Posteado por: Javier | marzo 24, 2011

Vals con Bashir

No conozco nada el cine israelí, pero hace varios días he tenido la ocasión de ver una película de animación, procedente de ese país (más bien, para ser más exactos, una coproducción franco-germano-israelí), realmente impactante: Vals con Bashir, en la cual se narra la búsqueda por parte de su director, Ari Folman (quien la protagoniza como un personaje animado más), de los recuerdos de su participación en 1982 en la Guerra del Líbano (la conocida como “Operación Paz para Galilea”), borrados total e inexplicablemente de su memoria.

La película tanto narrativa como técnicamente es casi perfecta y cuenta con una extraordinaria banda sonora. El comienzo es verdaderamente arrollador: una manada de 26 espantosos perros atraviesan corriendo las calles de una ciudad, buscando algo o a alguien. En realidad, se trata de la pesadilla que regularmente sufre un amigo de Folman, quien también hizo junto a él su período de servicio militar en el Líbano y que padece la misma pérdida de recuerdos sobre los acontecimientos de la guerra. Ambos llegan a la conclusión de que hay una conexión entre las pesadillas, la pérdida de los recuerdos y la misión militar que llevaron a cabo en el Líbano. Al cabo de unas horas, le viene una imagen sobre la noche de la masacre de Sabra y Chatila, siendo la primera que logra ver, aunque duda sobre la veracidad de la misma. Dicha imagen empezará a volver a su cabeza cada vez con más frecuencia sin poder a llegar a descifrarla, donde aparece él y sus amigos de la unidad bañándose en la orilla del mar en Beirut, mientras caen bengalas suavemente iluminando la oscura noche, dejando a la vista los edificios destrozados cercanos a la playa. Folman comenzará, entonces, un viaje en busca de los recuerdos perdidos, visitando a sus antiguos compañeros, quienes, a través de sus testimonios, irán recreando los acontecimientos vividos en el Líbano.

El 16 de septiembre de 1982 las Falanges maronitas libanesas  entraron en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. Durante dos días violaron, mutilaron y mataron impunemente.

El título de la película viene de una de las mejores escenas de la misma, en la cual, Shmuel Frenkel, el comandante de la unidad de infantería israelí, coge una ametralladora y baila un vals mientras, a la vez, dispara contra los francotiradores que habían rodeado a su unidad en una calle llena de carteles del político libanés Bashir Gemayel.

Quizás, el pero que se le puede poner a una película que roza la perfección artísticamente es algunos aspectos del fondo y del contexto. Folman es cierto que se centra en su viaje personal en busca de los recuerdos perdidos, pero quizás no hubiera estado de más explicar un poco los motivos por los cuales Israel intervino en el Líbano en 1982 (el establecimiento de bases terroristas de la OLP de Yasser Arafat en este país, sembrando el terror entre la población libanesa no musulmana y haciendo la vida prácticamente imposible en el norte de Israel mediante ataques y atentados) y cuál fue la reacción de la democracia y la sociedad civil israelí a la masacre de Sabra y Chatila.

Hay que aclarar, se habla mucho de “Falanges cristianas libanesas”, pero sus miembros NO eran “cristianos”, sino que su fe era la de la Iglesia Católica Maronita, íntimamente ligada a la Romana. Este movimiento falangista libanés había surgido en 1936, de la mano de una de las familias maronitas más influyentes, liderada por el patriarca Pierre Gemayel, inspirado en la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera y en el fascismo de Mussolini, como un movimiento nacionalista opuesto a la colonización francesa del país desde el principio.

Tras la guerra árabe-israelí de 1948, comenzó una gran afluencia de palestinos al Líbano. La Falange interpretó eso como una amenaza ya que, al ser musulmanes la mayoría de refugiados palestinos, alteraban la delicada composición multiétnica del Líbano, cuya vida política descansaba en el equilibrio de fuerzas entre las diferentes confesiones religiosas, buscando la alianza con Israel para combatir las actividades de la OLP en el país de los cedros.

Sin embargo, la invasión palestina del Líbano se produjo de verdad en los 70. Cuando, en septiembre de 1970, la OLP del infame Yasser Arafat intentó derrocar al regimen hachemita de Jordania, el rey Hussein mató a miles de palestinos y expulsa de su territorio al rais y los secuaces que le apoyaban, en el suceso conocido como “Septiembre Negro” (nombre que adoptó el grupo terrorista palestino implicado en el secuestro y asesinato de los atletas israelíes en la Villa Olímpica de Munich, durante las Olimpiadas de 1972). Lógicamente, el asesinato de civiles palestinos por los jordanos es muy condenable (qué “curioso” que la comunidad internacional no reaccione en casos como estos con tanta virulencia como contra Israel) pero, por otro, la OLP era una auténtica amenaza para la seguridad de Jordania. La banda de Arafat, expulsada de Cisjordania tras la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días, en 1967, se había refugiado en el país jordano y, desde allí, se dedicaban a continuar organizando sus actividades guerrilleras y terroristas contra el país hebreo y no solo eso: hacían continuos llamamientos a que Jordania entrara de nuevo en guerra con Israel, incluso incitando al levantamiento popular contra el rey Hussein, si ello fuera necesario. La monarquía hachemita, como es lógico, tras la humillante derrota en la Guerra de los Seis Días, lo último que deseaba en 1970 era volver a ir a un conflicto bélico contra Israel.

Después de estos hechos, los grupos palestinos se refugiaron en territorio libanés desde donde, para continuar con sus ataques contra Israel, implantaron lentamente un mini-Estado totalitario y terrorista. El Líbano se encaminaba a dejar de ser la única democracia del mundo árabe para transformarse en una dictadura árabe más, totalitaria e intolerante. Hacia 1975, el movimiento falangista, con unos 80.000 partidarios, está en guerra abierta contra las milicias palestinas del Líbano y las organizaciones libanesas que las apoyaban.

Durante los 70, los grupos terroristas palestinos asaltaron decenas de localidades y mataron a miles de maronitas, algo que fue a más sobre todo después de 1976, cuando Siria, el eterno agente “vampirizador” de este pequeño país, invadió el Líbano. Los sirios y la OLP impusieron un verdadero régimen de terror en el Líbano. Los israelíes, hartos de las infiltraciones de terroristas palestinos desde suelo libanés y de los ataques con morteros lanzaron la “Operación Paz para Galilea”, en 1982. Por ejemplo, en una de estas infiltraciones en territorio israelí desde el Líbano, en marzo de 1978, los terroristas habían secuestrado un autobús y mantuvieron como rehenes a 34 pasajeros, a los que finalmente asesinaron. Israel invadió el Líbano a fin de terminar con la agresión que desde allí se ejercía, objetivo que eventualmente consiguió por medio de expulsar a Arafat y la OLP, quienes tuvieron que refugiarse en Túnez.

Los hechos de Sabra y Chatila fue la venganza de la Falange por el asesinato, unos días antes, de su líder, Bashir Guemayel y por el de miles de maronitas durante los 70. La milicia falangista del Líbano fue la verdadera responsable de las muertes que ocurrieron en los campamentos de refugiados del área de Beirut del 16 al 17 de septiembre de 1982. Las tropas israelíes permitieron que los falangistas entraran en Sabra y Chatila para liquidar algunas células terroristas que se creía estaban localizadas allí. Se estimaba que podía haber hasta 200 hombres armados en los campamentos como resultado de los incontables bunkers construidos por la OLP a lo largo de varios años, y repletos de generosas reservas de municiones. Cuando los soldados de Israel ordenaron a los falangistas que salieran, encontraron cientos de muertos (los cálculos van desde 460 según la policía libanesa, a entre 700 y 800 según la inteligencia israelí). Los muertos, según la cuenta de los libaneses, incluían 35 mujeres y niños. El resto eran hombres: palestinos, libaneses, paquistaníes, iraníes, sirios y argelinos.

Israel había permitido a la Falange que entrara en los campamentos como parte de un plan de transferir la autoridad a los libaneses, y aceptó su responsabilidad por esa decisión. La Comisión de investigación Kahan, formada por el gobierno israelí en respuesta a la reacción pública de cólera y pesar, encontró que Israel era indirectamente responsable por no prever la posibilidad de violencia de la falange. Ello llevó a la destitución del ministro de defensa Ariel Sharón y del general Raful Eitán, el jefe del Estado Mayor Conjunto. El movimiento pacifista israelí “Paz Ahora”, convocó en Tel Aviv la manifestación más multitudinaria de la historia de Israel, en la que se calcula que participaron unos 400.000 asistentes (proporcionalmente como si en España se hubieran manifestado 4.000.000 de personas). El gobierno de Menachem Begin sufrió un desgaste tan extremo que quedó relegado a la oposición en las siguientes elecciones. Seguramente, pocas sociedades democráticas hubieran reaccionado de esa forma ante una masacre en la cual su ejército no hubiera participado directamente.

Folman busca, a través de su película, apelar a la conciencia israelí. Quizás esto no era del todo necesario puesto que la misma ya se manifestó en los días posteriores a los hechos. Igualmente, es posible que más de uno la utilice pretendiendo reafirmar el miserable paralelismo “Israel-Alemania nazi”. Pero nada de esto desmerece en lo más mínimo esta gran película.

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