Posteado por: Javier | agosto 29, 2012

¿Libertad para mentir? (II)

Algo que tenían muy claro a finales del siglo XVIII los redactores de la Constitución de EEUU es que cuando la libertad se absolutiza como el énfasis básico, no se promueve la palabra responsable, sino la palabra irresponsable. Si se absolutiza la libertad de prensa, se defenderá la calumnia finalmente como privilegio de libertad, y si se absolutiza la libertad de palabra, la difamación finalmente se vuelve un derecho. La libertad religiosa se vuelve el triunfo de la irreligión. La tiranía y la anarquía se apropian del poder. La libertad de palabra, prensa y religión sin ningún tipo de responsabilidad terminan dando lugar a la expulsión absoluta de la verdad y en la agresión constante a los afectados por la mentira. 

Hoy no es raro que se tolere el falso testimonio en nombre de la libertad de palabra y la prensa libre, y las leyes contra la calumnia y la difamación cada vez son más laxas. La cuestión es la misma que hace 225 años: si la religión falsa tiene derechos, ¿por qué no el falso testimonio? Exaltar la libertad sobre todo lo demás, absolutizar la libertad, es negar la distinción entre el testimonio verdadero y el falso. 

Cuando se absolutiza la libertad como el bien en sí misma, y esta convierte en la consideración previa y final sin distinción entre el bien y el mal, la verdad y la falsedad, la ley de Gresham se vuelve operativa en ese aspecto también. Según éste economista inglés del siglo XVI, cuando en un país circulan simultáneamente dos tipos de monedas, ambas de curso legal, y una de ellas es considerada por el público como “buena” y la otra como “mala”, la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena, pues los consumidores prefieren ahorrar la buena y no utilizarla como medio de pago. Pues igual que el dinero malo elimina el buen dinero, la mentira expulsa a la verdad, la pornografía expulsa a la buena literatura y a la diversión limpia, y cosas por el estilo. 

Debido al énfasis en la libertad de palabra y prensa libre, hemos visto el rápido triunfo de la publicidad y los negocios deshonestos. Cuando al falso testimonio se le da protección por ley a nombre de la libertad, hay un deterioro progresivo de la calidad que aparece en todo aspecto. Si la libre empresa se puede interpretar como libertad para la empresa deshonesta, para bienes y comercio fraudulentos, se disminuye la libertad de la empresa honesta. Los bienes de baja calidad que se venden como artículos de calidad tienden a eliminar, en términos del principio de Gresham, a los de mayor calidad que se venden por necesidad a precios más altos. Ha habido un reemplazo progresivo de la empresa honrada con una empresa radicalmente deshonesta. En un mundo profundamente corrompido, la inmunidad de la mentira provocará que ésta devore a dentelladas a la verdad. 

Ahí tenemos el ejemplo de la prensa: durante algo más de dos siglos, ha sido una importante amenaza a la libertad antes que una contribución a ella. La recién adquirida inmunidad contra la interferencia estatal pronto se interpretó como anarquía, y la prensa tiene una horrenda historia de abuso de poder, dando falso testimonio en numerosas ocasiones y “defendiendo” su derecho de hacerlo como “libertad de prensa”. 

En el año 1970 el Sunday Telegraph de Londres informó de la preocupación existente, después de siete meses de investigaciones secretas por un subcomité del Comité de Comercio Interestatal y Foráneo de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, ante el descubrimiento de la evidencia de “informes engañosos de las organizaciones noticiosas y revistas nacionales americanas, y su tratamiento “parcializado”, “arreglado”, y “arrogante” de las noticias”. Hasta tal punto que el Comité del Congreso recomendó finalmente que una sección del acta federal de comunicaciones, que prohíbe “prácticas engañosas” en los programas y publicidad por televisión, se ampliara para hacer un delito federal la “falsificación” de noticias. Cuando la libertad se hace absoluta y sin ley, el resultado final no es libertad, sino anarquía.  

La libertad debe estar bajo la ley, o si no, no es libertad. La eliminación de todas las leyes no produce libertad, sino más bien anarquía y un paraíso de asesinos, ladrones y violadores de toda índole. El marqués de Sade exigía vivir en un mundo así: era una exigencia de “libertad” por parte de una “víctima” en potencia de todos los hombres honestos y la concesión de ésta aseguraba solo la libertad para el asesinato, el robo y la violencia sexual (OFF TOPIC: cómo no, este personaje era el ídolo de un verdadero engendro moral que se hacía llamar “Liberal Radical” y que hace tiempo estuvo intentando contaminar algún hilo e infiltrar doctrina degenerada… obviamente, su bitácora-panfleto duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio). El marqués, a fines del siglo XVIII, se montó una orgía en Marsella utilizando un potente afrodisíaco conocido como cantárida, que se extrae de un coleóptero y su efecto es inflar los genitales. Pero, a la vez, no solo hace que aumente el tamaño de las pelotas o los ovarios, sino que también hincha los riñones y el hígado, con lo que si se abusa hasta puede llegar a causar la muerte del que lo toma. Para que pasase desapercibido, y puesto que este afrodisíaco puede mezclarse fácilmente en la comida o bebida, decidió que fuera en la cena donde utilizarlo. Al marqués se le fue la mano: utilizo gran cantidad y fueron muchos los muertos y enfermos como resultado de tal cena. La dosis mortal de la cantárida es de dos centigramos, lo que hizo que la cena se convirtiera en una orgía mortal. Luego se libro del cadalso que hubiera merecido gracias a sus influencias en la nobleza y la Justicia francesa. En un mundo regido por la “libertad” sin ley del marqués de Sade, esto estaría al orden del día. 

Solo un orden legal que sostiene la primacía de la ley que regule el ejercicio de los derechos y libertades puede producir una libertad, valga la redundancia, verdadera: libertad para la justicia, la verdad y para una vida honesta. La libertad como absoluto es sencillamente una afirmación del “derecho” del hombre a ser su propio “dios”. Hasta el siglo XIX esa reivindicación se consideraba una negación radical del orden legal de Dios. “Libertad para lo que sea”, como reclaman anárquicos, libertarianos y progres, es, por tanto otro nombre para la aspiración del hombre a la divinidad y la autonomía. Quiere decir que el hombre se vuelve su propio absoluto. Por algo todas estas doctrinas venenosas comenzaron a desarrollarse en los tiempos en que la sociedad empezaba a estar cada vez más dominada por el secularismo. 

La palabra “libertad” es entonces un pretexto que usan los marxistas, fabianos, existencialistas, pragmatistas, socialistas, anarquistas, libertarianos y todos los demás, para disfrazar la aspiración de cada individuo de ser su propio absoluto. 

Hay una ley de libertad. Sin ley, no hay libertad.

El conocido como “Movimiento por la Libertad de Palabra” de la Universidad de California en Berkeley a principios de la década de 1960 fue una aplicación lógica y consecuente de la idea de la “libertad sin ley”. La llevaron a sus últimas consecuencias. Los estudiantes usaron el sistema de megafonía del campus para gritar obscenidades en nombre de la “libertad de palabra”, y para exigir el “derecho” de fornicar abiertamente en el césped como perros. Los universitarios eran más lógicos que sus “anárquicos” maestros: insistieron en llevar la libertad de palabra a su conclusión final y lógica. Es decir, reconocieron la hipocresía de los de ideología libertariana: mucha palabrería de salón promoviendo la “libertad de palabra” sin ley ni restricción alguna, pero se amilanaban en cuanto a su práctica. También fueron lógicos en sus demandas sexuales. Si la libertad de palabra sin ninguna consideración de responsabilidad es un estándar válido, ¿por qué no la libertad de acciones? Su elección de libertad irresponsable fue honesta, aunque equivocada, pero llevaron las ideas anarquistas y libertarianas a su conclusión lógica. 

El intelectual anárquico o libertariano presenta objeciones a cualquier restricción de su estándar absoluto de libertad sosteniendo que la libertad de palabra es más importante que cualquier otra consideración, y de modo similar la libertad de prensa es más importante que la responsabilidad. 

Si los individuos tienen libertad de expresión y prensa sin restricciones, no hay libertad para la verdad, pues no se permite norma alguna por el que se pueda juzgar y castigar la promulgación o publicación de una mentira con la que se pretenda destruir esa verdad. Entonces se favorece el testimonio falso y se niega la importancia de la verdad. 

¿Qué se puede hacer en casos en que se falseen a través de la prensa hechos sobre otras personas o se inventen noticias falsas? NO HABLO EN ABSOLUTO de OPINIONES. Salvo que inciten directamente al odio o ejercer la violencia contra personas concretas o de una determinada condición (no solo contra personas de una raza determinada u homosexuales, contra quien sea por cualquier motivo), puede haber opiniones asquerosas y reprobables pero que no merezcan nada más que el rechazo moral por parte de quienes lean esa columna de opinión. Me refiero a dar informaciones falsas o inventar noticias en prensa, radio o televisión. 

No es cuestión de meter a nadie en la cárcel por informar falsamente, en estos casos lo mejor y más oportuno sería una especie de “escarnio público”. Ya tenemos en la Ley de Enjuiciamiento Civil un procedimiento judicial de rectificación de hechos inexactos, caso de que el director de un medio de comunicación no haya procedido a rectificarla “de motu propio” en los tres días siguientes a haber sido requerido por el perjudicado (según la LO 2/1984). La Ley obliga al director del medio de comunicación social a publicar o difundir íntegramente la rectificación, dentro de los tres días siguientes al de su recepción, con relevancia semejante a aquella en que se publicó o difundió la información que se rectifica, sin comentarios ni apostillas. 

Sin embargo, una mayor protección se conseguiría si, no el director del medio, sino el sujeto concreto que hubiera redactado la noticia falsa o difundido a sabiendas un bulo mentiroso, caso de que se demostrara su falsedad, tuviera que declarar directamente ante el Juzgado y, posteriormente, explicar en el propio medio, en horario de máxima audiencia o en portada (o, en su defecto, en la segunda página), si es un medio escrito, con pelos y señales POR QUÉ ha mentido, CON QUÉ motivación ha falseado o tergiversado maliciosamente la verdad. No se le castigaría penalmente, no es cuestión de imponer ninguna pena siquiera de multa a la expresión, pero sí se dejaría claro, a modo de “escarnio público”, que ha mentido a sabiendas, quedando desacreditado moralmente. Si tanto interés existe por individualizar el concepto de “libertad”, evidentemente, también habrá que individualizar al máximo el de responsabilidad.

Anuncios

Responses

  1. Dos libros para el tema de la prensa.Para conocer a los periodistas:Las Ilusiones perdidas de Honore de Balzac(Aqui, como aun no existian las tertulias el sobre sueldo eran los palcos del teatro).Sobre los medios de comunicacion. La prensa libre: De Hillare Belloc.Aunque clasicos de la literatura son perfectamente actuales


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: