Posteado por: Javier | agosto 29, 2011

La sociedad y la libertad bajo el Decálogo (VII)

VI.- NO MATARÁS

Seguimos y llegamos al Mandamiento favorito por parte de los anticristianos (y de algunos “cristianos” carnales, así como de catoli-cutres, cuando, hasta hace dos días, la propia Iglesia Católica Apostólica y Romana apoyaba la pena de muerte) para oponerse a la pena capital. En buena medida, les remito a una entrada anterior, aunque canse un poco estar hablando 23.000 veces de lo mismo. Estos días estoy teniendo la oportunidad de hablar con muchos cristianos reformados y todos aceptan la institución de la pena capital como parte del orden de Dios. Será que están equivocados, no tendrán ni puñetera idea, y los humanistas, muchos de los cuales ni habrán abierto la Biblia en su vida y el Jesús que conocerán será Jesucristo Superstar, y no el Jesús bíblico, estarán en lo cierto…

El Sexto Mandamiento no solamente prohíbe el ASESINATO (NO imponer la pena de muerte a ciertos criminales o matar al enemigo en una guerra justa y legítima), sino que afirma la santidad de la vida humana. Las leyes de Dios protegen la vida, siendo un bien tan valioso para Dios que Él declara que si se toma una vida, se requiere una vida (Números 35:29-34: “Y estas cosas os serán por ordenanza de derecho por vuestras edades, en todas vuestras habitaciones. Cualquiera que hiriere á alguno, por dicho de testigos, morirá el homicida: mas un solo testigo no hará fé contra alguna persona para que muera. Y no tomaréis precio por la vida del homicida; porque está condenado á muerte: mas indefectiblemente morirá. Ni tampoco tomaréis precio del que huyó á su ciudad de refugio, para que vuelva á vivir en su tierra, hasta que muera el sacerdote. Y no contaminaréis la tierra donde estuviereis: porque esta sangre amancillará la tierra: y la tierra no será expiada de la sangre que fué derramada en ella, sino por la sangre del que la derramó. No contaminéis, pues, la tierra donde habitáis, en medio de la cual yo habito; porque yo Jehová habito en medio de los hijos de Israel”.). Esto, claro está, debe hacerse basado en la ley de Dios y de una manera bíblica. Por supuesto, deben existir garantías procedimentales, a diferencia de la pena muerte aplicada por regímenes totalitarios y satánicos como los islámicos, o de tiranías comunistas como Cuba o Corea del Norte. Más de un estúpido compara la pena de muerte que se aplica en EEUU, de inspiración bíblica en sus orígenes, y que busca la seguridad de la sociedad y el castigo del criminal, con la que se aplica en estos regímenes y cuyo fin suele ser la destrucción física del disidente religioso o político, sin ni una sola de las garantías procesales que exige la Biblia. Con tal patulea de necios hemos de lidiar.

Números 35:30 declara que: “Cualquiera que diere muerte a alguno, por dicho de testigos morirá el homicida.” Si esto no se hace la tierra será contaminada, puesto que se habrá consentido la existencia de maldad sobre la tierra (Números 35:33-34). La obligación de extirpar el mal de la tierra era una de las obligaciones del pacto de Dios con Noé, como remanente de la humanidad raída de la tierra por el Diluvio. En Génesis 9:5-6 leemos: “Porque ciertamente demandaré la sangre de vuestras vidas; de mano de todo animal la demandaré, y de mano del hombre; de mano del varón su hermano demandaré la vida del hombre. El que derramare sangre del hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque á imagen de Dios es hecho el hombre”. El hombre porta la sagrada imagen de Dios (ver entrada anterior), por eso, Su ley requiere la vida de quien destruya injustificadamente y de forma dolosa la vida de otro hombre. No solo eso, sino que sea el propio hombre el ejecutor, como delegado que es de la soberanía divina sobre la tierra.

Como he dicho, en relación al Segundo Mandamiento, el pensamiento humanista secular pretende colocar el concepto humano de “justicia” por encima del de Dios. Pretende erigir un sistema de ley propio como ídolo y adorarlo.

La Biblia no prescribe la manera de ejecución por homicidio, pero la estructura de Génesis 9:6 sugiere que la manera de ejecución debiese corresponderse a la manera como el homicida llevó a cabo su nefasta acción. Nuestra actual obsesión de hacer que una ejecución sea tan fácil e indolora para el homicida como sea posible (por ejemplo, mediante la inyección letal) no está en conformidad con Génesis 9:6 (algo que, en los EEUU, está tupiendo los tribunales, en un intento de cortocircuitar todo lo posible la aplicación de la pena capital). Por ejemplo, si un hombre asesinó con un arma, ¿no sería un escuadrón de fusilamiento un medio apropiado de ejecución? Si un hombre asesinó por estrangulamiento, ¿no sería la horca una manera adecuada para que el homicida muera? Si un hombre ha asesinado a su “hermano” con un cuchillo, ¿no sería la muerte por espada su recompensa justa?

La ley bíblica también hace una distinción entre el asesinato y el homicidio sin premeditación. Aquellos que matan deliberadamente (con ira o con premeditación) son dignos de muerte. Por el contrario, aquellos que matan a otro hombre no teniendo intención de dañarle no son dignos de muerte (Éxodo 21:12-14, Números 35:11, 22-28;, Deuteronomio 19:4-10) y, es más, en la ley bíblica se señala la obligación de establecer “ciudades de refugio” para los homicidas accidentales, en caso de que tengan que huir del “vengador de la sangre”.

Uno de los principales argumentos contra la pena de muerte hoy día es que los hombres “pueden errar” en su uso y mandar a la muerte a un inocente. El que esto pueda pasar es una terrible posibilidad. Sin embargo Dios, quien designó al hombre para ejecutar a aquellos que sean dignos de muerte sabía que en algunos casos los hombres errarían. La perfección no es alcanzable por los hombres falibles en ninguna área de la vida, aún así los hombres deben actuar si es que la vida va a continuar. Dios exige en Su ley una serie de garantías legales y procesales (leyes casuísticas civiles, el tipo de hombres que han de servir como jueces, el castigo por el falso testimonio, una clara evidencia para declarar la culpabilidad del asesino) para ayudar a asegurar la justicia en los tribunales. Cuando estos requisitos son aplicados cuidadosamente, las oportunidades de una condena y de una ejecución errónea son muy reducidas. ¿Qué decir en la actualidad, cuando los medios de investigación y esclarecimiento del crimen son muchísimo más avanzados que cuando Dios entregó Su ley al pueblo de Israel? Si el argumento de que no debiésemos castigar el asesinato con la muerte porque podríamos cometer un error es aceptado, entonces, por lógica, el argumento debiese ser aplicado a todos los crímenes y a todas las formas de castigo: ¡eliminaríamos de este modo la posibilidad de cualquier sanción penal contra los criminales! Otras formas de castigo diferentes a la pena de muerte no son finales, sí, y pueden más tarde remediarse, pero este argumento es una mera evasión, y también es engañoso. Una falsa condena por cualquier crimen (y su castigo correspondiente) tiene el potencial de arruinar completamente a un hombre. ¿Acaso no arruina a alguien, en todos los ámbitos de su vida, familiares, económicos y laborales, una condena equivocada, por ejemplo, a 20 años de prisión? ¿Pueden volver a vivirse los veinte años de vida perdidos por estar entre rejas?

El gran antecesor espiritual de este “amor” y “piedad” por los criminales fue el malvado Jean Jacques Rousseau, el gran ídolo de los humanistas seculares y uno de los ideólogos de la Ilustración masónica afrancesada. Rousseau, quien, según los humanistas que lo idolatran, es el “padre de la democracia moderna”, fue un vagabundo, un verdadero “gitano” en su estilo de vida, y un hombre absolutamente irresponsable. Vivió por muchos años sin casarse con Teresa Levasseur, una empleada de hotel. Les nacieron cinco hijos y, de inmediato, Rousseau los llevó a un hogar para expósitos. Este gran “experto en crianza de niños” no podía, sin embargo, aguantar a los niños. Sus teorías se inoculan en grandes dosis a los niños actuales en los colegios públicos, diluidas entre todas las asignaturas. Rousseau promovía la virtud, pero, de hecho, fue un hombre totalmente irresponsable y vicioso. Creía que su corazón, y el corazón de todos los hombres, era bueno: la sociedad organizada, el medio ambiente, es lo que hace malos a los hombres. Un acto muy típico de este gran reformador humanista tuvo lugar en Venecia. Rousseau llevó a una prostituta a su habitación. Después de que esta se desvistió, y ambos estaban en la cama, Rousseau empezó a suplicarle que siguiera la senda de la virtud. Estaba, por supuesto, en la peor posición para pedirle eso, pero aquello le importaba poco. Para Rousseau, el corazón y los sentimientos del hombre eran todo. Bajo influencia de tales creencias humanistas se ha erosionado extensivamente la ley. Ya no es el acto de asesinato lo que se juzga, sino los sentimientos o estado mental al cometer el acto. Según Rousseau, un asesino puede no ser culpable en virtud de su estado mental. El “amor”, como gran virtud humanista, ha llegado a ser de extrema importancia. El amor aparece en la ley, pero en el contexto de la ley de Dios, no en el de los sentimientos humanistas. La ley mosaica requiere el amor al prójimo, en Levítico 19:17-18: amor en el que se incluye proteger al prójimo mediante leyes que sean disuasorias mediante el establecimiento de un castigo duro a quienes le quiten la vida dolosamente.

La pena de muerte no fue inventada por el hombre para resolver un problema social. Dios lo ordena para que los hombres, mujeres y niños que componen nuestra sociedad puedan vivir sus vidas libres de miedo. Hoy en día, la alternativa de la sociedad a la pena de muerte es que la gente realmente malvada sea encarcelada a un gran costo financiero y social para las mismas personas a las que han hecho daño. Por otro lado, sin el factor disuasorio que provee la pena de muerte, muchas personas se pueden atrever a cometer maldades que, en caso contrario, no cometerían.

En la Biblia encontramos ejemplos que indican cómo Dios se siente cuando Sus mandamientos no son obedecidos. En 1 Reyes 20 se nos muestra el caso de un rey de Israel que tuvo piedad de un rey enemigo y perdonó su vida a pesar de que había atacado a Israel y aniquilado a muchos israelitas. ¿A Dios le agradó que el rey de Israel tuviera piedad de este asesino? De ninguna manera. Dios envió a un profeta con este mensaje: “Y éste dijo al rey: Así ha dicho Jehová: ¡Por cuanto soltaste de la mano al hombre que yo había designado como anatema, tu vida responderá por la suya, y tu pueblo por el suyo!” (1 Reyes 20:42). En el mundo occidental y, con cada vez más frecuencia en los EEUU, hemos salvado las vidas de muchos criminales sangrientos que deberían haber sido ejecutados, y ahora estamos en la situación de “nuestras vidas por sus vidas”. Hemos sido desobedientes a la ley de Dios, y como resultado vivimos en una sociedad sin seguridad en la que cada año miles de personas inocentes mueren. Al contrario de lo que creen algunos, Dios no ha cambiado en absoluto, Dios es inmutable. No era un “Dios cruel y despiadado” en el Antiguo Testamento y un “Dios blandito” en el Nuevo. Sus juicios por nuestra desobediencia son exactamente los mismos. ¿No sería más justo ejecutar a los asesinos y brindar una sociedad segura a los ciudadanos que cumplen la ley?

Se requería una vida incluso si una persona era muerta por un animal. “Si un buey acorneare a hombre o a mujer, y a causa de ello muriere, el buey será apedreado, no será comida su carne” (Éxodo 21:28). El dueño era castigado por soltar al buey y el animal no sería capaz de acornear a alguien más.

En el Israel bíblico, muchas personas eran propietarias de animales. Podía fácilmente suceder que alguien tuviera un toro u otra res reconocido por su tendencia a cornear, pero que consideraba que era demasiado valioso como para matarlo. Esta ley fue establecida por Dios para proteger a la sociedad ante gente no razonable. El dueño del toro tenía la libertad de correr el riesgo de quedarse con el toro encerrado y lejos de la gente, pero era un riesgo enorme. Si el toro se liberaba y mataba a alguien, entonces el dueño del toro era ejecutado. Éxodo 21:29: “Si el buey era corneador en el pasado y a su dueño se le había advertido, pero no lo había guardado, y mata a un hombre o a una mujer, el buey morirá apedreado; y también morirá el dueño”. Esta pena puede sonar durísima a nuestros oídos modernos acostumbrados a las definiciones de justicia canalizadas a través del humanismo secular, pero debemos tener cuidado de no acusar a Dios de pecar. Él dio estas leyes y ciertamente reflejan Su bondad. ¿Acaso no nos sirve esta dureza para mostrarnos que tenemos una visión muy débil del pecado? Además ¿acaso nos han sido de provecho nuestras blandas leyes modernas? La moderna ley humanista es blanda para los delincuentes y dura para los inocentes. La ley bíblica es dura con los delincuentes y por lo tanto protege a los inocentes, a la viuda, al huérfano, al pobre y a los que obedecen las leyes. Es una ley de amor (entendiendo por “amor” el concepto bíblico, no el humanista). Pueden existir supuestos, aparte de los animales peligrosos para el resto de la comunidad, asimilables por analogía. Muchos países tienen un grave problema con los conductores ebrios. Mucho liberto-anarkoide se escandaliza cuando se endurecen las leyes que castigan el conducir bajo los efectos del alcohol u otras drogas. Estas leyes dictadas por los gobiernos actuales siempre son humanistas, no obstante. Cada año, miles de familias lloran las muertes de sus seres amados que han perdido la vida debido a conductores ebrios, y nosotros aceptamos esto en nuestra sociedad en vez de hacer cumplir las penalidades que impone la ley de Dios. Un conductor ebrio, a sabiendas y de forma totalmente dolosa pone en peligro la vida de otra persona y encajaría perfectamente en el modelo de Éxodo 21:28-29. Si cada conductor ebrio que le quitara la vida a otra persona fuera rápidamente ejecutado, pocos países tendrían el problema de los conductores borrachos.

El Sexto Mandamiento no solo afirma la santidad de la vida, sino que nos instruye en que es nuestra responsabilidad dar vida en todas las áreas de nuestras responsabilidades dadas por Dios. En Deuteronomio 32:39, Dios dijo: “Yo hago morir, y yo hago vivir”. Los individuos y las instituciones divinas de la familia, la iglesia y el Estado debiesen “dar vida” en sus áreas jurisdiccionales, actuando de forma piadosa con los necesitados que no hayan llegado a su situación por sus propios vicios. Dar ayuda a quien haya llegado a su estado de miseria por un estilo de vida profundamente depravado y pecaminoso y no se haya arrepentido y aceptado el Evangelio ES PECADO. La sociedad no tiene porque asumir el costo de los vicios ajenos. Podemos imaginarnos el ahorro para los contribuyentes que supondría el no otorgar subsidios ni pensiones públicas a aquellos que no puedan trabajar debido a enfermedades contraídas por estos estilos de vida (alcohólicos, drogadictos, puteros, etc…). Las leyes deben procurar la seguridad laboral, la seguridad de las construcciones, la seguridad vial, etc.

VII.- NO COMETERÁS ADULTERIO

El propósito de este mandamiento es proteger el matrimonio, y por ende, la familia, que es el bloque básico de construcción de la sociedad. Las familias son de gran importancia porque son las principales guardianas de los hijos y de la propiedad, que son dos aspectos básicos de todas las sociedades. Quienquiera que controle la propiedad en una nación controla el presente; quienquiera que controle a los niños controla el futuro. Así como va la familia, así va la nación.

Qué decir de nuestras sociedades actuales, aunque no debamos estar siempre echando la culpa al mundo (o estar, implícitamente, culpando a Dios: “¡Oh, Dios!, ¿Por qué has permitido este mundo caído en el que me ha tocado vivir?”), como si los cristianos acaso no tuviéramos responsabilidad alguna por omisión. En países como EEUU, ¿están mucho peor las familias “cristianas” que las familias incrédulas? En absoluto. El tema del conocido como “cortejo bíblico” me parece apasionante y merecería una entrada más adelante (de momento, para aquellos cristianos que estén interesados, esta conferencia, en 13 partes, de Paul Washer en el Perú es algo muy recomendable y edificante), pero aquí, de momento, decir que es una verdadera lástima cómo es algo que se ha perdido totalmente frente a las citas recreativas modernas. Hoy día, en EEUU, país cristiano hasta hace algunas décadas, los 60 más o menos, la mayoría de jóvenes cristianos profesantes, por ignorancia, la mala enseñanza y el sincretismo con la cultura pagana, están totalmente involucrados en el sistema de citas. Es verdad que, generalmente, tienen mejores motivos e intenciones que sus homólogos paganos (por ejemplo, sus metas para tener citas no es llegar a “meter goles”), pero todos los aspectos negativos y anti-bíblicos de las citas (por ejemplo, una carencia de supervisión paterna real, la ausencia de chaperones, se acepta y se espera una cierta cantidad de intimidad física, relaciones emocionales, románticas y físicas que ocurren fuera de la relación marital, etc.) todavía acompañan al “sistema cristiano” de citas. Por lo tanto, uno no debiese sorprenderse que los niveles de inmoralidad sexual entre los estudiantes “evangélicos” universitarios son casi idénticos a los de los estudiantes universitarios paganos. O que la tasa de adulterio y divorcio entre los cristianos profesantes es también casi la misma que la población pagana en general. El paradigma de las citas ha sido un total desastre para los cristianos norteamericanos. En España, imagínense cómo esta la situación si usted es cristiano. Como no me gusta ser “farisaico”, pues sí, salvo que Dios obre y me de esa bendición, he de decir que ahora mismo personalmente no busco el cortejo desesperadamente, siempre si Dios lo tiene a bien y es Su voluntad, lo que espero es una novia cristiana, aunque sé perfectamente que eso de la “novia” no es ajustado a la Biblia, la verdad es la verdad. No debemos andar lloriqueando por las esquinas porque, como he dicho, hemos sido colaboradores necesarios en esta situación.

El adulterio es una violación del pacto matrimonial, aunque no debemos quedarnos solo ahí, puesto que Jesucristo enfatizó el aspecto interno de este mandamiento cuando dijo: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mat. 5:27-28). El adulterio alcanza a cualquier forma de inmoralidad sexual, sobre todo la extramatrimonial, que nos pone en mala relación con Dios. El adulterio corrompe el mismo centro del corazón de donde brotan los sentimientos y las pasiones del hombre que le llevan a romper sus pactos, no solo el pacto matrimonial, también el pacto con Dios. Es uno de los pecados a los que se da más énfasis en la Biblia pues, en relación con el Segundo Mandamiento, refleja el sentir de Dios cuando Su pueblo ama a otro “dios” en lugar de amarle a Él: “Ellos me movieron a celos con lo que no es Dios; Me provocaron a ira con sus ídolos” (Deuteronomio 32:21). Dios se “encela”, con celos justos cuando Su amado pueblo (no cualquiera, como dicen los “cristianos modernistas” actuales, sino SU PUEBLO), no corresponde a ese amor, amando las cosas mundanas en lugar de amarle a Él.

Si el pacto matrimonial es violado con facilidad en una nación, es seguro que lo que sigue es la muerte de la sociedad. Permitir el adulterio es algo que mata la sociedad porque destruye la familia, la institución fundamental de la sociedad. Si el pacto matrimonial es fuerte, y si el verdadero amor existe en la familia, la nación será fuerte. Efesios 5:21-33 revela los principios del amor, la sujeción y el servicio en la relación matrimonial. Ésta no es una sujeción absoluta que conduzca a la esclavitud, sino una sujeción en relación con el orden legal de Dios que produce libertad y seguridad. La autoridad del esposo ha de ser usada para edificar a su esposa y a su familia, así como Cristo lo hizo por nosotros. Tal acción infundirá vida en la familia, y por consiguiente, en la sociedad como un todo. Una de las estupideces que más tenemos que leer de iluminados humanistas y anticristianos es que la sujeción de la mujer al hombre en el matrimonio cristiano es similar a la que se da en otras religiones como el Islam. FALSO. El Islam es una mala copia del cristianismo, cogiendo algunas cosas de la Biblia y otras de los cultos paganos que existían en el siglo VII en la península arábiga, y, al ser una religión falsa y humanista, tiene fallas por todas partes, a diferencia del cristianismo bíblico. La religión islámica rechaza lo fundamental en el cristianismo, que es la Trinidad, que ayuda a entender cómo las mujeres son iguales a los hombres en el cristianismo, aunque estén sujetas a sus maridos. Jesús asumió el papel de subordinado como Hijo, pero seguía siendo plenamente Dios. No hay ninguna doctrina similar en el islamismo, que enseñe una diferenciación de papeles entre hombres y mujeres pero que aliente la igualdad de ambos sexos ante Dios. El islamismo pone a los hombres sobre las mujeres de una forma que no hace el cristianismo: todos somos pecadores, seamos hombres o mujeres, ante Dios y necesitamos aferrarnos a Jesucristo para nuestra salvación. El islamismo permite la poligamia y, mientras los hombres pueden casarse con mujeres no musulmanas, las mujeres no pueden hacer lo propio. Los hombres musulmanes pueden divorciarse con una simple proclamación; las mujeres, no. Y, si bien las mujeres tienen derechos de herencia, siempre son inferiores a los de los hombres. Finalmente, las mujeres musulmanas no disfrutan de iguales derechos legales, y se instruye a los hombres musulmanes que golpeen a sus esposas si son desleales. De todas formas, comparen. ¿Son muy distintos los frutos que ha dado hacia las mujeres el sistema legal humanista? ¿Verdad que no? Las cifras y estadísticas de violencia doméstica hacia las mujeres, la sexualización de la mujer como si fuera un objeto de usar y tirar y el abandono injustificado de familias por verdaderos sinvergüenzas hablan por sí solos.

En el matrimonio cristiano, la mujer está sujeta al marido en el ministerio que este está obligado a desempeñar. Sujeta EN EL MINISTERIO cristiano hay que insistir. El matrimonio simboliza la unión de Cristo con Su iglesia. El esposo simboliza a Jesucristo en esta unión y de Él le es delegada la autoridad marital. Esta autoridad no es para cualquier cosa, sino para el ministerio, para el servicio a Dios, no para servirse él mismo de su mujer. Todo en el matrimonio debe estar ordenado al servicio a Dios. El marido, a la vez que es la cabeza del matrimonio, debe ser servicial hacia su mujer en este ministerio cristiano. Cristo, a la vez que cabeza de Su iglesia, fue servicial hacia ella: ¡murió para salvarla! ¿Se puede ser más servicial? Nos dio la guía y el tope máximo de servicio y amor del marido hacia su mujer que debemos tener en cuenta para saber hasta qué punto debemos amar a nuestras mujeres. “Maridos, AMAD A VUESTRAS MUJERES, ASÍ COMO CRISTO AMO A SU IGLESIA, y se entrego a sí mismo por ella”, dice el apóstol Pablo en Efesios 5:25. Toma nota, si no estás dispuesto incluso hasta a morir para salvar a tu mujer es que no estás muy interesado en andar como Jesucristo, a lo que debes aspirar si eres cristiano. En la Biblia no se hace una exhortación de este tipo a la mujer, solo al hombre. La posición del hombre como cabeza del matrimonio no es un “privilegio” hacia ella (en todo caso, es una honra que Dios le permita participar en Su obra en esa posición), es UNA RESPONSABILIDAD y UNA OBLIGACIÓN. En caso de guerra, los maridos deben ser quienes tomen las armas para defender a sus esposas, ellas no pintan nada estando en el frente: los hombres deben ser el parapeto que proteja a las mujeres. Ahora, en lo que estamos, en la “incorporación de la mujer a las FFAA”. Esto es una distorsión, no porque la mujer sea peor que el hombre, sino porque ese no es su lugar en caso de conflicto bélico.

Algo más dice Pablo en Colosenses 3:19: “Maridos amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas”. ¿No se refiere a la actitud, a la delicadeza con la cual hay que tratar a las hermanas que sean vuestras esposas? Sin embargo, ¿qué hacen muchos? Ofenden, ridiculizan en público, hacen callar a sus esposas como si fuese una hija mal criada. Así no amó Cristo a su iglesia. La autoridad hay que desempeñarla con responsabilidad, humildad y servicio.

Las leyes actuales, sin embargo, a través del feminismo radical y secular, pretenden la “machización” de la mujer. La mujer no es inferior al hombre, lo que tiene son distintas competencias, distintos ámbitos. Ahora, lo que se busca es difuminar esas distintas competencias. A principios del siglo XX, en ciertos aspectos, como la posibilidad de votar, en algunos, existía una desigualdad legal entre hombre y mujer que no era aceptable. La diferencia es que ahora, superadas esas desigualdades ante la ley, lo que se pretende es que la igualdad en ese sentido no es suficiente, siendo necesaria la discriminación positiva en favor de las mujeres para compensar la balanza de una supuesta “desigualdad sociológica” que sigue existiendo. Como resultado de estas normas y leyes humanistas, la sociedad es cada vez menos libre: se elimina la igualdad de armas en la vía penal, se pulveriza la libertad de asociación mediante la imposición de cuotas, etc., en definitiva se pretende sustituir la autoridad marital cristiana por la autoridad estatal humanista. Eso y no otra cosa es. La pretendida “liberación de la mujer” es colocarla bajo la autoridad estatal. La sociedad cada vez es más totalitaria y menos libre, de este modo.

Como ya he dicho, en alguna ocasión anterior, las leyes no pueden frenar el grado de adulterio y otras degeneraciones morales que se den en una sociedad y los liberales, como me cansaré de decir, tampoco podemos pretender, ni debemos pretender, tener el control de todo. Jesús dejó en claro que todo divorcio que no estuviera por fornicación en su sentido mosaico ratificado, constituía adulterio, fuera que lo buscara el hombre o la mujer (Marcos 10:10), y el matrimonio con una persona divorciada era un acto de adulterio. El matrimonio era indisoluble antes de la Caída, pero, tras ésta, en el Antiguo Testamento, y así lo ratificó Jesús, se regulaba el divorcio para casos estrictos. Las legislaciones no debieran, al menos, promover el adulterio dejando una puerta abierta de escape a la irresponsabilidad. El Estado actual busca en la “sexualidad libre” e irresponsable socavar las defensas de las instituciones que garantizan la libertad, creando deliberadamente una anarquía que se resuelve con más estatismo y más totalitarismo.

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Responses

  1. FOLLARAS A TU DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS.

  2. ¿¿Pero esta PERRA QUIÉN ES Javier? DESTÁPELA.

  3. Lo miré hace un rato por curiosidad. Es de Basauri (Vizcaya), la MUY VICIOSA, APESTOSA Y PUERCA.

    Allí tiene que haber una barbaridad de pro-etarras. Será una simpatizante de Bildu.

  4. Ah, pues tiene toda la pinta de serlo sí. Ella lo que se follará es a los presos etarras grasientos. Ojalá pronto a ella la metan en prisión también con sus “hermanos” de Bildu.

    “Perra” — debes de ser más peluda y sucia que la moqueta de un centro público.

    • dIOS LE PERDONARÁ ESOS INSULTOS Y ESA SOBERBIA.

  5. ¡Ay, madre!

    A todos los tarados de la red les ha dado por pasarse hoy por aquí, parece que no tienen suficientes emociones fuertes con los electro-shocks de los loqueros.

  6. Pedro tiene razón: DIOS ME PERDONARÁ MIS PECADOS. PORQUE ES UN GRAN DIOS QUE MURIÓ POR MIS PECADOS EN LA CRUZ. La cuestión es: ¿Y usted Pedro? ¿Le pedirá usted perdón a Dios o seguirá sirviendo al Diablo? Le espera un futuro en el infierno.

  7. A ti te espera un tormento eterno en el infierno, por blasfemia y soberbia.

  8. No creemos eso PEYO/Pedro porque sabemos que tenemos que agarrarnos al Señor Jesucristocomo lo único que tapa la asquerosa mancha negra de nuestros pecados (pues, sí, habremos cometido esos pecados que dice, así como otros muchas veces), no como usted que puede que confíe en el incienso, la mística y los rituales romanos.

  9. […] y   https://lavozliberal.wordpress.com/2011/08/29/la-sociedad-y-la-libertad-bajo-el-decalogo-vii/), y Levítico 26 deja en claro la maldición que cae sobre la tierra que menosprecia la ley de […]


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