Posteado por: Javier | marzo 12, 2011

La eterna condenación (II): el infierno

Aunque pudiera parecer increíble, si se supone que se tiene un cierto conocimiento de la Biblia, la realidad, como empecé diciendo en la primera parte, es que, incluso entre los propios cristianos, hay muchos quienes creen en Dios y en el Cielo, pero, sin embargo, no creen en Satanás ni en el infierno. Algo francamente terrible, el que tal engaño por parte del diablo, convencer a la mayoría de la Humanidad de su inexistencia, esté tan extendido.

Sin embargo, pese a los modernismos que infectan en la actualidad a tantas iglesias, la Biblia nos habla claramente de que el infierno es una realidad, un lugar en donde los injustos experimentarán la eterna ira de Dios sin fin, soportando tormentos emocionales, mentales y físicos, sufriendo conscientemente de la vergüenza, remordimiento y desprecio.

Los cuerpos de los hombres después de la muerte vuelven al polvo, pero sus almas, teniendo una subsistencia inmortal, vuelven inmediatamente al Dios que las dio. Las almas de los justos, siendo entonces hechas perfectas en santidad, son recibidas en los más altos cielos en donde contemplan la faz de Dios en luz y gloria, esperando la completa redención de sus cuerpos. Las almas de los malvados son arrojadas al infierno, en donde permanecen atormentadas y envueltas en densas tinieblas, en espera del Juicio Final. En tal día, todas las personas que han vivido sobre la tierra, comparecerán delante del tribunal de Cristo para dar cuenta de sus pensamientos, palabras y acciones, y para recibir conforme a lo que hayan hecho en su cuerpo, sea bueno o malo. Aquellos que rechacen el perdón de Dios a través de Cristo sufrirán el mismo destino eterno del diablo y los ángeles caídos, para quienes, al principio, estaba preparado el infierno.

Entretanto, hasta que llegue a ese día, ¿qué espera a los impíos en el infierno?: 

–  Un lugar de viento abrasador (Salmos 11:6).

–  Un lugar de dolores (Salmos 18:5).

–  Un lugar de llamas eternas (Isaías 33:14).

–  Un fuego consumidor (Isaías 33:14).

–  Un lugar de vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2).

–  Un lugar de tinieblas (Mateo 8:12). 

–  Un lugar llamado ‘las tinieblas de afuera’ (Mateo 8:12). 

–  Un lugar “donde su gusano no muere y el fuego no se apaga” (Marcos 9:48). 

–  Un lugar para los no perdonados (Mateo 12:32). 

–  Un horno de fuego (Mateo 13:42). 

–  Un lugar de lloro y crujir de dientes (Mateo 13:42). 

–  Un lugar de castigo eterno (Mateo 25:46).

–  Un abismo interminable (Lucas 8:1).  

–  Un lugar de tormentos (Lucas 16:23). 

–  Un lugar de angustia donde las personas suplican misericordia (Lucas 16:24). 

–  Un lugar de fuego llameante (Lucas 16:24). 

–  Un lugar donde las personas ruegan (Lucas 16:27). 

–  Un lugar donde las personas no quieren que sus seres queridos vayan (Lucas 16:28). 

–  Un lugar de oscuridad y tinieblas eternas (Judas 1:13). 

–  Un lugar donde las personas son atormentadas con fuego y azufre (Apocalipsis 14:10). 

–  Una lugar de eterna perdición (2 Tesalonicenses 1:9). 

–  Un lugar donde el humo del tormento de las personas sube por los siglos de los siglos (Apocalipsis 14:11). 

–  Un lugar donde las personas no tienen descanso de día ni de noche (Apocalipsis 14:11). 

–  Un lugar donde las personas muerden sus lenguas de dolor (Apocalipsis 16:10). 

–  Un lugar donde las personas blasfeman contra Dios (Apocalipsis 16:11).

–  Un abismo (Apocalipsis 20:1).

–  Un lago de fuego (Apocalipsis 20:15), donde sus habitantes serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos (Apocalipsis 20:10).

El infierno, por tanto, es un lugar literalmente descrito en la Biblia y muy real. Dios preparó el infierno para arrojar en ese sitio al diablo y los ángeles caídos después de su rebelión contra Él (Mateo 25:41: “Entonces dirá también á los que estarán á la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles”). Los que rechazan la oferta de perdón de Dios sufrirán el mismo destino eterno del diablo y los ángeles caídos. Todos estamos destituidos de la gloria de Dios por cuanto todos hemos pecado (Eclesiastés 7:20, Romanos 3:10-23), en principio, como dije en la entrega anterior, todos mereceríamos ir al infierno para toda la eternidad, sin embargo, a quienes castiga en el infierno es a todos aquellos que rechazan Su perdón y misericordia en Cristo.

En el infierno concluirá la rebelión de los impíos contra Dios. Quienes estén en el infierno reconocerán la perfecta justicia de Dios (Salmo 76:10: “Ciertamente la ira del hombre te acarreará alabanza: Tú reprimirás el resto de las iras”) y que su castigo es justo y que solo ellos son culpables (Deuteronomio 32:3-5: “Porque el nombre de Jehová proclamaré. Engrandeced a nuestro Dios. Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto. La corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha, generación torcida y perversa”).

Dios, evidentemente, no quiere condenar a nadie. Por nuestras obras somos incapaces de salvarnos pero por las mismas, así como por nuestros pensamientos, sí que nos condenamos. La condenación no es un capricho aleatorio de Dios, a unos sí y a otros no, sino un castigo por nuestro proceder, somos nosotros mismos quienes nos ganamos el castigo, transgresiones puestas de manifiesto mediante la Ley. Dios no sería justo si dejae el pecado sin castigo. Si leemos los Canones de Dort: “XV.- La Sagrada Escritura nos muestra y ensalza esta gracia divina e inmerecida de nuestra elección mayormente por el hecho de que, además, testifica que no todos los hombres son elegidos, sino que algunos no lo son o son pasados por alto en la elección eterna de Dios, y estos son aquellos a los que Dios, conforme a Su libérrima, irreprensible e inmutable complacencia, ha resuelto dejarlos en la común miseria en la que por su propia culpa se precipitaron, y no dotarlos de la fe salvadora y la gracia de la conversión y, finalmente, estando abandonados a sus propios caminos y bajo el justo juicio de Dios, condenarlos y castigarlos eternamente, no sólo por su incredulidad, sino también por todos los demás pecados, para dar fe de Su justicia divina. Y este es el decreto de reprobación, que en ningún sentido hace a Dios autor del pecado (lo cual es blasfemia, aún sólo pensarlo), sino que lo coloca a Él como su Juez y Vengador terrible, intachable y justo”.

El hombre es incapaz, por sí mismo, de guardar perfectamente los mandamientos de Dios, sino que diariamente los quebranta en pensamiento, palabra y obra. Todos pecamos cada día y, es más, Dios, mediante la Ley, nos demuestra que los hombres, por si mismos, son incapaces de cumplirla, que necesitamos el sacrificio de Cristo, que nos libre de la maldición de la Ley, aplacando la justa cólera de Dios por nuestras transgresiones diarias. Nada bueno hay en nosotros si Dios no lo pone en nuestro corazón y, aún así, aunque los cristianos intentemos perseverar en la santidad, sin que nos sostenga, podemos volver a caer. Pero, ¿por qué motivo?

Si leemos la Biblia, sabremos que el estado natural del hombre es un estado de depravación total y por consiguiente, existe una inhabilidad total de parte del hombre para ganar, o contribuir, a su salvación.

Esto no quiere decir que cada hombre es tan malvado como pueda ser (hay quien dice, muy desafortunadamente, que los calvinistas consideramos que “el hombre es poco más que basura”), ni que el hombre sea incapaz de reconocer la voluntad de Dios, ni tampoco de que sea incapaz de hacer algún bien hacia su prójimo o aun dar lealtad externa a la adoración de Dios. Lo que sí se quiere decir es que cuando el hombre cayó en el Huerto del Edén cayó en su totalidad. La personalidad completa del hombre ha sido afectada por la caída, y el pecado se extiende al completo de las facultades, la voluntad, el entendimiento, el afecto y todo lo demás.

La Biblia enseña con absoluta claridad que el hombre, por naturaleza, está muerto: “Así que como por un hombre el pecado entro en el mundo, y la muerte por el pecado; y así la muerte paso a todos los hombres, porque todos han pecado” (Romanos 5:12).

El hombre está esclavizado por el pecado: “Que con mansedumbre corrija a los que se oponen: si quizás Dios les dé que se arrepientan para conocer la verdad; y se zafen del lazo del diablo en que están cautivos a voluntad de él” (2 Timoteo 2:25). Solo Dios nos libra de la servidumbre del pecado: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre” (Éxodo 20:2), “En tu misericordia has guiado al pueblo que has redimido; con tu poder los has guiado a tu santa morada” (Éxodo 15:13), “Porque yo soy Jehová, que os he hecho subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios; seréis, pues, santos porque yo soy santo” (Levítico 11:45).

El hombre está ciego y sordo: “Y les decía: A vosotros os ha sido dado el misterio del reino de Dios, pero los que están afuera reciben todo en parábolas” (Marcos 4:11).

No estamos instruidos: “Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

Somos pecaminosos por naturaleza: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmos 51:5); “Y vio Jehová que la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5).La depravación llega a tal punto que siendo ofrecida la salvación a todos, todas las personas la rechazan, prefiriendo estar en sus pecados y en lo mundano: “Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). El hombre no regenerado esta muerto en sus pecados (Romanos 5:12). Sin el poder del Espíritu Santo, el hombre natural esta ciego y sordo al mensaje del Evangelio (Marcos 4:11). El hombre sin el conocimiento de Dios nunca vendrá a reconocer esta doctrina a no ser que Dios le dé vida a través de Cristo (Efesios 2:1-5). La salvación es de Dios.

Lamentablemente, la mayoría de la gente camina en su vida hacia el infierno, no hacia el Cielo, la mayoría han rechazado a Cristo como único camino a la salvación: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” (Mateo 7:13-14).

Puedes mofarte, olvidarte de ello o remover esta idea de tu mente, pero tras la muerte física no escaparás al juicio de Dios: “¡Serpientes, generación de víboras!  ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” (Mateo 23:33). Puedes venerar las cosas de este mundo pero todas ellas pasarán en unos pocos años. Puedes pensar que lo que debes hacer es agradar a los hombres, pero no olvides que ellos solamente son capaces de destruir el cuerpo mientras que Dios tiene la capacidad para destruir el alma y el cuerpo: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28; Lucas 12:5).

Aunque algunas modernas teologías presenten a Dios como un pobre ancianito que casi esté rogándonos que le aceptemos, seamos buenos y le hagamos caso, el Dios de la Biblia no es ese “pastelito de merengue” que nos presentan, sino el Dios que destruyó el mundo con agua para castigar la iniquidad de los hombres, que destruyó a las ciudades de Sodoma y Gomorra con fuego, castigó con ira a los israelitas varias veces por su impiedad y mostró de otras maneras Su voluntad para castigar al impío. Es un Dios de tanto amor que es capaz de perdonar hasta el más execrable pecado o crimen cometido contra Él por cualquiera que se someta en esta vida a Jesucristo pero, a la vez, es un Dios que en Su justicia no puede dejar sin castigo al impío que rechaza y considera inmundo a Su Hijo: “Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:6-9).

No les quepa ninguna duda: hay un infierno, es una realidad.

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