Posteado por: Javier | diciembre 25, 2011

Llamados para hacer avanzar un Reino (I)

Buenos días, hoy los calendarios marcan que estamos en Navidad, pero, ante todo, hoy es Domingo, el Día del Señor, y vamos a abrir nuestra Biblia por Mateo 5:13-16: 

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”

Estos versículos pertenecen al “Sermón del Monte”, que mencioné en otra entrada, hace un par de semanas, y esto en concreto es algo que vamos a ver entre este domingo y el siguiente. 

En los versos del 3 al 12 del capítulo 5 del Evangelio de Mateo, Jesús describía en las bienaventuranzas cuál es el carácter que distingue al cristiano de los otros hombres. 

El cristiano no es alguien que vive aislado. Al contrario, vive en el mundo, aunque no es del mundo, la distinción es que ya no anda en el camino del mundo, Dios lo ha apartado de ese camino, su vista no está puesta en el mundo sino en Jesucristo. El monasticismo medieval cometió el error de pensar que la forma más alta de vida cristiana consistía en encerrarse a cal y canto en un convento separado del “mundanal ruido” (nunca mejor dicho), como forma de separación del pecado. Evidentemente, podemos recluirnos todo lo que queramos y alejarnos de todo tipo de vicios pero, si nuestra vieja naturaleza carnal no ha sido regenerada por el Espíritu de Dios, el pecado sigue dentro de nosotros y dominando nuestro corazón como si fuera un “bicho” que está deseando romper el cascarón en cualquier momento y salir a la luz. 

Todo lo contrario que apartarnos físicamente. Lo que el Señor nos manda no es apartarnos físicamente del mundo. Uno puede ser un solitario, un ermitaño o un desarraigado y ser, a la vez, un demonio con cuernos y rabo, camino del infierno. Nos manda apartarnos espiritualmente, que nuestro anhelo deje de ser el interés de un mundo que está en una frontal oposición con Dios. 

Pero una situación de separación espiritual del mundo no es una situación mística o de vida contemplativa. A lo que estamos llamados es, estemos donde estamos, vivamos donde vivamos, trabajemos donde trabajemos, en todo lo que hagamos busquemos el avance del Reino de Dios y de Su justicia. El cristianismo no es una vida meramente pasiva o de aceptación mental de ciertas verdades, es una vida de ejercicio del sacerdocio al que hemos sido llamados. Como leemos en 1 Pedro 2:9: “Mas vosotros sois el linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido, para que mostréis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable”. El apóstol se refiere a que no podemos ser cristianos sin que se note cierta distinción entre nosotros, entre nuestra forma de hablar, de pensar, de actuar, de vivir, y el resto del mundo, sin que se perciba lo que podríamos llamar “la fragancia de Cristo”, como una marca en cada cosa que hacemos. 

¿Qué significa que nosotros somos “la sal de la tierra”? 

Esto no sólo describe al cristiano; describe indirectamente al mundo en el que se halla el cristiano. Equivale en este lugar a la humanidad en general, a los que no son cristianos. Vivimos en un mundo caído y sumido en la oscuridad. Desde que el pecado se introdujo en el mundo, por la primera desobediencia del hombre a Dios, se ha extendido como una mancha negra hasta el punto de que, como dice el apóstol Pablo, “toda la creación gime a una, y está en dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22). Si no fuera por la gracia de Dios y los beneficios universales de la muerte y resurrección de Jesucristo, la humanidad y el mundo irían camino de un caos en que terminarían por autodestruirse. 

Muchos niegan a Dios en base a la cantidad de hambre, desastres, injusticias, guerras, etc. que hay en el mundo. Bueno, eso no es nada comparado con lo que podría haber de no ser por la gracia de Dios. El hombre tiene una capacidad casi infinita de generar maldad. Precisamente, los incrédulos se agarran a esto, cuando en ningún momento la Biblia niega que este sea el mundo y la verdad del hombre. Y en el siglo pasado y principios del actual lo hemos visto mejor que nunca. Nunca ha habido un período de la historia en que se haya demostrado tan bien como el actual la verdad de la enseñanza bíblica. El pasado fue un siglo trágico, y lo fue, sobre todo, porque la vida y la realidad del mismo destruyó por completo la filosofía preferida que había ideado. Nunca hubo un período como el siglo XX del que se hubiera esperado tanto. Es realmente patético leer los pronósticos de los pensadores (así llamados), intelectualoides, filósofos, poetas y líderes hacia finales del siglo XIX. Qué triste es ver ese optimismo fácil y confiado que tuvieron, todo lo que esperaban del siglo XX, la “época dorada” que iba a llegar. Todo se basaba en la teoría de la evolución, no sólo en el sentido biológico, sino todavía más en el filosófico. La idea que gobernaba todo era que toda la vida progresa, se desarrolla, avanza. Esto se nos decía en un sentido biológico: el hombre había procedido del animal y había llegado a una cierta fase de desarrollo. Pero este progreso todavía se enfatizaba más en función de la ideología, pensar y perspectivas del hombre. Ya no iba a haber más guerras, iban a vencerse muchas enfermedades, el sufrimiento iba no sólo a disminuir sino a desaparecer. Iba a ser un siglo sorprendente. Se iban a resolver la mayor parte de los problemas, porque el hombre había por fin comenzado “a pensar” más allá de los superados “oscurantismos” de la religión. Las masas, por medio de la educación, ya no iban a entregarse a la embriaguez y el vicio. Y como las naciones iban a aprender a pensar y a reunirse para hablar en vez de comenzar a pelear, todo el mundo iba a convertirse muy pronto en un paraíso. Se creía todo esto con mucha confianza. Por medio de leyes parlamentarias y reuniones internacionales, primero en la Sociedad de Naciones y luego en la ONU, los nombres propios de dos sonados fracasos, se suponía que se iban a resolver todos los problemas, ahora que el hombre había comenzado por fin a emplear la cabeza. Ya vimos que, en realidad, fue una vuelta a la sensualidad y un abandono de cualquier razonamiento.

La realidad del mundo está encerrada en la frase “vosotros sois la sal de la tierra”. Quiere decir que el mundo, por sí solo, tiene una tendencia a corromperse, a pudrirse. Es la carne, la cual, si no se conserva, se pudre. Para frenar la putrefacción necesita un conservante. Lógicamente, en los tiempos de Jesús no tenía frigoríficos ni los actuales conservantes. El conservante que se utilizaba usualmente para la carne era la sal. Por eso el Señor Jesucristo en su sermón hace referencia alegórica a esta sustancia. Es una sustancia que se coloca en algo con otra sustancia distinta. La sal y la carne son sustancias distintas. Se refiere a que el cristiano, aunque es alguien renacido y de una sustancia espiritual distinta del mundo, sin embargo, debe esforzarse por conservar, lo bueno que haya en el mundo, y por impregnar, por “sazonar”, el mundo con la santidad que ha recibido de Dios.

Continúa diciendo “si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”. 

Como he dicho antes, la primera función es parar la putrefacción, impedir, dentro de nuestras posibilidades, que la maldad siga avanzando en el mundo. No es la única función del cristiano en el mundo, porque, como veremos la semana que viene, también hemos de ser la luz del mundo, pero en primer lugar este ha de ser nuestro efecto como cristianos. 

Otra función utilidad de la sal es dar sabor, o impedir que los alimentos sean insípidos. La vida sin el cristianismo es insípida: todo fuera de Jesucristo NO ES REALIDAD, todo fuera de Jesucristo ES ABSOLUTAMENTE ABSURDO, todo fuera de Jesucristo ES MUERTE. No existe nada, no hay otra forma de realidad, no hay lógica, no hay dirección, no hay otra razón, no hay un porqué, TODO fue creado para estar bajo la voluntad de Dios en Cristo. Mirad el mundo que nos rodea. Mirad las caras de la gente que va de un sitio a otro ¿No es todo una monotonía en la que la gente tiene que estar pasando de un placer a otro, da igual el que sea, con el que matar el tiempo en que no está trabajando porque su vida no tiene un destino fijo? Pero el cristiano no necesita estos pasatiempos porque tiene un sabor en la vida: su fe cristiana. Saquemos al cristianismo de la vida y del mundo, y en qué vida tan insípida se convierte, sobre todo cuando uno envejece o se encuentra en el lecho de muerte. Carece por completo de gusto y los hombres han de drogarse de distintos modos porque sienten la necesidad de sabor. Con “drogarse” no me refiero solo a tomar estupefacientes (que a veces se llega a eso): cualquier divertimento o entretenimiento que haya que buscar, por banal que sea.

En la Iglesia de Roma son muy habituales los pronunciamientos generales en materia política, social, moral, etc., en nombre de toda la “iglesia institucional” y que vinculan a todos sus fieles. Algunas iglesias y organizaciones protestantes y evangélicas también hacen pronunciamientos de este tipo, pero entre los cristianos pienso que debe ser distinto, puesto que la fe consiste en una relación individual y personal con Dios. El cristiano ha de funcionar como la sal de la tierra en un sentido mucho más individual. Lo hace con su vida y conducta individual, siendo lo que es en todos los ámbitos en los que se encuentre. Lo puede hacer, no sólo en su condición privada en su casa, en el taller u oficina, o dondequiera que se encuentre, y también como ciudadano en el país en el que vive. Cada cual dentro de las posibilidades que tengan, por modestas que estas sean, pero siempre teniendo la vista puesta en Jesús, siempre pensando cómo podemos mantener todo lo que este en nuestro ámbito, mayor o menor, dentro de la voluntad de Dios.

El cristiano, por supuesto, puede intervenir activamente en la política y la vida pública y, dentro de ella, servir para al avance del Reino de Dios.

Hay que distinguir entre las iglesias “institucionales” y los cristianos individuales. Las iglesias deberían limitarse a predicar el Evangelio y buscar la salvación de las almas. Por eso, aparte de que deben estar separadas del Estado, que las iglesias se involucren y se posicionen en política es tan negativo. Si una iglesia, por ejemplo, se pasa la mayor parte de sus prédicas acusando al comunismo, obviamente la consecuencia principal será que los comunistas probablemente no escucharán la predicación del Evangelio porque, en lugar de verlo como la única tabla de salvación, lo verán como un ataque directo a ellos. Si una iglesia siempre acusa una parte de la sociedad, se está cerrando la puerta de la evangelización de esa parte. El comunista tiene un alma que hay que salvar igual que todo el mundo. En el momento en que la iglesia a lo que se dedica es a intervenir en asuntos políticos, económicos y sociales, se pone a sí misma obstáculos a la tarea evangelística que Dios le ha asignado. Ante Dios el problema no es ser capitalista, socialista o comunista. Tener ideas económicas o políticas más o menos acertadas no es lo que nos salva o nos condena, sino no tener a Jesucristo. Frente a Dios, el problema es el pecado, una enfermedad que nos está matando, que nos mata día a día, seamos capitalistas, comunistas, ricos o pobres.

Pero, individualmente (y por mucho que pese a algunos totalitarios que querrían encerrar la fe entre las cuatro paredes de una casa o una iglesia), el cristiano, como ciudadano de un estado, sí puede y, es más, debe preocuparse de estas cosas. Hay ejemplos de políticos cristianos como el de Lord Shaftesbury, quien en el siglo XIX, fue uno de los impulsores de la legislación que mejoró las condiciones de trabajo en las fábricas de Inglaterra, en gran parte el gran responsable de las Leyes de Fábrica de 1847 y 1853, así como la Ley de Minas de Carbón de 1842. Otro gran ejemplo es el de William Wilberforce, parlamentario inglés a finales del siglo XVIII y principios del XIX, quien hizo grandes esfuerzos para la abolición de la esclavitud, organizó la “Society for the Suppression of Vice” (Sociedad para la Supresión del Vicio) en 1802 y trabajó con el reformador Hannah More en la “Association for the Better Observance of Sunday” (Asociación para la mejor observancia del domingo). Su objetivo era proporcionar a todos los niños una educación oficial en lectura, higiene personal y religión. Se implicó estrechamente en la “Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals”. También fomentó la marcha de misioneros cristianos a la India.

Pero, sobre todo, todas estas leyes llegaron a aprobarse en el siglo XIX porque había masas de individuos se habían hecho cristianos y vivieron esta vida mejor, con una perspectiva más elevada. 

Sin embargo, desde el siglo XX, hemos vivido en una época en que las iglesias han prestado tanta atención como nunca a asuntos políticos, económicos y sociales. Se ha pasado de un cristianismo que busca una regeneración espiritual de las almas a otro que busca resolver conflictos y problemas sociales, pasando por alto el Evangelio. Las Asambleas Generales de Iglesias y de distintas denominaciones han enviado a los gobiernos distintos pronunciamientos y resoluciones, en materia económica, social, contra la pobreza, contra las guerras,… pero, sin embargo, la sociedad es mucho más inmoral que cuando las iglesias se ocupaban solo de predicar el Evangelio, en lugar de pretender aplicar a la sociedad principios humanistas más o menos basados en el mismo. He mencionado antes a la Iglesia de Roma (la cual tiene la conocida como “Doctrina Social de la Iglesia”), pero las iglesias protestantes tampoco son ajenas a esto. 

El problema no es que no haya suficientes “doctrinas sociales” de las iglesias, sino que en la sociedad hay demasiado pocos cristianos, y que los que lo somos no somos suficientemente sal. No se nota, los demás no notan que los somos, no ven la santidad de Dios en nosotros. Ahí es donde fracasamos lamentablemente. Como dijo el Señor Jesucristo, la sal se ha vuelto insípida en muchísimos casos y no influimos en los demás siendo santos en la forma en que deberíamos. 

Que Dios nos dé la gracia para volver a ser “sal de la tierra”, para ser cada vez más parecidos al Hijo de Dios e influir en todos los que entren en contacto con nosotros. Amén.

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Responses

  1. Me ha llamado gratamente la atención esta entrada porque es un tema que lo tenía en mente desde hace un tiempo, aunque no me había animado a escribir sobre él. Afortunadamente, alguien más ha hecho el trabajo por mí, jejeje. Varios cristianos y sectas cristianas temen “contaminarse” con lo que hay en el mundo, por lo que se aíslan y quieren hacer ver a los paganos que ellos son unas mansas palomas que no matan ni a una mosca. Por eso es que cuando los paganos insultan a nuestro Dios Todopoderoso o a nuestros hermanos de la fe, esos hipócritas reniegan de Él o ellos. Cuando veo tanta cobardía hacia el mundo exterior, recuerdo a Felipe cuando bajó solo a Samaria, y eran los demonios los que huían como maricas. Hoy es lo contrario, lastimosamente.

  2. Casi me olvido: Felices fiestas, Javier. A tí y a todos nuestros compañeros.

  3. Muy buenas de nuevo, Javier.

    Dices que la fe es algo personal entre individuo y Dios. Estoy de acuerdo con esa idea y es algo que se debe fortalecer más como idea – hace enfasis en la relación personal.

    El problema que veo es que algunas iglesias son exclusionistas (perdón si ofendo con ese punto de vista).

    No me gusta cuando algunas personas o iglesias dicen que “fulano tal cual” “no puede ser” o “no es” cristiano porque solo Dios puede decidir eso y nadie puede estar 100% seguro que un “progre” no “es” cristiano o no pueda serlo.

    Tú mismo lo reconoces aquí:

    “Por eso, aparte de que deben estar separadas del Estado, que las iglesias se involucren y se posicionen en política es tan negativo. Si una iglesia, por ejemplo, se pasa la mayor parte de sus prédicas acusando al comunismo, obviamente la consecuencia principal será que los comunistas probablemente no escucharán la predicación del Evangelio porque, en lugar de verlo como la única tabla de salvación, lo verán como un ataque directo a ellos”.

    Por otra parte, creo que tú y Alfredo ya habéis hablado sobre la sep.entre iglesia y estado pero es que es un tema cada vez más importante. Se han dado casos en España de chavales musulmanes por ejemplo acosados por el colegio que les obliga a ir a misa y bueno tambien es obvio que no debe haber religión en los colegios públicos.

    Una pregunta no relacionada: ¿por qué tenéis, tú y Alfredo, la misma costumbre de escribir algunas palabras en mayúsculas?

    Felices fiestas

  4. Alexander:

    El monasticismo, desde luego, no fue algo exclusivo de la época medieval ni del catolicismo, muchos evangélicos lo han copiado en el último siglo lamentablemente. Muy cierto eso, creen que la forma de luchar contra el pecado es domando la carne con esfuerzos humanos y un ascetismo artificioso, y, sin embargo, luego son incapaces de defender la fe ante los incrédulos. Cuando digo defender, no me refiero a nada necesariamente agresivo o violento, sino tener argumentos bíblicos que contrarresten los que habitualmente usan los incrédulos.

    Alberto:

    No, no, como digo en la entrada, las ideas equivocadas en ciertos temas como política o economía no es lo que determina si alguien es cristiano o no. En principio, es complicado que alguien que sea comunista sea cristiano, pero, sobre todo, porque es una ideología totalmente humanista y materialista, que exalta al hombre y busca la “salvación” en la tierra, pero, claro… si alguien confiesa a Cristo, salvo que su estilo de vida sea manifiestamente anticristiano, nunca se sabe.

    Con la religión en los colegios públicos, lo que ocurre, aparte de que no se enseña la Biblia ni la fe cristiana, sino “religión católica”, los que la impartirían, aún en ese caso, serían profesores totalmente humanistas y seculares, lo que enseñarían es un sucedáneo de “cristianismo” adaptado al humanismo, realmente sería paganismo, pues algo o es bíblico o es pagano. Otra cosa sería que hubiera un arrepentimiento general en España y una aceptación de la fe cristiana y bíblica, lo que lamentablemente, no hay en este país, pero, en la situación actual el Estado no está para “cristianizar” a nadie. Lo que dices de jóvenes de otras religiones se da en muchos colegios concertados católicos, y es un abuso pues viola la separación entre la Iglesia y el Estado, pues esos colegios en parte los mantenemos todos, por poco que sea.

    En cuanto a las mayúsculas, pues lo hago por darle énfasis a algunas frases o puntos, como si fuera una especie de “discurso” y estuviera elevando el tono de voz en ese punto. Alfredo supongo que también lo hace por lo mismo.

    Un saludo e igualmente que paseis unas felices fiestas.

  5. […] (versículos 13–16). Son sal de la tierra y luz del mundo (como vimos en estas dos entradas: AQUÍ y […]


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