Posteado por: Javier | febrero 26, 2012

La religión: un precioso camino en línea recta al infierno

¿Eres una persona muy religiosa? ¿Te consideras así?

Pues cuidado… porque el infierno está lleno de religiosos de los cuales Satanás está y estará riéndose día y noche por toda la eternidad.

¿Por qué consideras que vas a entrar en el Reino de los Cielos?

“Porque soy alguien agradable y desprendido con los demás. En mi vida jamás he roto un plato. Nunca he robado ni matado a nadie”. Muy bien, en el infierno estarán contentos de que, aparte de los mayores criminales e hijos de puta de la historia de la humanidad, por lo menos, entre alguien tan agradable como tú.

“Soy muy bueno y creo en Dios”. Y Satanás también cree en Dios… no solo eso: tiembla cuando escucha Su nombre.

“Estoy bautizado”. Eres un impío perdido y sin Dios al que dieron un buen remojón a los pocos días de nacer.

“Leo la Biblia a diario”. Y la lectura es un magnífico y muy sano hábito. El saber no ocupa lugar. Serás uno de los habitantes más cultos de la Gehenna, de eso no hay duda.

“Hice una oración aceptando a Cristo como mi Señor y Salvador”. Pero, sin embargo, si no crees con el corazón, que eres pecador y que al decir “te acepto” debes renunciar a tus pecados, sino, al contrario, no reconoces tu culpa, ¿como reconoces, entonces, “al Salvador”? ¿”Salvador” de qué, si no reconoces culpa alguna? Puedes llamarlo “Señor” pero sin poner tu vida bajo su Señorío. Puedes repetir mecánicamente una frase que no entiendes. No invocas su perdón, todo es una frase en la que te dejas llevar por la emoción del momento.

La cuestión ES MUY SIMPLE:

Dios existe y si al morir no tenemos parte en Él, iremos directamente al infierno. Sin embargo, a causa del pecado, nuestra relación con Dios está rota y nuestros ojos entenebrecidos a su luz. Esta relación solo puede restaurarse a través de Jesucristo como Salvador. Pero no solo es Salvador, sino también Señor. Lo que implica que, una vez estemos bajo su Señorío, nuestra vida no se va a parecer a la anterior. Pero no por ritos que cumplamos o nuestros esfuerzos, por nuestra propia justicia, sino porque, por obra de Dios, nuestra vieja naturaleza es crucificada. El viejo hombre muere y nace uno nuevo. Mira tu vida y ve si Cristo la ha cambiado, NO que tú la hayas cambiado. Mira tu vida y ve, si el Espíritu Santo, es el que gobierna tu corazón, NO que tú eres el que gobierne. Mira tu vida, y juzga si eres un hijo de Dios, que amas hacer la “voluntad de Tu Padre”, NO que tú amas hacer tu propia voluntad.

NADIE SE SALVA POR LO QUE HACE, SINO POR LO QUE ES.

En la cristiandad, hoy día, hay religión suficiente para llenar de almas perdidas el infierno.

Vamos a leer, en Juan 3:1-21, sobre el encuentro que tuvo Jesús con uno de estos religiosos:

“Y había un hombre de los Fariseos que se llamaba Nicodemo, príncipe de los Judíos. Este vino á Jesús de noche, y díjole: Rabbí, sabemos que has venido de Dios por maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no fuere Dios con él. Respondió Jesús, y díjole: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios. Dícele Nicodemo: ¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿puede entrar otra vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer otra vez. El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni á dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo, y díjole: ¿Cómo puede esto hacerse? Respondió Jesús, y díjole: ¿Tú eres el maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenas, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios á su Hijo al mundo, para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene á la luz, porque sus obras no sean redargüidas. Mas el que obra verdad, viene á la luz, para que sus obras sean manifestadas que son hechas en Dios”.

Nicodemo era un hombre muy importante entre los judíos, alguien muy religioso. Conocía perfectamente la Ley de Moisés, era maestro en Israel y probablemente era admirado por muchos como gran persona religiosa. Pero su problema era que pretendía entrar en el Reino de Dios por sus conocimientos y sus esfuerzos, sus obras: obedecer los Diez Mandamientos, ofrendar en el templo, ayudar a los pobres, enseñar a los demás a guardar la Ley de Dios, y todo aquello que su conciencia le dictaba. NO ES QUE ESO ESTUVIERA MAL EN SÍ MISMO, todo lo contrario. Era magnífico y todo creyente actuaría así. Pero no era en lo que debía confiar para ser salvo.

Podemos presumir que Nicodemo creía en Jesús, pues empieza diciéndole: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios por maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no fuere Dios con él”. Puede que hasta creyera que efectivamente era Hijo de Dios. Ya vemos sus elogios. Su problema no era que no creyera que Jesús decía la verdad o que no le tuviera un gran aprecio. Nosotros mismos podemos estar todo el día alabando a Dios, “¡Oh, Señor, eres santo, santo y santo! ¡ Alabado sea el Señor!”, y, no obstante, no ser salvos. Eso no es lo que nos va a salvar, pues, por otra parte, qué menos merece Dios que eso.

Vemos en el texto que Jesús va directo al grano y no se anda con medias tintas, puesto que Él sabía perfectamente cuál era el problema de Nicodemo (que también es el nuestro), sino que solemnemente le contesta: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios”.

Nos podemos imaginar lo confuso que se quedó Nicodemo ante esto. Lo que Jesús le decía era que su religión de nada le valía, pues el hombre carnal nada puede hacer para salvarse con sus propios esfuerzos, solo podemos ser agradables a Dios si nacemos de nuevo espiritualmente. Pero Nicodemo seguía viendo lo que le decía Jesús como algo literal, puesto que su mente aún era carnal, por ello le pregunta si acaso alguien anciano puede volver al vientre materno. Jesús le decía que no había adelantado nada, al contrario, que no había dado el primer paso todavía. Al hombre muy religioso y devoto estudioso de la Torah le dijo que todavía no había nacido. Esto es, en cuanto a la vida espiritual. No se puede mezclar una cosa con otra, lo nacido de la carne con lo nacido del espíritu. Por eso vuelve a responderle: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”.

La religión nos pone un vestido exterior precioso, tapa nuestra verdadera naturaleza con algo atractivo a los ojos y demás sentidos, nos da una falsa apariencia de piedad. El problema es lo que hay debajo de esa cobertura. Lo que dice Jesús es demoledor: “Lo que es nacido de la carne, carne es”. Lo único que hay bajo tu religión es carne, carne y más carne. Y ya sabemos que “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Corintios 15:50).

Puedes ocultar tu carnalidad bajo una apariencia de fe basada en tus prácticas o costumbres cotidianas religiosas, pero vas a seguir siendo carne. El hombre natural, o carnal, está constantemente inclinado al pecado pues éste es quien tiene el señorío de su vida, por muy religioso que sea. Al salir del vientre de nuestras madres, nacimos de carne, y carne somos, seamos religiosos o no. Todos nuestros esfuerzos humanos por tapar, vencer o mejorar la carne son inútiles. Nuestros esfuerzos son también fruto de la carne y nada pueden hacer. Mira lo que dice el apóstol Pablo, tan demoledor como lo que declaró a Nicodemo el Señor Jesucristo: “Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Colosenses 2:23).

Esto es importante subrayarlo porque, por favor, no estoy diciendo de ninguna manera que las buenas obras no sean una parte esencial de la vida cristiana. Lo que Pablo distingue es la reputación que nos dan de cara a otros como creyentes profesantes, del hecho de que no pueden vencer nuestra tendencia continua y depravada al pecado, si seguimos teniendo la misma naturaleza que cuando nacimos carnalmente de nuestras madres. ¿Mejor intentar portarse bien que mal? Hombre, pues claro. Tus conciudadanos lo agradecerán y tú te evitarás muchos problemas con otros y con la ley. Adonde quiero llegar es a que es inútil tratar de reformar la carne y procurar SER bueno como para poder entrar en el Reino de Dios, puesto que “Lo que es nacido de la carne, carne es”. Quizá a unos se les ve menos la carne que a otros, son más religiosos, pero debajo de los ropajes, los perfumes y los abalorios la religión y las filosofías de los hombres, lo único que hay es carne corruptible. No se trata de cambiar de ropajes, sino de que haya un cambio total de la naturaleza persona misma. La única solución es cambiar la naturaleza, porque del corazón del hombre es de donde viene el problema (Marcos 7:20-23: “Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”).

¿Qué es entonces volver a nacer? ¿Marcar una raya en tu vida a partir de la cual, sabiendo ya que eres pecador y estás perdido, vivir la vida intentando hacer lo bueno y evitar lo malo, como si fueran los propósitos de Año Nuevo? NO, porque ni la carne mejorará, ni la naturaleza pecaminosa desaparecerá. 

Este cambio de naturaleza solo lo puede obrar Dios. El hombre el cambio que hará es volverse religioso. Rezará más, será más amable, participará en servicios religiosos, llenará su casa de incienso, encenderá velas y cirios, sacará un porcentaje de su dinero para dar a los pobres, etc…, y se sentirá muy bien consigo mismo y muy religioso, pero su vieja naturaleza carnal ahí seguirá. Continuará sin ser nacido de nuevo, sin ser regenerado. Por eso es absurdo pensar en los supuestos beneficios para una sociedad de la llamada “religiosidad” o “cultura religiosa”, la llamada “cultura cristiana” (o “judeo-cristiana”). Los verdaderos cambios a mejor siempre han venido de la mano de cristianos nacidos de nuevo, no de religiosos, puesto que ser un “cristiano cultural” no sirve absolutamente para nada ante Dios. 

¿Cómo nacemos de nuevo? “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. El agua de la palabra de Dios y el Espíritu Santo que nos convence de pecado. Es un nacimiento espiritual, un cambio que procede de Dios y no del hombre. No son cosas que hagamos con la naturaleza carnal con la que vinimos al mundo (religión) y que nos vayan a justificar ante Dios, sino una naturaleza nueva por la que lo bueno que hagamos llevará la marca de Cristo, la única forma de que sea agradable a Dios. 

“El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni á dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu”: cuando nacimos carnalmente no éramos conscientes de ello, no actuábamos nosotros, no era nuestra “obra”. Cuando alguien nace del Espíritu es igual, no está “obrando” él, no se está “reformando” a sí mismo. Es un milagro que obra el Espíritu Santo. 

Para ello fue necesario que Jesús muriera primero a sí mismo por nosotros: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna”. La serpiente a la que Jesús se refiere es la serpiente de bronce que forjó Moisés en el desierto y a la que miraban los israelitas cuando eran picados por una serpiente de las de verdad (Números 21:4-9). Por supuesto, para ser curados, debían mirar a la serpiente con fe y con confianza en ello. La serpiente representa en la Biblia, el pecado y el daño mortal que nos causa. Una fue la instigadora de que el pecado entrara en el mundo, según el Génesis. Y la serpiente de bronce de Números representa a Jesucristo. No era venenosa, era de bronce, aunque sí tenía la misma forma de una serpiente venenosa, y a través de ella se salvaban los que habían sido picados. Jesucristo tomó sobre sí nuestro pecado y murió pareciendo pecador, pareciendo malhechor, levantado y muerto en la Cruz. Y, precisamente por eso, salva del pecado y de la muerte eterna a todo aquél que crea en Él. ¿Vemos lo maravilloso que es esto? No teniendo pecado, se hizo pecado por nosotros, murió a sí mismo.

Asimismo debe morir la vieja naturaleza de todo hombre. Y en la cruz, el Señor acabó con ella de manera que ahora podemos nacer de nuevo y ser cambiados. Cuando alguien nace de nuevo por la acción del Espíritu Santo, a través el don de la fe que Dios pone en él, está preparado para entrar al Reino de Dios. La entrada al cielo no está en función de nuestros esfuerzos sino de ese milagro de Dios. Dejar de confiar en uno mismo, dejar de creerse uno “buena persona” o alguien “recto y moral” hasta el punto de que va a “ganarse el cielo”, como dice esa frase tan popular pero tan falsa, dejar de pelear contra Dios para salvarnos por nuestras propias obras, por nuestra religión, en definitiva, para pasar a confiar exclusivamente en Jesucristo.

Al final, incluso el religioso Nicodemo nos da una gran lección: pregunta a Jesús cómo es posible nacer de nuevo y le escucha atentamente. Estaba en camino de dejar su religiosidad y nacer de nuevo. Así debiéramos nosotros estar dispuestos a dejar de creer que nuestras buenas obras lo son porque nuestra propia naturaleza lo es y que, en consecuencia, Dios las va a tener que aceptar por narices, y estar dispuestos a escuchar y confiar plena y únicamente en Dios.

Que Dios nos ayude a darnos por vencidos de nosotros mismos, a abandonar la confianza en nuestra religión, y a nacer de nuevo, caminando hacia Él junto a Cristo y con nuestras manos vacías. 

Amén.


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