Posteado por: Javier | mayo 22, 2012

La caridad: la de verdad

Un tema del que he dejado caer que iba a hablar.

Como cansa ya un poco tanta publicidad en torno a la “caridad” subvencionada, vamos a ver lo que sería de verdad la caridad, una idea que puede ser tanto “cristiana” como “secular”, no necesariamente debe estar vinculado a una creencia religiosa (aunque la única “caridad” agradable a Dios lo sea la practicada en términos bíblicos).

Esencialmente, consiste en dar comida y vestido: NUNCA en dar dinero. Generalmente, quien te pide dinero es para gastarlo en vicios. No digo que siempre sea así, ni que si alguien te pide dinero para comer sea mentira. Pero no es lo normal. Lo más habitual es que lo quiera para tabaco, bebida o hasta drogas (cosas que no son necesidades, ni “derechos”, no habría ni que decirlo). Repito, NO DIGO QUE SIEMPRE SEA MENTIRA. Digo que normalmente será para eso. En este país no hace falta ir pidiendo dinero por la calle para comer. No hace falta ir recolectando euro a euro de los transeúntes. Mucho menos si te tropiezas con los gorrones del “me da un cigarrito, compi”. Aparte de que uno no es el “compi” del primer fulano que se encuentre por la calle, una buena razón para dejar de fumar es librarse de estos caraduras (recuerdo que, por lo menos hace un tiempo, la cosa estaba llegando a un punto que se ponían bastante agrios si no les dabas tabaco). Si quieres tabaco, en los estancos lo venden. El tabaco NO es una necesidad. 

Es curioso porque esto se suele dar tanto individualmente como a escala de países, lo mismo puede ser un mendigo que el tirano marrón de cualquier país tercermundista. Si este último te pide dinero, en nombre del “humanitarismo”, en realidad suele ser para armas con las que equipar a su ejército para alguna guerra en la que esté envuelto o para repartirlo con sus esbirros grasientos y corruptos. Es lo que ocurrió, por ejemplo, en los 80 con el régimen genocida comunista de Etiopía, cuando el tirano Menguistu, aprovechando la sequía y la hambruna en su país, se dedicó a pedir dinero, supuestamente para alimentos; en realidad para comprar armamento con el que luchar contra los rebeldes de Eritrea, algo denunciado por la administración Reagan, que recibió por ello los calificativos más infames de los “tiranofilos” de toda la vida. Desde que con la televisión, y en las últimas décadas con Internet, podemos llegar a casi cualquier punto del globo, siempre ha sido muy recurrente, la imagen del niño famélico del Tercer Mundo en contraposición con el bienestar de Occidente, como si lo segundo fuera consecuencia de lo primero, el confort de unos basado en la indigencia de otros. Para qué me voy a detener en la cantidad de pajas mentales que más de un “solidario de salón” (de los de mucho piar de lo “malos” que somos aquí, pero poco retratarse él mismo) se ha hecho con ello.

Si usted es cristiano, es muy posible que más de un sinvergüenza le salga con el “Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses”. Generalmente, serán sujetos que se caracterizarán por eso mismo: las ganas de que tú les des, no que ellos se apliquen mucho al cuento. La realidad es que a lo que estamos llamados es a ser piadosos y caritativos, no a ser unos redomados gilipollas. No, la Biblia no dice “serás un gilipollas desde que te levantes hasta que te acuestes. 

Interpretar esto de forma literal y mecánica es ridículo. ¿Por qué dijo entonces Pablo que “El que no quiera trabajar que no coma”? La caridad en lo que no consiste es en “no doy nada de lo que poseo; lo que es mío es mío; y no puedo escuchar las peticiones de esa gente porque quizá me llegaría a perjudicar, a lo mejor en el futuro echo en falta lo que he dado, lo siento, no tengo tiempo, me tengo que ir”. Lo que se censura, aparte de la falta de confianza en Dios, que lleva a no querer ayudar a los demás, es ni siquiera darles la oportunidad de explicar qué necesitan. 

No quiere decir que ayudemos a los que defraudan ni a los mendigos profesionales ni a los borrachos. El que llega a nosotros después de haber estado una noche entera de borrachera y nos pide dinero, siempre dice “oigaaaaa, me presta un euro para el autobús” (no sé porque dicen que se lo prestes, ¿cuándo vas a volver a encontrártelo para pedirle la devolución del capital y los intereses?). Ahí ni un euro, majo, tú eres el que te has creado tú mismo el problema por tu mala cabeza, soluciónalo tú solito. Menos todavía, si te pide más dinero, seguro que será para gastárselo en más bebida. O en juego o en putas, quién sabe. No hay que ayudar a un tipo así.

Lo egoísta es la tendencia a no ayudar a los que realmente lo necesitan, por razón del yo y del espíritu egoísta. Podemos, pues, expresarlo así. Siempre debemos estar dispuestos a escuchar y a, por lo menos, otorgar el beneficio de la duda. No es algo que debemos hacer en una forma mecánica e irreflexiva, sin pensárnoslo siquiera. Debemos pensar, y decir: “Si este hombre está necesitado, mi deber es ayudarlo si estoy en condiciones de hacerlo. Si está en necesidad lo ayudaré”. Si alguien te pide, no dinero, sino comida, es porque tiene hambre. No creo que sea para “vender” la comida y gastar el dinero en otras cosas. Si alguien te pide mantas, en el 99,9% de los casos será porque tiene frío. 

El apóstol Juan expone muy bien esto: “El que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y de verdad” (1 Juan 3:17,18). Evidentemente, esto no incluye dar dinero a cualquiera que te encuentres (sobre todo, teniendo en cuenta, como he dicho alguna vez, que ciertas situaciones de pobreza extrema proceden de vicios del individuo). Pero si veo que mi “hermano” (Juan se refiere a “hermanos” porque la enseñanza esta dirigida a cristianos, evidentemente, quien ve en necesidad a un hermano en la fe y no le ayuda es muy sospechoso de no ser cristiano; pero es extrapolable a situaciones de necesidad de otros) está necesitado y tengo bienes materiales y estoy en condiciones de ayudarlo, no debo cerrar las entrañas de mi compasión, porque, si lo hago, el amor de Dios no está en mí. El amor de Dios es un amor que se da a sí mismo para ayudar a los que están en necesidad. 

Por eso la caridad es algo que está en uno mismo, es voluntaria o no es tal, forma parte de decidir qué camino andar en la vida. NO es una materia “subvencionable” ni financiable con dinero público.

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