Posteado por: Javier | abril 22, 2011

Cuidadito con Rusia, mucho cuidado

¿Podemos fiarnos de Rusia como un posible aliado occidental?

En principio, hablaríamos de un inmenso país, con casi toda su población ubicada en el Este de Europa, con unos grandes recursos naturales, un poderoso ejército y servicios secretos y amenazado, como nosotros, por el fundamentalismo y terrorismo islamista, en este caso, desde dentro de sus propias fronteras. Razón de más para que Rusia pudiera parecer un potencial valioso aliado occidental, justo dos décadas después de la caída del sistema comunista y ya asentados en la economía de mercado (se supone y por llamarlo de alguna forma, puesto que es muy aventurado llamar “economía de mercado” a lo de Rusia).

Pero el oso ruso es muy inquietante en sus pautas y su proceder.

Es evidente que como el régimen comunista de la URSS ni ha habido ni habrá nada allí, pero, entre otras cosas, porque es imposible un estado tan totalitario y genocida como era el soviético. La Rusia actual, pese a su autoritarismo es cierto que no es como el régimen soviético, pero eso no quita que, junto con aquellas palabras del ex-presidente Putin, en las que denominaba a la desaparición de la Unión Soviética como “la mayor tragedia geopolítica de la Historia”, muchos rusos siguen viendo a la URSS como un referente quizás no tanto ideológico, sino de “grandeza nacional” y así es complicado que sea un país fiable como posible aliado para Occidente. Los rusos no añoran exactamente el comunismo, sino el pasado prestigio internacional de la URSS. Que no les importe en exceso el totalitarismo extremo de aquel sistema habla bien a las claras de que es un pueblo que difícilmente sabe vivir en libertad. Les da igual que sea el zarismo, que el sistema soviético, que la mafiocracia de Yeltsin, o el régimen de los petro-zares de Putin (y su hombre de paja, Medvedev), ante cualquiera de estos están preparados para agachar la cabeza sumisamente.

Rusia no solo no tiene una economía libre. Tampoco es una democracia plena con un sistema liberal. Desde el Kremlin se acapara todo el poder en Rusia, coartando tanto la libertad de prensa y opinión, actuando, a veces, hasta mafiosamente contra cualquiera que critique al poder, y recortando cualquier descentralización política y de competencias de sus regiones. Todo el poder reside en Putin, el verdadero amo de Rusia, pese a que la presidencia formalmente la ocupe Medvedev. Hablar de separación de poderes o incluso de funciones dentro de esos poderes, como en cualquier democracia occidental, es un chiste en ese país. Nada más llegar a la presidencia de Rusia, Vladimir Putin comenzó a lanzar una guerra contra todos los que pudieran limitar o disminuir su poder, disfrazada de “lucha contra la corrupción”. No dudó en encarcelar a oligarcas que le resultaban incómodos, ni en cerrar medios de comunicación críticos con su persona.

Amparada en la excusa de la “guerra contra el terrorismo”, Rusia lleva desatando desde 1999, dirigida por el propio Putin, cuando todavía era el “delfín” de Yeltsin, una brutal acción bélica en Chechenia, que va más allá de la lucha contra el yihadismo. En 2000 dejó devastada la capital chechena, Grozny, prácticamente hasta los cimientos (aunque no hayan visto protestar a nadie como con la intervención de EEUU en Afganistán e Irak o como contra Guantánamo, ninguno de los fans de la “legalidad internacional” y de la ONU ha puesto el grito en el cielo), desatando una lucha sin cuartel, y sin miramientos en cuanto a los medios, no solo contra los islamistas sino contra cualquier independentista de esa república caucásica, y hasta contra cualquier crítico con la política del Kremlin. Nunca se han aclarado sucesos como el asesinato en su domicilio de la periodista Ana Politkovskaya, el 7 de octubre de 2006, una de las informadoras más críticas con la política del Kremlin, fue asesinada en su domicilio en Moscú. Politkovskaya, que había sido amenazada por los servicios secretos rusos, es autora de libros como “La Rusia de Putin”, “Terror en Chechenia” o “La guerra sucia”. No hay pruebas directas para imputar al Kremlin y los presuntos asesinos resultaron absueltos en 2009, pero, todavía, casi cinco años después, el suceso sigue oliendo a podrido.

Un mes después de aquello, un ex espía ruso y disidente, Alexander Litvinenko, sufrió un intento de envenenamiento con talio en Londres. Litvinenko, ex coronel del Servicio Federal de Seguridad ruso (FSB, antigua KGB), se exilió en 2000 en el Reino Unido con su mujer y sus hijos, donde recibió asilo político. El ex espía había acusado al Kremlin de coordinar las explosiones contra bloques de viviendas ocurridas en Moscú en 1999, detonante de la segunda guerra chechena. El método recordaba al empleado en 2003 con el saudí Jatab, uno de los comandantes de la guerrilla chechena más odiados por el Kremlin, a quien el servicio secreto ruso envió una carta con veneno. O, más atrás en el tiempo, al del disidente búlgaro Gueorgui Márkov, envenenado con ricina a través de la punta de un paraguas mientras cruzaba el puente Waterloo en Londres en 1978, o al del nacionalista ucraniano Stepán Bander, eliminado por el KGB en 1958. Es cierto que tampoco existen pruebas directas contra Rusia, pese al tufillo a KGB de este otro suceso.

En el exterior, Rusia sigue exigiendo una esfera de influencia similar a la que tenía la URSS sobre los países del Este de Europa, solo que ahora sobre las antiguas repúblicas soviéticas, y está dispuesta a castigar, brutalmente si hace falta, cualquier intento de acercamiento de estas a Occidente. El 5 de agosto de 2008, en medio del fragor de las Olimpiadas, cuando el mundo estaba mirando para otro lado, Rusia agredió militarmente a Georgia, teoricamente para “proteger” a la minoría rusa de Osetia del Sur. Sin embargo, un mes más tarde, sus tropas seguían ocupando partes importantes de Georgia, un país cuya propia soberanía era puesta en cuestión por Moscú. Afortunadamente, las tres pequeñas del Báltico (Lituania, Letonia y Estonia) son miembros de la OTAN desde hace ya varios años y allí el oso no mete su zarpa, dejando aparte los ciberataques rusos sufridos por los estonios. Seguramente, si Georgia hubiera sido miembro de la OTAN, tampoco se habría producido la agresión del ejército ruso, uno de los casos de bajada de pantalones de Occidente ante Rusia más flagrantes de los últimos años y todo un mensaje nefasto a los georgianos de que, en caso de que intenten desligarse del control su todopoderoso vecino, poca ayuda y apoyo pueden esperar de nosotros.

Utilizando los ingentes recursos económicos que le proporcionan los altos precios del petróleo y el gas, Rusia lleva una década rearmándose a ritmo de vértigo, tras el estado calamitoso en que quedó el Ejército Rojo con la caída de la Unión Soviética. Su poderío militar posiblemente ya es superior al del resto de Europa y es uno de sus medios para intimidar a sus vecinos, junto con el potencial nuclear que heredó de la antigua URSS.

Aunque no es el ejército el único medio que tiene Rusia para extorsionar no solo a los países del espacio ex soviético, sino a toda Europa. Su medio de chantaje a los europeos es el del suministro de gas, que abre y cierra según sus conveniencias del momento y en la permanente búsqueda de imponer sus tesis. A Ucrania y Bielorrusia, dos de los países más vulnerables, puede dejarlos a “dos velas” y tiritando de frío cualquier invierno si se le antoja. Sin embargo, lo más sorprendente de todo, por encima de que el Kremlin busque imponer sus intereses, es el silencio tan clamoroso de los europeos ante las chulerías macarras rusas. Realmente, bueno, no, no tan sorprendente, viendo los caballos de Troya que tienen los petrozares en Europa occidental: el caso más flagrante, el de Gerard Schröder, contratado por Gazprom, la petrolera oficial del Kremlin, el mismo día en que dejó la cancillería alemana, o el de Silvio Berlusconi, cuyos intereses comerciales en Rusia motivaron que el Gobierno “macarrón” no dijera ni “mú” ante la agresión rusa a Georgia. O el de Chirac, quien, cada vez que podía, se deshacía en elogios hacia el ex agente de la KGB asesina, Vladimir Putin.

¿Puede ser fiable para Occidente un país que se dedica a mimar y cuidar a todo tipo de regímenes antioccidentales, llámese Venezuela, Irán o Siria? Rusia se ocupa de abastecer de material militar a Irán y de protegerla de sanciones eficaces en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, después, se queja de que EEUU y el resto de aliados de la OTAN se protejan contra sus misiles, siendo ellos los responsables de la situación creada. La instalación de sistemas de intercepción de misiles en Polonia y República Checa es una protección frente a dictaduras gamberras armadas por Rusia, pero, a la vez, es una defensa para estos países frente a la propia Rusia.

EEUU, junto con la OTAN, debe seguir desarrollando estos sistemas antimisiles con los que no solo protegernos frente a la amenaza de regímenes como el de Irán, sino con los que dejar obsoleto el arsenal misilístico de Rusia y hacer que el mango de la sartén pase a nuestra mano. Algo similar a lo que ocurrió en los años 80 con la iniciativa del presidente Reagan de constituir una Defensa Nacional antimisiles, la famosa “Guerra de las Galaxias”. Aquella iniciativa jugó un papel relevante en la quiebra de la Unión Soviética, incapaz de seguir la carrera de armamentos lanzada por Estados Unidos.

Pero eso tendrá que ser otro presidente, con Barack Obama, siéntense a esperar tranquilamente, si confían mínimamente en eso.  El pasado mes de diciembre, el New York Times divulgó que Obama tenía toda la intención del mundo de seguir adelante con su promesa electoral de sacar a votación nuevamente el Tratado para la Prohibición de Pruebas Nucleares (CTBT), continuando así con su política de desarme, cuando todas los regímenes antioccidentales la línea que van a seguir es justamente la contraria.

Los tratados de desarme nuclear EEUU – Rusia, habrán aquilatado y dado brillo al Nobel de la Paz de Obama, pero han sido un verdadero crimen y el único resultado práctico que tienen es encoger el paraguas nuclear estadounidense. Esto no será un problema inmediato para los estadounidenses pero sí lo será, y cada vez más, para sus aliados. No sólo para Polonia, Ucrania, República Checa, Georgia y otros países del Este de Europa, más a merced de los chantajes y chulerías del Kremlin, sino también para los vecinos de los ayatolás (Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Qatar, etc.) y de los comunistas norcoreanos (Japón, Corea del Sur,…). La proliferación nuclear en Oriente Medio, ante el temor de los países árabes al poder nuclear iraní, nación persa y con ínfulas de ser la hegemónica dentro del Islam, puede ser un hecho de aquí a dentro de varios años.

Paradójicamente, pretendiéndose lo contrario, mediante la reducción del arsenal americano no se estaría desincentivando la proliferación nuclear, sino todo lo contrario: dándole cada vez más bríos.

Otra consecuencia, aunque menor, es crear una situación de falsa paridad entre Estados Unidos y Rusia. Si los rusos insisten tanto en fijar un límite de armamentos no es por altruistas deseos de salvaguarda de la “paaaaaaaaaaaaaaz mundiaaaaaaaá” sino porque económicamente no pueden sostener un arsenal como el de Estados Unidos y el resto de la OTAN. Su baza es capar la capacidad norteamericana de desarrollo de armamentos.

Que Obama se lo permita, que parece bastante satisfecho de permitírselo a Moscú, es algo que habla de la visión global que tiene este hombre.

En conclusión: Rusia NO es un aliado de Occidente.

No hay que darle alas, hay que cortárselas allí donde sea posible.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: