Posteado por: Javier | agosto 19, 2011

La sociedad y la libertad bajo el Decálogo (V)

II.- NO TE HARÁS IMAGEN NI NINGUNA SEMEJANZA DE LO QUE ESTÉ ARRIBA EN EL CIELO, NI ABAJO EN LA TIERRA, NI EN LAS AGUAS DEBAJO DE LA TIERRA. NO TE INCLINARÁS A ELLAS, NI LAS HONRARÁS; PORQUE YO SOY JEHOVÁ TU DIOS, FUERTE, CELOSO, QUE VISITO LA MALDAD DE LOS PADRES SOBRE LOS HIJOS HASTA LA TERCERA Y CUARTA GENERACIÓN DE LOS QUE ME ABORRECEN, Y HAGO MISERICORDIA A MILLARES, A LOS QUE ME AMAN Y GUARDAN MIS MANDAMIENTOS

El Segundo Mandamiento, contenido en Éxodo 20: 4-6 y Deuteronomio 5: 8-10, prohíbe cualquier forma de idolatría. El Primero establece que Dios es el Señor, el Único Dios, y el Segundo fabricar con tus manos un dios alternativo al Señor al que adores como si éste “dios” fuera tu señor. Atención a esto puesto que la idolatría evidente y conocida es la referida a estatuas que pretenden representar a “cristo” o a cualquier otra “divinidad”. Pero hay muchas formas sutiles de idolatría. Ya hemos visto antes que el hombre, si no tiene como fuente de ley a Dios, tendrá como fuente a otro “dios” al que idolatrará. Igualmente, la Biblia es totalmente teocéntrica. O Dios es el centro de cada aspecto de la existencia humana o lo será alguna cosa mundana que ocupara, para el idólatra, la posición central como “dios”, al menos en ese ámbito concreto de la vida. Pero, como ya vimos, la ley de Dios, siendo única para todas las parcelas de la vida, como para todas las instituciones humanas, lleva a que el rechazo de la misma en cualquier ámbito sea un rechazo total de la misma.

Así, dice el apóstol Pablo, en Efesios 5:5 que “Ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios”. De nuevo en Colosenses 3:5 se dice que “la avaricia es idolatría”.

El sexo depravado (o “animalizado”), tanto hetero como homosexual (incluso el bestialismo, el transexualismo, el travestismo, etc.), ha sido otro de los mayores ídolos que se ha construido la humanidad. Los apóstoles del modernismo ven eso como algo muy “modelno”, la conocida “liberación sexual”, cuando la realidad es que es algo tan antiguo como el hombre, no hay más que echar un vistazo a muchas sociedades paganas del mundo antiguo, en los que el sexo más degenerado frecuentemente estaba unido a no pocos de sus ritos religiosos. La frecuentemente estrecha conexión entre el sexo y la religión se puede encontrar en los cultos de fertilidad que se hallan en todas partes del mundo, pasado y presente. Esta relación se declara, de hecho, en la Biblia, como atributo de las religiones falsas. Pablo declara de los hombres no regenerados por la gracia de Dios: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Romanos 1:22-25). La degeneración religiosa se penaliza con el abandono a la inmoralidad: el pecado en el ámbito religioso se castiga con el pecado en la esfera moral. No es extraño que cuanto mayor sea la rebelión contra Dios en una persona, más entregada esté al vicio en la esfera sexual. El desagrado de Dios se expresa en su abandono de las personas preocupadas por el cultivo más intenso y agravado de las lujurias de sus propios corazones con el resultado de que ellas cosechan por sí mismas un costo correspondientemente mayor de venganza retributiva. La relación entre el sexo y la religión es, pues, real; es un aspecto de la revuelta del hombre contra Dios. Cuando el hombre se vuelve a la adoración propia, acaba adorando su propio vicio sexual. Al rehusar reconocer el poder de Dios como Señor y Creador, adora sus propios poderes genitales como creadores. El hombre deja de pensar que Dios es el generador de vida, piensa que él mismo es ese generador, convierte en sus ídolos las partes de su cuerpo que él entiende que son los generadores supremos de la vida: su pene y testículos, o su vagina y ovarios. Los erige como ídolos, los adora y llegan a ser el centro de su vida.

Cualquier cosa mundana en torno a la cual gire nuestra vida se convierte en un ídolo. El profeta Habacuc dice: “¿De qué sirve la escultura que esculpió el que la hizo? ¿La estatua de fundición que enseña mentira, para que haciendo imágenes mudas confíe el hacedor en su obra?” (Habacuc 2:18). El moderno hombre Occidental no pensaría en hacer becerros de oro, erigiéndolo en su sala y arrodillándose delante de él. Lo que hace es mucho más sutil. Los humanistas son sofisticados hacedores de ídolos. Son como la persona que esculpe un ídolo y la adora – confían en la obra de sus manos. Crean sus propias leyes, se inventan sus propios sistemas de valores, forman sus propios sistemas gubernamentales y educativos, y los adoran, confiando en que son “dios” (aquello que es correcto y verdadero). Dios es la fuente de lo correcto y verdadero, pero ellos, en su rebelión, sustituyen, para sí mismos, a Dios por lo que entienden que es “correcto y verdadero”, según su propio criterio. Pueden hacer esto, pero no es demasiado inteligente, pues si no se basa en la verdad de Dios, conducirá a la ruina. Tal adoración de ídolos produce esclavitud, no libertad. En un nivel personal, debemos acercarnos y adorar a Dios en Sus términos, no en los nuestros.

Aquellas sociedades que consienten la idolatría están cometiendo suicidio social. Por supuesto, en el Israel bíblico, la idolatría era una ofensa capital puesto que era una ofensa contra Dios. La vida de una sociedad es su religión, y si tal religión es falsa dicha sociedad se encamina a su propia destrucción. Muchas sociedades, durante siglos, han considerado una ofensa capital la traición a un rey humano absoluto. Desde hace pocos siglos, la ofensa capital es la traición al Estado. Sin embargo, en la ley bíblica la ofensa capital es la idolatría, la traición al Rey Soberano, al Dios Todopoderoso (Deuteronomio 17:2-7). El hombre moderno, con toda naturalidad, ve punible la traición al Estado, pero no la traición a Dios. Es más, se llevaría las manos a la cabeza si se plantease la punibilidad de la traición a Dios (justo Aquel a quien había traicionado el rey de Inglaterra, antes de las revoluciones inglesas del siglo XVII y de la Revolución Americana).

Hoy día estamos inmersos en una crisis legal que se origina por el hecho de que la base moral de la ley de la civilización occidental ha sido la ley bíblica, pero ahora se ve suplantada por la fe humanista. La antigua ley, en consecuencia, no es entendida, no es obedecida, ni se hace cumplir. La “nueva” ley es la ley de cada individuo, y cada vez más lleva al anarquismo y al totalitarismo. La ley humanista actual no es operativa en temas de moralidad en los que la sociedad casi en su totalidad no está imbuida de un sentido de pecado: este modernismo humanista legislativo defiende que la ley está completamente “desligada de la moral”. Como si acaso toda ley no tuviera un sistema moral, detrás de ella, como generador de la misma.

En el Israel bíblico la pena de muerte NO era para la incredulidad o por la herejía personal, por tener una opinión equivocada, sino para aquellos que activamente reclutaban a otros para la idolatría y para que siguieran otro orden de ley, y por consiguiente, que socavaran el sistema legal de la nación (Deuteronomio 17:2-5: “Cuando se hallare entre ti, en alguna de tus ciudades que Jehová tu Dios te da, hombre, ó mujer, que haya hecho mal en ojos de Jehová tu Dios traspasando su pacto, que hubiere ido y servido á dioses ajenos, y se hubiere inclinado á ellos, ora al sol, ó á la luna, ó á todo el ejército del cielo, lo cual yo no he mandado; y te fuere dado aviso, y, después que oyeres y hubieres indagado bien, la cosa parece de verdad cierta, que tal abominación ha sido hecha en Israel; entonces sacarás al hombre ó mujer que hubiere hecho esta mala cosa, á tus puertas, hombre ó mujer, y los apedrearás con piedras, y así morirán”, se necesitaban dos o tres testigos para alcanzar una condena). Es como aquellos que en la actualidad conspiran y reclutan a otros para derrocar al gobierno de la nación mediante un golpe de Estado, minando la seguridad del país.

Cuando las leyes de un país son contrarias a la ley bíblica, está haciendo adorar ídolos a la sociedad. Las leyes por las que se rija una sociedad no pueden elevar su nivel de fe y moralidad, sin embargo, son fiel reflejo de en qué tenga puesta su fe y cuál es su nivel moral. Las leyes pueden violar la ley de Dios puesto que pueden convertirse en el “dios” de la gente. La ley de Dios tiene el propósito de preservar el orden de Dios y proteger al pueblo de Dios y, al igual que cualquier tipo de ley, su violación requiere castigo para poder mantener un orden piadoso. El gobierno debe tolerar otras religiones pero no debe promoverlas puesto que, en ese caso, como vemos hoy día en nuestros países, esa sociedad caerá en la confusión y en la anarquía, y necesitará un fuerte gobierno centralizado para mantener el orden. Esto no quiere decir que el gobierno civil debiese dictar las creencias, pues no puede, pero el gobierno civil no debiese fomentar las religiones y las ideas falsas (a través de sus escuelas o por cualquier otra vía, medios de comunicación, etc…). En una sociedad regida por la ley de Dios (en una regida por el humanismo también, con la diferencia de que esto no escandaliza a nadie) no es un crimen ni una infracción tener otras creencias ni sostener otras ideas, sino el activismo dirigido a socavar el orden legal. En nuestro Código Penal tenemos un Título llamado “De los delitos contra la Constitución”. En nuestro sistema legal humanista la Constitución en la cúspide del sistema de ley. En una sociedad bíblica lo es Dios y Su ley. El ataque a nuestra Constitución es un ataque a la nación. En una sociedad bíblica lo es el ataque a Dios.

No sé si ahora se entenderá porque por aquí JAMÁS se ha defendido castigar penalmente a alguien por el mero hecho de ser homosexual o por sostener una opinión favorable a la misma. Lo que no hará un gobierno que se base en fundamentos cristianos (la legislación occidental en casi todos los países hasta hace pocos años, a partir de los 60 comenzó la degeneración) es promocionar públicamente la inmoralidad ni consentirla en el ámbito público. Hasta 1988, nuestro mismo Código Penal, como el de otros países, recogía una regulación más amplia que la actual de los delitos de escándalo público. Hoy día ese delito ya no existe, sino los denominados “delitos de exhibicionismo y provocación sexual”, cuyas víctimas solo pueden ser menores e incapaces. El gobierno, si respeta la ley bíblica, igual que no puede promocionar, en sus leyes no puede permitir estos actos de inmoralidad en público, sean hetero u homosexuales. En los EEUU la homosexualidad no fue legal a nivel federal hasta el año 2003. De hecho, tras la declaración de independencia, en 1776, y hasta varios años después, los estados mantuvieron las leyes de sodomía heredadas de la época de las trece colonias, que generalmente preveían la pena de muerte para los actos homosexuales entre hombres, aunque en la práctica solo hubo ocho ejecuciones y por violaciones por medio. Pero, ¿había menos libertad en aquellos tiempos que hoy día? Evidentemente, no. Muchos admirarán a los Padres Fundadores y, sin embargo, se horrorizarían al conocer ese detalle, que en los EEUU de aquella época, con respecto a este tema, la legislación penal contenía este precepto bíblico (“Y cualquiera que tuviere ayuntamiento con varón como con mujer, abominación hicieron: entrambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre”, Levítico 20:13). No se castigaba la homosexualidad en sí o una idea favorable a un estilo vicioso de vida, sino la práctica y difusión de la misma. También es cierto que aquellos EEUU eran casi 100% cristianos y bíblicos (por no decir 100% del todo y, fíjese, engendraron la primera democracia liberal, mire por donde). En el Reino Unido, todavía en los 80, Margaret Thatcher, redactó la famosa Sección 28 que prohibía la promoción pública de la homosexualidad, eliminada por los laboristas de Antonio Blair. La ley penal estadounidense respondía al mandato de una sociedad 100% bíblica. Hoy día esto no es así ni de lejos. Ni allí, en los USA, ni muchísimo menos en España. La ley de Dios siempre castigará el adulterio, el incesto, la sodomía, la bestialidad, etc… por los siglos de los siglos hasta el día del Juicio Final. Una sociedad post-cristiana, como la nuestra, en sus leyes civiles, no.

Hoy la tendencia es justo la contraria, la promoción de religiones y enseñanzas, de sistemas de ley, contrarios a la verdad Piadosa. Esto siempre conduce a la anarquía. Toda religión promueve algún orden de ley. El humanismo afirma que promociona estas religiones falsas porque es “plural” y “neutral”. FALSO. La meta es expulsar la ley de Dios como fuente de la legitimidad normativa. El Estado está limitado en sus áreas de operación, pero, sin embargo, hoy, las naciones están muy activas en el respaldo y la promoción de religiones, muy lejos de sus jurisdicciones bíblicas, por medio de la educación pública estatal, sobre todo, el arma de destrucción masiva del humanismo. En las escuelas públicas nuestros hijos reciben horas y horas de humanismo secular, de sistema legal humanista secular, de una cosmovisión ajena a Dios como presuposición.

La expulsión de la pena de muerte de los ordenamientos jurídicos occidentales es otro de los ejemplos de esta promoción de la idolatría por parte del Estado. El gobierno civil se arroga una posición de “hipermoralidad” mediante la abolición de la pena de muerte. En los EEUU, ni siquiera el gobierno federal ni, en muchos casos, los gobiernos estatales, sino los tribunales, metidos a legisladores, fuera de sus estrictas funciones, están “purgando” la pena capital de las legislaciones, fuera de todo proceso democrático. El abolicionismo parte de una premisa moral, que, evidentemente, es considerada por sus seguidores como muy superior moralmente a la Verdad bíblica, idolatra un sistema moral, un sistema de ley, ajeno a la ley bíblica y que se encuentra en claro conflicto con éste.

El principio básico de la pena de muerte se encierra y se manifiesta en la muerte redentora de Cristo: claramente aquí se pone de relieve que la pena por la traición a Dios por parte del hombre y su alejamiento de la ley de Dios supone una muerte sin remisión. La sangre del altar en el cual eran sacrificados los machos cabríos sin defecto, en el Antiguo Testamento, y el hecho mismo del altar, imagen, en el pacto veterotestamentario, de la Cruz del Calvario, constituyen, pues, una declaración de la necesidad de la pena de muerte. Oponerse a la pena de muerte, tal como viene prescrita en la ley de Dios, es, en consecuencia, oponerse a la Cruz de Cristo, la que establece, en el Nuevo Testamento, y con eficacia eterna, el principio de la pena de muerte, el nuevo altar. La pena de muerte encierra la vida, como el altar es una declaración de vida: manifiesta que nuestra vida descansa en la muerte de Jesucristo. Si en esto se rechaza la ley de Dios, “la tierra será contaminada, Dios visitará su maldad y la tierra vomitará a sus moradores” (Levítico 18:25). La observancia de la pena capital, en conformidad con la Revelación, limpiará la tierra del mal y será de protección al justo: y “así quitarás el mal de en medio de ti” (Deuteronomio 21:21).

Nuestras sociedades, nuestros gobernantes y nuestras legislaciones se encuentran en una franca rebelión contra Dios al expulsar la pena de muerte de sus ordenamientos, además de en una dejación de funciones a la hora de procurar una sociedad segura. El rechazo de la pena de muerte implica una demanda de vida para el malvado. A los malvados se les otorga el derecho a matar, a secuestrar, a violar y a quebrantar la ley y el orden. Igualmente, se les garantiza que la pena de muerte no caerá sobre ellos. Al asesino se le concede el derecho a matar sin que pueda temer por su vida; mientras que a la víctima, o víctimas potenciales, se les priva del derecho a la vida.: “Y no tomaréis precio por la vida del homicida, porque está condenado a muerte; indefectiblemente morirá. Y no contaminaréis la tierra donde estuviereis; porque esta sangre amancillará la tierra, y la tierra no será expiada por la sangre que fue derramada en ella, sino por la sangre del que la derramó. No contaminéis, pues, la tierra donde habitáis, en medio de la cual yo habito; porque yo Jehová habito en medio de los hijos de Israel” (Números 35:31-34).

Realmente, es curioso cómo la pena de muerte siempre se pone en relación, por sus detractores anticristianos, con el Sexto Mandamiento (“No matarás”), cuando, en relación, no ésta relacionada con éste, sino con el Segundo, como acabamos de ver.

La ley de Dios es imparcial y parcial. Es imparcial en que todos tenemos igual posición ante la ley e igual beneficio de ella. En Israel, el extranjero estaba protegidos por la ley (Éxodo 12:49), aunque, por supuesto, no podía imponer “su ley”. Pero es parcial en el hecho que protege el orden Piadoso y al pueblo de Dios. En la ley bíblica, ni el igualitarismo ni la oligarquía tienen fundamento alguno. Como dador de la ley, Dios hizo del pacto con Él el principio de la ciudadanía. Los únicos ciudadanos son los que están en el pacto con Dios. El factor predominante en Israel era el de una ley aplicable para todos -sin consideración de creencia u origen nacional, o lo que es lo mismo: la exigencia absoluta de justicia para todos sin distinción de personas-. Como vimos en la primera entrada de la serie, la realidad de las distinciones locales de cada una de las tribus israelitas no podían ser borradas a expensas de la unidad fundamental y última, que no puede confundirse con una idea de uniformidad. La ciudadanía dependía de criterios restrictivos. No busquen porque no encontrarán en la Biblia criterios igualitaristas, salvo en el hecho de la necesidad que todos tenemos (seamos hombres, mujeres, blancos, negros, amarillos, altos, bajos, guapos, feos, gordos, flacos,…) de Jesucristo para nuestra salvación. El igualitarismo es un concepto político religioso moderno, un producto del humanismo, del culto a un nuevo ídolo: el hombre, y de una nueva imagen esculpida por la mente humana. Como norma religiosa, política y económica, es un producto de la era moderna, no se encuentra en la fe bíblica.

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Responses

  1. Algo que no entiendo Javier:

    “El principio básico de la pena de muerte se encierra y se manifiesta en la muerte redentora de Cristo”

    Pero la pena de muerte ya viene especificada en el AT, antes de la pasión y muerte de Cristo. No entiendo bien esto, ¿no se justifica ya bíblicamente en el AT? De hecho, si Cristo no condenó nunca la pena de muerte fue por la misma razón, porque venía contemplada en la Escrituras, y entonces las Escrituras sólo era el AT.

  2. Hola, Rubén:

    Sí, Jesucristo por supuesto que ratifica todas las enseñanzas del Antiguo Testamento (aunque algunos “iluminados” ignorantes digan que se oponía a los fariseos “derogando el AT, todo lo contrario, les recriminaba justamente que no aplicaban la ley en los términos del AT), sin embargo, entiendo que la muerte de Cristo es algo eterno, no es una cuña en el tiempo, con efectos eternos, de hecho, la eficacia de los sacrificios de la ley de Moisés no está en la muerte de los animales, sino en la propia muerte de Cristo, es la que da eficacia salvadora a la fe y la obediencia de todos los creyentes, los del AT incluidos.

    Por eso, defender que la pena de muerte es injusta o cruel es como decir que Cristo no tenía que expiar con Su muerte los pecados de los creyentes y que estamos en un plano de moralidad superior a Dios. Que lo hagan incrédulos, mira, tiene su explicación, pero mucho menos que lo hagan algunos cristianos.

  3. Cuando os dareis cuenta de que el crsitianismo es uno de los peores enemigos del liberalismo, diversos Papas persiguieron a los liberales en el siglo XIX.

    Muerte al Estado y toda ley y patria, y que viva el Liberalismo.

  4. Liberal Radical:

    Qué pesado y que repetitivo es usted con el librillo de tres o cuatro frases de Rothbard que compró el domingo pasado en el rastro, frases que ya nos las sabemos todos y, por tanto, no cuelan.

    Y, sobre el Papa, a ver si se entera que yo NO SOY CATÓLICO, ilustrese un poco más y deje de hacerse pajas imaginándose esas guarradas del marqués de Sade que tanto dice que le gustan.

    Recuerde que su ídolo, a fines del siglo XVIII, se montó una orgía en Marsella, utilizando un potente afrodisíaco conocido como cantárida (que se extrae de un coleóptero y su efecto es inflar los genitales pero, a la vez inflama los riñones y el hígado, con lo que, si se abusa, hasta puede causar la muerte). Para que pasase desapercibido, y puesto que este afrodisíaco puede mezclarse fácilmente en la comida o bebida, decidió que fuera en la cena donde utilizarlo. Al marqués se le fue la mano: utilizo gran cantidad y fueron muchos los muertos y enfermos como resultado de tal cena. La dosis mortal de la cantárida es de dos centigramos, lo que hizo que la cena se convirtiera en una orgía mortal.

    Luego se libro del cadalso que hubiera merecido gracias a sus influencias en la nobleza y la Justicia francesa, o sea, que los anarkas de ayer y de hoy, mucho “ESTAO MALO, MALO!!”, pero cada vez que la cosa se pone fea, “AYUDAMEEE, ESTAO, AYUDAMEEE!!”.

  5. […] que comisiona al hombre como ejecutor de Su justicia (ya lo expliqué en estas entradas de agosto: https://lavozliberal.wordpress.com/2011/08/19/la-sociedad-y-la-libertad-bajo-el-decalogo-v/  […]


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