Posteado por: Javier | agosto 11, 2011

La sociedad y la libertad bajo el Decálogo (III)

Seguimos. Vamos a empezar a entrar ahora en un terreno un tanto espinoso en el que hay que hilar muy fino pues vamos a empezar a hablar de leyes civiles. Al enfocar la ley civil bíblica algo hay que tener muy claro: hablamos de una sociedad, una nación que hubiera aceptado a Dios como fuente legal.

Una sociedad nunca es “neutral” en cuestiones “religiosas”, sino que siempre elige a qué “dios” sirve.

Como comentaba en la entrada anterior, en toda cultura la ley es religiosa por su origen, puesto que la ley gobierna al hombre y a la sociedad, porque establece y declara el significado de justicia y rectitud, la ley establece en forma práctica los supremos intereses de una cultura. Igualmente, en cualquier cultura la fuente de la ley es el dios de esa sociedad. Si la ley tiene su fuente en la “razón” del hombre, la “razón” es el “dios” de esa sociedad. Si la fuente es una oligarquía, una corte, senado o gobernante absoluto, esa fuente es el dios de ese sistema. Por eso, por ejemplo, la ley en la cultura griega fue esencialmente un concepto religiosamente humanista. Debido a que para los griegos la mente era un ente con el orden supremo de las cosas, la mente del hombre era capaz de descubrir la “ley suprema” con sus propios recursos. El humanismo moderno, la religión del Estado, situa la ley en el Estado y hace del Estado, o del pueblo, representado por el Estado, el dios del sistema. Como dijo el dictador comunista chino Mao Tse-Tung: “Nuestro Dios no es otro que las masas del pueblo chino”.

En Occidente, la ley ha ido pasando de Dios al hombre, aunque su poder y vitalidad históricas estuvieron cimentadas durante siglos en leyes basadas en la ley suprema bíblica. Por eso, pese a los fallos, porque por muy perfecta, infalible y trascendental que sea la “fuente” de la ley, Dios en este caso, la aplicación práctica corresponde a seres humanos falibles, la sociedad occidental ha sido siempre la más justa y libre. Tenemos ejemplos tristes como la esclavitud, la de los negros en África, que no abolimos hasta el siglo XIX. Sin embargo, en menor medida en comparación con la practicada por otras culturas (en algunos lugares del mundo sigue existiendo) y siempre por abandonos temporales, precisamente, de estos principios bíblicos (ya vimos, en las entradas sobre Lincoln, cómo el puritanismo tuvo en la abolición de la esclavitud en EEUU uno de sus caballos de batalla). Pero han sido los fundamentos cristianos y bíblicos de Occidente, justamente, los que han civilizado y terminado con no pocas injusticias en todo el mundo. Justo cuando abandonamos esos principios es cuando Occidente se “tercermundiza” culturalmente hablando. Miren las revueltas de Inglaterra de estos días: la mayoría no son inmigrantes “pobrecillos” que se rebelan por lo “injustos” que hemos sido con ellos. La mayoría son chusma “blanquita” y bien blanquita, británica de origen. Y, cierto, esta escoria siempre ha existido y existirá. El problema es con qué nos defendemos hoy día de ellos: con leyes humanistas, las de “aaaay, pobrecillooooo, es la sociedad”, “es el ambiente”. Lo de estos terroristas deja de momento casi en una versión “light” lo de nuestros “indignados”, pero es lo que nos queda. Seguramente, con dos gobiernos de verdad en España y el Reino Unido, se llegaría a un acuerdo para convertir Gibraltar en un sitio al que deportar a toda esta escoria. ¡Qué tirano! ¿Cómo? ¡Todo lo contrario, imbécil! Actuar con dureza contra estos criminales no es “tiranía”. Es lucha contra la tiranía. Un criminal de esta calaña es un tirano en miniatura, con menos medios y armas que un tirano que dirija un país, pero un tirano, al fin y al cabo. Y yo a los tiranos los quiero ver: o colgados, como un Saddam Hussein, o arrastrados por el barro tras ser baleados, como un Ceaucescu.

Bueno, volvamos a lo principal.

Cualquier cambio de la ley es un cambio de religión explícito o implícito. Es más, nada revela con mayor claridad el cambio religioso en una sociedad que una rebelión legal. Cuando los cimientos legales pasan de la ley bíblica a la ideología humanística, eso quiere decir que la sociedad deriva su vitalidad y poder del humanismo, y no del teísmo cristiano. Puesto que los cimientos de la ley son ineludiblemente religiosos, ninguna sociedad existe sin un cimiento religioso o sin un sistema de ley que codifique la moralidad de su religión, sea la que sea. El Reino Unido ya que he mencionado el tema de las revueltas, es un perfecto ejemplo de esto. Teóricamente, y sobre el papel, es una nación cuyos gobernantes tienen un pacto directo con Dios, reconociendo la ley bíblica como la suprema de la nación (hay que recordar que el Reino Unido no tiene constitución escrita). La actual Reina de Inglaterra, Isabel II, en 1953, fue ungida como soberana del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte con estas palabras: “Sé tú Jefe del Estado, ungido con aceite santo, así como reyes, sacerdotes y profetas fueron ungidos: Y como Salomón fue ungido por el sacerdote Sadoc y el profeta Natán, sé bendecida y consagrada reina en los pueblos, a quien el Señor tu Dios te ha dado para regir y gobernar, En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén”. Cuestión distinta es el nivel de apostasía y descristianización actual, existente en Inglaterra (igual ocurrió en Israel e igual ocurre en EEUU), pero la existencia de este pacto entre la Corona británica y Dios es una realidad.

El propósito de la venida de Cristo fue en los términos del mismo mandato de la creación. Cristo como el nuevo Adán (1 Corintios 15:45) guardó perfectamente la ley. Como el que lleva los pecados de los elegidos por Dios para la salvación, murió para hacer expiación por sus pecados, para restaurarlos a su posición de justicia bajo Dios. A los redimidos se les llama de nuevo al propósito original del hombre, a ejercer señorío bajo Dios, a ser los que guardan el pacto, y a cumplir “la justicia de la ley” (Romanos 8:4). Como el nuevo pueblo escogido de Dios, solo que ahora diseminado por todo el mundo, en lugar de encuadrado dentro de las fronteras de una nación, a los cristianos se les ordena hacer lo que no hicieron Adán en Edén ni Israel en Canaán.

El hombre está llamado a ordenar los asuntos terrenales, en todos los ámbitos, según Dios requiere. La ley civil no se puede separar de la ley bíblica, porque la doctrina bíblica de la ley incluye toda la ley civil, eclesiástica, social, familiar, y toda otra forma de ley, con distintos encargados de administrarla (gobierno civil, iglesias, familias, individuos…) pero siempre el mismo pacto entre los hombres y Dios. El orden social que menosprecia a la ley de Dios se inmola a sí mismo, se coloca a sí mismo en el corredor de la muerte: está destinado al juicio, aunque éste pueda tardar décadas o incluso siglos.

La recopilación de toda la ley bíblica se encuentra en los Diez Mandamientos, el Decálogo. Los Diez Mandamientos son, por tanto, las leyes básicas, de las cuales las distintas leyes son ejemplos específicos. Por ejemplo, el Sexto Mandamiento es “No hurtarás” (Éxodo 20:15 y Deuteronomio 5:19). Positivamente, este Mandamiento establece del derecho a la propiedad privada, y, negativamente, castiga los delitos contra la propiedad. Al mismo tiempo, los Mandamientos Quinto al Décimo protegen un área esencial de la vida humana (sea en relación a la propiedad, la persona, la familia, el trabajo, el capital, la iglesia, el Estado,…), una protección que no procede de ninguna institución humana ni del Estado, sino de Dios. Aquí me voy a centrar en los Diez Mandamientos como “ley de bases”, pero, esencialmente, la ley bíblica es eminentemente casuística: es una ilustración de hasta qué punto debe aplicarse el principio básico. Por ejemplo, en torno al Sexto Mandamiento, “No matarás”, la “casuística” bíblica, al ordenarnos preservar la vida propia y la de los demás, por un lado, nos exige todos los estudios cuidadosos y los esfuerzos lícitos para preservar nuestra propia vida (Efesios 5:29; Mateo 10:23), y la de otros (Job 29:13; 1 Reyes 18:4) por resistir todos los pensamientos y propósitos (1 Samuel 19:4, 5; Jeremías 26: 15, 16; Hechos 23: 21, 27), sometiendo las pasiones (Efesios 4:25) y evitando todas las ocasiones (Proverbios 22:24, 25; 1 Samuel 25:32, 33; 2 Samuel 2:23; Deuteronomio 22:8), tentaciones (Proverbios 1:10, 11, 15; Mateo 4:6, 7) y prácticas que tienden a quitar injustamente la vida de alguno (1 Reyes 21:9, 10, 19; Génesis 37:21, 22; 1 Samuel 24:12; 26:9, 10, 11), etc…. y, por otro, al prohibirnos atentar injustamente contra la vida de los demás nos prohíbe el quitarnos la vida (Hechos 16:28; Proverbios 1:18; 11) o quitársela a otros (Génesis 9:6), a no ser un caso de justicia pública (Éxodo 21:14; Números 35:31, 33), de guerra lícita (Deuteronomio 20; Hebreos 11:32-34; Jeremías 48:10) o de defensa necesaria (Éxodo 22:2); la negligencia en el uso de los medios necesarios para preservar la vida o el desprecio de ellos (Mateo 25:42. 43; Santiago 2:15, 16; Eclesiastés 6:12), el enojo pecaminoso (Mateo 5:22), el odio (1 Juan 3:15; Proverbios 10:12; Levítico 19:17), la envidia (Job 5:2), etc…

Vemos claramente el alcance de la ley bíblica volviendo al Octavo, “No hurtarás” (Éxodo 20:15), en una de sus ilustraciones casuísticas: “No pondrás bozal al buey cuando trillare” (Deuteronomio 25:4). ¡Sorprendente! ¿Verdad? El grado de preocupación de Dios por los bueyes. Pero, veamos otros pasajes: “El justo se preocupa de la vida de su ganado, pero las entrañas de los impíos son crueles (Proverbios 12:10) o ” Porque la Escritura dice: no pondrás bozal al buey cuando trilla, y: El obrero es digno de su salario” (1 Timoteo 5:18). La referencia es a Levítico 19:13: “No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana” y a Deuteronomio 24:14: “No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades”. Esto fue citado por Jesús en Lucas 10:7: “El obrero es digno de su salario”. Si a Dios le preocupa hasta que se robe su comida a un buey… ¡cuánto más que se robe a una persona su sustento y su propiedad privada! Esta interpretación da Pablo al versículo de Deuteronomio: “Pues en la ley de Moisés está escrito: no pondrás bozal al buey cuando trilla. ¿Acaso le preocupan a Dios los bueyes? ¿O dícelo enteramente por nosotros? Pues por nosotros está escrito: porque con esperanza ha de arar el que ara; y el que trilla, con esperanza de recibir el fruto” (1 Corintios 9:9-10). Sin esta casuística, la ley bíblica quedaría muy desnuda de significado, sería un significado no muy distinto del que el humanismo, a través de la ley positiva del país da al hurto: la ley bíblica no busca simplemente la restitución de un orden humano, busca y tiene como propósito la restauración del orden de Dios en la tierra.

Los Diez Mandamientos, por tanto, son la recapitulación de la Ley de Dios por medio de principios generales o básicos con aplicación en todas las esferas de la vida, tanto interior como externamente, de los que fluyen las otras leyes específicas, en los cuales entraremos en la próxima entrada.


Responses

  1. http://liberalismoradical.blogspot.com/


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