Posteado por: Javier | agosto 8, 2011

La sociedad y la libertad bajo el Decálogo (I)

Después del “receso” con el tema useño y su deuda, vamos a pasar a una “exposición veraniega” que tenía en mente desde algún tiempo.

Antes que nada. Sí que las cosas están mal en EEUU pero, como dije el sábado, no tanto como en Europa, allí, al menos por unos años, seguirá existiendo un entorno financiero más seguro y más libertad. Si tienen que elegir un sitio para colocar su dinero, por ejemplo, EEUU o Italia… ¡por favor, no hay color! Ni lo habrá nunca. Menos mal que Italia era la sexta o séptima economía del mundo… ahí está la “sexta economía del mundo”, peor aún que España. Algunos se indignaron y enfurecieron con mis entradas de diciembre sobre Italia. Ya sabemos la “fiebre italiana” que embarga a muchos españoles, con el país que “tendríamos que imitar” en todo. ¿Qué podemos esperar de un país gobernado por un fascista y putero como Berlusconi, alguien aún más indecente que la clase política que tenemos en España?

Pero, en general, el continente europeo está ya en unos niveles de putrefacción de los que difícilmente podrá salir. Y el problema no es exógeno, no es “Eurabia” o la “invasión musulmana” tanto como se dice, el problema es autóctono europeo u occidental, siendo más amplios. El mismo sábado, el cardenal Cañizares dijo que el problema de España (y podemos hacerlo extendible al resto de Europa) era la “falta de Dios”. Por una vez, y sin que sirva de precedente, sí: tiene razón. Aunque es verdad que acierta con el diagnóstico de la enfermedad, pero no con la medicina. Él pide más papismo y piensa que la visita de Ratzinger va a ser un “revulsivo”, cuando lo necesario sería un arrepentimiento a nivel nacional, una regeneración y más Biblia, más Palabra de Dios.

El estado de Europa lo hemos visto reflejado en las consecuencias del crimen del asesino neo-nazi de Noruega. No va a pagar con su vida por su crimen: ESTO ES PECADO. Es pecado puesto que Noruega no contempla la pena de muerte para estos crímenes, sino que, como el resto de Europa, sigue criterios humanistas en su sistema penal. Es una rebelión contra Dios, pues la Ley de Dios exige la pena de muerte para este tipo de asesinos. Como el resto de “Uropa”, Noruega considera que lo prescrito por Dios para estos crímenes es “inmoral” e “inhumano”, se consideran más “justos” que Dios. Pero esto es solo la punta del iceberg, como digo, es un caso que nos da una visión general de cómo está Europa.

Europa hoy día NO es una tierra cristiana. Existe un poquito de “religiosidad” más o menos cristiana, un poco de “cristianismo” más o menos cultural. Pero la realidad es que es una tierra pagana. Hay unos pocos cristianos, eso sí, viviendo entre paganos, lo que son las tierras europeas: paganas. La verdadera esperanza está en el poco cristianismo que quede en los EEUU, y, quién sabe si en Hispanoamérica, con la expansión del Evangelio que se está produciendo en esas tierras (como en Guatemala, un ejemplo muy claro), o en naciones jóvenes como Sudán del Sur. El caso de la nueva nación cristiana sursudanesa, recientemente independizada de la tiranía islámica del norte, es muy interesante. Si alguna vez fuera necesario un refugio para cristianos que tuvieran que huir de una persecución cruenta en Europa (y no descartemos eso en modo alguno), quién sabe, puede que Sudán del Sur reuniera condiciones óptimas: país cristiano y joven, en el que existe respeto a la libertad religiosa, a la propiedad y a los contratos (según su constitución). Igual que surgió Holanda o Ginebra, en el siglo XVI, y, en el XVII, las colonias norteamericanas, como refugios frente a las persecuciones de la Inquisición o la Iglesia de Inglaterra, si volviera a ocurrir algo similar (y en la cada vez más pagana “Uropa” quién sabe), esta pudiera ser una de las “ciudades de refugio”.

¿Por qué es esperanzador el futuro para un país ahora tan pobre como Sudán del Sur o por qué surge una generación de jóvenes en Hispanoamérica como nuestro amigo Alexander, un chico peruano que, ocasionalmente, ha comentado aquí? Porque, cuando se obedece a Dios, ello produce siempre frutos de bendición, tanto para los individuos como las naciones. Lo que hasta ahora hemos entendido por “Occidente” se está perdiendo porque se está condenando, está en franca rebelión contra Dios. El primer paso en la salvación es arrepentirnos y creer en el Señor Jesucristo, pero la salvación no se queda ahí, es mucho más que un evento o experiencia de una sola ocasión, como en las declaraciones de “aceptación de Cristo” y si te he visto no me acuerdo, que tanto gustan al moderno “evangelicanismo”. Nuestra salvación la hemos de poner en obra, día a día somos salvos, es una aspiración a volver al orden original de la creación, buscando en cada momento obedecer la Palabra de Dios. Esta Palabra es Ley y se encuentra resumida en los Diez Mandamientos

Para que una nación sea grande debe tener la presencia de Dios y Su Ley. Esto fue cierto para el Israel bíblico lo mismo que para EEUU en los tiempos de su fundación, el siglo XIX y parte del XX. A medida que EEUU ha rechazado cada vez más y más la presencia de Dios en todos los ámbitos de la vida pública y privada y la Ley de Dios, en esa medida, EEUU han decaído en grandeza y ha ido convirtiéndose cada vez en una nación más tiránica dirigida por hombres cada vez menos virtuosos. De Europa, mejor ni hablemos, sobre todo del continente. Las tierras más libres, históricamente, seguramente han sido las británicas (al partir de una base bíblica y antipapal) pero ya ni eso.

Lean con atención lo que dice Deuteronomio 4:5-8: “Mirad, yo os he enseñado estatutos y derechos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para poseerla. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra: porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia en ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, gente grande es ésta. Porque ¿qué gente grande hay que tenga los dioses cercanos á sí, como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué gente grande hay que tenga estatutos y derechos justos, como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?”.

Antes de entrar a tomar posesión de la tierra de Canaán, Moisés exhortaba a Israel a poner por obra todas las leyes que habían recibido de Dios. Estas leyes no se habían originado en el propio pueblo israelita, Dios era la fuente de ley. No había pueblo en la tierra que tuviera unas leyes tan justas y santas, ni que contuvieran tanta sabiduría. El pueblo de Israel iba a ser único entre todas las naciones. Eran unas leyes dignas de ser atadas como una señal en la mano y de escribir en los postes y puertas de las casas (Deuteronomio 6:8-9).

Digo que no eran propias de Israel, sino que emanaban de Dios, y, es más, ni siquiera las merecían, eran un pueblo rebelde y traidor (que nadie vea aquí un prejuicio “antiisraelita, eran rebeldes, como rebeldes somos todos los hombres a Dios, salvo que el Espíritu Santo obre en nosotros): se las dio porque a Él agradó esto y en cumplimiento del juramento hecho a Abraham (Dios SIEMPRE CUMPLE Sus promesas), sellado en la circuncisión.

Ese pacto de Dios con Abraham seguía vigente en la descendencia de Jacob en Egipto. Cuatrocientos años después de la llegada de Jacob a Egipto, los israelitas vivían esclavizados por los egipcios. A la hora de la liberación son convocados como el pueblo de los padres con los que Dios hizo pacto. De Egipto, en historia de todos conocida, sale una nación que se asentará y confirmará en una tierra prometida.

Dios entrega a Israel la tierra de Canaán por el mismo motivo que entregó Su ley, por causa de Su propio nombre, porque a Él agradó esto, no por merecimiento del pueblo israelita. Su Dios es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, pero desde este momento es el “que los sacó de Egipto, de casa de servidumbre”. Ese es el preámbulo a su relación legislativa. Por esa condición recibe “leyes de justicia y santidad”, que son a partir de ahora, junto con la circuncisión, sus señas de identidad. El Dios de los padres se ha dado a conocer en Sus leyes, y vive en medio de su pueblo en su santuario.

Durante los cuatro siglos de esclavitud en Egipto, cada una de las doce tribus de Israel había desarrollado una identidad propia. Al asentarse en Canaán, cada una conservó su identidad. Cada una tenía sus propios jueces, sus fronteras y su propio ejército, cada una era una entidad política federada dentro de una entidad mayor, Israel, puesto que cada una administraba autónomamente la Ley. Eso sí, no había anarquía de ningún tipo, puesto que todas, pese a impartirla ellas y ocuparse autónomamente de la administración de la justicia, estaban sujetas a una misma Ley emanada de Dios, el Supremo Soberano de Israel. Siendo Dios el soberano, nadie podía ni convertirse en una ley en sí mismo ni erigirse como el tirano de todo Israel. Eso sí, ninguna tribu tenía santuario propio, ni sacerdocio ni liturgia: eran tribus libres pero unidas bajo la soberanía del mismo Dios.  

Cada tribu tenía sus tierras en propiedad (excepto la de Leví, su vocación era el servicio ministerial de la Ley a todas las demás tribus, ¡qué diferencia con la iglesia papal o con algunos “megapastores” evangélicos modernos que acumulan inmensos patrimonios gracias a su “ministerio”!), al igual que cada familia tenía tierras en propiedad. Una sociedad de propietarios, en la que se impedían acumulaciones de poder en manos de pocos. ¡La sociedad más libre del mundo antiguo! En aquellos tiempos, los hombres solían ser propiedad de un soberano tiránico y terrenal. Comparen con Egipto, con Asiria, con Babilonia,… En la República Israelita todos eran propietarios y su soberano era el Dios Creador del Universo y Su Ley.

Sin embargo, tras varios siglos con esa organización republicana y federal modélica, Israel comenzó a pensar que Dios no ordenaba las cosas lo suficientemente bien (más o menos, lo que llevamos nosotros décadas pensando). En las entradas sobre el fin al que está dirigida la libertad ya comenté que, igual que Dios es el primer economista, igualmente, es el primer generador de un sistema político por el que los hombres están llamados a regirse si es que le obedecen. Por eso la Constitución de EEUU, el fundamental ejemplo de constitución liberal que tenemos en la historia, aunque los Padres Fundadores cometieron la torpeza de sacar a Dios del texto como fuente de la Ley, reproduce a grandes rasgos la estructura federal israelita.

El pueblo de Israel no quiso el orden de Dios como Rey del Universo y comenzó a reclamar un rey que les impusiera un orden “como el de las otras naciones”. Dios no impone que la forma de gobierno sea republicana o monárquica, necesariamente, sino, simplemente, sea la que sea que se reconozca la soberanía de Su Ley. Pero los israelitas no pedían una monarquía libre, sino un monarca absoluto que los librara de vivir en la libertad de la Ley y que les eximiera de toda responsabilidad. Igual que, en no pocas ocasiones, durante el tiempo de los Jueces, habían actuado anárquicamente, usando mal la libertad, pretendiendo convertirse cada uno de ellos en la ley, para el libertinaje de seguir a otros dioses. Estaban pidiendo una auténtica tiranía para no tener que asumir la responsabilidad de la libertad. El profeta Samuel les advirtió de que el rey terrenal que pidieran sería un tirano que les iba a ser muy costoso, pero ellos no quisieron escucharle:

“Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron á Samuel en Rama, y dijéronle: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no van por tus caminos: por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como todas las gentes. Y descontentó á Samuel esta palabra que dijeron: Danos rey que nos juzgue. Y Samuel oró á Jehová. Y dijo Jehová á Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te dijeren: porque no te han desechado á ti, sino á mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme á todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, que me han dejado y han servido á dioses ajenos, así hacen también contigo. Ahora pues, oye su voz: mas protesta contra ellos declarándoles el derecho del rey que ha de reinar sobre ellos. Y dijo Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo que le había pedido rey. Dijo pues: Este será el derecho del rey que hubiere de reinar sobre vosotros: tomará vuestros hijos, y pondrálos en sus carros, y en su gente de á caballo, para que corran delante de su carro: Y se elegirá capitanes de mil, y capitanes de cincuenta: pondrálos asimismo á que aren sus campos, y sieguen sus mieses, y á que hagan sus armas de guerra, y los pertrechos de sus carros: Tomará también vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras, y amasadoras. Asimismo tomará vuestras tierras, vuestras viñas, y vuestros buenos olivares, y los dará á sus siervos. El diezmará vuestras simientes y vuestras viñas, para dar á sus eunucos y á sus siervos. El tomará vuestros siervos, y vuestras siervas, y vuestros buenos mancebos, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestro rebaño, y seréis sus siervos. Y clamaréis aquel día á causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os oirá en aquel día. Empero el pueblo no quiso oir la voz de Samuel; antes dijeron: No, sino que habrá rey sobre nosotros: Y nosotros seremos también como todas las gentes, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras. Y oyó Samuel todas las palabras del pueblo, y refiriólas en oídos de Jehová. Y Jehová dijo á Samuel: Oye su voz, y pon rey sobre ellos. Entonces dijo Samuel á los varones de Israel: Idos cada uno á su ciudad” (1 Samuel 8:4-21).

¡Qué similitudes con nuestros tiempos! Y con tantos modelos políticos con los que experimentamos pero que son ajenos a la voluntad de Dios. ¿No nos recuerda esto un poco al absolutismo? En el siglo XVII, los puritanos cromwelianos hubieron de ejecutar al rey de Inglaterra pues éste era un verdadero tirano. ¿O al centralismo que surgió de la Revolución Francesa? La Revolución Francesa pretendía ser una copia de lo surgido de la revolución en las colonias norteamericanas, pero, a diferencia de en EEUU, donde los principios fueron bíblicos, en Francia se partió de la base de la negación de Dios y se intentó construir sobre el humanismo secular, con los resultados sangrientos que todos conocemos. En los siglos posteriores, hemos estado pidiendo un gobierno cada vez más grande que nos exima de cada vez más responsabilidades. De cada vez más responsabilidades con nosotros mismos y con los demás. Que nos atienda dándonos de comer, dándonos vestido, atendiéndonos y atendiendo a los demás en caso de pobreza o enfermedad, en lugar de hacerlo nosotros mismos. A diferencia de lo que piensan anárquicos y libertarianos, el hombre siempre tiene un soberano absoluto, por eso no se puede negar a Dios. Porque la alternativa a Dios como soberano absoluto, quien es, a la vez, el que ha ordenado la libertad para que el hombre le sirva libremente, es un Estado cada vez más absoluto. La existencia del hombre es la de un ser predestinado. Pasamos del Dios predestinante a un Estado “benefactor” que nos predestina desde la cuna a la tumba. Aparentemente, ¡qué bien! hemos tenido cubiertas todas nuestras necesidades con el “Estado social” y los “derechos a beneficios”, pero de verdad ¿hemos sido libres? ¿O, más bien, hemos estado adorando a un soberano absoluto? ¿A un ídolo? ¿Cuál es la libertad que vamos a tener a partir de ahora totalmente endeudados, con la soberanía de nuestros países robada, ahora que todo esto se desmorona?

Algo de libertad y de autonomía conservaban las tribus bajo el nuevo rey: con sus representantes, tenían que “recibir” al rey, sin ese “reconocimiento” no se podía coronar. Se conservaba la ley, el santuario, el sacerdocio y la liturgia, pero ahora el rey era quien “imparte justicia”, y la acción judicial de las tribus quedaba tutelada por el trono, y el rey era quien ordena y disponía la guerra. Los israelitas ya ERAN SÚBDITOS del nuevo rey. Han buscado la unidad y la seguridad, no en la ley y la responsabilidad, sino en la sumisión al trono. No les era suficiente el santuario y las fiestas de la congregación, necesitaban también un trono. Ya lo tenían.

Aunque deja libertad a los hombres para elegir la forma de gobierno, siempre que respeten Su Ley, Dios toma la monarquía como modelo del reino del Mesías. El trono de David aparece como el símbolo de su futuro, de su casa saldrá el Libertador, el Señor Jesucristo. Con David se establece en Jerusalén la capital, allí se coloca el trono como símbolo de la unidad: el templo, la capital y la corona son los símbolos de “unidad y fuerza”. Israel, por fin, tenía el orden que quería. Pero lo que buscaron para ser fuertes y permanecer unidos, iba a ser la causa de la ruptura, la corona rompió la congregación definitivamente en tiempos de Salomón, el hijo de David.

Estamos alrededor de mil años antes de Cristo. En los siglos siguientes, se rompe la unidad que, supuestamente, aseguraba la monarquía absoluta, surgen los reinos de Israel y Judá. En la congregación, donde una vez estuvo la excelencia de la Ley de Dios, ahora estaba la política humana que usaba esa ley para provecho propio. En los dos reinos, comenzaron a arremolinarse, en torno a los reyes, falsos profetas que, en nombre de la Ley, se dedicaron a expandir la corrupción. Surge un nuevo sacerdocio, nuevas fiestas, se mezcla el culto a Dios con el culto a Baal. Se pretendía la unidad en torno a Jerusalén, pero ahora hay dos capitales: Samaria y Jerusalén. En algunos aspectos, tan “hermanas”, tan iguales, tan traidoras, tan rebeldes a Dios. Con el paso de los años ya no hay tanta diferencia entre estas dos naciones, Israel y Judá, y las demás naciones paganas. En diferentes lapsos de tiempo, Asiria conquista y lleva cautiva a Israel, mientras Nabucodonosor hace lo propio con Judá. No obstante, el cautiverio se había originado ya siglos antes. El pueblo de Israel pidió cadenas, en lugar de la libertad de la Ley de Dios, y las tuvo, primero en su tierra y, después, en el exilio.

Esto ha sido una introducción a lo que quiero desarrollar en la próxima entrada y es algo de suma importancia puesto que vivimos sumidos en un sistema e pensamiento impregnado de evolucionismo (algo que es más que “ciencia”, es toda una cosmovisión sobre la vida humana) que nos ha imbuido en la idea de que los sistemas de ley son como el vino, mejoran por sí mismos por el paso de los años (en este caso, de los siglos), no hay valores eternos y absolutos que los sustenten. La democracia liberal americana se forjó sobre la influencia de la fe de los puritanos ingleses que arribaron a aquellas tierras en el siglo XVII, precisamente aquellos que creían que Dios tiene una autoridad suprema sobre los seres humanos. Eran unos disidentes respecto del poder que representaba la Iglesia Anglicana, ligada al monarca británico, y su idea en Norteamérica era constituir sociedades acordes con las enseñanzas de Jesús y en contraste con las formas, que estimaban como corruptas, de gobierno en Europa. Los puritanos nos aportaron el principio de responsabilidad individual y la idea de que ninguna instancia superior tenía derecho a entrometerse en el marco de la libertad individual fijado por Dios para servirle a Él, puesto que sólo Dios estaba por encima del hombre, ni para resolver cuestiones espirituales. De ahí el temor secular que tenían a la injerencia del Estado excesiva en el ámbito de lo privado.

La Europa continental, en cambio, no arrancó desde esos principios, ni siquiera hubo una revolución como “la Gloriosa” en la Inglaterra de 1688. Por desgracia, la ruptura con las monarquías absolutas empezó en la repugnante Revolución Francesa, la sustitución del poder del soberano por el absoluto del Estado. Allí el sistema legal era el propio hombre. Recordemos Jeremias 17:5-7: “Así ha dicho Jehová: MALDITO EL VARÓN QUE CONFÍA EN EL HOMBRE, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada. Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová”. Sería falso decir que no hemos avanzado en algunas libertades con respecto a los tiempos del absolutismo, pero, realmente, ahora lo que hacemos es sustituir unos “derechos” por otros, según determine el Parlamento como legislador ocasional en cada momento; y, aparte, para nosotros, hoy día, es totalmente normal que el Estado asuma muchas responsabilidades que corresponden al individuo.

En la próxima entrega continuamos.

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Responses

  1. Muy interesante Javier.
    Una pregunta: ¿vas a proponer una forma de gobierno biblica?

  2. Hola, Rubén.

    En las próximas entradas, en concreto, lo que voy a hacer es intentar justificar cómo la ley bíblica es una “ley de bases”, por llamarla de alguna forma, y el hombre un mero legislador delegado y ejecutivo de esa ley y cómo eso es lo que ha regido en occidente durante siglos, en tiempos bastante más libres que los actuales. Así como la tiranía individualista y la estatista nacen de la ignorancia de esta ley.


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