Posteado por: Javier | abril 15, 2011

Honduras: ¿qué pasó?

Uno de los asuntos que ha tenido preocupado en los últimos días, y con razón, a nuestro amigo “anti sindicalista”, un joven peruano, cristiano protestante y liberal clásico, son las elecciones en su país y la posibilidad de que el macaco Ollanta Humala, otro indigenista resentido marrón y aspirante a lacayo del gorila bolivariano Hugo Chávez, acceda al poder. Dios no lo quiera, aunque, tras la primera vuelta de las elecciones la situación no ha quedado muy halagüeña que digamos: ha vencido el pequeño gorila y ahora debe afrontar una segunda vuelta contra Keiko Fujimori. Es muy probable que, al igual que hace cinco años, la derecha y la izquierda moderada unan sus votos para impedir la victoria de Humala.

No obstante, como ha dicho Mario Vargas Llosa, “si a la segunda vuelta llegaran Ollanta Humala y Keiko Fujimori para los peruanos sería como elegir entre el cáncer y el sida terminal”. Posiblemente, será como elegir entre un traguito de aceite de ricino y otro de arsénico, aunque, en todo caso, quienes defiendan la libertad en el Perú tendrán siempre todo nuestro apoyo, por supuesto.

Estoy ya un poco hasta los cojones, para que lo voy a negar, de babosas mariquitas que vienen a insultarnos, soltando falsedades, tachándonos de “racistas” y de que “odiamos a los latinoamericanos”, para confundir a todo aquel que se pase por primera vez y no conozca exactamente lo que defendemos.

Yo no odio a nadie a priori por el mero hecho de ser latinoamericano. Otra cosa es que se comporte como todo un “sudaca”. Ahí, sí se ha ganado a pulso que le llamen “sudaca”. Pero es que también hay españoles particularmente nauseabundos que se comportan como verdaderos sudacas. Personalmente, prefiero a 20.000 mestizos latinoamericanos con valores clásicos y que luchen por sus países y contra los tiranos sebosos, peludos y vestidos de color verde oliva comunistoides, que seguro excitan a nuestros sudacas patrios, antes que a un solo crestudo español guarro y asqueroso que se dedique a chupar del bote y vivir del trabajo de la gente decente. Tan indeseable es para este país una morralla de este tipo sea autóctona o foránea.

Con estos últimos, los sudamericanos decentes que luchan en sus países contra las tiranías, siempre estaremos los liberales españoles, así como con los que vengan a aportar algo, NO con los que hayan venido aquí porque crean que les debemos algo y que por narices hay que darles un DNI y una prestación.

Como, por ejemplo, con los que durante todo el verano de 2009, impidieron que Honduras se convirtiera en otro satélite castro-chavista (ojalá, si llega el caso, en Perú estén tan vigilantes con Humala).

¿Qué pasó hace dos años en Honduras con el ex presidente Manuel Zelaya?

Desenchúfate un ratito la SER o cierra EL PAIS o el Público y lee un rato. No es muy largo ni muy difícil de entender, a menos que digas que es que después de tanto leer es posible “ke me dwela la kabesa, tronko”.

En primer lugar, Manuel (o “Mel”) Zelaya, el del mostacho y el sombrero de cowboy, no jugó limpio: ni con la Constitución ni con la democracia hondureña. Convocó una consulta popular para reformar a fondo la Constitución. La reforma incluía, entre otros puntos, ampliar el mandato presidencial, al más puro estilo de su mentor Hugo Chávez y de su pupilo Evo Morales.

Esta consulta era ilegal a todas luces; a las de la Corte Suprema de Justicia, a la del Órgano Superior Electoral y a la de todo el arco parlamentario, incluyendo el partido al que pertenecía Zelaya, el Partido Liberal (curiosamente, de centro-derecha, pese a que Zelaya una vez en el poder se instalase en la radicalidad izquierdista del “socialismo del siglo XXI”), el cual mostró su oposición al plebiscito en repetidas ocasiones, por su evidente ilegalidad. No es casualidad que el sucesor de Zelaya, Roberto Micheletti, fuera de su mismo partido y presidente del Congreso Nacional de Honduras. La reforma constitucional ni era legal, ni popular, ni era necesaria. En este aspecto Zelaya comportó como el primer enemigo del constitucional hondureño.

LA LEY ES LA LEY y el gobernante no puede saltársela porque le salga de las narices. La Constitución hondureña sería más o menos buena. Seguramente, bastante mejorable, pero incumplirla era una violación de sus deberes como dirigente.

Por otro lado, debería considerarse un “golpe de Estado” (como fue calificado internacionalmente) bastante “sui generis” puesto que en el mismo participaron, aparte del ejército, tanto el poder legislativo como el judicial. Desde luego, no podría calificarse como un “cuartelazo” latinoamericano al uso. Zelaya, siguiendo los métodos chavistas, actuó como si estuviera por encima de la ley. Quería meter a capón una reforma constitucional a su medida pero ¡qué se le va a hacer!, lástima para él, por supuesto, que el artículo 239 de la Constitución hondureña dice que “Ningún ciudadano que ya haya servido como jefe de la rama ejecutiva puede ser presidente o vicepresidente. Quien quiera que viole este artículo o proponga su reforma, así como los que apoyen tal violación directa o indirectamente, cesará inmediatamente de sus funciones y no podrá ejercer ningún cargo público durante un período de diez años”.

Aunque las leyes hondureñas permiten una reforma constitucional, el poder de abrir esa puerta no reside en el presidente. Una asamblea constituyente sólo puede ser convocada mediante un referendo nacional aprobado por el Congreso. Zelaya, sin embargo, declaró el voto por su cuenta e hizo que Chávez enviara las papeletas necesarias desde Venezuela.

A finales de junio de 2009, la Corte Suprema falló que el referendo era inconstitucional e instruyó al ejército no llevar a cabo la logística del voto, lo que es su tarea habitual. El comandante del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, el general Romeo Vásquez Velásquez, le dijo al presidente que tendría que obedecer, ante lo cual fue destituido inmediatamente por Zelaya. La Corte Suprema ordenó que lo restituyeran en su cargo, pero Zelaya se negó. Utilizando a sus partidarios más fieles, el 26 de junio lideró a una muchedumbre que ingresó a una instalación militar donde estaban guardadas las papeletas enviadas desde Venezuela y luego hizo que sus seguidores las distribuyeran en un desafío a la orden de la Corte Suprema.

El procurador general de Honduras ya había dejado en claro que el referendo era ilegal e incluso anunció que presentaría cargos contra cualquiera que estuviera involucrado en su realización. El 29 de junio, Zelaya fue arrestado por los militares y se dirigió a Costa Rica. Zelaya, por tanto, realmente fue quien violentó la legalidad y las normas democráticas con su forma de proceder, despreciando las decisiones judiciales.

Chávez y sus repúblicas satélites de Bolivia, Ecuador y Nicaragua (Cuba hay que tener en cuenta que no orbita en torno a Venezuela sino al contrario) llevan años desestabilizando toda Latinoamérica mediante una táctica tremendamente efectiva: utilizar los recursos y los mecanismos propios de las democracias liberales para desnaturalizarlas primero y subvertirlas después. La principal diferencia con los anteriores es que éstos no se encontraron, como sí ocurrió a Zelaya, a nadie enfrente que les pare los pies en su labor de desmontaje de los sistemas legales y democráticos.

Independientemente de todo esto, según una investigación llevada a cabo en abril de 2009 por el encuestador mejicano Mitofsky, el gobernante más impopular de América Latina era Manuel Zelaya. Sólo el 25% del país lo respaldaba, mientras otra encuesta diferente revelaba que el 67% jamás votaría otra vez por él. ¿Por qué? Porque los hondureños le achacaban una profunda corrupción, le suponían vínculos con el narcotráfico, especialmente el proveniente de Venezuela, como reveló el ex embajador norteamericano ante la OEA Roger Noriega, y porque la violencia y la pobreza, los dos grandes flagelos que castigan al país, han aumentado dramáticamente durante sus tres años y medio de gobierno. Mucho se dijo, por aquel entonces, que la destitución de Zelaya tenía un amplio rechazo internacional: sí, un amplio rechazo de todo el universo castrista-bolivariano y de la OEA del ex allendista Insulza. Lo verdaderamente lamentable fue lo de EEUU y Obama, aunque en noviembre rectificase, reconociendo a Micheletti y la legalidad de las elecciones presidenciales que iban a celebrarse ese mismo mes en Honduras. Eso sí, después de que el Departamento de Estado de EEUU comprobase que el respaldo institucional hondureño a la destitución y arresto de Zelaya era prácticamente unánime y se mantenía firme, pese a las sanciones y las cancelaciones de visas, así como que los poderes legislativo y judicial, las iglesias, el ejército y, según las encuestas, el 80% de la población, preferían a Zelaya alejado del poder, y del informe del departamento jurídico de la Biblioteca del Congreso sobre la remoción de “Mel”, solicitado por un legislador, y que no dejaba lugar a dudas: Zelaya había sido separado del cargo y sustituido por Micheletti de acuerdo con la legislación hondureña. Expulsarlo del país seguramente fue ilegal (acaso debieron dejarlo encarcelado), pero exigir su restitución era tanto como pedirles a los hondureños que violaran la ley, su propia ley.

Cuestión distinta es la forma de destituir a Zelaya por las ilegalidades cometidas. La intervención de los militares en la política hondureña, aunque fuera ordenada por el Tribunal Supremo fue algo no muy ortodoxo y sí bastante discutible. La Justicia y el Parlamento hondureños podrían haber destituido y procesado a Zelaya e impedido su referendo ilegal mediante medios policiales y sin recurrir al ejército, aparte de que no tenía en su momento demasiado sentido deportarle a Costa Rica, en lugar de juzgarle en Honduras si está acusado de violar la Constitución. Más aún cuando, al parecer, el rechazo a la reforma de Zelaya entre la propia población hondureña parecía ser muy amplio. Afortunadamente, estos acontecimientos no terminaron con el regreso de un Zelaya fortalecido a la presidencia de Honduras, una vez que se abrió, al fin, un agujero en la telaraña chavista en Latinoamérica.

El 30 de noviembre de 2009, Honduras votó para elegir nuevo presidente y lo hizo en calma y en una total normalidad, con un proceso absolutamente transparente. La tranquilidad volvía, momentáneamente, a un país sacudido por un lamentable episodio protagonizado por el ex presidente Manuel Zelaya, quien trató de modificar la Constitución para afianzarse en el poder y dar comienzo a una revolución totalitaria socialista inspirada en la de Venezuela, dirigida a convertirse en un “estado felpudo” más de Hugo Chávez.

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