Posteado por: Javier | octubre 2, 2011

El mito de la Reconquista (III)

Tercera y última parte del artículo de RUBÉN, “El mito de la Reconquista”:

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ESPAÑA, TIERRA DE FRONTERA

Hemos paseado por los tres hitos históricos más importantes catalogados como posibles comienzos de la supuesta Reconquista católica. Los tres son falsos, los tres son mitos, los tres han sufrido la manipulación de la propaganda nacional-católica oficial. Entonces ¿existe una Reconquista? Lo que no podemos obviar ni negar es la progresiva disminución territorial del emirato andalusí a lo largo del tiempo hasta su completa desaparición como ente político. Pero, por otra parte, una reconquista que dura ocho siglos, no es una reconquista.

España se conforma desde mediados del s.VIII como tierra de frontera. Tenemos una frontera cultural que va a ir variando con el tiempo que delimitirá el emirato oriental del sur con los reinos católicos del norte. Pero esta frontera es permeable en todas las direcciones y convive en un mismo ámbito geográfico, la península Ibérica, donde las distintas políticas, reinos y principados, conviven y disputan entre sí en función de sus intereses particularísimos y no de una supuesta hermandad religiosa. De hecho, a niveles más básicos, incluso podemos decir que, a pesar de pertenecer a distintas órbitas culturales, oriente y occidente, y bajo la primera impresión, todos los Estados de la península, católicos y musulmanes, poseen una misma cultura: la andalusí. Emilio González Ferrín lo expresa así en su obra “Historia General de Al Andalus”:

“Sí, la Edad Media es analógica, simbólica, oscura. Es fronteriza. Es tentacular, poliédrica. Caleidoscópica. (…) No se habla de interculturalidad, sino de cultura. No se asume ser ese puente ni se sueña con el progre mestizaje. Simplemente se bebe de donde se puede. (…) ¿Por qué no? Nada hay de previamente anti-nada.” (op.cit.p.51).

La propaganda oficial nacional-católica nos ha acostumbrado a ver este período como uno de enfrentamiento continuo, de frontera claramente delimitada, definida e inflexible que distingue exactamente dos bandos: los católicos del norte por uno, y los musulmanes del sur por otro. Sin embargo, hechos, comportamientos, costumbres y actuaciones sorprendentes tienen lugar y son de difícil explicación aplicando la propaganda oficial nacional-católica. Nos estamos refiriendo a cuestiones como las siguientes.

Cuando Alfonso VI solicitó del rey moro de Sevilla, al-Mutadid, el traslado del cuerpo del santo Isidoro a León, aquel otro sevillano, moro ilustre, accede. ¿Por qué no? Mucho después, en 1252, a la muerte de otro rey de Sevilla, Fernando III, el reino islámico de Granada enviará cien jinetes portando antorchas para velar el cuerpo presente del rey hasta su inhumación. ¿Qué menos con un viejo aliado de conquistas? El entierro de Fernando III se llevará a cabo en la que ya era iglesia sin dejar de ser mezquita, en el muro de su planta: junto al mihrab, la ventana espiritual a La Meca.

En cuanto a usos y costumbres, los andalusíes eran unos musulmanes muy particulares. Entre sus costumbres y, a pesar de las prohibiciones coránicas, comían cerdo, bebían vino y vestían al modo hispano tradicional, como los católicos del norte, hasta bien entrado el s.XI momento en el cual comenzó una nueva orientalización de Al Andalus con las verdaderas invasiones musulmanas de los almohades y almorávides. Aun así, el vino y el jamón serrano, siguieron siendo elementos diferenciadores de los musulmanes andalusíes. Por su parte, los bárbaros católicos del norte, a pesar de hablar en romance, las clases más cultivadas: comerciantes, nobles, clero, etc, todos, sin excepción, hablaban y escribían el árabe. Normal, era el inglés de la época. El árabe era la lengua por excelencia de transmisión de la cultura y de la diplomacia. Los romanos también tuvieron que aprender griego. El simil es el mismo.

Sin una concepción permeable de frontera, no podemos comprender figuras históricas, a parte del mito, como Ruy Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador. El propio sobrenombre de este nuevo don Rodrigo, Cid, ya es relevante indicador de lo que aquí exponemos. Cid, en árabe, significa señor. Este guerrero castellano es un ejemplo perfecto de lo que queremos decir. Castellano, mercenario, católico y sin embargo vendía sus servicios al mejor postor. Era un mercenario y luchaba de parte de quien más y mejor le pagaba. Así, en numerosas ocasiones, peleó sirviendo al rey de la taifa de Zaragoza, con quien entabló una gran amistad, contra los castellanos (contra su propio rey), los navarros y los aragoneses. ¿Alguien se imagina al rey de Zaragoza hablando con el Cid en latín o en romance? ¿Alguien duda que el Cid hablara perfectamente el árabe? Y la figura del Cid sólo es la más famosa, alguien de quien nos ha llegado noticias gracias al cantar de juglaría. ¿Alguien duda de la existencia de más mercenarios? En una compleja órbita geopolítica peninsular trufada de pequeños principados enemigos entre sí era un perfecto hervidero de truhanes, bribones, ladrones, mercenarios y gentes similares.

Otra característica de las tierras de frontera son los continuos conflictos bélicos. Nadie desconoce, a estas alturas, las continuas guerras entre los diversos reinos y principados de la península. Pero, para sorpresa de los propagandistas nacional-católicos, estos conflictos no eran sólo entre moros y cristianos. Más bien, este tipo de conflicto era el menos habitual. Los conflictos más comunes fueron los reinos católicos entre sí (como la guerra de los dos Pedros entre Aragón y Castilla) o los de las taifas musulmanas entre sí. También fueron muy habituales las alianzas entre reinos católicos y moros para combatir a un mismo enemigo común, fuere éste de la religión que fuere. Los conflictos bélicos, pues, no siguieron un único eje norte-sur sino también otro este-oeste.

En cuanto a las repoblaciones efectuadas por los reinos del norte conforme iban ganando tierra al reino del sur tampoco fueron tan exageradas como se han llegado a magnificar. Si hicieramos caso a la propaganda nacional-católica oficial, casi podríamos imaginar que la península era un erial desierto. Parece como si los habitantes de la península hubieran desaparecido sin dejar rastro, parece que dos bandos enemigos se están continuamente enfrentando para ganar o perder grandes extensiones de tierra vacía, y debemos recordar que Hispania fue una provincia ampliamente romanizada y urbanizada. Los hispano-romanos y visigodos no desparecieron de repente.

La política repobladora o colonizadora de los reinos del norte tuvo un objetivo muy concreto y cumplía una necesidad muy precisa. El objetivo era aseguar mediante poblaciones fiables los nuevos territorios conquistados ya que, evidentemente, los reyes norteños no podían fiarse de la nueva población adquirida con el territorio que, con el paso del tiempo, terminará por asimilarse. Esto podemos comprobarlo en la mayoría de las “cartas-puebla” de estas nuevas colonias y de los grandísimos fueros que les conceden los monarcas como compensación de ir a vivir a un lugar peligroso, fronterizo y recientemente conquistado. Por otra parte, la necesidad a cumplir era la imperiosa falta de tierras que tenían los reinos del norte. Ubicados normalmente en terrenos muy montañosos y pobres en agricultura, necesitaban tierras para expandirse y establecer a sus vasallos en continuo crecimiento ya que en torno al s.XI experimentaron una explosión demográfica poblacional por la que tuvieron que bajar de las sierras a las tierras más bajas y más fértiles de propiedad andalusí.

Aunque el eje seguido por los reinos del norte para la repoblación fue mayoritariamente norte-sur, según iban ganando tierras al reino oriental del sur o a las taifas, no faltan los ejemplos de un eje este-oeste. Podemos encontrar numerosos casos de este tipo en la linea fronteriza que separa Aragón, Castilla y Navarra. En numerosas ocasiones, estos reinos del norte perdían tierras a manos de sus correligionarios católicos que pasaban de unos a otros con suma facilidad. El vencedor rápidamente se apresuraba a fortificar la nueva frontera impuesta al perdedor mediante la construcción de castillos y monasterios fortifocados con sus correspondientes dotaciones de tierras y gentes.

Todo esto son claros ejemplos de la permeabilidad de una frontera casi difusa y constantemente cambiante, de la unidad dentro de la más completa diversidad.

LA PERCEPCIÓN DEL MITO POR LOS COETANEOS

Así como hemos encontrado una esencia de verdad en el mito egipcio de la conquista árabe. Así también lo encontramos en el mito de la Reconquista. Lo irónico es que la invención de este mito fantasioso fuera la excusa perfecta para la creación y asimilación por los coetáneos de otro mito, el de la Reconquista, justificando, así, políticamente la conquista católica de las fértiles tierras andalusíes.

Como ya hemos dicho en el anterior artículo, unos andalusíes del s.X que viajan a Egipto son los verdaderos culpables de la creación del mito de la conquista árabe a través de viejas leyendas egipcias. Estos andalusíes trajeron el mito a España como única explicación a un hecho que era ya evidente a los ojos de todos, la orientalización e islamización de la península. Necesitaron este viaje iniciático en busca de conocimiento porque dentro de su propio país nadie tenía una concepción de lo que había ocurrido. La evolución del arrianismo hacia el Islam había sido tan paulatina, lenta y constante que ningún andalusí tenía conciencia de que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo. Ellos, simplemente, vivían la vida y se adaptaban a las nuevas modas. Sabido es que quien está sufriendo un proceso modificador no tiene conciencia del mismo (al menos que sea muy brusco) porque está sometido al mismo. Sólo la perspectiva histórica, con el paso del tiempo, puede mostrarlo. Y, en definitiva, esto era lo que estaba pasando en España. Repentinamente, en los ss.X y XI, los andalusíes son conscientes del profundo cambio que ha sufrido su sociedad, su cultura y su religión. Pueden compararse con los bárbaros reinos del norte y decirse: “antes nosotros éramos así” pues conocían de la existencia de un período en el que la península había estado unificada en un solo reino visigodo, así como todavía quedaba memoria del pasado romano. Se ven en el pasado como católicos, hablando en latín y tan sucios, incultos y pobres como los bárbaros del norte, y se ven en el presente profesando el Islam, hablando árabe y siendo cultos, refinados y ricos. Y se preguntan: “¿qué ha pasado?” El mito egipcio es la respuesta perfecta. El problema es que ellos mismos se lo creen.

Efectivamente, los mismos andalusíes llegaron a creerse su propia mentira y, por tanto, los bárbaros habitantes de los reinos del norte también se lo creyeron. ¿Por qué no iban a creerselo? También sabían de su pasado en común, también sabían observar y eran conscientes de las diferencias culturales entre el sur y el norte de la península, la Iglesia Católica, como suele hacer, se había encargado de quemar y borrar de la Historia todo lo que sonara a arrianismo. Y, lo más importante, el culpable era confeso. ¿Qué duda pues cabía?

Lo que ninguno de los dos, ni católicos, ni andalusíes, observaron es que debajo de esa capa de pintura oriental con la que había sido remozado el sur de España, existían costumbres más primitivas como las ya nombradas que evidenciaban un pasado en  común, que ponía de relieve que ni los hispano-romanos se habían esfumado ni habían sido transplantados por nuevos colonos venidos de las ardientes arenas del desierto de Arabia. Eran los mismos españoles de siempre, sólo que ahora hablaban árabe y rezaban a otro dios.

Esto, por supuesto, tendrá sus consecuencias. En torno al s.XI, la interpretación del conflicto peninsular desde un punto de vista religioso ya venía siendo sistemáticamente acuñada, como hemos visto, desde el s.VIII. Ya las identidades estaban bien injertadas y cada bando, como hemos dicho, era consciente de sus diferencias. Había nacido el mito de la Reconquista. En palabras del católico rey Fernando I (1016-1065) a los musulmanes en una arenga militar:

“nosotros hemos dirigido hacia vosotros los sufrimientos que nos procuraron aquellos de los vuestros que vinieron antes contra nosotros. Solamente pedimos nuestro pais, el que arrebatasteis antiguamente, en los primeros tiempos de vuestro poderío. Lo habitasteis el tiempo que os fue decretado; ahora os hemos vencido por vuestra maldad. ¡Emigrad, pues, a vuestra orilla más allá del Estrecho, y dejadnos nuestro país! Porque no será bueno para vosotros hablar en nuestra compañía.” (Ibn Idari, Bayan, p.39).

Ironía de las ironías. Presos de su propia fábula. Un mito creído e interiorizado gesta la creación de otro mito que también creerán para legitimar la conquista de tierras al reino del sur, cada vez más debilitado. No obstante, y a pesar de esta arenga, las cosas no se precipitan. Todavía restan cuatrocientos años para la desaparición de los reinos islámicos de España. No obstante, igual que podemos señalar una fecha, en torno al s.X, para la creación del mito egipcio de la conquista árabe, también podemos fechar la creación del mito de la Reconquista en torno al s.XI, coincidiendo con el auge poblacional de los reinos católicos del norte, su imperiosa necesidad de tierras fértiles, y con el desmembramiento centralizador del califato de Córdoba que hace nacer el período de los reinos de Taifas. Rico período, fructífero período, un segundo renacimiento cultural (ya vivieron uno durante el califato) pero sin lugar a dudas, un período donde la debilidad militar de los reinos Taifas es más que patente debido a su atomización, solo mantenidos gracias a ese segundo renacimiento cultural que vivirán y que generará ricos beneficios en oro con el que pagar y mantener un ejército mercenario que les defienda así como pagar paces, comprar fidelidades y premiar traiciones. Mientras el oro andalusí siga fluyendo en dirección a los reinos del norte, estos olvidarán sus cruzadas, y su lucha por la fe católica. Mientras el oro que compra voluntades siga fluyendo, los musulmanes andalusíes vivirán tranquilos, incluso, protegidos por sus, teóricamente, enemigos irreconciliables, los reinos catolicos del norte.

CONCLUSIONES

Sin lugar a dudas este es un período muy interesante de la Historia de España, unos hechos que nos formarán como la nación que actualmente somos. Impondrán nuestra cultura, nuestra forma de vida, nuestro carácter y, como no, nuestra fe. La instrumentalización sobre la creación e interpretación del mito llevada a cabo por la Iglesia Católica primero y por el nacionalismo surgido de la desviación de la Revolución francesa después, crea una extraña simbiosis, única en el mundo, llamada nacional-catolicismo que ha quedado puesto de manifiesto en este trabajo.

No podemos hablar de Reconquista como un proceso homogéneo y continuado en el tiempo durante la nada despreciable cifra de ocho siglos. Tampoco podemos hablar de un enfrentamiento de religiones, divididos en dos bandos, católicos y moros. ¿De qué podemos hablar entoces? ¿Qué ocurrió? Sencillamente, ocurrió lo que ocurrió. El devenir histórico de los acontecimientos. Exactamente lo mismo que ocurría en el resto del mundo, la fragmentación causada por la desmembración del Imperio Romano ocasiona el surgimiento de múltiples entidades políticas autónomas e independientes entre sí y cada una con sus particularísimos intereses. Esto provoca, pues, múltiples enfrentamientos entra los distintos Estados cuando sus intereses se contraponen. Esto pasaba en todo el antigüo mundo romano y esto pasaba en España.

Se dan por tanto, diversos procesos de conquistas, reconquistas y vueltas a reconquistar o rereconquistas. Las poblaciones y tierras pasan una y mil veces a manos de unos y otros. Y desde luego, no existen dos bandos claramente diferenciados, católicos y moros. Existen tantos bandos como Estados independientes haya en ese momento en la península. Por ello mismo, la época taifal fue un verdadero caos desde el punto de vista de la geo-estrategia y de la geo-política. Multitud de intereses contrapuestos y solapados unos a otros. Esto fecundará en lo mismo de siempre: el pez grande se come al chico. Los reinos Taifas, atomizados, y más débiles militarmente hablando (aunque muy ricos) finalmente no podrán soportar los embates de los poderosos reinos del norte y cuando a estos pequeños reinos orientales de la península se les acabe el oro, su suerte estará definitivamente echada. Solo les quedará su tierra con lo que apaciguar a los poderosos norteños.

En cuanto a frontera, podemos decir que toda España es una frontera en sí misma. Es difícil encontrar una línea clara que divida las dos culturas. Primero porque hasta bien entrado el s.X no existieron estas dos culturas, sólo dos religiones arrianismo y catolicismo. Segundo porque el proceso orientalizador y aculturalizador es sumamente lento y no podemos hablar hasta el s.XI de dos culturas claramente diferenciadas y de dos identidades culturales diferentes conscientemente asumidas por los distintos reinos de la península. Y tercero, porque aun reconocidas esas diferentes identidades culturales dentro de un mismo ámbito geográfico, como es la península, la atomización persistía en ambas culturas, tanto musulmanes como católicos permanecían divididos entre sí y enfrentados, por lo que primaban los intereses particulares individuales como entidades políticas independientes sobre los intereses comunes, vamos a llamarlo, como civilización.

No desearía acabar este artículo sin esbozar unas ideas para la reflexión general del público lector. La desaparición de los reinos musulmanes, como entidades políticas diferenciadas e independientes, en España tiene una fecha sin litigio: 1.492, la conquista de Granada. ¿Pero realmente desapareció Al Andalus en esa fecha? Estoy refiriéndome a la asimilación cultural.

Efectivamente, el último ente político desapareció de la península en 1.492, pero el último andalusí ¿cuándo desapareció? Tengamos en cuenta que hay territorios en nuestro país que llevan siendo menos tiempo parte de España que orientales islámicos, caso de Granada. ¿O no es así? ¿O siempre han formado parte de España, incluso cuando hablaban árabe? Porque ¿no nos habrá pasado a nosotros como a aquellos andalusíes? ¿Nos habremos inventado un mito nacional-católico para definir España y a los españoles y nos lo habremos creído? ¿Hasta qué punto la cultura andalusí pervive hoy en día como parte de la cultura española actual? ¿Seguimos comiendo jamón serrano y bebiendo vino? ¿Y las alcachofas y las berenjenas, también? ¿Sigue siendo España Al Andalus pero hablando latín y profesando la fe católica? ¿Quién ha asimilado a quién, España a Al Andalus o Al Andalus a España?

Interesantes preguntas para reflexionar, estimado lector.

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Responses

  1. […] gustosamente es la leyenda romanista de la “España católica y siempre católica”, algo que intentó desmontar Rubén en un reciente artículo. En todo caso, la España de hoy sí sería muy papista y santurrona, hasta muchísimos ateos […]


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