Posteado por: Javier | febrero 13, 2011

Hamilton en el siglo XXI (IV)

Ciertamente, no hay duda de que, de los “Founding Fathers” de la nación norteamericana, Alexander Hamilton es el más injustamente olvidado, desde luego en comparación con Benjamin Franklin, George Washington, Thomas Jefferson, y hasta con John Adams y James Madison. Hay quienes dicen que EEUU es un país “hamiltoniano” que ama y recuerda a Jefferson (aunque, de los cuatro presidentes cuyas efigies están esculpidas en la montaña Rushmore de Dakota del Sur, Washington, Jefferson, Lincoln y Theodore Roosevelt, el primero y los dos últimos fueron “hamiltonianos” :-)).

¿Qué hace tan especial a Hamilton?

Echemos un vistazo a su vida:

Nació como hijo ilegítimo de padre protestante calvinista escocés y madre, también calvinista, de origen hugonote, en la isla de Nevis, en el archipiélago de las Indias Occidentales, en 1755 o 1757, no se conoce con precisión la fecha exacta. El hecho de haber nacido como hijo ilegítimo, el abandono por su padre y, a los doce años de edad, perder a su madre, le creó un carácter pesimista y ocasionalmente depresivo pero le inculcaron una voluntad de superación y un espíritu que le convertirían en niño prodigio y en genio, como numerosos le calificaron. Hamilton es todo un ejemplo para lo que querría en mi país: un emprendedor joven y ambicioso, que trabaja duro, llega a ser algo y crea oportunidades para otros. Hamilton llegó prácticamente de la nada, desde su isla caribeña natal, y su vida política fue un intento por crear las condiciones para que el mayor número de personas pudiera emular su éxito. Los EEUU, gracias a Dios, para ellos y muchos más, eligieron su camino, como dije hace dos entradas.

Hamilton, ya a los 13 años, comenzó a trabajar como empleado contable en la firma mercantil “Beckman & Cruger”, mientra era educado bajo la tutela del reverendo Hugh Knox, ministro de la iglesia presbiteriana, en la isla danesa de St. Croix En 1772, a los quince años, abandonó las islas, siendo aceptado al año siguiente, en el King’s College de Nueva York, institución que, años después, sería la Universidad de Columbia, donde conoció a Robert Troup y John Jay, así como, una vez comenzada la Guerra de Independencia de EEUU a George Washington. A los dieciocho años, empezó a escribir panfletos en favor de la causa de la independencia de las colonias. Aparte de sus estudios en el King´s College, a pesar de que no los concluyó, fue algo impresionante su carácter autodidacta: ya a esa edad tenía un gran conocimiento de la historia de Inglaterra y de pensadores como Aristóteles, Cicerón, Séneca, Plutarco, Maquiavelo, Hobbes, Grocio, Locke, Montesquieu, Rousseau o Hume.

Ya desde muy joven, en sus primeros escritos, comenzó a mostrar sus recelos hacia la democracia popular (ese concepto venido de la Revolución Francesa y tan del gusto de Jefferson), frente a la cual siempre defendió la democracia elitista. Organizó un partido, el primero en la era constitucional, formado como partido de notables o élites, que tuvo un papel hegemónico en la política norteamericana, bajo su liderazgo, entre 1787 y 1800, en dura competencia con los demócrata-republicanos de Jefferson. Tras la muerte de Hamilton, en 1804, tras resultar gravemente herido en el duelo con el sedicioso de Aaron Burr, el Partido Federalista comenzó un declive que llevó a su disolución en 1816, aunque su labor fue continuada por el Partido Whig, fundado en 1834, de Henry Clay y John Quincy Adams. Partido cuya fractura entre esclavistas y anti-esclavistas motivó la unión de estos últimos con los demócratas jacksonianos y el nacimiento del Partido Republicano, en 1854.

Tras la independencia de los EEUU, comenzó una nueva etapa en la vida de Hamilton. Su visión era la de un país destinado a convertirse en el “mayor imperio de la tierra”, como decía, pero que, sin embargo, había heredado del período colonial algunas instituciones que eran un freno para la movilidad y el desarrollo social. El sector fundamental en la economía del país recién nacido era el agrícola y algunos de los jóvenes más talentosos se veían atrapados en granjas, en las que no podían desarrollarlo, mientras familias aristocráticas, como la de Jefferson, controlaban las finanzas, lógicamente, al ser una nación casi totalmente agraria.

Hamilton pensaba que había que cambiar esto para unificar la nación y permitir a los estadounidenses explotar todas sus capacidades, creía que el trabajo del Gobierno debía centrarse en abrir oportunidades a la gente para despertarles y estimularles el espíritu competitivo. En su famoso “Informe sobre las manufacturas” , de 1791, argumentó que los EEUU, potencia emergente en aquellos momentos, como dije en una entrada anterior, no llegarían a ser totalmente independientes hasta que no fuesen autosuficientes en todos los productos económicos necesarios. Hamilton se inspiró, en parte, en los regímenes económicos de Colbert en Francia e Isabel I en Inglaterra, pero con la diferencia de que rechazaba algunos aspectos del mercantilismo, como la búsqueda de colonias para los mercados. De hecho, EEUU, en el siglo IX, nunca fue un imperio colonial que, al modo de las potencias europeas, buscase apilar territorios y más territorios, bajo su dominio, en los cinco continentes.

Sus ideas económicas las plasmó, tras ser nombrado Secretario del Tesoro por el presidente George Washington, en sus tres informes al Congreso, el “Informe sobre el crédito público” y el “Informe sobre el Banco de los Estados Unidos”, ambos de 1790, así como el mencionado “Informe sobre las manufacturas”, pero, ya antes, en 1787, comenzó a desarrollar también sus cualidades políticas, con su participación en la Convención de Filadelfia y la salida a la luz de los ensayos de “El Federalista”, publicados entre ese año y el siguiente, en colaboración con James Madison y John Jay, en los que defendieron la ratificación de la Constitución e intentaron establecer sus futuras interpretaciones.

En esencia, entre otras cuestiones, como la oposición a la introducción de una Carta de Derechos en la Constitución, en “El Federalista nº 84“, al entender que esta lo que debía hacer era concretar con precisión las facultades del poder federal, y que una “lista de derechos” podría interpretarse como si fueran los únicos que la gente tuviera, Hamilton hace una encendida defensa de un ejecutivo vigoroso, unipersonal y enérgico, por supuesto, sujeto frente al pueblo a responsabilidad en sus funciones, en “El Federalista nº 70“: “Un Ejecutivo débil significa una ejecución débil del gobierno. Una ejecución débil no es sino otra manera de designar una ejecución mala; y un gobierno que ejecuta mal, sea lo que fuere en teoría, en la práctica tiene que resultar un mal gobierno. Dando por supuesto, por consiguiente, que todos los hombres sensatos convendrán en que es necesario un ejecutivo enérgico, únicamente falta investigar qué ingredientes constituyen esa energía, hasta qué grado es factible combinarlos con esos otros elementos que aseguran el mantenimiento del gobierno republicano y en qué medida caracteriza dicha combinación el plan elaborado por la convención. Los ingredientes que dan por resultado la energía del Ejecutivo son: Primero, la unidad; Segundo, la permanencia; Tercero, el proveer adecuadamente a su sostenimiento; Cuarto, poderes suficientes. Los ingredientes que nos proporcionan seguridad en un sentido republicano son: Primero, la dependencia que es debida respecto del pueblo; Segundo, la responsabilidad necesaria […] Seguramente no se discutirá que la unidad tiende a la energía. Como regla general, los actos de un solo hombre se caracterizan por su decisión, actividad, reserva y diligencia, en un grado mucho más notable que los actos de cualquier número mayor; y dichas cualidades disminuirán en la misma proporción en que el numero aumente […] La responsabilidad es de dos clases: la censura y el castigo. La primera es la más importante de las dos, especialmente en un cargo electivo. Es mucho más frecuente que el hombre que ocupa un cargo público obre en tal forma que demuestre que no es digno de esa confianza más tiempo, que de manera a exponerse a una sanción legal. Pero la multiplicación del Ejecutivo aumenta la dificultad de ser descubierto en ambos casos. En muchas ocasiones se hace imposible, en medio de las acusaciones recíprocas, determinar en quién debe recaer realmente el reproche o el castigo que correspondan con motivo de una medida perniciosa o de una serie de esas medidas”.

Desde su cargo de Secretario del Tesoro, Hamilton impulsó la nacionalización de la deuda de la Guerra de Independencia, fusionar las economías estatales en una economía nacional más dinámica, hacer pasar el poder de los terratenientes locales a los operadores comerciales y creó el Banco de los Estados Unidos, para financiar inversiones.

Tanto en uno y otro caso, la nacionalización de la deuda y la creación del Banco se encontró con la oposición, sobre todo, de los estados del sur. Sin embargo, tanto una medida como otra, iban a ser decisivas para consolidar la nueva Unión.

La guerra frente a la metrópoli británica se había financiado con emisión de deuda y papel moneda, lo cual había generado una gran inflación y un desorden monetario, así como la duda de quién debía amortizar esa deuda. Los estados que conformaban la inicial Confederación, anterior a la aprobación de la Constitución, alegaban que el poder para decretar impuestos con los que amortizar la colosal deuda, que pesaba como una losa, correspondía únicamente a ellos, mientras que Hamilton sostenía que era imperioso librarse de esa deuda y para ello era imprescindible dotar al Congreso de EEUU de la facultad de decretar nuevos impuestos. Y es que estas dos cuestiones eran decisivas, y así lo veía Hamilton: si el poder federal que se había constituido no tenía claras facultades impositivas con las que financiarse, estaría condenado al fracaso, y si, por parte de EEUU, se incumplían las obligaciones con los acreedores, sería un país desacreditado. Washington apoyó la medida de Hamilton, con lo cual el gobierno federal afirmaba su poder para recaudar impuestos y derechos de importación lo bastante altos como para pagar los intereses de la deuda.

Más histórica aún fue la creación del Banco de los Estados Unidos, en 1791. La Unión no tenía un banco central, solo existían unos pequeños bancos que operaban dentro de cada estado, pero no existía un banco que ofreciera el crédito necesario para el desarrollo de los nacientes EEUU. El gran debate se generó en torno a si el Congreso tenía la facultad de crear este banco, puesto que ello no se mencionaba expresamente en la Constitución. Jefferson y Madison, sureños de Virginia y defensores de los intereses agrarios de estos estados, defendían que el Congreso no poseía esta facultad, pero, finalmente, esta cuestión terminó con otra victoria para Hamilton: el Congreso aprobó la creación del Banco, como una entidad de derecho privado, en la que el Gobierno Federal apenas suscribió el 20% de las acciones, mientras que inversionistas particulares suscribieron el 80% del capital de la institución.

Realmente, más allá del hecho en sí de la creación del Banco, esta decisión del Congreso sentó cátedra sobre la doctrina constitucional de los “poderes implícitos” del Gobierno Federal (doble victoria para Hamilton, pues), que ha permitido a la Constitución de Estados Unidos ser, durante algo más de dos siglos, un documento legal que ha conseguido perdurar y adaptarse a las necesidades de cada época.

En diciembre de 1791, se había reconstruido el crédito público, fortalecidos los poderes del Gobierno Federal, unificado la moneda y creado el Banco Central de los Estados Unidos. Sin embargo, faltaba el fortalecimiento de la industria y el comercio norteamericanos. El día 5 de ese mes, Hamilton presentó ante el Congreso su famoso “Informe sobre las manufacturas”. Se trataba de apoyar el desarrollo industrial con subsidios, créditos y apoyo financiero a la empresa y aranceles que protegiesen el mismo de la competencia desleal de las importaciones europeas: no había porqué abrir los mercados a quien no te los abría. Esto ha hecho que se tache de “proteccionista a ultranza” a Hamilton y eso es algo nada exacto. No hay que olvidar que estamos a fines del siglo XVIII cuando la mayoría de países no es que precisamente siguieran las teorías que Adam Smith desarrollara en “La Riqueza de las Naciones”.

El proteccionismo de Hamilton no produjo ni la formación de monopolios ni el abuso de los fabricantes sobre los consumidores. Los países europeos, sobre todo Inglaterra, aplicaron a EEUU unos altísimos aranceles: el mundo en que Hamilton se movió era de todo menos librecambista. Por otra parte, el estadista calvinista consideraba que el país era demasiado dependiente de la agricultura mientras la industria era claramente deficitaria (si por los agro-anarkas jeffersonianos hubiera sido, así habría continuado la situación), había que integrar ambos, la agricultura del Sur y la industria del Norte, creando un potente mercado interior. Con las medidas bancarias, monetarias y fiscales anteriores se generó una expansión económica que convirtió a EEUU en el país del mundo con el nivel de vida más alto a finales del siglo XIX y principios del XX. Hamilton apoyó sobre todo al sector textil y, conjugando la producción de algodón de los estados sureños con el desarrollo de esta industria, éste se convirtió en un pilar económico fundamental.

Por encima de las críticas a estas medidas, Estados Unidos debe su desarrollo económico, por encima de otros, a Alexander Hamilton. Y, unido a este, otros como el tecnológico o militar que llegó a hacer de este país la primera potencia mundial a mediados del siglo XX. Ello sobre la idea de Hamilton de libertad de empresa, poder federal limitado, pero enérgico, y grandeza nacional.

La vida de Hamilton es la de un joven que llegó a las colonias norteamericanas desde una isla británica del Caribe y que, valiéndose de todas sus capacidades, llegó a lo más alto, diseñando un país prospero, ordenado, libre y poderoso. Un genio y un visionario que en los 1700s tenía ya en mente el mundo empresarial y de negocios de hoy día (tan visionario fue que, pese a la guerra con la metrópoli, sabía que el aliado natural era Inglaterra y así ha sido: los dos países han tenido que aliarse en más de una ocasión para defender la libertad).

Frente a todo tipo de extremismos, sean de derecha o de izquierda, hoy por hoy, Hamilton es la mejor opción para el liberalismo.

En el siglo XXI, este coloso está más vigente que nunca:

Anuncios

Responses

  1. Una maldad :

    ¿ No es la Merkel una más que digna heredera de Hamilton ?.

  2. Y una puntualización :

    En “Jefferson y Hamilton, sureños de Virginia y defensores de los intereses agrarios …” creo que has querido escribir “Jefferson y Washington, sureños de Virginia y defensores de los intereses agrarios …”.

  3. ¡Es verdad! Gracias por la fe de erratas.

    Lo corrijo ahora, aunque no quise decir Washington, sino Madison. Washington, todo lo contrario estaba con las tesis de Hamilton a favor de la creación del Banco Central.

    ¿La Merkel? Yo le contesto con otra “maldad”: ¿en qué exactamente? ¿En lo de “crear oportunidades” con lo de venir aquí con el “vente a Alemania, Pepe” de nuevo?

    Yo sé que ud, Moli, es un gran admirador de la Merkel y de Alemania, pero no termino de ver en qué se parece a Hamilton.

  4. En lo de la defensa de los intereses agrícolas es donde reúno yo a Jefferson y Washington.

    Luego, por supuesto, Hamilton fue elegido por Washington para ocupar la cartera de Hacienda y en última instancia siempre recibió su aliento, aunque a mi entender muy a menudo demoró hasta el extremo la demostración de ese apoyo.

    En cuanto a lo de la Merkel, lo digo por el empeño de Hamilton en ordenar la estructura económica de aquella recién nacida federación y que se me asemeja mucho a la situación europea actual.

    En este sentido, Irlanda habría sido Carolina del Norte.

  5. ¡¡Uff!! ¡Ojalá fracase!

    Yo creo que sí porque eso de los “Estados Unidos de Europa” es una utopía: cada país tiene unas costumbres, tradiciones e identidad totalmente heterogéneas, imposibles de gobernar conjuntamente desde un poder centralizado. Un español es un español, un francés un francés, un griego un griego y un búlgaro un búlgaro. Hasta un irlandés no se parece a un inglés o un polaco a un alemán ni a un ruso, aunque los tenga a Oeste y Este. Europa solo existe geográficamente, en los mapas. Eso de la “identidad europea” es una entelequia falsa, tanto como si se pretendiera hablar de una “nacionalidad europea”.

    Además, sus esfuerzos no son por crear una Unión exactamente sino porque los demás seamos las patitas del trono en el que se siente el emperador franco-alemán.

    Que se le ponga el nombre de “Unión” eso ya es otra cosa.

  6. Menudo chiste ese de “Hamilton como Merkel” — no no no para nada, Moli de Getafe. ¡Qué asco de comparación oiga!

    Yo creo que más bien son los españoles los que deben ir pareciéndose a Hamilton, y cuanto antes mejor. ¿A qué me refiero? Pues que tarde o temprano será necesario emprenderla a cañonazos contra Alemania.

  7. your good

  8. […] Febrero. Hamilton en el siglo XXI (IV) […]

  9. Mercado y Merkel, y Alemania como siempre mirando hacia otro lado, será el peso de la culpa, la sociedad del bienestar, o la avestruz.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: