Posteado por: Javier | mayo 12, 2012

Las Bienaventuranzas: las características de los ciudadanos del Reino (II)

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (5:6).

Continuando por donde lo dejamos el domingo pasado, llegamos a la cuarta de las Bienaventuranzas. Y, debemos seguir recordando, como la anterior entrada, que la enseñanza gira totalmente en torno a Cristo y no es posible entenderla coherentemente de otra forma.

La justicia de la que Jesús dice que sus discípulos tienen hambre y sed es la perfecta conformidad con la santa ley de Dios, esto es, con su voluntad.

Es una justicia que es imputada por Dios (“Abraham creyó a Jehová y le fue contado por justicia”, Génesis 15:6), puesto que el hombre es absolutamente incapaz para ganar esta posición justa delante de Dios. Ninguna cantidad de buenas obras que haga es suficiente para expiar su pecado. Ninguna forma de purificación, ningún rito, ninguna ceremonia, ningún sacrificio puede lavar la mancha de pecado que contamina su alma (“Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor”, Jeremías 2:22; “Sacrificio y ofrenda no te agrada; Has abierto mis oídos; Holocausto y expiación no has demandado”, Salmo 40:6). El hombre está en tal situación de miseria que su situación no tiene ningún remedio.

Era en esta situación de imposibilidad del hombre de justificarse ante Dios donde hizo su entrada Cristo en el mundo. El modo en que iba a ser logrado el rescate del pecador y se iba a proporcionar la salvación se describe claramente en Isaías 53:5 y 6: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”.

Así, por ejemplo, insta a “no hacer sonar trompeta” cuando se de limosna, sino que no sepa nuestra izquierda lo que hace nuestra derecha (Mateo 6:2-4); que nos seamos como los hipócritas que oran en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres, sino que oremos en nuestro aposento y cerremos la puerta (Mateo 6:5-6). Lógicamente, quedarnos en la interpretación de esto es muy pobre. El Señor no está diciendo que en la iglesia no se deban hacer colectas de dinero para atender a los pobres o que no se puedan celebrar reuniones de oración pública. A lo que se refiere es a la relación que mantengamos con Dios mientras hacemos esto. No hay nada que sea tan falaz como pensar en el pecado sólo en función de actos; y mientras pensemos en el pecado sólo en función de cosas que de hecho se hacen, no llegamos a comprenderlo. Lo esencial de la enseñanza bíblica acerca del pecado es que es esencialmente una disposición del corazón, que puede exteriorizarse o no en actos externos. Es un estado del corazón. El pecado es en último término el adorarse a sí mismo, el adularse a sí mismo, buscar la justicia de uno mismo. Y Jesús muestra que esta tendencia nuestra a la “auto-adoración”, a idolatrarnos a nosotros mismos, es algo que nos sigue y puede darse incluso en actos que parezcan objetivamente loables o señal de ser alguien desprendido hacia los demás. El problema del que habla es el centrar la atención en nosotros mismos y en lo que puedan pensar o decir los demás de nosotros, en lugar de en Dios, el no “negarnos a nosotros mismos”.

Esta justicia es objeto de un intenso deseo, de un anhelo intenso, de una búsqueda implacable por parte de los ciudadanos del Reino. No que sean perfectos en su proceder, esto es, en los resultados de esa búsqueda, ni que no puedan fallar, caer y pecar. Lo que es perfecto y permanente es su anhelo de la justicia de Dios, por ello siempre se levantan de sus caídas, no abandonan la carrera para buscar esa justicia y día a día están quebrantados y confiesan sus pecados ante Dios.

Son los que son conscientes de su miseria espiritual ante Dios, que lloran por su pecado y el de los demás y que no buscan su propia justicia, sino que la dejan en manos del que algún día juzgará a todos.

Esta “hambre y sed de justicia” se satisface por la imputación de los méritos de Cristo y por la obra santificadora del Espíritu Santo. Aquellos por quienes Cristo murió son santificados por el Espíritu Santo. Así que, aquellos cuyos pecados han sido perdonados, como acción de gracias, buscan activamente esta justicia en sus vidas.

“Bienaventurados los misericordiosos; porque ellos alcanzarán misericordia” (5:7)

 Las Bienaventuranzas, como hemos ido viendo están conectadas unas con otras. Esta, por supuesto, se conecta con la anterior: todos han sido “llenados”, o “plenamente saciados” como resultado de la misericordia que Dios les ha mostrado, ahora, a su vez, muestran misericordia hacia otros.

Misericordia es amor hacia quienes están en miseria, y un espíritu perdonador hacia el pecador. Es un sentimiento de bondad y un  acto misericordioso. Aunque no hay que olvidar que incluso entre los creyentes muchísimas veces hay actos de bondad y misericordia (pese a que según Proverbios 12:10: “Las misericordias del impío son crueles”). La misericordia de que habla Jesús brota de haber recibido la misericordia de Dios. Es algo genuinamente cristiano.

La Biblia exhorta en repetidas veces al creyente a mostrar misericordia en gratitud por la misericordia con que ellos mismos han sido tratados por Dios. Esta misericordia debe ser mostrada a quienes pertenecen a la familia de la fe, pero no debe estar limitada a ellos (Gálatas 6:10: “Así que, entre tanto que tenemos tiempo, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”). En realidad, debe ser mostrada a “todos los hombres”, sin excluir a quienes odian y persiguen a los creyentes (Mateo 5:44–48).

El Evangelio primero de todo subraya el ser, no el hacer. El Evangelio da más importancia a la actitud con que se hace algo que a los actos considerados en sí mismos. Primero insiste en lo que tú y yo debemos ser y solo después en lo que debemos hacer. Recordemos que si somos espinos no produciremos uvas y que si somos abrojos no produciremos higos (Mateo 7:16). Si no estamos regenerados no podemos producir frutos aceptables a Dios. Serán muy bonitos, magníficos y agradables exteriormente y a la vista de los hombres, pero no serán aceptados por Dios. Incluso en todo el Sermón del Monte, no solo en las Bienaventuranzas, Jesús se ocupa primero de la disposición que adoptemos. Luego, sí, habla de actos, de juramentos, de limosna, de oración, de ayuno, etc., pero antes de hacerlo describe el carácter y disposición. El cristiano ES ALGO antes de hacer algo, y nosotros hemos de SER CRISTIANOS antes de poder actuar como cristianos. Ser es más importante que hacer, la actitud es más significativa que la acción. Ser cristiano es poseer cierto carácter y por tanto ser cierta clase de persona. Por eso he dicho antes que el cristiano puede fallar y sufrir caídas, no encontrar el rumbo por un momento pero después reencontrarlo, pero generalmente busca siempre el hacer la voluntad de Dios. Esto es independiente de los resultados: Dios no necesita de nuestros “éxitos” para hacer su obra.

Los hay que, por naturaleza son más clementes y los hay que son más implacables. No es este el ser “misericordioso” a que se refiere Jesús. Solo el hombre regenerado por Dios, que con toda justicia se puede llamar cristiano, conoce esta “misericordia”, la que ha experimentado al ser perdonados sus pecados. Hoy día el concepto de “misericordioso” es totalmente humanista y secular: alguien tranquilo, pasota, fácil, que no ve las cosas, o, si las ve, hace la vista gorda. Una verdadera tontería. Es algo que implica una despreocupación total por la justicia. Sin embargo, Dios es misericordioso. Pero, también, Dios es justo, Dios es santo, Dios es recto.

Lo que la Bienaventuranza quiere decir es que, una vez que he sido redargüido de pecado, una vez que conozco que lo único que hubiera merecido es que la ira de Dios se derramase sobre mí y que, sin embargo, he sido perdonado y declarado “justo” sin acreditar ningún mérito para ello, a partir de ahí, ya no debo ver a los otros hombres como los veía antes.

Ahora los veo como incautos, como víctimas y esclavos del pecado y de Satanás y de los caminos del mundo. Incluso a los enemigos, he llegado a verlos no simplemente como hombres que me desagradan sino como hombres que hay que compadecer. Y es algo que lo puedo saber muy bien porque están todavía donde yo estaba antes, y donde todavía estaría si no fuera por la gracia de Dios. Por esto los debo compadecer. Distingo entre pecado y pecador. Considero a todos los que están en estado de pecado como dignos de compasión. El ejemplo más paradigmático de esto es el de Jesús clavado en la cruz, cuando ruega por sus verdugos “Padre, perdónalos” ¿Por qué? “Porque no saben lo que hacen”. Así, aunque no sea algo tan extremo, nos puede suceder en el día a día. Debemos sentir piedad por todos los esclavos del pecado. Así ha de ser nuestra actitud hacia la gente.

Y, del mismo modo que “perdonamos a nuestros deudores”, cada día podemos pedir a Dios que perdone “nuestras deudas”. Los misericordiosos alcanzarán misericordia”. Esto no quiere decir que la misericordia de Dios dependa de la nuestra: sería cargarse la doctrina de la salvación por gracia por medio de la fe. Seguimos hablando de una disposición, lo que quiere decir es que, si hemos recibido la misericordia de Dios, por ello, somos misericordiosos. Ahora bien, no serlo es señal de no haberla recibido nunca, sino de ser como el siervo injusto de la parábola, quien, habiéndosele perdonado lo más, era incapaz de perdonar lo menos.

“Bienaventurados los de limpio corazón; porque ellos verán a Dios” (5:8)

¿Quiénes son “los de limpio corazón”?

Lo normal es pensar que son personas “honestas”, “íntegras” y “sinceras”, individuos quienes, sin ninguna otra cualidad, son sinceros, que piensan, hablan y actúan sin hipocresía.

Pero no está puesto exactamente el énfasis aquí, sino enla no existencia de duplicidad, el que la manifestación exterior está en armonía con su disposición interior. Aunque, más aún, esto, con todo, no es suficiente. Alguien puede ser muy honesto y sincero en lo que cree, que la manifestación exterior de ello esté en perfecta armonía, y, sin embargo, estar equivocado. Se puede estar sinceramente en la verdad pero también se puede estar sinceramente en la mentira. Los paganos están sinceramente en el error. Los adoradores de Baal estaban “sinceramente” equivocados cuando se sajaban con cuchillos y bramaban invocando a su dios, ante el desafío de Elías, como leemos en 1 Reyes 18:26-28.

La “fe no fingida” de la que habla Pablo en 1 Timoteo 1:5, va unida a la “sana doctrina” (versículo 10). Y las personas a quienes se refiere Pedro (1 Pedro 1:22) son las que han purificado sus almas “por la obediencia a la verdad”.

Por supuesto que la fe cristiana no es en último término una cuestión de doctrina o comprensión o intelecto, sino que es un estado del corazón. No es necesario ser una “lumbrera” mental o un “escolástico” para ser alguien renacido por la gracia de Dios. Pero, siendo eso cierto, la doctrina es absolutamente esencial. Aunque hay que insistir en que no es sólo esto. Podemos encontrarnos como los que se contentan con ser “oidores” de la Palabra, de los que habla Santiago, sin llegar a ser “hacedores”. Mucho cuidado: es un peligro terrible el detenerse ahí. Esto se aplica no sólo a la doctrina y a la teología. Se puede tener un interés puramente mecánico por la Palabra de Dios, de modo que ser tan sólo estudioso de la Biblia no quiere decir que todo vaya bien. Cristo nos dice que no es cuestión tan sólo de la cabeza. Lo es, pero no con carácter exclusivo. Ha habido gente verdaderamente malvada que ha sido gran conocedora de la Biblia, puesto que la mejor forma de entrenarse para intentar destruir algo es conocerlo bien. Un malvado impío como Rousseau llegó a convertirse en todo un erudito de la Biblia. Satanás mismo conoce perfectamente la Biblia.

Pero, estando alerta ante este peligro, la bendición de la sexta bienaventuranza no se pronuncia sin discriminación sobre todos los que son sinceros, sino más bien sobre aquellos que, en su adoración al Dios verdadero, en conformidad con la verdad revelada en su Palabra, se esfuerzan sin hipocresía para agradarlo y glorificarlo. Estos y solamente éstos son los de “limpio corazón”. Su corazón está en armonía con el de Dios

La semejanza es el requisito indispensable de la comunión y comprensión personal de Dios. Alguien no renovado puede conocer, de forma intelectual, cosas de Dios, muchísimas cosas, pero NO PUEDE CONOCER A DIOS. Para conocer a Dios uno tiene que ser como Él. Aunque aquí en la tierra actual lo que vemos aún son sombras, en los nuevos cielos y la nueva tierra (Apocalipsis 21:10), esta visión será igual a una comunión sin pecado y eterna de todos los redimidos con Dios en Cristo, un ver “cara a cara”.

La próxima semana concluiremos con esta exposición dominical.

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