través del estudio de lo que podemos percibir. Es el método para obtener o ampliar conocimientos sobre el medio que nos rodea, en base a la observación y la deducción.

Sin embargo, es algo en constante revisión. Según avanza el ser humano en sus conocimientos, teorías viejas son reemplazadas por teorías nuevas, que demuestran el error de las anteriores, la equivocación o la inexactitud del científico que las elaboró.

Por cierto, NO, no. No voy a hablar de “diseño inteligente” ni de nada parecido. Ya comenté hace muchas entradas que no estoy por eso.

A lo que voy es a que la ciencia debe contemplarse de una forma intelectual, como una forma de obtener conocimientos, pero no hay que olvidar que es fruto, es una creación, de la labor de un ser limitado e imperfecto como es el ser humano, por mucho que los avances muestren, y eso es indudable, el alcance que puede llegar a tener la lógica y la capacidad humana. La ciencia puede mejorar nuestra vida, numerosos avances médicos (las vacunas, la penicilina, etc.) y en otros muchos campos lo han hecho; también puede ser sumamente peligrosa mal empleada, no lo olvidemos, pero no nos puede dar respuestas absolutas, no nos puede mostrar la verdad, del mismo modo que, al definir la libertad, estaríamos siempre a lo que empíricamente, a través de la observación de la experiencia histórica, entendiéramos por más útil o conveniente, pero sin nada sólido en qué basarlos.

Es muy interesante leer el Capítulo 1.I de la Confesión de Fe de Westminster: “Aunque la luz de la naturaleza y las obras de creación y de providencia manifiestan la bondad, sabiduría, y poder de Dios de tal manera que los hombres quedan sin excusa, (Romanos 2:14,15; Romanos 1:19,20; Salmos 19:1-3; Romanos 1:32 y 2:1) sin embargo, no son suficientes para dar aquel conocimiento de Dios y de su voluntad que es necesario para la salvación; (1 Corintios 1:21 y 2:13,14) por lo que le agradó a Dios en varios tiempos y de diversas maneras revelarse a sí mismo y declarar su voluntad a su Iglesia; (Hebreos 1:1) y además, para conservar y propagar mejor la verdad y para el mayor consuelo y establecimiento de la Iglesia contra la corrupción de la carne, malicia de Satanás y del mundo, le agradó dejar esa revelación por escrito, (Lucas 1:3,4; Romanos 15:4; Mateo 4:4,7,10; Isaías 8:19,20; Proverbios 22:14-21) por todo lo cual las Santas Escrituras son muy necesarias, (2 Timoteo 3:15; 2 Pedro 1:19) y tanto más cuanto que han cesado ya los modos anteriores por los cuales Dios reveló su voluntad a su Iglesia (Hebreos 1:1,2)”. En el apartado II, tras citar los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, se dice que “Todos estos fueron dados por inspiración de Dios para que sean la regla de fe y de conducta (Lucas 16:29,31; Efesios 2:20; Apocalipsis 22:18,19; 2 Timoteo 3:16)”.

Este relativismo cognitivo y su creencia en que lo que digan los científicos en cada momento es “la verdad”, y que lo que no se conoce pronto será descubierto, por supuesto, partiría de la negación de Dios, de la existencia de un perfecto, omnipotente y omnisciente Creador, de forma no distinta a la de cualquier devoto de una religión. Quien no tiene la fe, confía en una religión, sea cual sea, de cualquiera las formas erróneas a través de las cuales y a lo largo de la Historia el hombre ha intentado llegar a Dios a través de sus propios y limitados medios, o, en su defecto, fundará su religión en el culto al Hombre. Y eso si no da un culto desmedido a lo material.

Y si nos fijamos en la cita de Hebreos 1:1-2: ” Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”.

Los reformadores entendieron perfectamente que el conocimiento de Dios no procede de la ciencia sino de la revelación a través de Su Palabra en la Biblia. Para el incrédulo, la Biblia es un libro más y, como tal, esta sujeto a verificación igual que otras cosas mundanas. Al cristiano no es necesario demostrarle empíricamente la veracidad de la Biblia puesto que la fe como gracia de Dios es la certeza de su exactitud. La fe no es un ejercicio de autoconvencimiento después de haber leído y releído las Escrituras ni el reconocimiento de un hecho después de haber visto con nuestros propios ojos prueba física, puesto que es Dios mediante Su gracia quien la otorga a determinadas personas. La fe está fuera del empirismo puesto que la propia ciencia es incapaz de acreditar o refutar la existencia de Dios.

Por tanto, ciencia, sí, pero al igual que la experiencia histórica, sabiendo cual es su ámbito. Como he dicho al principio, el cristiano sabe que hay un solo Dios, hay una sola ley y hay una sola verdad. Dios y Su ley son la fuente de la justicia y la verdad, de lo que es correcto. Igual que en esa verdad se contiene el fundamento de la manera de conducirnos, también se integran las funciones del gobierno civil, un gobierno que ha de ser pequeño pero fuerte, con capacidad para defender nuestra vida y nuestra propiedad, y, a su vez, protegernos frente a las agresiones de terceros frente a ambas. Sin esos límites marcados, el gobierno civil puede saltarse sus funciones, asumiendo incluso las que no le correspondan , haciéndose cada vez más grande, fuerte y entrometido en los asuntos de los ciudadanos, con la consiguiente pérdida de libertad.

Mañana más.

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