Posteado por: Javier | septiembre 22, 2012

Las bombas de la paz

Dentro de todo el cúmulo de desatinos y de políticas erráticas y sin ningún sentido que han caracterizado a estos casi cuatro años de Obama, sin duda la cuestión nuclear es una de las que muestra más a las claras su pensamiento de que el ideal para la paz y la seguridad mundial deben ser unos EEUU lo más contraídos que se pueda en el plano militar. Si bien esto está afectando a todas las áreas, en el terreno del arsenal nuclear es aún más patente. Obama es un post-americano que cree que EEUU hasta ahora, desde el fin de la II Guerra Mundial y en mayor medida tras el colapso de la URSS, ha impuesto al resto del mundo una injusta “Pax Americana” en lugar de colocarse voluntariamente en pie de igualdad con el resto de estados, sean los que sean (realmente, es cierto lo de la “Pax Americana”, de hecho, EEUU puede calificarse como un “imperio”… la diferencia con la idea de Obama es que es la mejor opción que ha habido en los últimos casi 70 años para que desempeñe este papel, otra hubiera sido para echarse a temblar).

Para el inquilino de la Casa Blanca, EEUU debe pasar a ejercer un liderazgo pero en desarme nuclear global, colocarse en pie de igualdad con otros países, y terminar con 0 armas nucleares. Ya después, no sintiéndose amenazados por el potencial nuclear estadounidense, las coreas del norte, los iranes, las sirias o las venezuelas de este mundo comenzarían a desarmarse y todos podríamos comenzar a soñar con vivir en un idílico mundo de paz y amor.

Esto, no puede ser de otra forma, se lo creerán Obama y un puñado de sus más empedernidos fans, como los que le nominaron para el Premio Nobel de la Paz (nominación que llegó antes incluso de que fuera elegido presidente en noviembre de 2008, buena prueba de que, con ese premio, la izquierda europea estaba en realidad auto-premiándose a sí misma y dando una palmadita en la espalda a Obama diciendo “eres de los nuestros, tío”) y que finalmente se lo otorgaron en base a no se sabe muy bien qué, aparte de por ser negro y por ser visto por el establishment socialista internacional como el “anti-Bush”. Al final, no deja de ser irónico y tragicómico que, gracias a su pasividad con Irán, el del Premio Nobel de la Paz pueda acabar teniendo en su currículum el haber permitido la mayor escalada armamentística de la historia en Medio Oriente (que sin duda se producirá).

¿A dónde lleva el desarme americano? ¿A más paz? NO: a un mundo donde EEUU y el resto de aliados democráticos están cada vez más desarmados, mientras cada vez surgen más potencias nucleares gamberras.

Miren estos dos gráficos, uno sobre la aparición de nuevos estados nucleares desde que EEUU detonó la primera bomba atómica y otro sobre la evolución del arsenal nuclear americano (donde vemos cómo ha caído en picado desde 1990):

El primer deber de Obama como presidente es proteger al pueblo americano, no contentar al pacifismo mundial. Durante la Guerra Fría, esta protección se materializó en la amenaza de represaliar devastadoramente a cualquier enemigo que atacara a EEUU o a sus aliados. Era la visión que Reagan definió como “paz mediante la fortaleza”. Por mucha “buena voluntad” que muestre EEUU siempre habrá dictaduras grasientas y despreciables para las que solo el hecho de tener armas nucleares, independientemente de que las lleguen a usar o no, supondrá una forma de obtener “prestigio”, al menos en su región, aunque al mismo tiempo que tengan un arsenal de este tipo su población ande prácticamente en andrajos y casi sin nada que llevarse a la boca.

Las armas nucleares no solo han evitado una nueva guerra mundial: también finiquitaron una sin que se produjeran más víctimas de las que se hubieran producido de haber utilizado armas convencionales. En 1945, en Hiroshima y Nagasaki, salvaron millones de vidas. ¿Cómoooooo? Sí, no se sorprenda al leer esto, y preste atención:

A principios de abril de 1945, los  americanos acababan de tomar Iwo Jima en una batalla en la que tuvieron más bajas que sus defensores japoneses. Tres meses después tomaron Okinawa… sufriendo las mismas bajas que los japoneses (80.000 muertos en combate, 30.000 heridos, y 25.000 más que mueren por accidentes o enfermedad). Y eso usando todo el potencial de la Marina americana en el Pacífico, frente a unos soldados nipones peor armados, pero ultra-fanatizados. En enero de 1945, los americanos e ingleses habían calculado que haría falta en torno a un millón y medio de soldados, toda la flota del Pacífico y parte de la Royal Navy, y 5.000 aviones para invadir Japón. Se calculaba que las bajas entre los aliados podía ser de medio millón de hombres. Las de los japoneses no se sabe de cuántos millones.

En agosto, pese a estar al límite, los japoneses, no daban signos de querer capitular, sino de entregarse a una guerra suicida, aunque de su país no quedasen ni los cimientos, con campañas como la llamada “La Gloriosa Muerte de Cien Millones”. En junio el régimen criminal y genocida que gobernaba Japón había llamado a filas a toda su población, reuniendo unos dos millones de soldados y 28 millones de miembros de la milicia local. Para ese mes, 1.500 kamikazes habían ocasionado pérdidas terribles a la 5ª Flota estadounidense: cientro treinta buques perdidos o muy dañados, entre ellos cinco portaaviones. Y los servicios de inteligencia afirmaban que 7.500 aviones suicidas esperaban en Japón a las lanchas de desembarco y los buques de apoyo para el caso de que se produjera una invasión.

La II Guerra Mundial llevaba casi seis años y 60 millones de muertos y había que terminarla con el menor número de muertes posible. En ese momento, el presidente Harry S. Truman fue informado de que la bomba atómica funcionaba: el 16 de julio de 1945 había sido probada una de plutonio en Los Álamos. Ahí tomó la decisión de utilizarla para finiquitar la guerra, puesto que pese a los 100.000 muertos en los bombardeos de Tokio y haber sido arrasadas Nagoya, Osaka y Kobe, los japoneses no se rendían. Se eligió Hiroshima por ser un blanco más fácil que otros, haber tropas acantonadas, tener importancia militar y logística y se al no haber cerca campos de prisioneros aliados. El 6 de agosto de 1945 quedó completamente destruida. Solo tres días después, para que el efecto psicológico sobre los japoneses fuera devastador, Nagasaki fue arrasada por una segunda bomba.

¿Por qué no lanzaron las bombas en lugares deshabitados, como una especie de “aviso”? Porque había que crear una efecto con la suficiente contundencia como para que a Japón no quedaran ganas de seguir luchando. Los norteamericanos tenían material sólo para cuatro bombas (y cada bomba se fabricaba artesanalmente) en ese momento. Y esas bombas, además de para intimidar, cumplían la misma función sólo que aumentada de cualquier arma: destruir la capacidad y las infraestructuras del enemigo. Los americanos temían malgastarlas, sabiendo que iban a tardar, presumiblemente, algún tiempo en tener listas nuevas bombas (y así sucedió con el material de una de ellas: se malgastó en pruebas antes del bombardeo de Nagasaki). Por esa razón, los norteamericanos sólo disponían de una bomba más tras Nagasaki, y se hicieron planes para lanzarla sobre Sapporo si los japoneses no se rendían. Había, además, que crear una incertidumbre: los japoneses ignoraban esto, no sabían de cuantas bombas disponían los estadounidenses y si iban a seguir cayendo más, tras Hiroshima y Nagasaki.

EEUU simplemente tenía una obligación de proteger las vidas de sus hombres y la cumplió, así como la de finalizar la guerra de la forma más rápida posible (acabando de rebote, aunque no fuera su cometido, también con la pérdida de más vidas de japoneses). Los militares japoneses no tenían el menor reparo en continuar con una enorme sangría de vidas en un bando y otro, dado que poco les importaba que entre su propia población se produjera una auténtica carnicería. No era más valorable la vida de un habitante de Hiroshima o Nagasaki que la de un soldado de los EEUU: las dos estaban en grave riesgo en caso que la guerra hubiera continuado de forma convencional (y, como dijo el general George Patton: “La guerra no consiste en morir tú por tu patria, sino en hacer que otro hijo de puta muera por la suya”). Tampoco valían más que las de aquellos que hubieran muerto en un alargamiento innecesario de la guerra. Lamentar la pérdida de vidas en cualquier otro de los campos de batalla de la II Guerra Mundial es tan legítimo como con las de Hiroshima y Nagasaki, por más que el uso del arma atómica les confiera a éstas más espectacularidad y dramatismo. Pero esto no es una cuestión sentimental, sino de analizar las alternativas que existían sobre la mesa. Y es indudable que las bombas atómicas aceleraron la llegada de la paz y cortaron una pérdida de vidas que hubiera sido aún mayor de no utilizarse.

La aparición de las armas nucleares ha hecho más por la paz que multitud de absurdas reuniones y conferencias diplomáticas. A partir de entonces, entre las grandes potencias sería impensable una guerra, ante la amenaza de la destrucción mutua, mientras que cualquier mamporrero, aunque se hiciera con ellas, quedaría muy limitado en sus posibilidades de pensar en atacar al mundo libre, ante la posibilidad de sufrir una dura represalia atómica.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: