Posteado por: Javier | diciembre 26, 2011

El tándem Obama-Biden, Afganistán e Irak, ¡Qué desastre!

Pues bien, los EEUU ya están fuera de Irak y de Afganistán. Magníficos tiempos para la progresía internacional y para el terrorismo, nefastos para la libertad.

El pasado día 19, los apenas 4.000 soldados estadounidenses que quedaban en Irak completaron su salida. Los últimos 500 lo hicieron a bordo de una columna de 110 vehículos blindados procedentes de la base de Camp Adder, 300 kilómetros al sur de Bagdad, con destino Kuwait.

El “mesías moreno”, Barack Obama cumplió así lo que era, y es cierto, una de sus promesas electorales dando por finiquitada una guerra de nueve años, dejando atrás un país lleno de incógnitas.

La guerra en Irak no fue algo perfecto. Entre otras cosas, porque en su planificación, dentro de la Administración Bush, pesó más la opinión de Donald Rumsfeld, cuya visión se limitaba simplemente a vencer a las tropas de Saddam Hussein, sin tanto perspectiva sobre “el día después”. En sí, la operación para derrotar al régimen sadamita fue impecable, en un tiempo mínimo y con el menor número posible de víctimas, que siempre las hay en toda guerra. Los problemas de verdad empezaron al momento de la simbólica caída de la estatua del tirano en Bagdad, cuando distintas facciones empezaron a disputarse el poder en el Irak post-Saddam y cuando Al Qaeda entró en escena. Curiosamente, buena parte de culpa de que hoy día la organización terrorista esté bastante bajo mínimos comenzó por ella misma, cuando decidió meter las narices para desestabilizar Irak.

El caso es que en 2009, cuando Obama asumió la presidencia, la guerra en Irak estaba ganada, gracias a la labor del general David Petraeus, cuando sustituyó a George Casey en 2007 como comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en el país asiático. Hasta entonces, el “plan de reconstrucción” de Irak había hecho aguas porque no existía como tal. Las discrepancias entre el Pentágono y el Departamento de Estado condujeron a una serie de decisiones erróneas tomadas por una de las figuras más criticadas de este periodo: Paul Bremer, apodado como el “virrey de Irak”. La peor de ellas fue el desmantelamiento de las fuerzas de seguridad del Baaz, el partido de Saddam Hussein, justo tras el fin de las hostilidades en 2003, dejando a miles de profesionales armados resentidos en las calles de Bagdad. En dos años, Petraeus implementó su táctica de aumento de tropas y de implicar a los suníes (el grupo al cual pertenecían Saddam y sus fieles) en la derrota de Al Qaeda y el desmantelamiento de las milicias chiitas y comenzó a conseguir éxitos: la red terrorista del difunto Bin Laden cada vez más diezmada, el primer ministro chiita Nuri Al Maliki adoptando una postura nacional en lugar de tribal, los suníes dispuestos a unirse con sus rivales en un gobierno de concentración, cada vez menos atentados, cada vez menos bajas en las tropas, elecciones, etc.

Bush dejó a Obama un mundo sin Saddam Hussein y un Irak en unas razonables vías de normalización. Obama solo tenía que negociar con el gobierno iraquí un nuevo acuerdo sobre la presencia de las tropas de EEUU en ese país y forjar una alianza indispensable para contener al régimen de Irán, por un lado, y al de Siria, por el otro. Pues nada. El gobierno de Irak puso numerosas trabas, pero también las puso a Bush en su día, el problema esencial es que la de Irak es una guerra en la que Obama no cree, ni su Administración tampoco y en octubre las negociaciones acabaron en punto muerto. Para Obama, Irak es una incómoda patata caliente que heredó de Bush. Obama se aupó en el “anti-bushismo” para llegar a presidente y eso es algo que no olvida.

Pero no hay que cargar toda la responsabilidad en Obama, por más que fuera el inspirador intelectual de la retirada de Irak. Que las negociaciones con el gobierno iraquí hayan fracasado, aparte de que Obama estuviera deseando tener la excusa perfecta para la retirada, también tienen su origen en el hecho de éste está formado por una coalición pro-iraní después de que no se pudiera llegar a un acuerdo para la conformación de un bloque moderado chií-suní-kurdo, algo que era responsabilidad fundamental del vicepresidente Joe Biden.

El objetivo fundamental del tándem Obama-Biden, en Irak y Afganistán, como ha dejado entrever en más de una ocasión, no ha sido la victoria y la derrota de la insurgencia o de los talibán, sino la “reconciliación”. Esto en sí mismo no es malo, lo malo es que sea el objetivo, al que nunca se va a llegar, en lugar de uno de los efectos de la derrota del terrorismo, que debiera ser la verdadera meta.

Si en Irak ha sido una alegría y un alivio para ellos que el gobierno del primer ministro Al-Maliki les haya puesto tantas trabas para prolongar la presencia militar estadounidense, en Afganistán, la excusa de esta pareja para dar cobertura y “dulcificar” la retirada ha sido aún más extravagante: que los talibanes no son un enemigo de EEUU.

Eso mismo dijo Biden en una reciente entrevista a “Newsweek”: Look, the Taliban per se is not our enemy. That’s critical. There is not a single statement that the president has ever made in any of our policy assertions that the Taliban is our enemy because it threatens U.S. interests. If, in fact, the Taliban is able to collapse the existing government, which is cooperating with us in keeping the bad guys from being able to do damage to us, then that becomes a problem for us” (“Mire, los talibanes  no son nuestro enemigo per se. Eso es muy importante. No hay un solo pronunciamiento que haya hecho nunca el presidente en ninguna de nuestras manifestaciones públicas acerca de que el talibán sea nuestro enemigo porque amenace intereses de Estados Unidos. Si finalmente los talibanes son capaces de hacer caer al gobierno vigente, que está cooperando con nosotros para mantener a raya a los malos y que no puedan hacernos daño, entonces eso se convierte en un problema para nosotros”).

Si no fuera tan terrible, sería cómico y esperpéntico. El caso es que los “guiños” a los talibán ya venían de antes, ya se estaba preparando el terreno para la retirada afgana. A principios de 2009, en un discurso ante una sesión conjunta del Congreso, Obama habló de combatir a Al Qaeda pero no mencionó derrotar a los talibanes. Desde que Obama ocupa la presidencia, la postura norteamericana fue tratar a los talibán no como el apoyo fundamental de Al Qaeda en Afganistán, sino como una parte del país enfrentada con la otra.

¿Habrá que recordar a Obama y Biden que, antes del 11-S, el régimen talibán había constituido todo un santuario para Al Qaeda en Afganistán? Antes de septiembre de 2001, la red terrorista llevaba años operando desde Afganistán con total impunidad. Osama Bin Laden forjó una estrecha alianza con los talibán y con el mulá Mohammed Omar e incluso llegó a existir casi una confusión entre ellos y Al Qaeda. Algunos de ellos se entrenaban en campos afganos e incluso miembros de Al Qaeda llegaron a ser miembros de las fuerzas de seguridad talibán. Hubo prácticamente una mezcla e identificación entre la organización de Bin Laden y el régimen talibán. Después de los atentados de Al Qaeda a las embajadas de Kenya y Tanzania en 1998, los talibán se negaron a extraditar a Bin Laden a EEUU. Bin Laden y Al Qaeda utilizaron Afganistán como base terrorista contra EEUU y fue una plataforma de lanzamiento de los ataques del 11-S, tras los que el presidente Bush declaró que en la guerra contra el terrorismo la neutralidad no es una opción y o se está “con nosotros o contra nosotros en la lucha contra el terror”. En agosto de este año derribaron un helicóptero Chinook, en Afganistán, matando a 30 solados norteamericanos. En septiembre, terroristas suicidas asesinaron al ex-presidente afgano Burhanuddin Rabbani. En octubre, en Kabul, un auto con explosivos se estrelló contra un bus blindado de las fuerzas armadas americanas, matando a 13 ciudadanos, incluidos cinco soldados y ocho del personal civil.

¿Quiénes fueron responsables? Los talibán. ¿Y quién han dicho que los talibán no son enemigos de EEUU? El vicepresidente Joe Biden.

El caso es que el mal ya esta hecho. Nos enfrentamos a la perspectiva de un Irak más inestable, en lugar de con un aliado occidental, de un Afganistán en que los talibán pueden volver al poder, y de un Irán mucho más fuerte y envalentonado, un poco más cerca de convertirse en potencia nuclear y de infiltrar su influencia en sus dos vecinos.

¿Podemos cargarnos lo logrado en la Guerra contra el Terrorismo? YES, WE CAN.

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