Posteado por: Javier | marzo 14, 2012

¿Es bueno un poco de rebelión? (II): Lex, Rex

Continuamos con la cuestión de la entrada anterior. Hemos visto que la espada (o el “cuchillo”), el “monopolio de la violencia legítima”, la ponemos en manos del gobierno civil, del Estado. Debemos someternos a la autoridad, pero ¿a cualquier autoridad? Le damos la espada pero ¿podemos guardarnos una nosotros por si acaso, por si el poder se vuelve despótico o injusto? Esa es una de las preguntas que surgen de textos legales como la Segunda Enmienda de la Constitución de EEUU que, en su lectura original, no ampara el tener una arma porque sí, sino concretamente para poder formar milicias del estado y defenderse contra el Estado Federal si este se convierte en tiranía. Vamos teniendo algunas pistas, pues la idea original de los Padres Fundadores de la nación norteamericana no era un loco solitario o un bohemio que acumulara todo un arsenal en el trastero de su casa para una hipotética situación de tener que rebelarse contra el gobierno, sino una “milicia bien regulada”, al servicio de un gobierno legalmente establecido. Hay que tener en cuenta, además, el tipo de armas ligeras que circulaban en aquella época, fines del siglo XVIII. No hay nada que indique que el texto se refiera al armamento tan devastador que existe hoy día, ni en cabeza sensata cabe pensar que la Segunda Enmienda legitime para aparcar un tanque en el jardín de casa o para pasear por la calle con un bazoka o un lanzagranadas.

Sobre la prerrogativa de resistir activamente a un gobierno injusto, aunque Aurelio Agustín, el obispo de Hippo Regio, había esbozado en el siglo V la idea de que la “ley injusta que no es ley” (hay que recordar la influencia de la filosofía griega en Agustín, en el sentido de que consideraba “ley injusta” a la contraria a la “ley natural”), y una teoría sobre cuál la “guerra justa” que, siglos más tarde, desarrolló Tomás de Aquino (la guerra tiene que ocurrir para un propósito bueno y justo y no para beneficio propio o como un ejercicio de poder, así como debe ser llevada a cabo por una autoridad debidamente instituida), en la Inglaterra del siglo XIII podemos encontrar codificado un “derecho de rebelión” en la Carta Magna de 1215, otorgada por Juan sin tierra a los barones del reino el 15 de junio de ese año, que exigía el rey a renunciar a ciertas prerrogativas y aceptar que su voluntad podría ser limitada por la ley. Se incluyó una “cláusula de seguridad” que dio el derecho a un comité de barones de hacer caso omiso de la voluntad del rey por la fuerza si era necesario, en virtud de la sujeción del monarca a la legalidad. Con ella el rey se comprometía a no arrestar a ningún noble sin orden judicial. Tampoco podía juzgarlo sino mediante un Tribunal de sus iguales, y además se comprometía a no imponer ningún impuesto sin el consentimiento de un “Consejo del Reino” integrado por nobles. No obstante, hay que puntualizar que este documento, considerado como base de las libertades inglesas y modelo de las Constituciones modernas, en realidad en su momento no era sino reafirmación del feudalismo: se limitaba la autoridad real, pero sólo se protegían los derechos de los nobles. Juan sin tierra se había visto obligado a poner su sello a la carta en un prado llamado Runnymede, junto al río Támesis, tras la rebelón de los principales barones.

Similar a la Carta Magna de Inglaterra fue la Bula de Oro de Hungría de 1222, emitida por el rey Andrés II, en la que, de forma parecida, se incluía el derecho de la nobleza a desobedecer al Rey cuando actuase de manera contraria a la ley (ius resistendi).

En el mismo siglo XIII, Tomás de Aquino indicó en su “Gobierno de los Príncipes” que “tirano” es quien desprecia el bien común y busca el bien privado: “se ha de proceder contra la maldad del tirano por autoridad pública”. Para Aquino, lo más deplorable no era que el tirano gravase solamente las cosas temporales de sus súbditos, sino ante todo que “impida” las espirituales. No obstante, consideraba que “Aun en este último caso (la tiranía) debería tolerarse para evitar mayores males”, argumentando que cada tirano que se pretenda de eliminar por otro personaje o por algún grupo acabará terminando en otra tiranía, cometiéndose arbitrariedades que serian más dañosas que la misma tiranía. Su idea era bastante más mesurada, en contraste con la que expresaría el jesuita Juan de Mariana, en defensa del tiranicidio, algo más de tres siglos después, puesto que en la misma obra dice que “Cuando la tiranía es en exceso intolerable, algunos piensan que es virtud de fortaleza el matar al tirano”, exponiendo que esto no está de acuerdo con la doctrina de los apóstoles, ser súbditos reverentes no solo de los gobernantes buenos y humildes, sino de también de los señores díscolos, contando al final con la única y siempre efectiva “gracia de Dios” para soportar con paciencia los sufrimientos y las injurias. Pues, al fin y al cabo “El corazón del rey está en manos del Señor, quien lo inclinará a donde quisiere” (Proverbios 12:1). Aquino consideraba a la sedición como “pecado mortal”, pero la resistencia justificada a la tiranía no constituía, a su juicio, sedición.

En el siglo XVI, Juan Calvino, en su “Comentario al Libro de Daniel”, escribió que los monarcas contemporáneos pretendían reinar “por la gracia de Dios”, pero la pretensión era “un simple truco” para que poder “reinar sin control”. El reformador francés consideraba que “los príncipes de la tierra se deponen a sí mismos mientras que se levantan contra Dios “. “Cuando los ciudadanos comunes afrontan una tiranía, deben soportarla”, pero, sin embargo, los magistrados tienen el deber de “poner freno a la tiranía de los reyes”, al igual que los tribunos de la antigua Roma. Calvino apoyaba el “derecho de resistencia”, pero no pensaba que esa resistencia fuera prudente en todas las circunstancias.

En 1643, aparece la obra del puritano Samuel Rutherford “Lex, Rex”, escrita en respuesta a “Sacro-Sanctum Regus Majestas” de John Maxwell. “Lex, Rex” empieza con la afirmación de Rutherford de la idea clásica cristiana de que existe una fuerte conexión entre la “ley natural” y la revelación de las Escrituras, como él mismo dijo, “los argumentos de la Escritura pueden ser sacados de la escuela de la naturaleza”. Para Rutherford, la “ley natural” nos enseña que el hombre nace libre y, en consecuencia, nadie nace siendo una ley en sí mismo, “ningún hombre ha salido del vientre materno con un cetro y una corona sobre su cabeza”, según sus propias palabras. Al decir esto, sin embargo, Rutherford no quiere decir que la autoridad política no es ordenado por Dios. Por el contrario, Dios quiere establecer la legitimidad de los cargos políticos, pero estos cargos y los poderes que ejercen deben ser diferenciados de los titulares de los mismos. Los reyes, como todos los demás, están sujetos a las “leyes de la naturaleza” y la Escritura, así como las “leyes positivas” de las que se derivan. El soberano es responsable ante el pueblo de sus actos. Los reyes que actúan de otra manera, son tiranos y ante los tiranos, de acuerdo con Rutherford, es legítima la resistencia. Sin embargo, de forma similar a Calvino, Rutherford no reconocía este “derecho” a los individuos, realmente no sería un “derecho” propiamente dicho, sino una prerrogativa de encabezar una rebelión, la cual reconocía, no a cualquiera, sino a una serie de cuerpos representativos, que serían los magistrados, los nobles y los líderes eclesiásticos. Vemos que una de las claves de esta cuestión, la resistencia a un gobierno tiránico y que viole brutalmente las leyes a las que está sujeto, es a quién corresponde dirigirla, quién tiene la legitimidad para encabezar a los súbditos del monarca corrupto, sin que la resistencia se convierta en una anárquica sedición.

Cuando Carlos II asumió el trono de Inglaterra en 1660, uno de los primeros actos de su gobierno (aparte de la exhumación de los restos de Oliver Cromwell para su decapitación póstuma, como venganza por la ejecución de su padre, Carlos I) fue la prohibición de la obra de Rutherford, la cual condenó como “un libro que vitupera la Monarquía, y por la que se incita a la rebelión”. “Lex, Rex” fue quemado en público, y su autor fue acusado de traición a la patria, destituido de su cargo como rector de la Universidad de Saint Andrews, y puesto bajo arresto domiciliario . Corría un grave riesgo de ser ejecutado, sin embargo, Rutherford, aunque gravemente enfermo, dijo que “por mi buena conciencia, estaría dispuesto a teñir el cadalso por ese libro”. Nunca llegó a ello, pues la enfermedad de Rutherford le impidió comparecer ante el Parlamento para afrontar esas acusaciones y murió en marzo de 1661.

Continuaremos.

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Responses

  1. […] Después de algo más de dos meses parada, aquí viene la decimosegunda entrega de este serial “puritano”, esta vez sobre un personaje ciertamente relevante, Samuel Rutherford (ya tuve ocasión de hablar de él hace justo un año, AQUÍ). […]


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