Posteado por: Javier | julio 31, 2011

El nazismo es socialismo: lo que me gusta de Mises

Tanto Ludwig von Mises, como Friedrich Hayek, eran dos autores que me impactaban enormemente en mi juventud, tengo que decirlo, cuando empezaba a conocer el liberalismo. Y lo cierto es que, en esos años, todo lo que defendían sonaba muy bien, todo lo que estuviera relacionado con defender, de un modo u otro, la libertad.

El caso es que van pasando los años, vas refinando tus ideas y descartando algunas cosas, aparte de añadiendo otras nuevas. Por ejemplo, cada vez profundizo más en el liberalismo cristiano y, cuanto más intento aplicar la Biblia como base filosófica (aparte de espiritual), más riguroso soy con los intentos de justificar la libertad individual fuera del concepto de la soberanía de Dios. Aunque no sea desdeñable, ni mucho menos, toda la teoría de los “liberales sin Dios” (por llamarlos de alguna forma). Hayek, por ejemplo, sigo viéndolo como un buen autor “iniciático”, alguien que defendió competentemente el capitalismo, aunque lo hiciera despojado de sus aspectos morales y, de hecho, “Camino de servidumbre” sigue siendo un libro interesante para mí.

Mises no se puede negar que tuvo aciertos en cuanto a definir la ineficacia del socialismo, aunque, como Hayek, no criticara su inmoralidad intrínseca. Algunas de sus citas siguen siendo lapidarias: “El anticapitalismo sobrevive a base de ordeñar la vaca capitalista”, “El gobierno no puede hacer al hombre rico, pero puede empobrecerlo”, “El pacifismo completo e incondicional equivale a una rendición incondicional ante los tiranos más despiadados”, “Las leyes y constituciones más generosas, cuando desaparece la economía de mercado, no son más que letra muerta”, “Los gobiernos nunca son liberales por inclinación. Los gobiernos no se hacen liberales sino cuando a ello les fuerzan los ciudadanos”, “Los marxistas no están dispuestos a reconocer que también los nazis son socialistas”, “Si la historia nos pudiera enseñar algo, nos enseñaría que la propiedad privada está inseparablemente ligada a la civilización” o “Todas las personas, por muy fanáticas que puedan ser en sus diatribas contra el capitalismo, implícitamente le rinden homenaje al clamar apasionadamente por los productos que crea”.

En su obra “Socialismo: un análisis económico y sociológico” (de 1922) afirmaba que el sistema comunista no podía ser eficiente ya que le faltaba el mecanismo de precios que hacía que la distribución de los recursos fuera la adecuada como sucedía en el sistema capitalista. Durante los años veinte, desde su puesto de adjunto en el gobierno austriaco para asuntos financieros, Mises luchó exitosamente contra la inflación y utilizó su influencia para lograr las reformas monetarias y financieras de Austria en 1922. No pudo impedir, no obstante, el constante aumento de las regulaciones estatales que deterioraban las finanzas públicas.

Tras criticar certera y vehementemente las políticas intervencionistas de nazis y comunistas, Mises tuvo que abandonar Europa hacia EEUU. Verdaderamente, escapó por los pelos, pues los nazis fueron a buscarlo a su propia casa.

Por cierto, ya que tenemos tanto liberto-anarka pululando por España. No estaría de más que, ya que se dicen seguidores de la Escuela Austriaca, leyeran un poco más a Mises o Hayek en lugar de panfletillos comprados en un todo a un euro, unos auténticos pintamonas, para los cuales, hasta tener que obedecer una señal de tráfico es una “coacción del Estado”, pues miren lo que decía Hayek en “Derecho y ley”: Casi todos los objetivos legítimos de la política económica y social se dejan alcanzar mediante tales preceptos -aunque, algunas veces, quizás sólo más incompleta, lenta y complicadamente que mediante órdenes especificas. Así, por ejemplo, pueden ser logrados prácticamente todos los objetivos de la legislación laboral fabril, la sanidad y similares disposiciones de seguridad social. Es engañoso hablar de «intervenciones» al referirse al cuadro de tales preceptos, dentro del cual el individuo puede aun decidir libremente y nunca depende del consentimiento de una autoridad. Ninguno de los grandes teóricos de la autonomía económica lo habría hecho: libertad, para todos ellos, fue siempre freedom under the law”.

O que piensan que “liberalismo” es llevar puesta una de esas camisetas cutres en las que pone STOP Fascism: Read Rothbard o “Rothbard: Enemy of the State” (“a terrorist”, la acotación es mía), pues, señoritos, Rothbard defendía dar latigazos como castigo a vándalos y delincuentes de todo tipo. Escúchenlo aquí. De hecho, Rothbard detestaba el libertinaje que ya en su época infectaba a parte de los libertarianos. No voy a defender a Rothbard, por supuesto, pero así es. Y Lew Rockwell, un neo-confederado aficionado a reunirse en sus círculos con neo-nazis o gente del Ku Klux Klan, en 1992, defendió la paliza de la policía de Los Ángeles al pandillero Rodney King, que originó grandes y violentos disturbios en la ciudad californiana. Cosas a tener en cuenta.

Volviendo a Mises, en “Gobierno Omnipotente” (1944) intentó desmontar los mitos marxistas que situaban a esta ideología como frontalmente opuesta y contraria al nacionalsocialismo. En el fondo, solo hay algunos cambios de conceptos: el socialismo marxista entroniza la “lucha de clases”, el nazismo la de “razas”. El marxismo busca la “solidaridad internacional” entre los proletarios de todo el mundo, el nazismo una especie de paneuropeismo (o pan-euro-pedismo) detrás de algo así como la “raza europea”. Económicamente, unos y otros tienen como enemigo al capitalismo, la única diferencia es que el nazismo si permitió la propiedad privada, solo que dentro del marco de una economía totalmente intervenida por el Estado, puesto que el individuo está, según estas ideologías totalitarias, en pleno servicio al Estado las 24 horas del día. Por supuesto la democracia liberal es un enemigo mortal para ambos. Sin embargo, pese a estos puntos en común, la mitología marxista siempre ha considerado al fascismo y al nazismo como “fases superiores del desarrollo capitalista” (antes lo fue la expansión colonial, en tiempos de Lenin, cuando el fascismo aún no existía como movimiento de masas).

Según el marxismo, la acumulación de capitales habría provocado la concentración monopolística en Alemania a fines del siglo XIX y principios del XX, y la caída en la tasa de ganancia habría llevado a una lucha por los mercados de las colonias (realmente, el colonialismo costó dinero a las potencias europeas, al contrario de esta interpretación) entre los capitalistas, la cual desembocaría en la I Guerra Mundial. Así, el capitalismo librecambista sería “culpable” de explotar a los obreros y de la guerra. A partir de 1918, tras el fin de la contienda mundial, la humillación del Pacto de Versalles, la hiperinflación y la Gran Depresión (“culpa”, igualmente, del capitalismo) habrían colocado a Alemania al borde de la revolución socialista obrera, y, ante esta circunstancia, los grandes industriales, la burguesía y las demás fuerzas reaccionarias habrían tomado la medida de anticiparse, usando como ariete el nazismo. El nacionalsocialismo sería, por tanto, una “fase superior y más evolucionada” de la “explotación capitalista”. La realidad fue bien diferente: los principales apoyos de Hitler vinieron de campesinos y pequeños tenderos arruinados por la Gran Depresión, trabajadores manuales y la juventud idealista. Fue, justamente, la ausencia de una gran burguesía lo que ayudo al triunfo del nazismo.

Mises sí argumenta bastante bien que el nazismo procede de la unión de anticapitalismo y nacionalismo. La creación de grandes monopolios en la Alemania de Bismarck no se produjo por tendencias al capitalistas, sino por todo lo contrario, la “Política de Bienestar Social” bismarckiana (legislación laboral, privilegios sindicales, altos costes de los seguros sociales, etc.), que obligaba a afrontar grandes costes a las empresas alemanas y les dificultaba competir en los mercados internacionales. Alemania fundamentalmente era un país productor de manufacturas e importador de materias primas y alimentos, y ese aumento de los costes de producción podía provocar una carencia de divisas muy peligrosa a la hora de adquirir los segundos productos, lo que llevó al Gobierno de Bismarck a promover la formación de cárteles y monopolios públicos y a una política económica fuertemente proteccionista. La situación no era la de imponer aranceles a ciertas industrias claves, sino en una vuelta al mercantilismo, defendida por algunos teóricos económicos alemanes, que hizo que los consumidores alemanes acabasen pagando la política social de su gobierno. Fue el teórico Friedrich List quien, en el siglo XIX, había desarrollado la teoría de que cada país debía adoptar la autosuficiencia económica de cada país, y, en ese caso, las naciones superpobladas que no podían alimentar y surtir a sus ciudadanos con productos alimentarios y materias primas estaban destinadas a conquistar más espacio vital (“lebensraum”, ¿nos suena?) o a morir de inanición. Alemania comenzó entonces a construir una gran flota para dominar los mares y el comercio internacional, así como a proyectar reunir bajo un gran imperio en el centro de Europa a todos los alemanes de origen y a adquirir nuevas posesiones en otros continentes. No tuvo, por tanto, el nacionalismo, militarismo e imperialismo alemanes su origen en el libre comercio, sino, todo lo contrario, en la ausencia casi total del mismo.

Tras ser derrotada en la I Guerra Mundial, comenzó el mito de la “puñalada judía en la espalda” a una Alemania que, cerca de 1918, tenía “ganada” la guerra. Eso mismo, un mito más: Alemania, en realidad, se encontraba más allá del límite de sus fuerzas, incapaz de alimentar a su población por más tiempo a causa del bloqueo británico y el esfuerzo de guerra. A esto se unió la pataleta por el “humillante” Tratado de Versalles impuesto por los vencedores. Un tratado que, pese a la propaganda que, años después, hizo el nazismo, fue muy benévolo con Alemania, comparado con la destrucción que había iniciado en toda Europa, convirtiendo un conflicto local entre Serbia y el Imperio Austro-Hungaro, en el que se inmiscuyó, en una guerra mundial. Las reparaciones de guerra impuestas a Alemania no sobrepasaban, como mucho el 2% de su PIB y podían ser pagadas perfectamente mediante los superávits anuales. Sin embargo, según la propaganda nacionalista alemana, eran una “humillación”. Pronto, los mismos que hoy piden siempre e insistentemente no “provocar” a los Milosevics o los Saddames Husseines de este mundo, pero en esa época (no han cambiado en nada), empezaron a repetir como cotorras lo de la “humillación” a Alemania, empezando por el “insigne” John Maynard Keynes y terminando por el gobierno británico, con su política de “desarme preventivo”, que a lo único que llevaron fue a crecerse el nacionalismo alemán, con él, el nazismo, y, subsiguientemente, el ascenso de Hitler al poder.

Los nazis alcanzaron el poder con el apoyo mayoritario de las clases (aunque no fueran los únicos) que, tradicionalmente, han apoyado siempre al socialismo y se auparon en el nacionalismo político y económico, nunca sobre el capitalismo o el librecambismo. Es una ideología colectivista y totalitaria… como el marxismo.

Sin embargo, esta realidad siempre ha tratado de ser ocultada, al igual que se ha tratado de presentar al socialismo como el “mayor enemigo” del fascismo, olvidando el Pacto Germano-Soviético, la colaboración de nazis y comunistas durante los dos primeros años de la Guerra Mundial y hasta el intento de la URSS de incorporarse al Eje antes de ser invadida por Alemania en 1941.

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Responses

  1. […] vimos y demostramos cómo el nazismo, en esencia, fue una ideología socialista y totalitaria (https://lavozliberal.wordpress.com/2011/07/31/el-nazismo-es-socialismo-lo-que-me-gusta-de-mises/). Pero totalitaria, precisamente, por ser socialista. Como el estalinismo, su totalitarismo era […]

  2. Siguiendo tu ejemplo sobre las señales de trafico.

    Si son ¿correctas o adecuadas porque son impuestas? ¿Desde cuando algo bueno necesita ser impuesto? Si son tan ‘buenas’ ¿no deberian ser elegidas por el mercado?. Aunque algo sea ‘objetivamente’ bueno, correcto y /o deseable, nadie tiene derecho a imponerlo a otro de forma coactiva (nadie es dueño de los demas), por la fuerza y ademas pagandolo con el dinero de todos (coaccionandonos al resto). Anarquia, en sentido estricto es SOLO ausencia de Estado. No es ausencia de ley, ni ausencia de moral. O lo que es lo mismo: “freedom under the law”.

    Repasa tus lecturas o seras tu el pintamonas.

  3. No se preocupe, AnaCap, intento leer libros buenos y serios, no me quedo en unos fragmentos de Rothbard o basura marianista. Desde luego, no voy por la calle diciendo al primero que me encuentro “oiga, soy ancap”, para que me responda, “ah, entonces, ¿eres gilipollas?”.

    Ya sé que en una sociedad “ancap” no hay ausencia de ley, sí hay ley, la de cada uno y la de los contratos, ¿y? Las señales de tráfico, ¿qué piensa hacer, entonces, si no es obligatorio respetarlas? ¿Un colega suyo y usted por contrato deciden cuáles van a respetar y cuáles no? ¿Y si hay otros muchos que han contratado respetar y no respetar otras, cómo regulamos el tráfico? ¿Según lo que decidan uno a uno todos los individuos de la sociedad?

    ¿Quién es el pintamonas y el friki?


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