Posteado por: Javier | octubre 12, 2012

El post-americanismo: no empezó con Obama (I)

En estas entradas vamos a ver en qué consiste intelectualmente esta idea del “post-americanismo”, algo que Obama lleva hasta en lo más profundo de su alma, a través de unos rasgos que caracterizaron en la segunda mitad de los 70 al que ha sido considerado como su “alter ego” como Presidente, Jimmy Carter.

Carter se puede decir que fue el primer post-americano en la Casa Blanca cuando aún ni se conocía esta palabreja (fue la necesidad de encontrar una con la que definir su presidencia lo que le dio origen), el primer Presidente en considerar que los useños eran un pueblo bueno que hasta entonces, paradójicamente habían tenido un gobierno malo e inmoral.

De Carter hay que decir que, en apariencia, era un demócrata sureño “moderado” pero mirando sus orígenes se puede entender cómo, tras la Guerra de Vietnam, cada vez fue alguien más proclive a apoyar a las fuerzas radicales en la Guerra Fría más que a las liberales. Carter era un bautista sureño educado en los principios de la discriminación racial que, al llegar a la edad adulta, tuvo la iluminación de que la situación política existente en su juventud había sido inmoral. Por tanto, al llegar a la edad adulta se mostró muy receptivo al argumento de que EEUU era un país implicado en un statu quo inmoral. Para colmo, el escándalo del Watergate había sacado a la luz corrupción, falsedad, escuchas ilegales, el uso con fines delictivos de organismos gubernamentales y otros delitos perpetrados por el Gobierno de los EEUU. Para él, sin embargo, el mal no empezaba en el Watergate: eran parte esencial del “sistema americano”.

En el exterior, para este modelo de pensamiento post-americano, el hacer de los EEUU era aún más siniestro y estaba aún más necesitado de una especie de “catarsis”: apoyo a dictadores derechistas en todo el mundo, interferencias en procesos electorales en otros países para evitar la llegada al poder de partidos comunistas o muy escorados a la izquierda, planes para asesinar a Fidel Castro o para aplastar a movimientos populares de liberación de los “oprimidos”, como el Vietcong, así como una insensibilidad total hacia los “derechos humanos” de los súbditos de amigos de EEUU como Pinochet, la Sudáfrica del apartheid o el sha de Persia. Más todavía: encima, EEUU era una potencia egoísta en lo económico, depredadora de unos recursos naturales que se estaban agotando y que utilizaba de forma desmedida e insostenible para mantener un tren de vida despilfarrador. Todo esto eran características de un sistema económico y político internacional en cuyo centro estaba EEUU. Por algo, como he empezado diciendo, Carter dijo en su campaña electoral que quería un Gobierno americano “tan bueno como el pueblo americano”.

Carter pensaba que existían unas corrientes históricas que eran imparables y creía que Vietnam había demostrado eso: que los pueblos oprimidos del Tercer Mundo nunca se someterían a ser gobernados permanentemente por extranjeros o cleptócratas. América estaba en la encrucijada de decidir si daba su apoyo, o como mínimo su condescendencia, a estos movimientos o si los combatía. A Vietnam se unió una serie de atrocidades terroristas por todo el mundo en aquellos años, que, según el pensamiento Carter, demostraban (con curiosas similitudes con el “pensamiento Alicia” actual) que el terrorismo era “invencible” e “inevitable” y que no se podía combatir con medios militares. Que la raíz del terrorismo estaba en la “injusticia” y que lo que había que hacer era proponer cambios políticos que colmasen las aspiraciones populares que los terroristas dicen defender, aislándolos políticamente. Había que buscar más colaboración con los países pobres y “no alineados” y participar en planes internacionales tendentes a una mayor redistribución de la riqueza. Los americanos, como principales culpables del consumismo basado en el expolio de los pobres, debían apretarse el cinturón y cambiar su estilo de vida, o aceptar controles económicos por parte del Gobierno.

Había otro problema: el formidable Ejército Rojo de la URSS y los misiles SS-20 que los soviéticos estaban acumulando a granel y apostando en los países del Pacto de Varsovia, con sus cabezas apuntando directamente a Occidente. Pero, para Carter, el problema no era que la Unión Soviética fuera una potencia totalitaria con aspiraciones geoestratégicas globales, sino que ese incremento armamentístico era una señal de la inseguridad que sentían los soviéticos ante EEUU. ¿Cuál era la solución? Pues, muy fácil: no crear esa inseguridad a la URSS, evitando entrar en una carrera de armamentos. Había que mostrar a los rusos que, en realidad, los EEUU eran buenos. Que tenían una disposición a renunciar a todo sistema de armamento que les confiriese una ventaja sobre la URSS. Cuando EEUU se ganase la confianza de la URSS, ésta empezaría a desmilitarizarse (muy similar a lo que piensa Obama… o, en realidad, exactamente igual). El director de control de armamento de Carter, Paul Warnke, quien también fue negociador jefe en las Conversaciones para la Limitación de Armas Estratégicas (el conocido como tratado SALT) dijo que, de lo contrario, Estados Unidos y la Unión Soviética, serían “monos en una rueda de molino” y que “podemos ser los primeros en caer de la rueda de molino”.

Con el Tercer Mundo, otro tanto de lo mismo. Carter sostenía que EEUU debía demostrar a través de sus palabras y acciones que entendía y apoyaba las aspiraciones del Tercer Mundo. La nación norteamericana debía convertirse en el eje de la justicia y los derechos humanos en todo el mundo. A partir de entonces, EEUU sería prudente y sensible con estas aspiraciones. Como ciertas fuerzas históricas estaban, de todas formas, destinadas a imponerse, lo mejor era colaborar con ellas y no ir en contra de la corriente de la historia. Mejor todavía: la confrontación con la URSS ya no sería militar sino moral. EEUU iba a demostrar que podía ser  más “moral” que la URSS, no como antes, y estos movimientos tercermundistas dejarían de ser pro-soviéticos, y todo sin despilfarrar bienes en una carrera de armamentos y en apoyar a dictadores de derecha corruptos que, de todas formas, iban a caer ante el avance de las fuerzas de liberación de los oprimidos. Igualmente, los americanos iban a mostrar su bondad y solidaridad abandonando su estilo de vida que ya no era posible ni sostenible en las circunstancias del mundo de por aquel entonces, en el que la escasez de materias primas iba a imponer los controles y el racionamiento.

Todo esto era muy coherente con las corrientes que dominaban el pensamiento de la izquierda en aquellos tiempos pero fatal para los intereses de EEUU y para la eficiencia de su economía, así como totalmente incompatible con el espíritu de vida americano, seguro de sí mismo, patriota y dinámico. Si Carter pensaba que el Gobierno americano tenía que ser “tan bueno como el pueblo americano” es que creía que hasta entonces EEUU había sido una potencia imperialista e hipócrita, permanentemente alineada con el bando equivocado. Pero, sin embargo, la mayoría de americanos pensaba que, al contrario, su país había sido hasta entonces una de las grandes potencias más morales y generosas de la historia.

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Responses

  1. “el primer post-americano en la Casa Blanca” fue Roosevelt.

  2. ¿Franklin Delano, supongo?

  3. ¡Evidentemente!

  4. Presidentes de EEUU anteriores a Carter los ha habido también muy malos, pero Carter en concreto creo que fue el primero en pensar que la “época americana” había pasado y que EEUU tenía que adaptarse y resignarse a ser un país “como otro cualquiera”. Posiblemente, no porque no fuera un patriota (de hecho, era alguien que había servido en la flota de submarinos en los 40), sino porque erróneamente creía que el comunismo soviético y los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo eran “invencibles” y realidades con las que iba a tenerse que convivir en las décadas siguientes.

  5. Cierto, pero también hay que tener en cuenta que con Lincoln muere la “Old Republic” y con FDR muere la “Middle Republic”.

  6. El Presidente, el Papa y la Primera Ministra. Un trío que cambió el mundo, de John O’Sullivan. Eso que has “escrito” se llama plagio, Javier.


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