Posteado por: Javier | mayo 20, 2012

Las Bienaventuranzas: las características de los ciudadanos del Reino (III)

Bienaventurados los pacificadores; porque ellos serán llamados hijos de Dios (5:9)

Entramos hoy en otra de las Bienaventuranzas cuyo significado ha sido más manipulado. “Bienaventurados los pacificadores”, suena bien, ¿eh? La modernidad humanística vería, a partir de esta frase, a Cristo como una pacifista jipi con greñas hasta los hombros. Hombre, depende de qué entendamos por “paz”, y entre el concepto bíblico de “paz” y el humanista cualquier parecido es pura coincidencia. Consiste en paz a ultranza, al precio que sea, como un fin absoluto en sí mismo, una falsa paz. “Con tal de evitar problemas, lo que sea, apacigüemos”. No quiere decir esto. Las personas que dicen esto, que quieren la paz a costa de lo que sea, no tienen sentido de justicia, no se mantienen firmes en lo que debieran, son flojos, son un auténtico chollo para los malvados y los tiranos. Parecen agradables, simpáticos, todo el mundo les alaba (¡¡Paz y amoool!”), pero si todo el mundo se basara en sus principios y estuviera dirigido por personas así, estaría todavía peor aún de lo que ya de por sí está. Por esto añadiría que el verdadero pacificador no es, por así decirlo, un “aplacador”. Se puede retrasar la guerra aplacando: pero suele significar que se hace algo injusto a fin de evitar la guerra. El simple evitar la guerra no crea la paz, no resuelve el problema. ¿Acaso no hemos tenido ejemplos de sobra durante el siglo XX? No, no, no y no: no es aplacar. Pero no solo los humanistas: muchas iglesias defienden hoy día un “pacifismo” y una idea de lo que es ser “pacificador” muy similar (no olvidemos cómo el difunto Papa Juan Pablo II se oponía en 2003 a la liberación de los iraquíes de las garras tiránicas de Sadam Hussein, en nombre de esa falsa “paz”).

Varios siglos antes de su nacimiento, el profeta Isaías llamó al Mesías “Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). Sin embargo, muy “pacifista” (según la visión actual) no se mostró Jesús cuando expulsó a los mercaderes que profanaban el templo (Juan 2:13-17), hasta el punto de que sus discípulos recordaron las palabras del salmista: “Porque me consumió el celo de tu casa”.

La Bienaventuranza no tiene nada que ver con eso. Se refiere a aquellos que, habiendo recibido la reconciliación con Dios por medio de la Cruz de Cristo, ahora procuran, por su mensaje y por su conducta, ser instrumentos para impartir este mismo don a los demás. Por medio de la palabra y el ejemplo estos pacificadores, que aman a Dios, se aman unos a otros y aun a sus enemigos, promueven la paz (LA PAZ CON DIOS) entre los hombres.

Por otro lado, en la medida en que pueden con los dones que les ha dado Dios y con su ayuda, los verdaderos creyentes actúan como un “conservante” que evita que este mundo caído caiga en un estado aún mayor de podredumbre (de ello hablé en diciembre), peleando diariamente las batallas contra el mal y por la justicia y la verdad. Tenemos un buen ejemplo en Génesis 18:32, cuando Dios prometió a Abraham que, si hubiera tan solo diez hombres justos en la malvada y degenerada ciudad de Sodoma, por amor a esos diez, no la arrasaría con fuego y azufre.

Los “pacificadores” son los que desean la paz de Dios con todos los hombres y proclaman el Evangelio de la Paz (Efesios 6:15). Sin embargo, el hombre natural no acepta a Cristo crucificado, no desea el Evangelio de la paz, hablarle de eso es como hablar a un tigre de las bondades de la dieta vegetariana, pues lo que desea es su propia justicia, no la de Dios, por tanto, no quiere aceptar el Evangelio (1 Corintios 1:23). Por eso, su proclamación inicia una lucha en su corazón. Si, por la gracia de Dios, el pecador finalmente se rinde y recibe a Jesucristo, el Príncipe de Paz como su Salvador y Señor, él puede enfrentar otra batalla, a saber, hasta dentro de su propia familia, amistades o grupo de trabajo, o cualquier ámbito donde se mueva. Es por esta razón que Jesús, que llamó bienaventurados a los pacificadores, no se estaba contradiciendo cuando dijo: “No penséis que he venido a traer paz sobre la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mateo 10:34–36).

Pero esta situación, CLARO: no es culpa de Cristo sino del hombre, que no quiere aceptar el Evangelio, y que no quiere saber nada de Él ni someterse a su Señorío. Es Dios en Cristo quien sigue exhortando a los hombres que encuentren en él reconciliación y paz duradera (Mateo 11:27–30).

Los que promueven el Evangelio de la Paz son llamados “hijos de Dios” (el más alto y honorable título que puede tener un hombre), puesto que se convierten en sus colaboradores en la labor de expulsar el mal del mundo y de los corazones de otros hombres, de que éstos lleguen a tener paz con Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos (5:10).

Recuerda los tiempos cuando estabas perdido sin Jesús, cuando eras una abominación ante Dios, y mírate ahora. Ahora eres una nueva criatura. Todos tenemos una edad en la fe. La fe es como el grano de mostaza, empieza siendo la semilla más pequeña y se convierte en una gran planta (Mateo 13:31-32). La fe de los hijos de Dios se desarrolla hasta el punto de que se convierten en lumbreras, en luminarias en un mundo que está en la oscuridad, una luz que no se puede tapar ni esconder (Mateo 5:14). Como el mundo está en tinieblas, la luz de los hijos de Dios, de los ciudadanos de su Reino, es muy evidente. Los habitantes de ese mundo tenebroso la van a ver. Y esto habitualmente da como resultado la persecución, sea en mayor o menor grado, no tiene porqué ser sangrienta, puede ser un simple desacuerdo o desaprobación, hasta una burla, una mofa o un insulto. La persecución a que Jesús hace referencia no se refiere causas puramente sociales, raciales, económicas o políticas, sino que es una cuestión de cosmovisiones. Es una persecución “por causa de la justicia”. Debido a que los hijos de Dios desean estar y vivir en armonía con el Señor y con su santa voluntad de Dios, es por eso que sufren la persecución y se mantienen firmes sin importar lo que les ocurra. Son los que se han negado a sí mismos y han tomado la cruz para seguir a Cristo (Mateo 16:24).

La definición de “justicia” aquí exactamente la misma que en la cuarta Bienaventuranza. Los malvados no pueden soportar ni tolerar a quienes ante los ojos de Dios son contados por “justos”. El “mundo” odia, aborrece a los hijos de Dios (Mateo 10:22 y 24:9; Juan 15:19), tanto como aborreció a Cristo cuando estuvo aquí. Esta es la causa de la persecución.

Sin embargo, los ciudadanos del Reino tienen la consolación de la oración y el amor de sus hermanos, en su mismo país u otras partes del mundo, y en que, en el último día de este mundo, la palabra de Dios será reivindicada. Y Dios mismo se ocupará de que toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Jesús es el Señor (Filipenses 2:10-11). Ese día, algunos heredarán con un inenarrable gozo el Reino de los Cielos, mientras otros, quienes fueron sus perseguidores, entenderán que vivieron por una cosa equivocada y que lo habrán perdido todo.

Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan, y se dijere toda clase de mal de vosotros por mi causa, mintiendo (5:11).

Esencialmente, la última Bienaventuranza es una continuación de la anterior. Jesús no solo llama “bienaventurados” a los que sufran persecución por su fe en Él, sino que afirma que pueden regocijarse en ello.

El Evangelio de Jesucristo crea una división enorme entre el cristiano y el que no lo es. El incrédulo lo demuestra persiguiendo al cristiano. La forma en que lo persigue no importa, y antes he dicho que no tiene porque ser a sangre y fuego, puede ser muy sutil: el hecho es, que sea en la forma que fuere, lo va a hacer. El incrédulo tiene antagonismo al cristiano. El carácter del cristiano, por ser semejante a Jesucristo, atrae siempre persecución. Nadie ha sido nunca perseguido en este mundo como lo fue el Hijo de Dios mismo, y “no es el siervo más que su señor”. Por ello tiene el mismo destino. El incrédulo tiende a burlarse, perseguir y a decir toda clase de falsedades en contra del cristiano. ¿Por qué? Porque es básicamente diferente a él, y el no cristiano lo ve, se da cuenta. El cristiano no es como los demás sólo que con alguna diferencia mínima, aunque cada vez más “cristianos” parecen serlo solo por tener un “hobby dominical”. Pero lo normal es que sea esencialmente diferente, que tenga una naturaleza diferente y sea un hombre diferente. Vive en el mundo, pero no es del mundo. Busca la justicia de Dios, no la suya propia. Y ha renunciado totalmente a sí mismo para vivir para Dios. Todo lo que hace, intenta hacerlo por amor a Dios. Llega al punto de que ni siquiera vive para Dios por temor a ser arrojado al infierno, sino que, es más, amaría a Jesucristo aun cuando Él le enviase al infierno porque cree que Él es digno de ello. No merece nada, todo lo ha recibido por gracia, lo que hubiera merecido es que el juicio de Dios hubiera caído sobre él como un pisotón que aplasta a una hormiga, y, sin embargo, Dios Padre interpuso al Hijo entre su ira y él mismo.

¿Por qué se les persigue? Porque viven por Cristo. O, al menos, así debe ser si alguien pretende llamarse “cristiano”. Si somos cristianos de verdad, nuestro deseo debe ser, por mucho que fallemos en la práctica, vivir para Cristo, glorificar su nombre, vivir para glorificarlo. Mira el mundo que te rodea. La gente anda constantemente en medio de rencillas y desacuerdos y se persiguen unos a otros, a veces hasta llegar a matarse, incluso cuando no son cristianos, pero no es por Cristo. Lo peculiar en el caso de la persecución del cristiano es que es “por causa de Cristo”.

No obstante, mayor aún es la recompensa en los cielos, una recompensa no por méritos humanos, sino por gracia, y mucho mayor al sacrificio (Romanos 8:18).

Y, por fin, terminamos. En este Día del Señor, demos gracias por todo a Dios Padre en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

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Responses

  1. Os felicito por el blog y os invito a visitar el mío. Gracias.

    http://dynnamico.blogspot.com.es/

    Saludos,
    MR


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