Posteado por: Javier | diciembre 3, 2011

España, ¿Occidental? (II)

Segunda parte y conclusión del artículo de RUBÉN.

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RAICES OCCIDENTALES

Sería de ilusos negar las evidentes raíces culturales romanas y católicas que posee España. No sólo nos lo han machacado desde pequeñitos en las aulas, sino que también tenemos ojos y podemos ver. Como cultura occidental vamos aquí a definir la única civilización antigua que ha producido occidente: Roma. Muchos son los que también entienden como cultura occidental la originaria de los pueblos bárbaros germanos que llegaron a Europa procedentes de las llanuras asiáticas en torno a los siglos III y IV en adelante.

Negamos este hecho porque, si bien un pueblo bárbaro puede tener una cultura, como así es, es evidente que su desarrollo es tan inferior que no puede compararse a la de aquellos pueblos más avanzados. Fue el caso de los indios americanos cuando se encontraron con los conquistadores españoles y también es el caso de los pueblos germanos cuando se encontraron con las luces de Roma o Bizancio.

Muchos no se percatan de que las tradiciones tribales bárbaras apenas sí pueden denominarse cultura. La prueba reside en que estos pueblos salvajes, en su encontronazo con la civilización, son rápidamente aculturados y asimilados llegando a perder, incluso, sus más sagradas tradiciones. Fue el caso de los indios de América cuando fueron rápidamente civilizados por los españoles y fue el caso de los bárbaros del norte cuando fueron rápidamente romanizados.

¿Por qué esta obsesión de identificar lo poco que queda de las tradiciones germanas con la civilización occidental ignorando la romanización? Nuevamente, hace acto de presencia, amén de otras ideologías nacionalistas creadoras de mitos propios de la Alemania nazi, el error y la confusión: todo lo que está en occidente (o sea, en el oeste) es la civilización occidental. Pero vamos a demostrar que las tradiciones de los pueblos bárbaros del norte, no pueden calificarse ni de occidentales ni de orientales, sino simplemente de bárbaras. Ejemplos en la Historia no nos faltan.

Cuando hablamos de los primitivos pueblos celtas, automáticamente identificamos la cultura celta con la cultura occidental. ¿Por qué? ¡Porque está en el oeste! Sin embargo, pocos saben que los celtas pertenecen a las primeras oleadas de pueblos indoeuropeos que se trasladaron desde las estepas asiáticas, algunos acabaron en el occidente europeo, sí, pero no todos. Unos cuantos celtas, los gálatas (galos), acabaron en Anatolia (Turquía) dando nombre a una región (Galacia) de estas tierras. Los celtas de Europa se romanizaron. ¿Alguien duda que los celtas asiáticos se orientalizaron? Tenemos, pues, celtas en occidente y en oriente. ¿Qué son los celtas, occidentales u orientales? ¡Los celtas son celtas!

Con los pueblos germanos ocurrió lo mismo. Muchos de ellos, en sus migraciones desde Asia, tuvieron su primer contacto con las civilizaciones de oriente y se orientalizaron. Este fue el caso de los visigodos españoles cuyo primer contacto civilizatorio fue con Bizancio y adoptaron la herejía arriana. También es el caso de la última oleada migratoria de pueblo a indoeuropeos, los turcos-otomanos, estos, a pesar de ser racialmente indoeuropeos, su primer contacto civilizatorio fue en oriente, en Bagdad, adoptaron la fe musulmana y al Islam como cultura y conquistaron la ya decadente Bizancio convirtiéndola en la flamante capital del primer imperio musulmán de la Historia.

Normalmente, se define a un pueblo como occidental o como oriental solo por acabar en el oeste o en el este asignándole las características civilizatorias generales de la zona geográfica concreta. Esto es un grave error. En términos civilizatorios, Occidente está representado por la única entidad importante que dio esta posición geográfica: el Imperio Romano. Y la cultura clásica romana poco o nada tenía en común con las tradiciones bárbaras tribales de los pueblos germanos que también acabaron en el occidente europeo. Así, en el occidente geográfico básicamente nos encontramos con tres tipos de culturas: la romana, la oriental y la bárbara.

Es típico de los pueblos bárbaros, atrasados culturalmente, lo rápido que abandonan sus tradiciones tribales, apenas culturales, siempre que tienen ocasión adoptando velozmente las luces de la civilización de una cultura superior. Fue el caso de los indios americanos, como ya hemos dicho, y es el caso de los pueblos germanos. Estos, conforme fueron llegando a Europa y según su distribución geográfica, fueron romanizándose (occidentalizándose) o helenizándose (oreintalizándose) tras su contacto con Bizancio.

Este es el caso de los pueblos germanos: francos, godos, visigodos, ostrogodos, alanos, etc, en occidente donde terminaron romanizándose rápidamente, y el caso de los pueblos eslavos en oriente donde terminaron orientalizándose por influjo de la Bizancio griega. Es llamativo lo rápido que se produjeron estas adaptaciones al medio, los germanos no dudaron en abandonar sus creencias mitológicas odinescas y adoptar la fe católica, propia del Imperio Occidental. Mientras que los pueblos eslavos tampoco dudaron en abandonar sus creencias mitológicas odinescas y adoptar la fe católica griega u ortodoxa, propia del Imperio Oriental. Propiamente dicho, solo los pueblos bárbaros más alejados del influjo cultural romano fueron los que mantuvieron sus creencias, usos y costumbres tribales bárbaras intactas: los pueblos escandinavos.

No obstante todo ello, no vamos a negar que cierto influjo ejercieron estos pueblos germanos en la cultura occidental romana predominante. Prácticamente se romanizaron por entero: adoptaron la mayor parte de usos y costumbres, el idioma y la fe católica pero mantuvieron el derecho germano (no en su totalidad) y algunas otras tradiciones. Por eso mismo, la cultura occidental, hoy en día, está compuesta por una gran parte de cultura romana con una pizca de germanismo. Así, su presentación en sociedad, como cultura romano-germana, tuvo lugar el año 800 con la reedición del ilegítimo nuevo Imperio Occidental, ahora Sacro Imperio, del que ya hemos hablado anteriormente. Por este motivo, las raíces culturales occidentales se caracterizan por los siguientes elementos: catolicismo, Imperio, romanización y la pizca cultural germana, cuyo máximo exponente es el feudalismo, que substituye el toque cálido mediterráneo que originalmente poseía la cultura romana por un toque nórdico más frío.

En lo que a España se refiere, sus raíces occidentales también está afectadas de estos elementos. Los cuatro o cinco siglos de dominio imperial romano calaron, por zonas geográficas, profundamente en el substrato cultural español. Los visigodos y otros pueblos germanos que pasaron por la península como los suevos y los vándalos añadieron el toque de germanidad. Pero fundamentalmente fue el proceso de ingeniería cultural y social, que se realizó en la península a partir de 1492, el que logró injertar dentro de un poderoso tronco cultural oriental original la mayor parte de occidentalidad que posee la cultura hispánica.

Todos los procesos de homogenización que llevó a cabo la monarquía en España para unificar sus reinos bajo el catolicismo, como religión y cultura, y la autoridad real fueron los que produjeron los injertos de la cultura occidental romano-germánica y católica en la cultura española final resultante. Muchos elementos de la cultura islámica oriental de la península se transformaron y se adaptaron al catolicismo y con los decretos de expulsión de judíos y moriscos se pretendió dar la puntilla final a la unificación peninsular. Lógicamente, sólo los más irredentos prefirieron abandonar sus casas y hogares de generaciones y conservar su religión que convertirse al catolicismo. Un reciente estudio genético realizado en 2008 por National Geographic nos desvela que el 30% de la población actual española tiene ascendientes judíos y un 11% bereberes.

Los intentos de homogenización de la monarquía española dirigidos a eliminar de raíz el substrato cultural oriental de la península no tuvieron el resultado deseado, como es normal. Así surgió un curioso  sincretismo entre usos y costumbres orientales y occidentales que dieron lugar a la cultura hispánica. También tenemos en cuenta el hecho peninsular español. La peninsularidad afectó en gran medida al desarrollo cultural creando un efecto aislacionista del continente europeo que consiguió paliar en gran medida el influjo cultural occidental irradiante desde el núcleo franco-germano. Cuando esta cultura hispánica se expandió y desarrolló en América ganando en mayor sincretismo y riqueza al contacto con otros pueblos creando soluciones nuevas se transformó en una civilización, se transformó en la Hispanidad.

LA TERCERA ESPAÑA

“Cuando el historiador García Cárcel escribió aquello de: la España que quiso –y no pudo-, evitar la confrontación de 1640; la España condenada a ser “la España que no pudo ser”, como tantas veces a los largo de nuestra historia.”, evocaba nuestro firme convencimiento en la existencia de esa tercera España. Nuestra percepción de la cosa es apartir de aquí, para atisbar que uno de los móviles creadores de tal España fue el cierre en falso de Al Andalus como componente. Decíamos hace ya largo rato que la historia no avanza por arte de magia; que no hay solución de continuidad en la historia, razón por la que debemos recuperar la alusión a la existencia de esta tercera España, propiciada por el rechazo de asimilación de Al Andalus como parte de nuestra memoria histórica y fundacional. Porque una España quería olvidar, otra se tuvo que ir o morir, y una tercera buscaba recordar sin ser vista ni sospechada. Y cosas tales no se solucionan ni en siglos, ni a golpe de cruz, ni mediante prescripciones facultativas de olvido” (González Ferrín, Historia General de Al Andalus,.p.545).

En términos civilizatorios, estas palabras significan que el milenario substrato oriental de nuestras raíces culturales no ha sido reconocido por una parte de la sociedad española, por la España oficial, la España del poder católico. Esto ha ocasionado graves conflictos internos, como podemos comprobar en la azarosa historia de España sobre todo de los dos últimos siglos. Sin embargo, lo que a nivel oficial ni se reconoce, ni se desea recordar, a nivel de calle, a nivel de trato diario entre las gentes, a nivel de usos y costumbres, la realidad es bien diferente. El pueblo español es más inteligente, por pura supervivencia se produjo una asimilación y un sincretismo cultural necesario para la convivencia pacífica que fue destruido en el s.XIX merced al nacionalismo mientras los voceros oficiales gritaban aquello de: “por Santiago y cierra España”. Pues bien, España no quedó cerrada.

Los Reyes Católicos fueron los primeros en plantear este cierre de España, cuando todavía pululaban judíos y moriscos, por medio del nacional-catolicismo e implementado por medio de una falsa reconquista acuñada a posteriori. Sobre este mito crecerán y se desarrollarán sus herederos en una España que sólo había conocido enlaces orientales. Cuando lo cierto y verdad es que la verdadera forja de España se hizo partiendo del bagaje oriental andalusí, mientras esa España oficial, cerrada, acabó asfixiando. Esa España-una, se cerró, renegando de otra España, la segunda, en tanto la tercera pretendía seguir entre-abierta y filtrando su cultura oriental, adaptándola al nuevo poder nacional-católico. Esa tercera España es la que confía en la voluntad de convivir en un mismo Estado pese a las diferencias.

Después de 1492, siguió habiendo vida oriental en España. Ese cambio mágico repentino entre la media luna y la cruz, hoy musulmán y mañana católico, que el mito nos cuenta es profundamente falso. No solo había judíos (pese a la expulsión) que todavía mantenían sus costumbres orientales, también existían de forma reconocida moriscos y practicando públicamente su fe hasta bien entrado el s.XVII. No señor, el Islam, siguió filtrándose en la sociedad española, pero no como religión constituida, sino como ambiente cultural repartido por mozárabes (católicos), mudéjares (musulmanes), judíos, y después moriscos y conversos.

En 1517 Lutero inicia la Reforma. El cierre en falso de la península, a partir de 1492, es implementado por el nacional-catolicismo durante toda la modernidad. Ambos hechos son coincidentes en el tiempo. La recientemente catoliquísima España transformándose en apenas veinte años de musulmana oriental a martillo de herejes papista. Este es el simbolismo de la España oficial, el querer y no poder. Porque en su seno, esa tercera España, rescoldo andalusí y oriental, patria de desheredados, se hizo erasmista por mor de buscar injertos con que nombrar asfixias oficiales internas. ¿A alguien se le escapa la “coincidencia”?

No fue por subirse al primer tren que pasaba, sino porque en la llamada ética del erasmismo pudo escuchar el converso, la tercera España, la voz que hablaba a cualquier corazón. La traducción española del Echiridion (1526) tuvo tal impacto social que la obra se leía en las tabernas, y ahí estriba la trascendencia del hecho: lo relevante no es el éxito de Erasmo, sino que toda España lo leyese, incluso la oficial. Esa es la España imperial, esa es la España del Hispanismo, no la de los barcos. ¿Quién dice que España no pensaba? ¿Quién dice que España no cuestionaba? ¿Quién dice que España no deseaba una Reforma?

En la historia de la filosofía, el erasmismo significa una llamada ética que indica su éxito en España: exigencia de interiorización frente a la España exteriorizante de cruzado y campanario, hoguera y expulsión. En torno al concepto estelar del erasmismo (el cuerpo místico de Cristo), la tercera España sentirá que tiene cabida. En el s.XVI, la causa del cuerpo místico significaba que todos pertenecemos a un solo cuerpo: el místico de Cristo. Es decir: todos caben en la España cristiana susurrante (interiorista), incluidos los desheredados en la otra España dogmática oficial, socialmente nacional-católica.

Esta tercera España, la oriental, ni expulsada ni asesinada, es la conversa, la heterodoxa. Heterodoxia española que comenzó en el siglo XVI con el erasmismo y continuó con los reformadores protestantes españoles. La tolerancia, la racionalidad, el individualismo familiar, el patriotismo no entendido como nacionalismo cutre, el espíritu emprendedor, y las ganas de mejorar son los atributos propios de esa tercera España que tiene que sobrevivir y adaptarse a la nueva realidad católica occidental.

Tolerancia porque deseaban ser tolerados y no excluidos de la sociedad mediante las famosas leyes de limpieza de sangre. Racionalidad porque pretendían una reforma en la que todos estuvieran incluidos gracias al poder salvador del cuerpo de Cristo. Individualismo porque la individualidad se destacó del grupo para diferenciarse de los expulsados o perseguidos, y familiar porque por muy individualistas que fueran no olvidaban ni sus raíces ni a sus antepasados, no querían olvidar. Patriotismo porque amaban a su tierra lo suficiente como para renunciar a su cultura. Emprendedores porque no les quedó otro remedio que buscarse la vida en un medio oficial católico hostil. Ganas de mejorar porque lucharon para ser aceptados como iguales en el cuerpo de Cristo y emigraron en busca de fortuna a las Américas.

Por desgracia, la tolerancia e incluso simpatía ejercida por Carlos I no fue continuada por su hijo, el martillo de herejes, el tirano, Felipe II quien no dejó fructificar al movimiento erasmista (hasta aquí oímos los suspiros de alivio de los papistas liberticidas y olemos el olor a humo de las hogueras de la Inquisición), no consintió ni permitió la reforma en ciernes. No quiso aceptar a una parte importante de España, no aceptó que la tercera España también era España, no quiso que tuviera un hueco en el cuerpo de Cristo, prefirió la exteriorización excluyente católica. Y la España oficial continuó cerrada en falso en torno al nacional-catolicismo mientras la sociedad mutaba, cambiaba, y sincretizaba una nueva cultura hispánica a espaldas del nacional-catolicismo ofical.

CONCLUSIONES

Como hemos demostrado en el desarrollo de este artículo, definitivamente existe una civilización occidental y España no pertenece a ella. La confusión ocasionada por la guerra fría al intentar unir en un mismo bloque civilizatorio a los que simplemente aceptaban el mismo sistema económico y eran aliados de los EE.UU. llegó a su fín con la caída de la URSS y recordó las diferentes realidades civilizatorias y culturales de las distintas regiones del mundo, fueran o no capitalistas.

Esta civilización occidental está caracterizada por los rasgos culturales heredados del Sacro Imperio, vía Imperio Occidental, y se circunscriben esencialmente a sus antiguas fronteras territoriales originales (Alemania, Francia, Países Bajos, Italia) a las que podríamos añadir sin dificultad los países del norte de Europa o escandinavos. En la actualidad, es la Unión Europea, creada con el ánimo de resucitar el fracasado e ilegítimo Sacro Imperio, la depositaria de esta cultura imperial occidental. Samuel P. Huntington, dice:

“Los Estados centrales de la Unión Europea, Francia y Alemania, están rodeados en primer lugar por un agrupamiento interno formado por Bélgica, Holanda y Luxemburgo (…) Haciéndose eco de esta realidad, en el otoño de 1994, el partido gobernante en Alemania y funcionarios franceses de alto rango avanzaron propuestas para una Unión diferenciada. El plan alemán proponía que el “núcleo duro” lo constituyeran los miembros originales menos Italia, y que Alemania y Francia formaran el núcleo de ese núcleo duro.” (Huntington, op.cit.,p.210).

Quizá la actual UE hubiera tenido mejor fortuna si hubieran implementado sus planes originales sin querer incluir a países que claramente no son occidentales.

A pesar de que la Unión Europea es una reedición de este imperio católico franco-alemán, no todos los actuales miembros pertenecientes a este ente plurinacional comparten la misma cultura occidental. Desde luego, Grecia no es un país occidental:

“Grecia no forma parte de la civilización occidental, pero fue la patria de la civilización clásica, que, a su vez, fue una fuente importante de la civilización occidental (…). Sin embargo, Grecia es también una anomalía, el intruso ortodoxo en los organismos occidentales. Nunca ha sido un miembro cómodo ni de la UE ni de la OTAN, y han tenido dificultades para adaptarse a los principios y costumbres de ambas.” (Huntington, op.cit., p.217).

Proféticas palabras las de Huntington en 1996. En otras palabras, Huntington viene a decir que por Platón y Aristóteles tenemos que cargar con Grecia. ¿Cuál es el sentido? ¿Hasta dónde llega la arrogancia y la sed de poder del nuevo imperio católico franco-alemán? Grecia es otro país mal llamado occidental e introducido dentro de la civilización occidental, esta es una de las anomalías civilizatorias heredada de la guerra fría que todavía queda por subsanar.

Pero el Reino Unido tampoco es occidental, para sorpresa de los que lean estas líneas, y España tampoco lo es. Al Reino Unido ya le hemos dedicado unas pocas líneas, así que baste ahora con recordar únicamente el escaso influjo de su romanización cultural y su aislacionismo insular y como estas dos características le han alejado del común desarrollo cultural continental y occidental, llegando a generar, con el tiempo, su propia cultura atlantista que consiguió expandir por medio mundo. Podemos decir, así, que el Reino Unido forma parte de la llamada civilización anglosajona o atlántica.

En cuanto a España, tampoco forma parte propiamente dicho del substrato cultural occidental. Si bien es verdad que nuestras actuales políticas culturales y civilizatorias cada vez más nos dirigen hacia la órbita occidental imperial de la católica y socialista Unión Europea, podemos afirmar que el substrato cultural español es mixto, a pesar de la España oficial, una adptación de la milenaria cultura oriental establecida en la península desde el primer milenio antes de la era a la más moderna cultura occidental romano-germánica. En palabras de Samuel P. Huntington:

“Con respecto a Latinoamérica, cabía la posibilidad de que España se convirtiera en el Estado central de una civilización hispanohablante o incluso ibérica, pero sus líderes eligieron conscientemente convertirse en Estado miembro de la civilización europea, aunque manteniendo al mismo tiempo los lazos culturales con sus antiguas colonias (…).” (Huntington, op.cit., p.180).

O dicho de otra forma, en la actualidad los políticos españoles han decidido incorporarse nuevamente al Imperio Occidental y católico. Como podemos interpretar del texto citado, Huntington reconoce la peculiaridad española asegurando que es capaz de ser el núcleo central de una civilización hispánica propia. De este reconocimiento, se deduce, pues, que España no encaja del todo dentro de la órbita occidental o europea. Esto era algo que todos los españoles llevamos intuyendo desde el s.XIX. Huntington solo reconoce esta peculiaridad especial en dos naciones europeas: España y Reino Unido.

Efectivamente, esta falta de sintonía con el nuevo imperio occidental es el efecto de la España cerrada en falso, es el efecto de la España conversa, es el efecto de la tercera España. La política ejercida en los últimos años por los políticos españoles no es más que una continuación de la España oficial nacional-católica que niega Al Andalus y la cultura oriental. Es la España del poder que dice: ahora somos europeos y socialistas, queremos ser una provincia del nuevo imperio. Es la España que niega todo lo heterodoxo como parte de su ser: niega su cultura hispánica, su soberanía, su independencia, su libertad e, incluso, le niega pensar como otrora hizo la Inquisición por causa de la fe, ahora la socialdemocracia por causa de las políticas de igualdad. Pero ¿quién dice que España no piensa? ¿Quién dice que España no cuestiona? ¿Quién dice que España no desea una Reforma?

Este cierre en falso continuado en el tiempo de la España oficial en torno a una civilización occidental, ayer católica, hoy socialista, ejercido por nuestros reyes ayer, políticos hoy, nos ha transformado en lo que, en términos civilizatorios, se denomina un “país desgarrado” desde 1492. Samuel P. Hauntington, entiende por país desgarrado:

“Un pais desgarrado tiene una única cultura predominante que lo sitúa dentro de una civilización, pero sus líderes pretenden desplazarlo a otra civilización distinta. Dicen, en efecto: “Somos un pueblo y juntos pertenecemos a un solo lugar, pero queremos cambiar de lugar”. La gente de países desgarrados está de acuerdo en quiénes son, pero discrepan acerca de qué civilización es propiamente su civilización. Por lo general, una parte importante de sus líderes adopta una estrategia kemalista y decide que su sociedad debe rechazar su cultura e instituciones no occidentales, unirse a Occidente, modernizarse y también occidentalizarse. (…) Los países desgarrados son reconocibles por dos fenómenos. Sus líderes se refieren a ellos como un “puente” entre dos culturas, y los observadores los describen como Janos bifrontes.” (Huntington, op.cit., pp.184-185).

Esta es la realidad cultural y civilizatoria pasada y actual de España. ¿Quién no identifica las palabras de Huntington con actitudes pasadas o presentes de los españoles y sus políticos hoy en día? Sabemos lo que somos pero no quiénes somos. Todo porque no aceptamos nuestro pasado ni lo incorporamos a nuestro presente. España no es occidental ni oriental, no es una tierra de frontera ni está dividida en tendencias. España es española. España es la tercera España conversa y heterodoxa.

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