Posteado por: Javier | septiembre 29, 2011

El mito de la Reconquista (II)

Este artículo es la segunda parte de “El mito de la reconquista”, publicado hace dos semanas (https://lavozliberal.wordpress.com/2011/09/11/el-mito-de-la-reconquista/), y su autor es RUBÉN, lector y comentarista de este blog.

Lo publico agradeciéndole su esfuerzo e interés en esta fascinante investigación histórica:

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Como ya demostramos en el artículo anterior, la conquista árabe de España en el año 711 es un mito egipcio plagado de hechos asombrosos y fábulas orientales como “Las Mil y Una Noches”. No obstante, es un mito y, como todos los mitos, posee un fondo de verdad: la orientalización e islamización de España. A falta de una respuesta satisfactoria, los historiadores del s.XIX creyeron la fabulosa hazaña de una caballería árabe milagrosa que cruza todo el norte de Africa y conquista España en tan sólo cuatro años.

Los andalusíes que viajaron a Egipto en busca de una explicación a la islamización y orientalización de España que no poseían, y de un saber popular, oral, que tampoco nadie recordaba en su tierra, también aceptaron el mito de la fabulosa conquista muy propio, por otra parte, de la mentalidad oriental. A pesar de que el mito explique de una forma sencilla la realidad de la orientalización de España, ni mucho menos, la instrumentalización católica que se ha hecho de este mito a lo largo de la Historia es verdadera. Es cierto, sí, que España se orientalizó y se islamizó. No es cierto, no, que mediara una conquista, una imposición por la fuerza, ni que España fuera la balsa de aceite católica que nos han hecho creer.

De esta forma, con la Reconquista nos encontramos en una situación similar: un mito con una esencia de verdad cuyas características concretas que rodean al hecho en sí son fantasiosas y, valga la redundancia, míticas. Por supuesto este mito ha sido instrumentalizado doblemente, por el catolicismo y por el nacionalismo. No el fondo de la cuestión que, por supuesto no puede negarse, la desaparición del reino oriental del sur y la unificación y recatolización de España, sino todas las cuestiones anexas que rodean al mito, que lo adjetivan y lo cualifican llegando incluso, como con el mito de la conquista árabe, a cambiar su significado.

FORJANDO MITOS.

Decir que por el mero hecho de que no existió una previa conquista árabe, como ya se demostró, tampoco existió una reconquista es un argumento demasiado simplista para explicar los acontecimientos. Porque la verdad no puede negarse, después de ocho siglos, el reino oriental del sur de la península fue conquistado progresivamente y asimilado por los reinos del norte. ¿Cuál es, pues, la explicación más satisfactoria?

A mediados del s.XIX, el historiador español Modesto Lafuente es el primero en acuñar el término Reconquista en su ingente obra “Historia General de España”. Pero ¿cuáles eran los propósitos que movían a Lafuente? Aun más, ¿cuál es el propósito, utilidad, de la Historia en el s.XIX? Modesto Lafuente era el típico burgués católico español del s.XIX. Estaba influído por las ideas emanadas de la Revolución francesa que habían creado el nacionalismo como filosofía política, económica, social, incluso, religiosa. El nacionalismo surgido de las entrañas de la Revolución crea exnovo un nuevo dios, la Nación, la cual adquiere atributos divinos: es preexistente, eterna y todopoderosa. La Historia cumple pues, fielmente, el objetivo del nacionalismo: busca, crea y explica el surgimiento de la Nación. A partir de entonces, el sujeto de la Historia no será el hombre sino la Nación, todo se mueve por y para la Nación. Subirán y caerán reyes, se ganarán y se perderán guerras pero la Nación perdurará. Los acontecimientos históricos se sucederán con el devenir del tiempo y todos ellos pasarán sin inmutar a la Nación, firme y estable al paso de los siglos, incólume, eterna y omnipotente.

El francés Jules Michelet, es el primer historiador que instrumentaliza la Historia por y para una explicación racional y coherente de la Nación divinizándola al mismo tiempo. Jules Michelet, historiador y apostol al mismo tiempo de un nuevo dios: la Nación. Podemos comprobar en palabras del mismo Michelet, en su obra “Historia de la Revolución Francesa” (1847), en el capítulo titulado “La nueva Fe”, la fuerza de esta idea:

“La resurrección del pueblo, que sale, al fin, de la tumba en que yacía, el feudalismo mismo destruyendo el sillar que lo sostenía, la obra de los tiempos realizada en una noche… he aquí el primer milagro del Nuevo Evangelio, divino milagro, auténtico.” (op.cit., p.254)

Pasaje éste de una fuerza verdaderamente impresionante. Son evidentes las alusiones a los Evangelios y a la resurrección de Jesús. Proclama el verdadero Nuevo Evangelio confirmado por el milagro de la resurrección del pueblo (la Nación). La conclusión lógica es obvia: si este Nuevo Evangelio es el verdadero, el otro Evangelio es falso. Pero sigamos:

“Una religión nueva se acerca; dos se van: la Iglesia y la Realeza. ¿Qué hacer? Feudalismo, Realeza, Iglesia: de estas tres ramas del antiguo árbol, cae la primera el 4 de agosto; las otras dos se agitan violentamente a impulsos de un viento huracanado; luchan, se defienden, pero las hojas cubren ya el suelo. Nada podrá resistir. ¡Perezca lo que deba perecer!…” (op.cit., p.256)

Bastante significativo. Unos pocos años más tarde, un filósofo alemán dirá similares palabras pero más claras y dotadas de contenido: “Dios ha muerto” dirá Nietzsche, sólo la Nación vive. Continuemos:

“El espíritu de Voltaire se presentó allí terrible, rápido y vencedor. La libertad religiosa fue consagrada en la Declaración de los Derechos y no la tolerancia, palabra ridícula que supone un derecho a la tiranía. Aquella religión dominante y culto dominante que pedía el clero, fueron tratados como se merecían. El gran orador, órgano en aquella ocasión del siglo y de Francia, inutilizó aquella palabra para toda la legislación. Si escribís eso –decía- tendréis que reconocer también una filosofía dominante y sistemas dominantes. Nada debe dominar más que el derecho y la justicia” (op.cit. p.260)

El apostol Michelet proclama la divinización de la Nación como la única religión oficial. Cuando habla de “libertad religiosa”, no se refiere a una verdadera libertad de culto (¡como si eso le importase algo!) ya que se ríe de la tolerancia religiosa. Habla de cómo su nuevo dios (la Nación) ha dado una nueva Ley a los hombres (la Declaración de Derechos) y nada ni nadie será preeminente sobre la Nación y sus nuevos Mandamientos (el derecho y la justicia hecho por los franceses, o sea, nuevamente la Declaración de Derechos). Esta revelación divina, dice Michelet, está inspirada por el Espíritu de Voltaire (observemos el simil con el Espíritu Santo), que trae las ideas de la Ilustración francesa del s.XVIII. Y para terminar:

“(…) Donativos de niños, de mujeres; generosidad del pobre, de la viuda; cosas pequeñas, pero tan grandes ante la patria, ¡ante Dios!

(…) ¡Noble y generosa Nación! ¿Por qué conocemos tan mal esta época heroíca? Los hechos terribles y violentos que siguieron han hecho olvidar los sacrificios que marcaron el comienzo de la Revolución. Un fenómeno más grande que todo suceso político se apareció entonces al mundo: la potencia del hombre, por la que el hombre es Dios, había aumentado la potencia del sacrificio.” (op.cit. p.265)

¿Qué añadir a estos dos párrafos? La identificación de la Nación como un dios es más que evidente. No sólo de la Nación, también del hombre, cualquier hombre es un dios. Estas cosas nos suenan de actualidad. ¿El nacionalismo como base del relativismo? Reflexione sobre ello estimado lector.

En definitiva, éste es el ambiente intelectual en que Lafuente se movía cuando escribió su obra. A él, le siguieron otros no de menor categoría: Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz, y otros. Todos tenían  un objetivo común: la Nación. La Nación es el centro de sus historias por ella y para ella ocurre todo y se interpretan todos los eventos históricos. Sin embargo, hemos de decir, que la historiografía española no llega al nivel de blasfemia de la francesa debido a la identificación del catolicismo con España. La Nación, en España, simplemente es un dios menor, se la adora como a las vírgenes y santos pero claramente no es Dios.

Este nacionalismo español se fusiona, como hemos dicho, con el catolicismo surgiendo una especie de nacional-catolicismo cuya función será exactamente la misma que la del nacionalismo francés pero siendo implementado, en un primer momento, por el clero católico español y la derecha más rancia, y en un segundo momento, por el franquismo. Esto dará como resultado una plena identificación de España con el catolicismo romano, “más papistas que el Papa”, nos dicen, de tal forma que decir religión católica es decir Nación española. La consecuencia es obvia: manipulación y autoengaño, todo lo no católico, no es español. Como hemos dicho antes, la Nación no cambia, es inmutable, eterna, preexistente y todopoderosa, por tanto, España siempre ha sido, es, y será católica. Todo lo que no encaje en esta concepción no es posible. Y de ahí la manipulación y el autoengaño en aras de una Iglesia hereje, politeísta e idólatra y de sus intereses romanos particulares. Los judíos españoles ¿qué es eso?, los echamos y nunca más se supo. Los musulmanes españoles ¿qué es eso?, solo eran extranjeros que nos conquistaron y a los que reconquistamos. Los protestantes españoles ¿qué es eso?, solo son unos pocos herejes judaizantes.

Resumiendo, el nacionalismo, como ideología, incide sobre la Historia, utiliza la Historia, para crearse una mitología, como todo buen dios pagano que se precie, al nivel de la griega o romana. Toda nación posee un mito fundacional, para Francia ese mito es la Revolución, para España es la Reconquista. Como tales mitos, no son ciertos, no son la verdad, pero este matiz poco importa. La Historia no averigua y descubre la verdad, la Historia construye mitos para gloria de su nuevo dios, la Nación.

DE DON PELAYO A CARLOMAGNO.

El momento concreto del comienzo de la Reconquista ha sufrido variaciones según ha ido evolucionando el concepto a manos de los distintos historiadores que han tratado el tema. Actualmente, existe un acuerdo general en que la fecha de la Reconquista comenzó en el mismísimo 711. Ya antes de que se fraguara la conquista árabe, los católicos pensaban en la recuperación de las tierras perdidas como si poseyeran el don de la clarividencia. Evindentemente este argumento es una estupidez supina.

Sin embargo, existen tres fechas concretas, muy cercanas en el tiempo entre sí y con los hechos de la guerra civil religiosa que desmembró el reino visigodo, como ya explicamos, que pueden ser consideradas, y así lo son de hecho, como el verdadero comienzo de la Reconquista o como historiográficamente se denominan, de creación de los núcleos de resistencia al Islam. Una de ellas es el año 722 fecha de la batalla de Covadonga, otra es el 732, fecha de la batalla de Poiters donde Carlos Martel detuvo, según el mito, el avance de las peligrosas hordas musulmanas hacia el corazón de Europa, y la tercera es el 774 fecha en la que el emperador Carlomagno marcha sobre Zaragoza a reconquistarla para el Sacro Imperio y el catolicismo, liberándola, así, del yugo musulmán.

Empecemos por el año 722 y don Pelayo, el héroe de Covadonga, ya que no hay mito sin un buen héroe. Y dice el mito: en el año 722 d.C. toda la Hispania estaba ocupada por los árabes, ¿toda? ¡No! Pues en un lugar de la Astúrica seguía resistiendo al invasor un pequeño valle rodeado de fortificaciones árabes. Un caudillo, don Pelayo, líder de  hombres valerosos y feroces, planta cara con 300 de sus irreducibles cántabros a los invencibles ejércitos árabes compuestos por 124.000 hombres (nada más ni nada menos, pero ¿no eran solo 25.000 los árabes que habían conquistado España?) aniquilando ellos solitos a 64.000 impíos árabes gracias a la poción mágica (¡uy!, perdón, gracias a un desprendimiento de tierras que cae milagrosamente de la ladera de una montaña) y poniendo en fuga a los restantes 60.000 hombres.

Bien, dejemos el choteo. El mito no tiene pies ni cabeza. Este mito está tomado de la “Crónica de Alfonso III”, veamos qué explicación da al hecho nuestro cronista:

“No crean que se trate de un milagro estúpido o de una fábula. Acuérdense de cómo en el mar Rojo salvó el Cielo a Israel de la persecución de los egipcios; lo mismo ha aplastado Dios con la masa enorme de una montaña a estos árabes que persiguen a la Iglesia del Señor” (Boletín de la Academia de la Historia (1934), p.615).

Así pues, nuevamente, el carácter maravilloso de estos relatos, rasgo propio de la época, se ha conservado hasta nuestros días tanto en las obras de los historiadores como en los manuales escolares.

Hagamos una crítica racional del mito en sí mismo. Cualquiera que haya estado en Covadonga podrá observar la imposibilidad de que una batalla de tal magnitud tuviera lugar allí. El valle es tan sumamente estrecho que, sencillamente, no era posible tal acumulación de efectivos militares junto a toda su impedimenta. Prospecciones arqueológicas tampoco han hallado ni rastro de tal batalla. Volvemos a ver reproducido exactamente el mismo patrón de la batalla de Guadalete donde don Rodrigo fue vencido por los árabes invasores pero esta vez, al revés, los vencidos son los invasores.

Entonces, ¿existió Pelayo? ¿Existió una batalla? Como todo mito algo de verdad reside en su interior y podemos decir que como tal mito cuenta la verdad en su esencia. ¿Cuál es la esencia? La independencia del poder astur del nuevo emirato cordobés en el año 722. Tras la aplastante victoria conseguida en la guerra del 711 por el bando arriano, defensores de los derechos dinásticos de los sucesores de Witiza, y la anarquía subsiguiente, entre los años 718 y 722, unos cuantos valles asturianos se independizaron del nuevo poder central que está surgiendo en el sur en torno a Córdoba. Será el obispo de Sevilla, Oppas (hermano de Witiza) quien pretenda que Pelayo se sume al cierto orden witiziano emergente pero ni Pelayo ni sus sucesores aceptarán formar parte de la creciente vertebración andalusí.

El mito de Covadonga y Pelayo nos transmite una realidad: la independencia del poder astur y seguramente muchas pequeñas batallas resumidas en una sola hasta conseguirlo bajo el mando del caudillo cántabro don Pelayo. Esto podemos asumirlo como realidad contrastada con los textos y con la arqueología. Pero, ¿es este episodio el comienzo de la Reconquista católica? Aquí, los nobles ejércitos católicos asturianos bajo Pelayo no detienen ni derrotan el avance sobre la península de los nómadas árabes. Aquí, un pequeño e insignificante número de valles sin importancia se independizan del nuevo poder central arriano que está surgiendo en el sur de España. Se aprovechan de su aislamiento geográfico y cultural para mantener su independencia. Más bien, estamos hablando del último episodio del proceso disgregador y desvertebrador del ya finiquitado Reino visigodo de Toledo que comenzó con la guerra civil del 711.

Hablemos ahora también de otro importante evento, los sucesos acaecidos en Poiters en el año 732 y protagonizados por Carlos Martel. También esta batalla es considerada por la historiografía oficial católica como el freno al imparable avance de la maravillosa caballería árabe que, recordemos, lleva corriendo sin descanso alguno por todo el norte de Africa, España de sur a norte y ahora, cruzando los Pirineos, facilmente, sin ninguna clase de impedimento, enfila sus herraduras hacia el corazón de Europa. Esta batalla supondrá la victoria definitiva del catolicismo y del Imperio sobre los impíos musulmanes árabes. Veamos qué hay de verdad en todo ello y hasta qué punto la propaganda oficial católica e imperial, años más tarde, transforma e interpreta los acontecimientos a su entera conveniencia.

Poiters se recuerda en las crónicas como algo mucho más doloroso que una de tantas algaradas perdidas. Por lo que su significado final debe ir referido a un drástico movimiento demográfico al dotar de cierta credibilidad al mito y aceptar el movimiento espectacular de gentes del que, supuestamente, se componían las innumerables tropas árabes venidas desde España. Si en la batalla es más recordado el largo volver que el ir, es porque Poiters marca la fecha de una deportación. Con anterioridad al año 732 se estaba produciendo algún tipo de revuelta social en el sur de Francia. Un año antes, en el 731, masas de población entraron en el emblemático monasterio de San Martín de Tours, destruyéndolo.

¿Quiénes eran estos rebeldes al monarca católico francés? La arqueología, hoy en día, ha demostrado la difusión de iglesias arrianas por todo Oriente, norte de Africa, Hispania y, por supuesto, sur de Francia. Igualmente, los textos históricos nos hablan claramente de la difusión del priscilianismo desde el s.IV, primero, y del arrianismo, después, por todo el sur de Francia. Parece, pues, claro que todos estos acontecimientos están enclavados dentro de estas revueltas sociales de tinte indudablemente religioso que comenzaron, como ya se dijo en el pasado artículo, hacia el s.VII en el Imperio Romano de Oriente y se extendieron progresivamente por todo el Mediterráneo hasta el sur de Francia.

¿Y en cuanto a la batalla en sí misma? Parece ser que, unos años antes, Carlos Martel, rey de los francos, entabló batalla con Eudo de Aquitania. No parece, por lo tanto, que se trate del rechazo a una invasión, sino una guerra vecinal como tantas otras en Europa. Vence Martel y entre Tours y Poiters, en el 732, tiene lugar la rebelión arriana, quizá instigada por los arrianos hispanos, y la deportación de estos.

¿Cuál es pues la esencia de verdad de la leyenda de Poiters? Una revuelta de arrianos franceses fue sofocada en el sur de Francia y deportados al único reino arriano de Europa donde eran libres de practicar su religión: el emirato andalusí. ¿Por qué la deportación se produjo hacia territorio español? Una buena explicación es por la hermandad en la fe entre los arrianos de ambos lados de los Pirineos. Pero, ¿es sufiente como para aceptar con agrado un movimiento demográfico de varios miles de personas con los problemas que ello supone para los receptores? Quizá, otro motivo más que suficiente y por lo que se mitifican los hechos acaecidos como un intento de invasión, al fin y al cabo, español, podría ser por la participación e instigación de las revueltas francesas  por agentes arrianos hispanos.

¿Reconquista? Más bien estamos hablando del último episodio del proceso de  rebelión arriana que comenzó en Oriente en el s.VII y que tuvo que sofocar, esta vez victoriosamente, el catolicismo romano y griego por todo el Imperio.

Vamos ahora a analizar el tercer hito importante considerado como inicio de una Reconquista católica, esta vez no sólo católica, también imperial. Unos pocos años más tarde de Poiters, en el año 774, el mismísimo emperador francés, Carlomagno, avanza sobre la arriana ciudad de Zaragoza intentando extender hacia el sur los límites de su Imperio y, teoricamente, bajo la petición de ayuda de los ciudadanos de Zaragoza que desean fervientemente su liberación del yugo musulmán andalusí, reconquistar la ciudad para el catolicismo romano y el Papado. Pero a la llegada del temible ejército imperial a las puertas de Zaragoza, Carlomagno se encuentra con que estos se lo han pensado mejor y no le abren las puertas de la ciudad. Así que, tristemente, procede a retirarse en una larga y dolorosa caminata de vuelta a Francia plasmada en la épica “Chanson de Roland”. La reconquista planeada por el emperador de la marca de Zaragoza para devolver al catolicismo y al seno del Imperio todo el valle del Ebro, queda en una mera tomadura de pelo. ¿Qué ocurrió realmente? ¿Cuál es la esencia del mito?

Para entonces, Abderramán I ya gobernaba el emirato del sur. Sin embargo, la marca superior con capital en Zaragoza, nunca estuvo verdaderamente en manos del poder central de Córdoba. A lo largo de la historia andalusí transcurrieron períodos de mayor dependencia de Córdoba o de completa independencia pero los emires, primero, y los califas, después, jamás gobernaron efectivamente en Zaragoza y su territorio. Abderramán I, pues, no controlaba esta ciudad ni su territorio a pesar de haber logrado consolidar su poder por todo el sur de España. Carlomagno era, pues, un peligro en potencia como así lo demostró.

No se trata, pues, este episodio de una Reconquista católica e imperial para recuperar territorio impío. Se trata de un avance de dos potencias: el Sacro Imperio hacia el sur y el emirato andalusí hacia el norte, ambos para reducir a su influencia a un tercer Estado menor y neutral. De esta forma, Abderramán I frenó el avance francés del Sacro Imperio y no, como se sostiene intercalado con los hechos de Poiters, Carlomagno frenó el avance de los musulmanes hacia el sureste francés. Abderramán I, un caudillo y estretega excelente, logró así delimitar sus dominios, marcar la frontera norte de su nuevo reino arriano y detener las ansias imperiales y expansionistas de Carlomagno hacia el sur. El éxito de Abderramán I es mayúsculo y sonado como así lo demuestra la propaganda católica e imperial oficial en la mencionada “Chanson de Roland” y en el hecho de que Zaragoza y su taifa siguieran por el mismo camino de orientalización e islamización que el resto de la península.

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CONTINUARÁ Y CONCLUIRÁ EN LA TERCERA PARTE.

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Responses

  1. POR QUE LOS ARRIANOS SE ISLAMIZARON? QUE GANABAN CON ELLO? SI NO LO HUBIERAN HECHO SERIAN UNA IGLESIA UNITARIA COMO LOS MORMONES O TESTIGOS DE JEHOVA.


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