Posteado por: Javier | julio 18, 2011

La solidaridad forzosa es inmoral

¿Y es que acaso es “moral” la insolidaridad? No, por supuesto que no. Todos deberíamos ser, en muchas ocasiones, más piadosos y más solidarios con quienes están en una situación puntual de dificultades o necesidad sin culpa alguna (no olvidemos que las de pobreza absolutamente extrema no suelen venir de ninguna eventualidad desafortunada e inevitable, sino de un estilo de vida que ha llevado a esa situación: alcoholismo, drogadicción, ludopatía, etc…). Cada cual puede dar a los demás cuanto desee y esté dentro de sus posibilidades.

Lo que es una absoluta falacia es pretender pintarnos el socialismo como algo intrínsecamente “superior moralmente” y “solidario”: ¿qué superioridad moral hay en la solidaridad coercitiva? No estoy hablando de unos servicios públicos sanitarios o educativos que se financien a través de los impuestos y a los que se pueda elegir acceder, en lugar de a los privados, por pertenecer a una comunidad. La igualdad debe ser de oportunidades y, a veces, no obstaculizar esa igualdad de oportunidades puede implicar algo de redistribución, por ejemplo, conceder una beca para acceder a la Universidad a quien reúna méritos académicos para ello y no pueda costear sus estudios. Me refiero a cuando el gobierno pretende convertirse en una especie de filantropo.

No solo en EEUU, también en Europa, muchísimos cristianos son engañados por líderes religiosos que sibilinamente introducen el socialismo en sermones, artículos webs, etc. No lo nombran expresamente, pero hacen referencia a que la redistribución de la riqueza es obligación del gobierno y que los cristianos están obligados a votar por tal gobierno. Incluso pretenden que la Biblia enseña un sistema económico “socialista” (¡nada más lejos de la realidad!). Así, ayudan a los funcionarios gubernamentales a implantar el socialismo “en el nombre de Dios”.

La gran institución eclesial socialista siempre ha sido la Iglesia Católica Romana. Juan Pablo II, alabado hace dos años, coincidiendo con el veinte aniversario de la caída del Muro de Berlín, como “artífice”, junto con Reagan y Thatcher, del desplome del imperio soviético y como “un gran defensor de la libertad y la democracia”, era en realidad un defensor del socialismo y la autocracia. En verdad hubiese sido algo digno de notar si un monarca absoluto hubiese sido un defensor de la libertad y la democracia, pero Juan Pablo II no lo era. En el reino sobre el cual ostentó el poder absoluto por 26 años – la Iglesia-Estado de Roma – no hay elecciones libres, y Juan Pablo II no hizo ningún movimiento para instituir alguno. Ninguna congregación Católica elige a su propio sacerdote, y ninguna diócesis elige a su propio obispo. Los sacerdotes son designados por los obispos, los obispos son designados por los cardenales, y los cardenales son nombrados por el papa. El poder fluye de arriba abajo, y así ha sido en los pasados 1500 años, toda la historia de la iglesia. La Iglesia Romana no tiene un gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo,” sino que es una autocracia gobernada por un monarca absoluto. La Iglesia Romana ha sido la madrina de toda clase de totalitarismos, desde el fascismo en Italia hasta la Teología Marxista de la Liberación en América Latina.

El mismo Juan Pablo II citó “Gaudium et Spes”, un documento emitido por el Concilio Vaticano II que atacaba la propiedad privada y afirmaba que “Si uno está en extrema necesidad tiene el derecho de procurar para sí mismo lo que necesita a partir de las riquezas de otro” – un estímulo débilmente velado hacia el hurto. De hecho, el papa alentaba la violencia a una escala masiva, no meramente el crimen individual, diciendo en su encíclica de 1987 Sollicitudo Rei Socialis, “Los pueblos excluidos de la justa distribución de los bienes originalmente destinados a todos podrían preguntarse: ¿Por qué no responderles con violencia a aquellos que nos trataron primero con violencia?” o “Esta es una de las razones por las que la doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista”. ¡En una visita a Cuba en 1998, Juan Pablo II afirmó que el asesino comunista Che Guevara tenía “buenas intenciones” porque “apoyaba a los pobres”! ¿No lo creen? Juan Pablo II, en el avión que lo conducía a Cuba, en conversación informal con los periodistas y consultado respecto de su pensamiento sobre el Che Guevara, dijo textualmente: “Se encuentra ante el Tribunal del Señor, de Dios. Dejemos a Él, al Señor nuestro, el juicio sobre sus méritos. Ciertamente, yo estoy convencido de que quería servir a los pobres”. El Che Guevara, salvo que se arrepintiera a última hora, que lo dudo muchísimo, yo diría que murió creyendo sinceramente sus convicciones satánicas, está ahora mismo abrasándose en las llamas del infierno para toda la eternidad. Para Juan Pablo II, alguien “ejemplar”. Una buena lectura es la encíclica “Caritas in veritate” de Benedicto XVI, de 2009, toda una dosis de doctrina social(ista) de la Iglesia y un ataque frontal al libre mercado mediante la defensa de la necesidad del Estado de “recuperar competencias” y “crecer”. Hay católicos liberales pero, ¿verdaderamente es coherente y compatible ser papista y liberal?

Sin embargo, ideas cada vez más similares se expanden cada vez más incluso en el mundo protestante y evangélico. Mas de un “cristiano” socialista, si se le pregunta por la cuestión dirá que “hay más de 2.000 versículos en la Biblia que nos llaman a expresar amor y justicia para aquellos que tienen problemas y están oprimidos”. Eso es verdad, no hay duda, pero a ver si es capaz de encontrar, en esos más de 2.000 versículos, uno solo que otorgue autoridad al gobierno para redistribuir la riqueza tomándola de un segmento de la sociedad para dársela a otro. Todos esos versículos van dirigidos A LOS INDIVIDUOS. Por ejemplo, en el Día del Juicio, Dios preguntará si hemos o no alimentado al hambriento, vestido al desnudo, recibido y cuidado a los extranjeros (Mateo 25:31-46). Si lo hemos hecho nosotros, no si hemos instaurado un sistema de beneficencia estatal para ello. Cualquiera que conozca un poco la Biblia sabe que estos versículos no están dirigidos a lo que los gobiernos debiesen hacer sino a lo que los individuos están llamados a hacer.

Igualmente, el gobierno no debe dar dinero a las víctimas de una catástrofe natural, más allá de rescatar y auxiliar a los heridos y mantener la seguridad y el orden público para evitar el asalto y el pillaje aprovechando el caos creado. Esto nos toca muy de cerca, hemos tenido hace poco un terrible terremoto en Murcia, y en los últimos años hemos visto tragedias como la del tsunami en el Océano Índico de diciembre de 2004, las inundaciones de Nueva Orleans de 2005 o el tsunami de Japón a principios de este año.

“¡Dios!”, pensarán algunos al leer estas líneas, “este individuo abyecto ya ha perdido el norte totalmente, es un monstruo sin corazón y sin alma, a ver si te toca a ti, hijo de puta”. Bien, vale. Sé y me consta que alguno de los que estáis leyendo esto lo pensáis y lo pensabais ya, sin necesidad de que estas líneas hayan salido de mi teclado.

Sin embargo, la solidaridad no justifica coger el dinero de otros sin preguntar. Hablando en la sala de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos en 1827, el congresista Dhabi Crockett dijo:

“Tengo mucho respeto por la memoria de los difuntos e igual simpatía por los sufrimientos de los vivos, si es que hay sufrimiento, así como cualquier hombre en esta Cámara, pero no debemos permitir que nuestro respeto por los muertos o nuestra simpatía por una parte de los vivos nos dirijan a un acto de injusticia para compensar a los vivos. No voy a entrar en un argumento para probar que el Congreso no tiene el poder para apropiarse de este dinero como un acto de caridad… Tenemos el derecho, como individuos, de dar tanto de nuestro propio dinero como queramos en caridad; pero como miembros del Congreso no tenemos ningún derecho de apropiarnos de ningún dólar del dinero público”.

En 1887, el Presidente de EEUU, Grover Cleveland, rehusó a proveer ayuda a los granjeros de Texas que habían sido afectados por una sequía:

“No puedo encontrar ninguna justificación en la Constitución para tal apropiación, y no creo que el poder y la obligación del Gobierno General deban extenderse a la ayuda de los individuos que sufren que no esté de ninguna manera relacionada propiamente con el servicio o el beneficio público. Una tendencia prevaleciente a ignorar la misión limitada de este poder y obligación debiese, pienso, ser firmemente resistida con el fin de que la lección deba ser constantemente respetada de que, aunque el pueblo sostiene al Gobierno el Gobierno no debiese sostener al pueblo… Se puede confiar siempre en la amistad y caridad de nuestros conciudadanos para aliviar a sus congéneres en el infortunio. Esto ha sido repetida y recientemente demostrado. La ayuda federal en tales casos alienta la expectativa de un cuidado paternal por parte del Gobierno y debilita la tenacidad de nuestro carácter nacional, mientras evita la indulgencia entre nuestro pueblo de aquel hermoso sentimiento y conducta que fortalece los lazos de una hermandad común”.

Según ha argumentado en alguna ocasión el profesor y columnista Walter Williams:

“Si pasa Ud. al lado de un pobre, de un hombre sin hogar, y se siente caritativo y lleno de compasión hacia él, ¿cómo puede ser correcto entonces ir y quitarle de sus bienes a otra persona con el propósito de beneficiar al hombre pobre?”.

No es correcto robarle a A para pagarle a B. Alguien puede ser virtuoso con su propio dinero, pero es injusto y erróneo quitarle el dinero a otro grupo de personas para llevar a cabo una obra de caridad y, encima, presumir de “superioridad moral”. “Hipersolidarios”, pero, eso sí, con el dinero ajeno, que así es muy cómodo. Así cualquiera. No podemos robarle a un hombre para ayudar a otro y pretender seguir siendo justos, incluso aunque tengamos la mejor de las intenciones. Además, dado que el dinero de ayuda enviado por el gobierno y recibido por los sobrevivientes de estos desastres ha sido extraído de los contribuyentes, los receptores se vuelven culpables de recibir fondos robados.

El robo y la extorsión siempre son erróneos. No hay evento o circunstancia que limpie tales actividades. Los contribuyentes no pueden ser obligados a pagar impuestos directos inevitables que no están distribuidos según las provisiones de la ley, todo para que los gobernantes presuman de su “solidaridad”. Esto es absolutamente inmoral. El hecho de que sean representantes electos quienes cometan tales felonías es algo irrelevante.

¿Debiesen los casos severos, como las tragedias naturales, permitirnos la violación de la ley? ¿No se justifica el robo ante tales eventos catastróficos?

No, y no hay que dejarse engañar por aquellos que afirman que la existencia de los procesos democráticos y nuestros derechos en el gobierno representativo cambian la naturaleza de la extorsión. Esta noción es fraudulenta.

A usted, seguramente, no le gustaría que yo, al ver a alguien tirado en la calle y muriéndose de hambre, corriera a quitarle su billetera para comprarle pan, leche o lo que fuera a esa persona. Lo que no es correcto para mí, ¿por qué para el gobierno sí, para que pueda extender aún más sus tentáculos, presumiendo de que está actuando con mucha (falsa) “solidaridad”?

Por supuesto que debemos orar por las víctimas de estas catástrofes, dolernos por los muertos y por los que sufren, intentar ser generosos en nuestras donaciones de caridad hacia ellos, si estamos en el escenario de la tragedia, hacer todo lo que esté en nuestras manos para ayudar, etc., pero no respaldar políticas que alientan la extorsión, mediante un “filantropismo” forzoso, totalmente falso, y que roban a víctimas que no están dispuestas para ello y que envían fondos robados a través del planeta.

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Responses

  1. […] ya dije en esta entrada https://lavozliberal.wordpress.com/2011/07/18/la-solidaridad-forzosa-es-inmoral/, no sé cómo puñetas se puede llamar “solidaridad” y se puede presumir de ser “solidario” […]


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