Posteado por: Javier | noviembre 30, 2011

España, ¿Occidental? (I)

El autor de este artículo es RUBÉN, comentarista de esta web, y trata sobre el concepto de “occidentalidad” desde un punto de vista cultural, y sobre si España es plenamente asimilable a ese concepto. La segunda parte aparecerá el viernes.

Como otros artículos que no sean míos y que se publiquen aquí, obviamente, reflejan el punto de vista del autor, con el que puedo coincidir más o menos, aunque todos ellos no dejan de tener su interés. 

Por mi parte, la “occidentalidad” la entiendo en un sentido más bien “político”, aunque ya no exista el bloque soviético y hayan pasado dos décadas desde el final de la Guerra Fría, un conjunto de naciones democráticas y libres, que siguen compartiendo ciertos intereses comunes, a la vez que siguen también compartiendo amenazas. En este sentido, aparte de Europa occidental, EEUU y Canadá, incluiría algunos países del Este, como las ex-repúblicas soviéticas del Báltico, Polonia, República Checa o Hungría, e incluso naciones que, precisamente, no tienen una posición geográfica occidental, como Australia, Nueva Zelanda, Israel, Japón o Corea del Sur. Más o menos, lo que entiendo que en un futuro debiera configurar la OTAN, como grupo de naciones aliadas. 

Pero esto es una temática totalmente distinta a la del artículo, donde se analizan los orígenes culturales de “Occidente”. Algunas conclusiones son interesantes y sorprendentes, para las ideas que hemos tenido durante años sobre ello.

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ESPAÑA ¿OCCIDENTAL?

 

 Samuel P. Huntington en El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial dice:

“Los años noventa han conocido la explosión de una crisis de identidad a escala planetaria. Casi en cualquier parte adonde se volviera la vista, la gente ha estado preguntándose ¿Quiénes somos?, ¿adonde pertenecemos? y ¿quién no es de los nuestros?” p.165.

Efectivamente, el mundo durante la “Guerra Fría” estaba claramente diferenciado en dos bloques: Occidente y Oriente, los EE.UU. y alíados y la URSS y aliados, capitalismo y comunismo, bien y mal. El mundo estaba definido por una dualidad consistente. Sin embargo, el fin de este período con la derrota del comunismo a nivel global, nos abre un mundo nuevo multipolar, no tan claro ni concreto, no tan específico, más complejo y relativo. Este es el mundo del s.XXI.

Así pues, desde el final de la II Guerra Mundial, el término “civilización occidental” generalmente se refiere a una cultura capitalista en comun entre los paises de Europa occidental y América, todos alíados de los EE.UU. quien como potencia central de la civilización occidental marcó las pautas a seguir por el resto de países. Pero vamos a analizar con mas cuidado este término surgido de la guerra fría y vamos a estudiar si realmente su definición como civilización es acertada y consistente a lo largo de la Historia. ¿Existe realmente una civilización occidental? ¿Cuando se genera propiamente y bajo que terminos la cultura occidental? ¿España pertenece a una hipotética civilización occidental? Intentaremos dar respuesta a todas estas preguntas en las siguientes líneas.

¿CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL?

La primera vez que se utilizó el término “Occidente” u “occidental” fue durante el Imperio Romano. Fueron los romanos los que marcaron una frontera entre Oriente y Occidente. Pero para los romanos ¿qué significado tenía occidental?

A pesar de las primeras iniciativas de división administrativa en el Imperio Romano con Diocleciano primero y Constantino después, no fue hasta la muerte de Teodosio que el Imperio no se dividió en dos mitades en el año 395 entre sus dos hijos Arcadio y Honorio. A partir de esta fecha, políticamente hablando existían dos Imperios, el Imperio Romano de Oriente y el Imperio Romano de Occidente, con dos emperadores, dos senados, dos capitales, etc. Esta es la primera vez en la Historia en que surge el término Occidente u occidental.

Teodosio crea dos Imperios diferentes que, con el andar de los tiempos correrán, también, caminos y destinos diferentes. Pero de momento, y en el año 395, Occidente y Oriente sólo era una frontera meramente política. Todo el territorio de Italia hacia el oeste sería Occidente y el resto, el territorio comprendido de Grecia hasta Persia sería Oriente. Como podemos observar es una división meramente geográfica a partir de un eje norte-sur que atraviesa el Mediterráneo. Tan occidental era la Galia, la Germania, o la Britania como el Magreb o Libia. Tan oriental era Grecia como Siria.

De esta forma, diversos pueblos de diversas culturas e idiomas, más o menos romanizados, entraron a formar parte de una misma entidad única y exclusivamente política que poco tenía que ver con sus características culturales propias. Por lo menos en el caso de Occidente, no así en el caso de Oriente donde la homogeneidad cultural era mucho mayor, quizá debido a una historia mucho más antigua en común y al helenismo. La prueba de ello es que el Imperio Romano de Occidente no tardó mucho en disgregarse en pequeños reinos independientes (476, Rómulo Augusto último emperador occidental) mientras que el Imperio Romano de Oriente continuó fuertemente unido muchos años más orientalizándose cada vez más, pasando a llamarse Bizancio y terminando el proceso de helenización que comenzó con la muerte de Alejandro en el año 313 a.C. No fue, tal y como ya hemos comentado anteriormente en otros artículos, hasta la fuerte controversia arriana que comenzó en el s.IV y que fecundará en el s.VII, que el Imperio, ya Bizantino, comience a desmoronarse quedando sólo un núcleo propiamente griego como territorio del Imperio (Grecia y Asia Menor), y el resto evolucionando del arrianismo al Islam que será como se llame la nueva civilización oriental.

Este es, pues, el panorama mediterráneo que tenemos a comienzo de la Edad Media, una época que, sin lugar a dudas, va a ser el germen de las futuras naciones europeas. A partir de la Edad Media, el término Occidente y occidental, así como oriente, se diluye en el tiempo, y su significado vuelve a ser el originario, una dirección geográfica, este y oeste. No podemos entender, a partir de esta época, una definición civilizatoria clara y concreta en estos dos términos geográficos, como mucho podemos observar una asimilación de lo fabuloso, las riquezas, lo exótico con el término oriental pero nada más.

La Edad Media creará dos términos concretamente: Islam y Cristiandad. Estos van a ser las dos grandes palabras que definan a las dos grandes civilizaciones. Como podemos observar, vienen unidos a las dos grandes religiones monoteistas. Ahora nosotros las llamamos civilizaciones pero ¿entendían ellos qué era una civilización? Absolutamente NO. El término civilización adquiere su significado actual en la sistematización de las ciencias que tiene lugar en el s.XIX. Para el hombre medieval las únicas divisiones aceptables eran las políticas (entre reinos o principados) y las religiosas (entre Cristianismo e Islam).

Una civilización puede estar compuesta de diversos pueblos y Estados que tienen características comunes. Este es el caso de los antiguos griegos, fragmentados en diversas “polis” pero con un substrato cultural común: lengua, religión, costumbres, modas, formas, etc. O el caso de la Hispanidad, fragmentada en diversos Estados y compuestos por gran cantidad de pueblos (blancos, indios, negros, mestizos) pero todos con un substrato cultural común:lengua, religión, costumbres, modas, formas, etc.

En base a esta definición del término “civilización”, vamos a comprobar si los historiadores del s.XIX acertaron cuando estudiaron y describieron las civilizaciones. En general, podemos decir que sus estudios fueron bastante sistemáticos y acertados con la salvedad de la civilización europea (entonces así la llamaron) ya que ni se plantearon definirla o estudiarla, simplemente la aceptaron como algo obvio y evidente, como algo existente desde el Imperio Romano. El error fue, pues, no dedicar tiempo de estudio sincero a Europa.

Como podemos comprobar, la civilización oriental u “Oriente” existe hoy como ente cultural complejo formado por una basta diversidad de pueblos y Estados con un substrato común muy antiguo que se retrotae a los albores de la Historia y que produjo la homogenización cultural del Imperio Romano de Oriente de la que ya hemos hablado: lengua común, religión común, costumbres, modas y formas comunes… Esto es el Islam y está claramente delimitado geográficamente desde el norte de Africa hasta la India y de ahí hasta el último extremo de Asia. Pero ¿vamos a encontrar la misma similitud en Occidente?

¿OCCIDENTE O IMPERIO?

El 25 de diciembre del año 800, Carlomagmo es coronado Imperator Avgvstvs por el Papa León III en la antigua capital del Imperio Occidental: Roma. Esta era una forma de reeditar el ya finiquitado imperio. Lo que pocos saben es que esta coronación fue ilegal, sin legitimidad alguna por muy coronado que el ya emperador Carlomagno fuera por el Papa.

En el año 476, el germano Odoacro depone al último emperador de Occidente: Rómulo Augusto. Así, se podía esperar una reacción inmediata del debilitado pero aun firme y poderoso Imperio de Oriente a causa de esta afrenta ejercida sobre Occidente por un simple bárbaro del norte que Constantinopla no podía tolerar, aunque solo fuera para no dar internacionalmente una imagen de debilidad. Sin embargo, Odoacro era un estratega consumado y no perdió el tiempo dándole oportunidad al emperador Zenón a sentirse ofendido y humillado. ¿Cuál fue la solución de Odoacro para salirse con la suya y no enfrentarse a las represalias griegas?

Odoacro podría haberse coronado emperador de Occidente o nombrar a un títere romano y gobernar a través de él. Cualquiera de estas dos opciones hubieran supuesto una rápida y dura represalia de Oriente. El sagaz Odoacro, sin embargo, devolvió las insignias imperiales de Occidente a Zenón junto con una carta en la que pedía ser confirmado como dvx (duque) de Italia. Zenón accedió y le ennobleció con el rango de patricio. Así pues, Odoacro se convirtió en gobernador de Italia como agente del emperador romano de Oriente.

La repercusión de esto es importante pues suponía de ivre una reunificación del Imperio Romano con capital en Constantinopla. Nuevamente un Imperio, un emperador, una capital y un senado. A pesar de que el Imperio de Occidente no desapareció en teoría hasta el año 476 con la deposición del último emperador, en la práctica desde comienzos del s.V (418, reino arriano visigodo de Tolosa), Occidente ya se había desmembrado en divesos reinos que solo reconocían la autoridad imperial en teoría pero que en la práctica eran independientes. Odoacro solo vino a confirmar una realidad desde hace años patente.

Así pues, nos encontramos en el año 476 nuevamente con un solo Imperio Romano, con capital en Constantinopla (Nueva Roma es su nombre oficial) que abarca todo el antiguo territorio de Oriente más la nueva provincia de Italia. ¿Y el resto de Occidente? Tanto Germania, las Galias, Hispania compo Africa, aunque reconozcan al emperador de Oriente y acudan muchas veces a él para legitimar principados y dinastías (como Odoacro), incluso para que actúe de árbitro, estas antiguas provincias romanas estarán, tanto en teoría como en la práctica, divididas en diversos principados y reinos godos, francos y germanos independientes. Con este estado de cosas, entendemos, pues, que el Imperio, unos pocos años más tarde, nuevamente fortalecido bajo Justiniano (483-565) y con un excelente general como Belisario, intente recuperar las antiguas provincias perdidas y reconquiste gran parte del territorio perdido en todo el litoral mediterráneo, algo que los visigodos arrianos de Toledo no pudieron evitar.

Antes del año 800, Carlomagno tuvo muchas dudas de su coronación como emperador. Había conseguido expandir su poder por buena parte de Occidente pero tratar de coronarse emperador era, como ya hemos explicado, una usurpación ilegítima del título imperial. Sin embargo, las presiones que sufrió por parte del papado fueron muchísimas. Para explicar esto tenemos que explicar previamente unas pocas cuestiones.

Desde el advenimiento del Imperio, la magistratura romana de Pontifex Maximvs (sumo sacerdote de la religión romana) fue uno de los títulos exclusivos del emperador. A partir del año 313, con el edicto de Milán con el cual se proclamaba al cristianismo como la religión oficial del Imperio, el emperador pasaba a ser el “papa” o sumo sacerdote del catolicismo. Los concilios (Nicea, Constantinopla, etc) los convocaba y presidía él como Pontifex Maximvs. Con la reunificación del Imperio en el año 476, sólo quedaba un emperador y un Pontifex Maximvs en las manos de la misma persona: el antiguo emperador oriental. Por tanto, a partir del año 476, será el emperador de Constantinopla el sumo sacerdote o “papa” de toda la cristiandad (tanto de oriente como de occidente), él convocará los concilios y él decidirá sobre los asuntos religiosos. No hace falta ser muy inteligente para adivinar que el patriarca de Constantinopla (a pesar de su teórica igualdad con los restantes patriarcas, incluído el romano) se convirtió en el más importante e influyente de todos.

Para el s.VIII, las diferencias religiosas entre oriente y occidente eran ya insalvables y ya sólo quedaban en pie dos patriarcas: el romano y el bizantino. Y a pesar que el occidente católico aceptaba la guía del romano, el patriarca de Roma debía obedecer los postulados, en teoría, del emperador romano o Pontifex Maximvs bizantino. Así pues, la lucha de poder entre los dos únicos patriarcas, Roma y Bizancio, para controlar a todos los católicos, tanto de Oriente como de Occidente, fue brutal. Pero al patriarca romano, le faltaba una cosa: legitimidad. No podía imponerse pues no era Pontifex Maximvs ni tenía un emperador en Occidente. Así pues, la solución era obvia, cuando surgió un rey fuerte que consiguió unificar bajo su cetro la práctica totalidad de los territorios occidentales, debía ser coronado emperador de Occidente.

Carlomagno era consciente de que esta coronación traería consecuencias diplomáticas pero las presiones romanas y, suponemos, el ego fueron demasiado fuertes como para resistirlos. Así, en el año 800, Carlomagno usurpó el título de emperador de Occidente que todavía estaba en manos del emperador bizantino desde el año 476. La respuesta del griego no se hizo esperar y Nicéforo I, emperador de Bizancio, declaró inmediatamente la guerra a Carlomagno. Por suerte para el franco, el Imperio griego tenía otros problemas internacionales de los que ocuparse y nunca emprendió ninguna campaña contra él ni tampoco Carlomagno reaccionó de forma alguna y la guerra quedó en nada.

Pero el objetivo del, ahora sí, Papa León III fue conseguido. Carlomagno, como sucesor (ilegítimo) del último emperador de Occidente heredó todos los títulos y dignidades imperiales, entre ellos el de Pontifex Maximvs que nunca utilizó ni él ni sus sucesores y que quedó “delegado” en el obispo romano y nuevo Papa de la “cristiandad”.

Pero retomemos la pregunta del epígrafe: ¿Occidente o Imperio? Como podemos observar hasta la Edad Media, Occidente y civilización occidental, eran sinónimos de Imperio y de cristiandad. Después de la Edad Media, Occidente seguirán siendo estos primeros territorios imperiales y los adquiridos por los diversos reinos y principados que lo compongan, aunque tengan poco que ver con las características sociales y culturales del imperio carolingio. Por el mero hecho de ser cristianos o católicos y por el mero hecho de responder a una concreta orientación geográfica en el mapa (occidente, oeste), ya serán automáticamente asimildos al resto de territorios que componen el verdadero Imperio de Occidente, aunque social y culturamente tengan poco o nada que ver.

En la ya mencionada obra de Samuel P. Huntington, el autor dice sobre la delimitación de Occidente:

“Determinar el trazado de esa línea de fractura en Europa ha sido uno de los principales problemas que ha debido afrontar Occidente en el mundo de posguerra fría. (…) ¿Qué es Europa? Las fronteras de Europa al norte, oeste y sur están delimitadas por importantes extensiones de agua. Pero ¿dónde está la frontera oriental de Europa? (…)

La respuesta más convincente y generalizada a estas preguntas la proporciona la gran línea histórica que durante siglos ha separado a los pueblos cristianos occidentales de los pueblos musulmanes y ortodoxos. La existencia de esta línea se remonta a la división del imperio  romano en el siglo IV y a la creación del Sacro Imperio Romano en el X. Ha estado aproximadamente en su lugar actual durante al menos 500 años (…).” (Huntington, op.cit.,p.211).

En este texto, Huntington comete el error que ya hemos comentado: la identificación de una posición geográfica muy abstracta, occidente (oeste), con la “cristiandad” y con el Imperio de Occidente. Y lo hace por intentar delimitar la frontera oriental de Occidente encontrando la respuesta en el Sacro Imperio. Parece terner muy claro el resto de fronteras tanto la occidental como la meridional.¿Realmente esto es así? Recordemos la composición territorial del este imperio: Alemania, Francia, Italia y Paises Bajos, y nada más. Aunque en un principio, los países escandinavos no estuvieran incluídos en las fronteras del Imperio, podemos estar de acuerdo con Huntington e incluirlos en Occidente a causa de su similitud con los pueblos germanos de Alemania. Podemos incluso observar una especie de prolongación de Alemania en los países del norte de Europa con características culturales e incluso étnicas muy similares, casi idénticas. Sin embargo, España y Gran Bretaña, la frontera occidental, quedaron claramente fuera del dominio imperial por causas diferentes.

Gran Bretaña estuvo poblada mayoritariamente por los celtas que llegaron a las islas en el s.IV a.C. Después de la conquista romana, nunca fue una provincia muy romanizada, quizá por su lejanía e insularidad y hubo partes de las islas que quedaron fuera del dominio romano (Escocia) donde los celtas campaban a sus anchas. Así tenemos un territorio mayoritariamente celta hasta el desmoronamiento del Imperio. A principios del s.V, llegaron a sus costas dos pueblos germanos: anglos y sajones que consiguieron imponerse a la población celto-romana autóctona llegando a fundar incluso sus propios reinos. A pesar de esto, tenemos unas islas que durante nueve siglos han sido habitadas por los celtas y podemos hablar de una población de cerca de cuatro millones cuando llegaron estos dos pueblos germanos.

A partir del s.V y hasta la actualidad, los celtas sobrevivieron en Escocia donde los pueblos germanos no consiguieron llegar. Y en lo que actualmente es Inglaterra y Gales podemos presumir sin temor a equivocarnos una mezcla de los pueblos y culturas celtas con los germanos que, sin lugar a dudas, eran muy inferiores en número a los autóctonos celto-romanos. Estos hechos, junto a la proverbial insularidad de Gran Bretaña, han conseguido configurar en las islas una cultura propia y diferente a la continental: autónoma, autóctona e independiente y, por ende, a la del Imperio de Occidente que evolucionó hacia el posterior Sacro Imperio con el añadido substrato germano.

En cuanto a España, las próximas líneas van a tratar de su configuración como cultura también independiente de la imperial occidental, en proceso similar pero diferente al británico, con un substrato étnico y cultural más importante en su historia y más definitorio que el celta en Gran Bretaña: el elemento oriental que también originó, al modo británico, junto a su peninsularidad un plurisecular aislacionismo del resto del continente.

RAICES ORIENTALES

Como ya hemos dicho, la Edad Media constituye la época en la que se generaron las raíces de las culturas y los pueblos que en el s.XIX crearán las futuras naciones europeas, entre ellas España. El restaurado Imperio Occidental o Sacro Imperio supone, pues, las raíces de muchos pueblos y naciones de la Europa actual, incluso, por exclusión del resto y merced al error ya explicado, de la cultura y del futuro Estado europeo que desde Bruselas quiere imponer la Unión Europea. Estas son las raíces culturales de la actual UE: el católico Sacro Imperio. ¿Por que se caracterizó, entonces, la cultura medieval europea del Imperio Occidental? Podemos decir que por un fuerte substrato cultural romano (no griego, lo griego viene a traves de Roma) , el catolicismo y el feudalismo. Durante practicamente toda la Edad Media, España no cumplió NINGUNO de estos requisitos.

En este epígrafe, vamos a tratar de explicar las raices culturales orientales que posee España. En un pais que ha sufrido una labor de ingeniería cultural tan brutal donde el poder católico vencedor ha intentado introducirlo en la órbita del Sacro Imperio inventando mitos para afirmar las supuestas raíces plenamente occidentales y católicas, esta labor resulta ardua ya que el escepticismo generalizado granjea enemistades y un estado de voluntad negativo por parte del receptor. Empero, vamos a tratar de realizar un rápido recorrido por la Historia de España desde la Antigüedad para explicar con cuidado este hecho.

¿Por qué decimos que España posee raíces culturales orientales? Muchos han tratado de convencernos de que España es un país dentro de la llamada órbita cultural occidental, para ello esgrimen argumentos tales como la romanizción de la península, la sangre goda y germana que corre por nuestras venas, el origen de la nación española en la monarquía visigoda, la mal llamada reconquista que nunca fue, la unificación de los Reyes Católicos que daría a luz a la España actual, tal y como la conocemos hoy y, sobre todo, mitos, muchos mitos románticos. Sin embargo, si analizamos con rigor estos hechos, observaremos dos cosas. Primero que la España-Nación actual es hija del s.XIX y de la doctrina nacionalista de origen francés y poco o nada tiene que ver con la España anterior. Segundo, a pesar de la moderna concepción del Estado-Nación, la cultura de la población residente entre sus fronteras es mucho más antigua y heredada de padres a hijos remontándose en el tiempo hasta los albores de la Historia.

El primer proceso urbanizador más importante de la península tuvo su origen en la colonización oriental y fenicia de España en torno al primer milenio antes de la era y toda civilización nace con el surgimento de la ciudad (no así la cultura que puede ser tribal y menos desarrollada). Antes de esta fechoa, los datos arqueológicos son escasos pero sí podemos estar más o menos seguros de unos primeros pobladores pre-indoeuropeos llamados iberos y de la llegada y expansión de los primeros pueblos indoeuropeos a la península: los celtas. De los iberos poco sabemos, de hecho, todavía suponen un gran misterio para nosostros ya que no se ha logrado descifrar su escritura. De los celtas y su cultura sabemos bastante más. A pesar de ello, por los restos arqueológicos que han dejado, la cultura de ambos pueblos estaba más bien poco desarrollada y su impronta depende de la zona geográfica concreta de la península.

Los fenicios fueron un pueblo muy importante de la región sirio-palestina, grandes navegantes y comerciantes que se expandieron por todo el Mediterráneo. En España les debemos ciudades como Cádiz, Cartagena, Ibiza, Almuñecar, Adra, Elche, etc. Primeramente se pensó que su estrategia era la de fundar pequeñas colonias comerciales al estilo griego, emporios (como la Ampurias griega en Cataluña), para tener distintas bases en todo el Mediterráneo y comerciar con los distintos pueblos de este ámbito. Los fenicios fueron los creadores de civilizaciones como la cartaginesa pero en España, se pensaba, su actividad habría sido puramente comercial hasta el surgimiento de Cartago como potencia.

Estudios más recientes, empero, han demostrado que esto no es del todo cierto. Nuevas excavaciones arqueológicas han demostrado la verdadera importancia de la cutura fenicia y oriental en España. No solo se han hallado nuevos asentamientos sino que se ha comprobado la grandísima importancia que la agricultura tenía para la vida de estas ciudades orientales en suelo español a causa del gran número de tierras roturadas. Cuando la agricultura se hace patente en la actividad económica de una ciudad de la Antigüedad podemos pensar en la gran importancia de esta población, así como de su perdurabilidad y consolidación territorial. Los emporios comerciales son pequeñas colonias que única y exclusivamente viven del comercio. Cuando las tierras de labor pasan a ser importantes, esta ciudad produce sus propios alimentos, luego su actividad económica principal no es el comercio y su arraigo territorial es importante y duradero.

Puede resultar extraño para un observador no informado, el establecimiento de pueblos orientales en la orilla occidental más distante del Mediterráneo. Las grandes distancias suelen ser vistas como grandes impedimentos para la migración y colonización de los pueblos y, efectivamente, así es. Sin embargo, no debemos caer en el error de ver en esas distancias algo insuperable, aun en esa época, ya que, aunque semejante peregrinar desde oriente por tierra sería algo prácticamente imposible, por mar se hace viable, sobre todo para un pueblo marinero como el fenicio. Si tenemos en cuenta las grandes facilidades que ofrece el oceano para el transporte y el viaje, resulta que España no está tan alejada de oriente como parecería. De hecho, podríamos decir que la península es fronteriza de la franja sirio-palestina a través de la enorme y veloz autopista que es el Meditrerráneo, tan fronteriza como lo pueda ser Francia.

Desde antiguo, hay referenciada una ruta marítima directa desde la franja sirio-palestina hasta el levante español, entre Cartagena y Almería, ya que, debido a la inclinación de la península, este es su litoral más oriental. Esta ruta marítima está ligada a la ruta comercial que emplearon los tartessos, antigua civilización bética de la que poco se sabe, para comerciar con oriente. Los fenicios fueron grandes navegantes, como ya hemos dicho, incluso queda constancia escrita de una expedición hasta las costas inglesas en busca de estaño, pero no fue su pericia lo que condicionó sus aventuras marítimas sino que más bien fue la consecuencia directa de su realidad geo-política oriental. Los fenicios estabna repartidos en un pequeño número de ciudades costeras orientales en la región sirio-palestina, ricas y populosas, pero muy limitadas territorialmente. A penas podían seguir siendo independientes ante los envites de los grandes imperios orientales: asirios, egipcios, babilonios, persas, todos ellos amenazaban su independencia y desde luego no tenían ni la posibilidad ni la capacidad de expandirse territorialmente en busca de nuevas tierras y recursos. Esto, pues, les empujó hacia el mar, la navegación y el comercio como única vía de expansión. Así llegaron hasta tierras donde tenían poca o ninguna competencia como España.

Pero los fenicios no llegaron solos a España. Con ellos trajeron su cultura, su religión, su lengua, sus modas, sus costumbres. Actualmente, y merced a la arqueología, sabemos que los fenicios poblaron y ocuparon toda Andalucía, Murcia y Valencia. Y su influencia cultural llegó hasta muy al interior en la península. Hay constancia escrita de la presencia de asirios, durante su imperio, en tierras españolas en busca de plata pues la península era muy rica en dicho mineral. También tenemos constancia escrita en la Biblia de relaciones comerciales entre Israel y España (con quien se identifica Tarsis en los textos sagrados).

La presencia judía es otra variable a tener en cuenta en las raíces orientales culurales españolas. Ya no solo por el texto bíblico (hay quien afirma que esta no es una correcta interpretación) sino por puro razonamiento lógico y deductivo. Es durante el reinado de Salomón cuando aparecen las primeras referencias a Tarsis (identificada con los ya mencionados Tartessos) en la Biblia. A pesar de que esta fuera una interpretación incorrecta, debemos recordar que el rey David fue el fundador de un gran imperio hebreo en la franja sirio-palestina que su hijo Salomón heredó y mantuvo. Las ciudades fenicias se mantuvieron independientes pero al mismo tiempo ligadas a Israel por pactos y alianzas de todo tipo según relata indiscutiblemente la Biblia. Para esta época (970-930 a.C. aproximadamente), los fenicios ya habían llegado a España. Si la mayor potencia del mundo civilizado, que entonces era Israel, comerciaba con decenas de pueblos más lejanos, ¿acaso no iba a comerciar con España a través de sus aliados fenicios? No solo eso, seguramente las expediciones comerciales fenicias serían compartidas también por comerciantes judíos yendo juntos en los barcos. Por tanto, y sin temor a equivocarnos, por pura deducción lógica, podemos asegurar una temprana relación desde el primer milenio antes de la era entre Israel y España. Lo que no podemos saber es el nivel de esa relación ni si ya hubo desde esas fechas pobladores judíos en la península. Es esta una buena hipótesis aunque por el momento no hay ninguna prueba arqueológica que la confirme.

En el año 218 a.C. comienza la segunda guerra púnica entre romanos y cartagineses y con ella, la conquista de España por Roma que no verá culminada hasta la época de Agusto, al comienzo de la era cristiana. Hasta entonces, la mayor parte de la península estuvo en manos de fenicios primero, y de cartagineses después. Evidentemente, la influencia púnica no fue igual en toda España. Como antes hemos dicho, toda Andalucía, Murcia y Valencia eran tierras orientales (a pesar de estar en occidente) y su influencia cultural llegó hasta Extremadura, La Mancha y Aragón como así lo demuestran los hallazgos arqueológicos. Por supuesto, en el resto de España, Castilla y todo el norte, la influencia cultural oriental fue casi nula, inmersos en una órbita cultural semibárbara celtibérica muy inferior y poco desarrollada.

Durante cerca de mil años, en la mitad sur de la península y el levante, se hablaba fenicio, se pensaba fenicio, se comía fenicio, se jugaba fenicio, se vivía fenicio y se moría fenicio. Era tierras orientales en el occidente europeo. Si por algo se carcaterizaban los fenicios era por su sincretismo cultural. Su lengua era propiamente fenicia (semítica) pero el resto de sus rasgos culturales: religión, modos, costumbres, formas, etc, era una amalgama de las culturas orientales más importantes. Así, podemos ver en los fenicios rasgos culturales egipcios, persas, asirios, judíos, etc. Por eso, podemos calificar la cultura púnica como de oriental. Y eso mismo fue lo que durante mil años estuvo implantado en buena parte de España.

Cuando Hispania pasa a formar parte del Imperio Romano como una provincia occidental más, este es el panorama cultural que los romanos encontraron. Un norte muy poco desarrollado, cuasi bárbaro, sumido en la cultura celtibérica, y un sur y levante urbanizado, rico, desarrollado y con una importante impronta cultural oriental. El proceso romanizador que dio entonces comienzo y que podemos decir terminó con la finiquitación del Imperio Occidental de facto el año 418 (reino arriano visigodo de Teodorico I) con el advenimiento de los germanos, fue muy importante en la península. Donde más se notaron sus efectos civilizadores fue en el norte y oeste de la península sin impronta cultural importante alguna, salvo la celtibérica, y sumida en un cierto salvajismo a su llegada. En estas tierras, la romanización no tuvo adversario. Otra cosa fue en el sur y levante español.

Cerca de cuatrocientos años de domino romano dan para mucho y sería una falsedad decir que no afectaron para nada a la España de cultura oriental. Estas tierras tuvieron que adaptarse y mutar parte de sus costumbres sobre todo lo que ha legislación y modo de organizarse se refiere. Los romanos fueron un pueblo respetuoso con los usos y costumbres de los distintos pueblos que conquistaron, no podía ser de otra forma para mantener semejante imperio. Se conformaban con poco: reconocimiento de la autoridad de Roma y tributos. Eran permisivos y tolerantes con el resto de cuestiones. Por supuesto, el latín, como lengua de los conquistadores, se fue abriendo paso en la península así como la legislación influía en la administración de las ciudades y provincias. Pero un español oriental perfectamente podía seguir hablando púnico, vivir en Gades (Cádiz) y ser ciudadano romano. El nuevo proceso urbanizador romano en la península también influyó en la expansión de la romanización. Pero en las zonas de cultura oriental (como ocurrió en el Imperio Oriental), la romanización ni pudo, ni quiso, substituir el fuerte, arraigado y antiguo susbtrato cultural oriental. Por otra parte, según transcurrían los siglos, Roma iba orientalizándose progresivamente hasta el punto de que los mismos romanos adoptaron modas y costumbres orientales.

Otro factor a tener en cuenta, como ya hemos dicho, es la variable judía. A partir lo menos, es cuando empezamos a encontrar restos arqueológicos claros y evidentes de su presencia en la península como tumbas, etc. Esta nueva presencia judía era un nuevo  aporte de sangre y cultura orientales. Con los judíos llegó el monoteísmo a España. Aunque terminaron por expandirse por toda la península, si observamos un mapa de las principales juderías españolas, hallaremos que los judíos optaron por asentarse (con algunas importantes excepciones) en las tierras de cultura oriental: Andalucía y Levante. Nunca podremos llegar a saber a ciencia cierta el número exacto de judíos que llegaron a España, pero por la importancia cultural que tuvieron durante toda la Edad Media podemos presumir que su número fue abundante. Lo suficiente como para crear y mantener una importante cultura judeo-española o sefardí que dio al mundo importantes personalidades como Maimónides.

A comienzos del s.V (año 418, reino arriano de Tolosa) llegan los germanos visigodos a España, después de un largo peregrinar, procedentes de las estepas asiáticas. Su primer contacto fue con el Imperio Oriental y ahí se cristianizaron. Pero precisamente porque su primer contacto civilizador fue con Oriente, adoptaron la herejía del arrianismo. Así pues, la casualidad o la divina providencia quiso que España viniera a ser producto de otra excepcionalidad: unos bárbaros germanos orientalizados. Por supuesto, la orientalización de los visigodos no era profunda, apenas afectaba a su herética fe, en lo demás conservaban los usos y costumbres germanas. Sin embargo, en cuanto establecieron su reino en Tolosa, la herejía arriana caló hondo en los espíritus de la población española de cultura oriental, nuevamente en Andalucía y Levante. El arrianismo, como ya hemos dicho en otros artículos, resultará clave y fundamental para el proceso reorientalizador que se dará en la península a partir del año 711 y que culminará en el Al Andalus islámico.

Recompuesto ya el Imperio Romano, con capital en Constantinopla, en el s.VI y con Justiniano (483-565) como emperador, las tropas imperiales se lanzan a la reconquista de sus antiguas provincias. El invicto general Belisario consiguió extender nuevamente la autoridad imperial a todo el litoral mediterráneo. Podríamos analizar detenidamente la, esta vez sí, reconquista vertiginosa del magnífica general en tan poco tiempo y contan escaso número de efectivos y recursos. A la primitiva Roma le costó siglos e infinidad de recursos forjar un Imperio que abarcaba ambas orillas del mar pero Belisario tan solo necesitó unos pocos años para reconquistar buena parte de las provincias perdidas. No es este artículo el lugar indicado para un análisis concienzudo sobre este hecho pero vamos a apuntar una teoría y usar nuevamente el pensamiento racional.

El original Imperio Romano fue impuesto por la fuerza de las armas en un primer momento pero la única forma de mantener tal dominio, durante tantísimos siglos y en época tan temprana, es por la voluntad de los gobernados a ser dominados por Roma. La idea-fuerza que constituía el núcleo del Imperio fue aceptada por todos los pueblos sometidos a Roma con gran placer. El concepto de una única entidad política dominando todo el mundo conocido y sirviendo como elmento civilizador fue aceptado con agrado por todos estos pueblos siendo Roma tolerante con sus credos, usos y costumbres y ofreciendo también una grandísma autonomía. A cambio de unos pocos tributos, Roma ofrecía seguridad, organización, orden, respeto a las leyes, paz y un buen escenario para hacer negocios. Cuando esta idea-fuerza perdió su ímpetu a causa de la corrupción moral de Roma, por el incumplimiento de la parte del contrato que le tocaba a los romanos, el movimiento autoctonista del que ya hemos hablado surgió, primero en la parte occidental del Imperio y en la oriental mucho más tarde.

Para el s.VI, las provinicas occidentales independizadas ya sabían lo que era vivir sin la salvaguarda del Imperio. Con Justiniano, la idea-fuerza imperial resurgió con renovado ímpetu en estas tierras. Pero nno surgió por igual, el Imperio Romano era ya plenamente de cultura oriental, Justiniano ya no era llamado imperator o princeps sino basileus, la capital era Constantinopla y el idioma el griego, de romano sólo quedaban las instituciones y el derecho. Así pues, para gran parte de la Europa occidental, esta cultura era considerada como ajena y el Imperio tenido por extranjero. Por otra parte, los pueblos germanos, dominantes ahora en buena parte de las antiguas provincias occidentales, habían traído consigo la regeneración que necesitaban estas tierras corrompidas por el vicio y la inmoralidad del Imperio. Los salvajes germanos, salvajes sí, y bárbaros también, pero, por ello mismo, más puros, sin corrupción, sin vicio, con fuertes valores morales reconfigurados por su temprana conversión al crsitianismo, supusieron el aporte de sangre nueva que Occidente necesitaba para su regeneración.

Sin embargo, no todo Occidente tenía esta percepción, el Occidente de cultura oriental veía como amigo y salvador de los bárbaros germanos al nuevo Imperio regenerado por Justiniano y al que todavía le quedaba mucho para caer en el malestar generado por los problemas religiosos que provocarían el movimiento autoctonista oriental del s.VII. En la península, la España oriental sucumbió nuevamente ante la idea-fuerza imperial. Así, toda Andalucía, Murcia, Alicante y Baleares fueron rápidamente reconquistados por las tropas de Belisario que fueron recibidas como hermanos. Estos territorios constituyeron la nueva provincia imperial de Spania (546-624), en griego. Los visigodos nada pudieron hacer para evitarlo y durante unos cien años el Imperio sobrevivió en la antigua Hispania. ¿Es casualidad que la Spania bizantina y oriental exactamente con el Al Andalus islámico?

Para cuando los visigodos lograron expulsar definitivamente a las tropas imperiales de la península, otro mal mayor se les venía encima: la guerra civil arriana y la destrucción del Reino de Toledo. Así, poco pudieron disfrutar los godos germanos de las mieles del triunfo, nuevamente el proceso autoctonista y orientalizador comenzaba en la península pero esta vez los causantes eran ellos mismos. Así llegamos al año 711 y al comienzo del proceso reorientalizador que empezó con fuerza y que consiguió extenderse a la práctica totalidad del territorito español. A partir de esta fecha y hasta 1492 con la conquista de Granada, se abre en España un fértil período de cultura oriental, con sus claros y sus obscuros, y que durará la friolera de siete siglos. A los que hay que añadir los primeros mil años y los cien años de provincia bizantina. Así, tenemos en Andalucía y Levante, hasta 1492, un dominio efectivo de la cultura oriental de mil ochocientos años frente a apenas cuatrocientos años de romanización. Si las cuentas las hacemos en la actualidad, con el año 2000 como referencia tope, tenemos un dominio de mil ochocientos años de cultura oriental frente a unos novecientos años de occidentalización. Esta frontera temporal es válida para toda la península, no así la geográfica que variará con el tiempo según la cultura oriental vaya expandiéndose o contrayéndose por las tierras peninsulares.

La línea fronteriza entre cultura oriental y occidental irá variando según las épocas, como ya hemos dicho, y podemos hacer aquí un pequeño esquema:

–     Durante el primer milenio antes de la era, la frontera irá expandiéndose progresivamente desde el sur y el levante. Al comienzo de la segunda guerra púnica (218 a.C.) la tenemos situada concretamente en el Ebro. Podemos decir que en Aragón y Cataluña hasta el Ebro, Valencia, Murcia; Andalucía, Baleares, parte de La Mancha y Extremadura dominaba la cultura oriental. El resto de la península estaba en masnos de los celtíberos.

–      A partir del 218 a.C., comenzó un paulatino retroceso que culminó en el inicio de la era cristiana. Donde la romanización predominante en toda la península recluyó en Levante y Analucía de forma residual a la cultura oriental durante unos cuatrocientos años.

–     Con la desaparición del Imperio, la cultura oriental volvió a revitalizarse y comenzó a expandirse nuevamente por la península hasta la reconquista bizantina donde la línea fronteriza la trazamos ya en la provincia griega de Spania.

–      A paritr de aquí, la cultura oriental comenzó a expandirse por toda España a pesar de la conquista visigoda de la provincia bizantina. Para el año 711, la línea fronteriza volverá a incluir a Valencia, Murcia, Andalucía, Extremadura y La Mancha. El proceso expansivo continuará hacia el norte.

–    En torno a los siglos XI y XII encontramos la máxima expansión de la cultura oriental en la península. Incluirá toda España salvo el norte de Cataluña y Aragón y Navarra, Vascongadas, Cantabria, Asturias y Galicia.

–    A partir del año 1100, comenzará nuevamente a disminuir progresivamente en un lento retroceso hacia el sur y levante. Hasta que en el año 1492, nuevamente desaparecerá efectivamente de la península hasta la actualidad donde podemos observar un tímido resurgir del orientalismo debido, con toda seguridad, a la degenración moral de la sociedad española y al aporte de inmigrantes musulmanes del sur, salvajes sí, y bárbaros también, pero, por ello mismo, más puros, sin corrupción, sin vicio y con fuertes valores morales.

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