Posteado por: Javier | marzo 5, 2011

La eterna condenación (I): la fábula del Purgatorio

ENTRADA EXCLUSIVAMENTE DE CONTENIDO TEOLÓGICO, SIN RELACIÓN DIRECTA CON EL LIBERALISMO NI LA POLÍTICA

Estas dos entradas, la de hoy y la de la semana que viene, tratan sobre algo que podría llamarse, de alguna forma, como la parte “que no gusta de la Biblia”, incluso a muchos cristianos, no digamos ya quienes se acerquen en alguna ocasión, por el motivo que sea, a las Escrituras y no lo sean. Pero es algo absolutamente necesario pues toda la Biblia es la regla de fe y no solo lo que algunos consideren lo “bonito”, como es la salvación y la buena nueva del Evangelio de Jesucristo.

Hay algo que es fundamental tener claro: Dios no “disfruta” enviando a nadie al infierno tras su muerte. Desde luego, pensar esto es una terrible calumnia contra Dios. Puedes tener por cierto que tienes un serio problema con Dios si crees esto.

¿Dios no es amor acaso? Sí, más todavía, es el amor mismo, es un Ser amoroso, bondadoso y misericordioso, pero, sobre todo esto, es un Dios santo y justo. Es la santidad misma. Cualquier mancha, por pequeña que sea, te convierte en incompatible con un Ser que es la santidad misma.

Pero, ¿merece una pequeña “mancha en el expediente” o un “pecadillo de nada” algo tan terrible como la condenación eterna en el infierno? Sí, pues Dios es tan santo, que Él no puede tolerar el pecado, es un Dios cuya ira arde contra el impío y aquellos que lo desobedecen. Dios aborrece profundamente el pecado.

El problema fundamental es ponernos en el mismo plano que Dios y desconocer la naturaleza del pecado. Nosotros somos seres finitos, tenemos un principio y un final en nuestra vida en este mundo y nos regimos por el tiempo, por el antes y el después. Dios es eterno y está fuera de este concepto que es el tiempo. Pecamos de obra o de pensamiento y al poco tiempo nos hemos olvidado de ello. Pero, para Dios, nuestro pecado está permanentemente ante Él. Siendo para Dios eterno nuestro pecado, el castigo que merece es igualmente eterno. Castigo que sigue mereciendo nuestro pecado aún cuando tengamos puesta nuestra fe en el Señor Jesucristo y en Su salvación. La diferencia es que el pago por nuestro pecado lo ha proveído Dios mismo en Cristo, Su Hijo, cuya muerte es tan eterna como nuestro pecado, puesto que Cristo es tan eterno como el Padre. La muerte de Cristo limpia todos los pecados de los creyentes de todos los tiempos.

Y solo los de los creyentes. Esto no es injusto, pues por nuestras propias obras, si de ello dependiera, lo que nos ganaríamos es la condenación eterna. No es injusto que Dios salve a unos y condene a otros, pues todos mereceríamos el infierno, todos somos culpables. Tú eres culpable, yo soy culpable, tus padres son culpables, tu novia o esposa lo es, tu vecino de al lado lo es, etc. Puedes protestar contra Dios, porque creas que te debe algo, pero la boca te la van a cerrar cuando comparezcas ante el Tribunal de Cristo. No es injusto que dé Su gracia a algunos y a otros no, pues es totalmente inmerecida para todos, NO NOS DEBE ABSOLUTAMENTE NADA A NINGUNO. Pero nuestro Dios es tan misericordioso que, sin debernos nada, sin embargo, nos da la vida, imputando el pago por nuestros pecados a Jesucristo Su Hijo.

Ahora bien. Aquellos que nunca han oído el Evangelio, que no conocen a Cristo, ni creen en él, no pueden ser salvos, aunque sean diligentes para ajustar su vida a la luz natural, y a las leyes de la religión que profesen, puesto que nada que hagamos nos justifica ni hay salvación en ningún otro sino solamente en Cristo.

Esta es la verdad pues es la Biblia. Lo que la Biblia no nos dice, en ni una sola de sus páginas, es que exista un lugar tras la muerte en que tengamos que purificar los pecados que no han sido “limpiados” en vida. No hay en la Biblia ningún “Purgatorio” de ningún tipo. La palabra no aparece y la existencia de este lugar la ha deducido la Iglesia Católica Romana, que lo tiene como uno de sus dogmas de fe, de un versículo del segundo libro de Macabeos, libro apócrifo y escritura no inspirada por Dios, y de algunos otros versículos sacados fuera de su contexto.

ALGO MUY CLARO. Ser muy duro con creencias de este tipo no es ser “anti-católico”. Evidentemente, que no hay que ser anti-católico, no hay absolutamente nada contra los fieles católicos, aunque estemos hablando de una iglesia tan hereje. No hay que ser anti-nada, sino pro-verdad. Lo que ocurre es que aquí en España la mayoría de creyentes son católicos y a ellos se les predica. Si estuviéramos rodeados de judíos, se predicaría a los judíos y si fueran musulmanes a los musulmanes. Muchos cristianos predican en tierras musulmanas, aún a riesgo de sus propias vidas, y muchos la pierden, e, incluso, las primeras persecuciones a la Iglesia vinieron de parte de judíos en el siglo I. El mismo apóstol Pablo fue un atroz perseguidor de la Iglesia antes de su conversión.

Hay que ser pro-verdad e intransigente con la mentira. Y una gran mentira son estas doctrinas difundidas durante siglos por la Iglesia Católica y, de hecho, sin estas creencias impuestas como dogma sobre sus fieles, Roma no sería Roma. Lo que hace que esta iglesia sea irreformable, justamente es que a estas alturas no puede desdecirse de esas creencias sobre las que ha basado su poder durante siglos.

Un poder mundano y temporal, nada espiritual. Por eso Roma no puede defender bajo ningún concepto la suficiencia de la muerte de Cristo para la salvación, si ella es la que se quiere encargar de la “administración” de esa salvación. Ya hemos visto que la muerte de Cristo es eterna, por ello, la salvación de los elegidos por Dios también es eterna. A aquellos que Dios ha predestinado para vida desde antes que fuesen puestos los fundamentos del mundo, conforme a su eterno e inmutable propósito y al consejo y beneplácito secreto de su propia voluntad, los ha escogido en Cristo para la gloria eterna. ¿No lo creen?:

Efesios 1: 4, 9, 11: “4 Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; […] 9 Descubriéndonos el misterio de su voluntad, según su beneplácito, que se había propuesto en sí mismo, […] En él digo, en quien asimismo tuvimos suerte, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad”.

Romanos 8:29,30: “29 Porque á los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes á la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos; 30 Y á los que predestinó, á éstos también llamó; y á los que llamó, á éstos también justificó; y á los que justificó, á éstos también glorificó”.

2 Timoteo 1:9: “Que nos salvó y llamó con vocación santa, no conforme á nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”.

1 Tesalonicenses 5:9: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salud por nuestro Señor Jesucristo”.

La Iglesia de Roma, impregnada por el semipelagianismo, predica que la salvación se puede hasta perder, y que, como mal menor, pueden quedar pecados que pagar y expiar mediante una “purificación” tras la muerte, en ese lugar llamado “Purgatorio”. Sin embargo, Jesús dijo que “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero” (Juan 6:39). ¿A quién creemos? ¿Al Señor Jesucristo o al Papa de Roma?

La creencia en el Purgatorio, al igual que la Misa y la Eucaristía, el rezo por los muertos o las indulgencias, está basada en la idea de que el sacrificio de Cristo no fue único, perfecto y suficiente, pese a lo que dice Hebreos 7:27, sobre el oficio de sacerdote de Jesucristo: “que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”.

El Purgatorio, según esta doctrina diabólica, sería un lugar de preparación para poder acceder al Cielo, pues la muerte de Cristo no sería suficiente para ser declarados justos, perdonados, redimidos, reconciliados con Dios y santificados. El dogma del Purgatorio limita el sacrificio de Cristo a la expiación del pecado original, o los pecados cometidos antes de la salvación.

¿Diabólica he dicho? Por supuesto, es un ataque a Jesucristo mismo. Es considerar inmundo a Cristo y equivale a despreciar y rechazar Su salvación. A todos los efectos, creer en el Purgatorio es lo mismo que el rechazo a Cristo, pues uno y otro desprecian la suficiencia de Su muerte y tienen por inmunda Su sangre.

Si “no es suficiente” Jesucristo, entonces, necesitamos… a la Iglesia de Roma para que sea la que administre la salvación. Aunque en realidad, y muy tristemente, lo que sea es un camino en línea recta al infierno. Rechazar a Cristo conlleva la muerte eterna y el Purgatorio y la creencia en esta fábula es un rechazo a Él. Pero, como la Iglesia romana lo que busca es poder temporal, su reino SÍ es de este mundo, vende que la salvación es temporal, no eterna en Cristo, un proceso en el tiempo que, bajo la tutela romanista, por supuesto, concluye en el Purgatorio (en realidad, si la Biblia es verdad, y LO ES, concluye en el infierno), previo pago de suculentos óbolos. Por supuestisimo, el no aceptar la doctrina del Purgatorio trae la excomunión automática de la Iglesia Católica Romana (Concilio de Trento – Canon 30: “Si alguien dijera que después de la recepción de la gracia de justificación la culpa remitida y la deuda de la pena eterna es borrada de cada pecador arrepentido, que no queda ninguna deuda temporal a ser descargada en este mundo o en el Purgatorio antes que las puertas del cielo puedan abrirse, sea anatema”).

Aunque la idea de un lugar similar al Purgatorio fue frecuente en las culturas paganas, el primer cristiano que menciona un fuego purificador es Orígenes, en el siglo II, quien sostenía la doctrina de la salvación universal y restauración final de todas las cosas: “Porque si sobre la base de Cristo, haz construido no sólo oro y plata sino piedras preciosas; sino también madera, caña o paja ¿qué es lo que esperas cuando el alma sea separada del cuerpo? ¿Entrarías al cielo con tu madera y caña y paja y de este modo manchar el reino de Dios? ¿O en razón de estos obstáculos podrías quedarte sin recibir premio por tu oro y plata y piedras preciosas? Ninguno de estos casos es justo. Queda entonces, que serás sometido al fuego que quemará los materiales livianos; para nuestro Dios, a aquellos que pueden comprender las cosas del cielo está llamado el fuego purificador. Pero este fuego no consume a la creatura, sino lo que ella ha construido, madera, caña o paja. Es manifiesto que el fuego destruye la madera de nuestras trasgresiones y luego nos devuelve con el premio de nuestras grandes obras”. El Papa Gregorio el Grande desarrolló esta doctrina y pronto se añadió a ella la idea de que las oraciones podían ayudar a los que estaban en este fuego. Esta innovación demuestra que había decaído la confianza en el valor infinito de los méritos de Cristo, que excluyen toda obra humana, y hacen inútil todo otro sacrificio. Gregorio desarrolló la doctrina a través de visiones y revelaciones de un fuego Purgatorio. Según la Enciclopedia Católica (EC), el Papa Gregorio dijo que los católicos “expiarán sus culpas por llamas purgatorias”, y “el dolor (es) más intolerable que lo que cualquiera pueda sufrir en esta vida“.

Siglos después, en el primer y el segundo Concilio Ecuménico de Lyon, en 1245 y en 1274, fue definida la doctrina del Purgatorio, el cual, en el Concilio de Florencia (1431), fue declarado un dogma infalible. Luego fue reafirmado por el Concilio de Trento (1564). El dogma se basa en gran parte en la tradición católica de escritos extra-bíblicos e historia oral.

“Tan profundo estaba arraigada esta creencia en nuestra común humanidad que fue aceptada por los judíos y, al menos en una forma oscura, por los paganos, mucho antes de la aparición del Cristianismo” (EC).

Parece incomprensible que Roma admita usar una tradición pagana, por muy “arraigada” que haya estado en la historia y en la antigüedad, para la defensa de una sus más estimadas doctrinas “cristianas”. Roma declara ahora que existe apoyo escritural para el Purgatorio en el libro apócrifo de 2 Macabeos. El Concilio ignoró el hecho de que los escribas judíos nunca reconocieron a los libros apócrifos como inspirados o como parte de las escrituras hebreas. Nunca fueron incluidos debido a sus muchos errores históricos, teológicos y geográficos. Dado que Dios no es el autor del error, Él obviamente no inspiró a los escritores de los libros apócrifos. Éste es el porqué la Apócrifa nunca fue incluida en el canon original de 66 libros. Los versos apócrifos que Roma usa para defender su doctrina del Purgatorio se refieren a los soldados judíos que murieron usando amuletos paganos alrededor de sus cuellos. Judas Macabeo, “Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado. Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado” (2 Macabeos 12:43-46).

Roma argumenta que dado que Judas Macabeo oró por los muertos, debe haber esperanza por aquellos que mueren en pecado. Sin embargo, poco sentido habría tenido orar por estos muertos dado que, al ser unos idólatras y haber portado amuletos paganos, según la propia enseñanza romana, habrían muerto en pecado mortal.

Otros versículos que alega Roma como apoyo bíblico para el Purgatorio son los correspondientes a 1 Corintios 3:10-15: Conforme á la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima: empero cada uno vea cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si alguno edificare sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca; la obra de cada uno será manifestada: porque el día la declarará; porque por el fuego será manifestada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego hará la prueba. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno fuere quemada, será perdida: él empero será salvo, mas así como por fuego”.

Sin embargo, los versículos se refieren a “el día”, el Día del Juicio, tras el cual, según la Iglesia de Roma ya no existirá el Purgatorio. El fuego (probablemente figurativo aquí, como lo son el oro, heno, etc.) no es “purgatorio” (como lo enseña Roma, que es “purificador” y “punitivo”), sino probatorio, ni limitado a los que mueren en “pecado venial:” o sea, la supuesta clase intermedia entre los que entran al cielo en seguida y los que mueren en pecado mortal y van al infierno, sino universal, que prueba del mismo modo a los piadosos y a los impíos (2 Corintios 5:10; Marcos 9:49). Este fuego no es antes del último día, mientras que el supuesto fuego del Purgatorio empieza con la muerte de uno. El fuego que menciona el apóstol Pablo es para probar las obras, el fuego del Purgatorio es para purificar a las personas. El fuego de Pablo causa “pérdida” a los que sufren; el purgatorio de Roma, grande ganancia: a saber, el Cielo para los que en él son expurgados. Así pues, este pasaje citado por Roma en favor del Purgatorio, está del todo en contra de esta idea. Según el teólogo anglicano Richard Whately: “No fue esta doctrina lo que dio origen a las oraciones por los muertos; sino que la práctica de orar por los muertos que se infiltró a causa de la solicitud afectuosa pero errónea de los deudos) dio origen a la doctrina”.

Claramente, el contexto de este versículo es la prueba de las obras de un hombre por el fuego. Las obras que sobreviven son las obras hechas para la gloria de Cristo y son llamadas oro, plata y piedras preciosas (Efesios 2:10). Todas las otras obras superfluas son quemadas en el fuego y son llamadas madera, heno y hojarasca. No son los pecados del hombre que están siendo purgados, son las obras espurias del hombre las que están siendo quemadas y destruidas.

¿Cuánto tiempo es necesario pasar en el Purgatorio para “purgar” los pecados veniales? Pues, ¡sorpresa!, porque ni la propia Iglesia de Roma lo sabe, ni el mismísimo Papa, ni siquiera puede definir cuánto tiempo debe pasar allí el difunto por cada pecado, ni cuánto tiempo de sufrimiento en este fabulesco sitio reduce cada ritual o acto de penitencia. Y esta es la iglesia que exige a sus fieles que ponga en sus manos su salvación. Como no se sabe cuánto tiempo de estancia del difunto en el Purgatorio se reduce por cada ritual romano, “por si acaso” lo que hay que hacer es la mayor cantidad posible. Misas y más misas. Más ingresos “extras” para Roma.

La próxima semana continuarémos con la doctrina del Infierno.

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Responses

  1. […] la doctrina del Purgatorio, de la que ya me ocupé en su momento, enseña que quienes mueren en gracia con Dios pero “imperfectamente purificados” pasan […]


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