Posteado por: Javier | abril 11, 2011

Días en que el café sabe mejor

Desde hace muchos años, más concretamente desde que era estudiante, lo único que me tomo nada más levantarme de la cama es un café con muy poca leche. Lo tengo ya casi como un rito, aparte de que a tempranas horas de la mañana no tengo cuerpo para otra cosa, la verdad sea dicha, aunque tenga un poco de hambre de toda la noche. También es verdad que prepararte el desayuno, sobre todo para los que vemos el comer casi como un trámite que hay cumplir día a día, es un verdadero coñazo, más todavía si, como es mi caso, el tiempo te apremia, tienes que salir a la calle y debes prepararte bien, al ser fundamental que, en tu profesión, la gente para la que trabajas te vea muy guapo y muy español.

Desde luego, lo que no me puedo permitir de cara a mis clientes es ir hecho todo un frikazo, aunque eso creo que todos aquellos que me hayan leído un poco lo darán por descontado. A mí me da igual que un friki se ponga piercings, se haga tatuajes o lo que le dé la gana, eso es libertad individual y yo soy liberal, pero yo, si tengo que elegir, desde luego que no me da ninguna confianza alguien que se me presente de esa forma sin conocerme. ¿Quiere usted reclamar respeto por mi parte? EMPIECE POR RESPETARSE UD. A SÍ MISMO, CABALLERO. Y ojo: libertad para ir así, sí, sí, por supuesto, pero eso no quita que si alguien se me presenta delante con un piercing, una camiseta raida, unas bermudas y unas chanclas, piense, personalmente, que tengo ante mí a un afeminado del copón. Que “hase musha caló”… AGUANTA COMO UN HOMBRE, MARICONSÓN.

Lo mismo aplico en la relación con mis clientes. Yo sé lo mismo de mi materia, vista con chaqueta y corbata, vista con vaqueros rajados y camiseta negra o hasta aunque me pusiera unas chanclas asquerosas que oliesen peor que el queso rancio, pero me pongo en el lugar de mis clientes y sé que ellos no confiarían sus intereses y su dinero a alguien que no les dé una imagen de una mínima seriedad. Ahora tengo poco más de 30 años y a los 20 o veintipocos ya había quien me decía que parecía que hacía siglos que no visitaba la planta joven de El Corte Inglés y que si sabía lo que eran los vaqueros, pero nunca me ha importado lo más mínimo. Incluso fuera del trabajo, lo que suelo vestir es una chaqueta de pana, con o sin corbata, y en verano siempre camisa (o una chaqueta más acorde al tiempo en los días de menos calor). Camiseta nunca. Siempre pienso en la eventualidad de encontrarme con uno de mis clientes y que me pudieran ver, pues eso, hecho un friki de la vida. Y como, de todas formas, motivos profesionales aparte, así es como me gusta ir, no hecho un friki, pues mejor que mejor.

Hablando otra vez del café, lo que es desayunar de verdad, prefiero hacerlo ya a media mañana en alguna cafetería, leyendo el periódico, por supuesto, el ABC, el único “leíble” dentro de la poca calidad de la prensa de derechas, dentro, a su vez, de la más ínfima calidad de la prensa española en general. Dejo al lado, como casos aparte, el “Púbico” (también conocido como “Público”) o “EL PIS” (al que también denominan “EL PAÍS”), esos dos son magníficos en caso de que las existencias de papel higiénico se hayan agotado, pero para poco más (también como sustitutos de los kleenex, en la misma situación). “El Inmundo” de Jota Pedro Ramírez hace tiempo que lo tiré a la basura y de “La Gaceta” del Grupo Intereconomierda (¡perdón! ¡Intereconomía!), en fin, qué decir, aparte de que es el “Público” de la prensa derechista.

Pues, hojeando el periódico, te encuentras con que hay días malos y regulares, buenos o muy buenos, pero la semana pasada, por lo menos, hubo una noticia de esas que te alegran el café matutino y te dan un poco de optimismo: tan mal no está la cosa. Aunque sea de hace unos días, por lo menos, vale la pena comentarla un poco.

El viernes, algo aún mejor, tal como dejó entrever a principios de marzo Jean Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), por primera vez en dos años, los tipos de interés han subido un cuarto de punto porcentual, hasta el 1,25%, algo que esperemos contribuya a comenzar a frenar el aumento de la inflación en la zona euro, sin descartar nuevas subidas, puesto que siguen a niveles “históricamente bajos”.

Algo extraordinario para España, que desde Europa nos llegue este “subidón monetarista”. Para los que se metieron en estos años a vivir por encima de sus posibilidades, creyéndose auténticos nuevos ricos, no, claro que no. Pero, pensemos. Somos uno de los países más deudores del mundo, con un endeudamiento público y privado que ronda el 350% de nuestro PIB, cifra sólo superada por la de Japón y Reino Unido… cuando hace veinte años era del 150%. Esto sencillamente no es soportable.

La economía capitalista prospera no es gastar, gastar, gastar y gastar, consumir, consumir, consumir y consumir, un préstamo por aquí otro préstamo por allá. Es ahorro, es cuidar de la moneda y fortalecerla. Sin embargo, la tasa de ahorro en todo el mundo ha ido cayendo de forma generalizada en todos los países desarrollados y capitalistas a lo largo de las dos últimas décadas. Y España ha sido uno de los campeones de eso, sobre todo en la “belle epoque” ficticia y burbujista (¡cuanta razón los liberales que ya alertaban del estallido allá por el año 2005!) que duró entre 1997 y 2007.

Tenemos un 350% de deuda y necesitamos menos, reducirla como sea. Tenemos que amortizarla con nuestra producción pero esa producción se reduce a los alimentos, un “hermoso” parque de viviendas e inmuebles invendibles y el turismo. Hay que desincentivar que los agentes productivos sigan endeudándose en estos sectores que no nos van a ayudar a amortizar la deuda. Y, aparte de que no acumulen más, también hay que incentivarlos para que amorticen cuanto antes las deudas que tienen ya acumuladas y con las que financiaron inversiones que ya nunca volverán a ser rentables.

¿Otros efectos? Los precios de las materias primas (el petróleo, entre otras) podrían bajar. Es por la escasa rentabilidad de otras inversiones y el temor a la inflación por lo que los mercados se suelen dirigir a invertir en los valores más seguros en tiempos de incertidumbre: las materias primas. ¿Somos productores de materias primas? NO. No, al menos, unos grandes productores de materias primas, como para que digamos que son una parte esencial de la economía del país. Nos beneficia, por tanto (y, de paso, con una posible bajada de precios del petróleo y el gas, fastidiamos a Rusia o Irán, dos enemigos de Occidente).

Pero, en definitiva, nuestro problema no es la falta de crédito, sino el exceso. Igual que una familia no puede acumular créditos indefinidamente, un país no puede hacer lo mismo sin que se resienta el nivel de vida de sus ciudadanos y se comprometa el futuro de las generaciones venideras. El “dinero barato”, con el que a los gobiernos tanto gusta financiar sus publicitadas políticas de gasto público, no es tan barato. A la larga, es muy caro.

Yo no quiero eso para mi país. Así de sencillo.

Buenas tardes.

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