Posteado por: Javier | agosto 18, 2011

La sociedad y la libertad bajo el Decálogo (IV)

Tras el receso del fin de semana y parte de esta, vamos a continuar con la cuarta, quinta y sexta parte de esta serie.

Los Diez Mandamientos aparecen en la Biblia en el capítulo 20 de Éxodo y en el 5 de Deuteronomio. Son la recapitulación de la ley de Dios. Contienen principios generales que, cuando son aplicados, tanto positiva como negativamente, producen el fruto de Su Reino en nuestras vidas personales, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras congregaciones y en nuestras naciones. Tienen aplicación en todas las esferas de la vida, tanto interna como externamente. Éstos no son meras reglas que Dios inventó para restringir al hombre, sino que fluyen de la misma naturaleza de Dios. Forman el fundamento sobre el cual debiese funcionar el universo moral y social. Los Diez Mandamientos son la ley básica de Dios que contiene principios amplios de los que fluyen otras leyes específicas. Ejemplos de algunas de estas leyes específicas, o leyes casuísticas, como hemos visto en la anterior entrada, pueden verse en varias partes de los libros de Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

Posiblemente, en algún momento posterior, entre más en profundidad en algún Mandamiento concreto, pero ahora vamos a hacer un recorrido general, aunque no sea exhaustivo, por todos. Espero que estas siguientes entradas sean un poco aclaratorias. A mi amigo Alfredo y a mí alguna vez nos han tachado de querer “lapidar gays”. Vamos a ver ahora la imbecilidad y catetada que es esta opinión, fruto de mentes faltas de conocimiento bíblico y, de lo más importante, de moral; demasiado afectadas por la marihuana y otros estupefacientes.

PRIMERO.- YO SOY JEHOVÁ TU DIOS, QUE TE SAQUÉ DE LA TIERRA DE EGIPTO, DE CASA DE SERVIDUMBRE. NO TENDRÁS DIOSES AJENOS DELANTE DE MÍ

El prólogo a los mandamientos está declarado en Éxodo 20:1-2, en el cual se revela que Dios es nuestro SEÑOR, nuestro salvador y libertador. Él es el único Dios verdadero – “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Deuteronomio 6:4) – por lo tanto, no hemos de tener otros dioses delante de Él. Cualquier otro dios sería una mera invención del hombre.

Este “preámbulo” a los Diez Mandamientos introduce la ley como un todo. En esta declaración Dios se identifica, primero, como el SEÑOR, el Absoluto y  Autoexistente. Segundo, le recuerda a Israel que él es su Salvador, y que por tanto la relación de ellos con Él (“tu Dios”) es de gracia. Dios escogió a Israel, y no Israel a Dios. Tercero, la ley se da al pueblo de gracia. Todos los hombres ya están juzgados, caídos y perdidos; todos los hombres están bajo la ira de la ley, hecho que subrayaba el temblor de la montaña y la muerte del que se acercara sin santificación (Éxodo 19:16-25). La ley se da a las personas salvadas por gracia como su medio de santificación, para definir el privilegio y la bendición del pacto. Cuarto, se deduce, entonces, que la primera respuesta a la gracia, así como también el primer principio de la ley, es este: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. 

En Deuteronomio 6:1-3, dice Moisés a los hijos de Israel: “Éstos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios manda que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres”. El propósito al dictar estos mandamientos es despertar el temor a Dios, y que el temor estimule la obediencia. Debido a que Dios es Dios, el absoluto Señor y Legislador, el temor a Dios es la esencia de la cordura y el sentido común. Apartarse del temor a Dios es carecer de todo sentido de realidad. Es, por consiguiente, necesario conservar este temor, consistente en obediencia respetuosa y en la salvaguarda del pacto, no en la obediencia servil, de generación en generación. En Deuteronomio 6:4-9 llegamos a una declaración central y básica del primer principio de la ley: “Oye, Israel: Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es. Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. Se las repetirás a tus hijos, y les hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes. Las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”.

La diferencia de la ley de Dios con respecto a la ley humanista es sustancial: hay un solo Dios y una sola ley. Él es la fuente de esa única ley, Dios es el factor unificador. En cambio, el politeísmo (y el humanismo es uno de los credos que forman parte de este politeísmo) nos lleva a que lo que vemos no tiene como presuposición al Único Dios con lo que diferentes sistemas legales fluyen de distintos dioses, tantos como haya. El hombre, así, puede estar sometido tanto a un señor como a otro, pues hay diversos dioses, distintos señores. ¿Cómo se somete el hombre a un sistema legal concreto cuando hay varios en conflicto? Por medio de la fuerza, del imperialismo. El positivismo legal moderno, cuyo máximo apóstol fue, en el siglo XX, el malvado Hans Kelsen, niega la existencia de todo absoluto: es hostil, debido a su relativismo, al concepto de un universo y de un universo de leyes. En lugar de eso, para el positivismo, lo que existen son las sociedades de hombres, cada una con su orden de ley positivo, y cada orden de ley carece de validez absoluta o universal. La ley de los estados budistas es válida para las naciones budistas, la ley islámica para los estados musulmanes, las leyes del pragmatismo para los estados humanísticas, etc., pero, desde el relativismo, se alega que ninguno tiene el “derecho” de afirmar que sus leyes representen la verdad en sentido absoluto. Esto, por supuesto, está en contra de la declaración bíblica de que el orden de Dios es absoluto y absolutamente obligatorio para los hombres y las naciones; incluso niega la existencia de una ley absoluta, con lo que solo será posible una ley impuesta por la fuerza, cuya validez se basará en la imposición mediante la coerción por parte de otros hombres. Vemos aquí la diferencia con la ley bíblica, en la que la coacción básica Dios mismo se la reserva: “Besad al Hijo, porque no se enoje, y perezcáis en el camino, Cuando se encendiere un poco su furor. Bienaventurados todos los que en él confían” (Salmos 2:12) o “Y los reyes de la tierra, y los príncipes, y los ricos, y los capitanes, y los fuertes, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y escondednos de la presencia del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero, Porque el gran día de su ira es venido; ¿y quién podrá estar firme?” (Apocalipsis 6:15-17). La ley bíblica es la declaración de un orden moral absoluto al cual el hombre debe avenirse. Debido a que Dios es uno, la verdad es una, la única ley tiene coherencia interna. La unidad de la verdad aparece en la unidad y coherencia de la ley. En lugar de ser estratos de diversos orígenes y utilidad, la ley de Dios es esencialmente una palabra, un todo unificado. Por eso Su ley es aplicable a distintos ámbitos de la vida del hombre, tanto individuales, como colectivos.

¿Totalitarismo? ¡No! En el totalitarismo es en lo que deriva la ley humanista secular. El humanismo, como he dicho en las entradas anteriores, siempre es excluyente, como sistema de ley que es no puede convivir con otros, no es neutral, como predica con tanto énfasis. Aquí la fuente es Dios y Su ley es la definición de la justicia, de lo que es correcto. Los poderes terrenales no son más que poderes delegados, ejercen sus funciones por delegación de Dios, en quien tienen su fuente de legitimidad. La ley define a los miembros legítimos e ilegítimos de la sociedad. Declara quién es un “renegado”, es decir, quién está fuera de la ley. Cada institución en la que Dios delega poder ejecutivo dentro de su jurisdicción tiene poder para corregir y castigar a quienes quebranten la ley. Para aquellos acusados de ser culpables de quebrantar la ley, la Biblia provee algunas directrices de seguridad y principios de “seguridad jurídica”: una persona es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad y son necesarios dos o tres testigos para destruir su presunción de inocencia. No es suficiente un solo testigo (Números 35:30: “Cualquiera que hiriere á alguno, por dicho de testigos, morirá el homicida: mas un solo testigo no hará fé contra alguna persona para que muera”, o Deuteronomio 17:6: “Por dicho de dos testigos, ó de tres testigos, morirá el que hubiere de morir; no morirá por el dicho de un solo testigo”).

Para el hombre moderno, con una visión humanista o evolucionista de la ley, evidentemente, cada hombre es su propio sistema de ley, porque no hay una ley absoluta y global. El resultado final de esta idea de cada hombre siendo ley para sí mismo es la anarquía. El imponer por la fuerza una ley sobre todos requiere el imperialismo por parte de aquellos que se hallan en autoridad. El gobierno civil se hará cada vez más grande, fuerte y más impertinente y entrometido en los asuntos de los ciudadanos. Usurpará la autoridad y las responsabilidades del individuo, la familia, la iglesia, los negocios, etc.

El resultado es la pérdida de libertad. Hoy, el Occidente, érase una vez cristiano, se pudre a sí mismo bajo la violencia del aborto y la eutanasia, el azote de la homosexualidad, el materialismo humanista (nada que ver con la acumulación, cristiana protestante y bíblica, de riqueza ordenada a servir a Dios), la coerción del socialismo, la usurpación de la responsabilidad familiar y paterna a través de la educación “pública”, el caos del activismo imperialista judicial buscando diseñar nuevos “derechos” para determinados colectivos, la legislación en función de los gustos y deseos particulares de sodomitas o lesbianas y la injusticia de un multiculturalismo y un sexismo feminista forzados. Esto es el fruto del abandono del cristianismo bíblico. El Occidente actual está en franca rebelión contra Dios y ejerciendo el discipulado de Jean Jacques Rousseau y Maximiliem de Robespierre. Rousseau fue un personaje particularmente venenoso y odioso. Su credo básico: el Estado te libertará de la responsabilidad hacia todas las instituciones no coercitivas humanas como la familia, la iglesia y los negocios, si solamente te sometes tú mismo a la coerción del Estado. Es la antesala del socialismo, los modernos socialistas, izquierdistas o derechistas, que existen dentro de todos los partidos políticos, son los hijos intelectuales de Rousseau. Vemos la sustitución de la responsabilidad por la coerción, llevada al máximo nivel. Adán fue el primer hombre en pedir esto a gritos en el Huerto del Edén, pero nosotros, sus descendientes, ni muchísimo menos nos quedamos cortos.

En comparación con épocas de avivamiento de la fe y predicación del Evangelio, unidas al florecimiento de la libertad, como la Reforma Protestante, a través de los siglos XVI y XVII, o el siglo XIX, en otras épocas de la humanidad, los regímenes políticos más depravados, violentos y asesinos en la historia de la humanidad han sido furiosamente anti-cristianos: el humanismo pagano primitivo del antiguo Egipto, Babilonia, Persia, Grecia y Roma, y el humanismo sofisticado secular del absolutismo eclesial inquisitorial, la Francia revolucionaria, la Unión Soviética, la China comunista, la Alemania nazi, la Italia fascista y otros modernos estados seculares. El humanismo es y siempre ha sido una receta para el terror y la tiranía política.

La única esperanza para el retorno de la libertad política y la sociedad libre es EL RETORNO AL CRISTIANISMO BÍBLICO. La Biblia es la única opción para ser verdaderamente libres, lejos del totalitarismo o del caos anárquico: no es el envoltorio de una sociedad libre, es el nutriente que la sustenta. NO HABRÁ LIBERTAD NI LIBERALISMO SIN DIOS.

Hasta aquí el “Preámbulo” del resumen de la Ley bíblica recogido en los Díez Mandamientos y una introducción imprescindible, pues en el mismo se encuentra la esencia de en qué consiste el sistema legal bíblico. El análisis de los siguientes mandamientos ya será algo más breve y conciso, pero bastante esclarecedor.

Sean bendecidos por el Señor y disfruten de esta noche veraniega en nuestra patria.

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Responses

  1. caidos y perdidos todos los hombres estan bajo la ira de la ley hecho que subra-. hombre no puede por consiguiente estar bajo una ley excepto por medio del.

  2. […] Agosto. La sociedad y la libertad bajo el Decálogo (IV) […]


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