Posteado por: Javier | diciembre 24, 2012

Lincoln: un héroe liberal y capitalista (II)

“¡¡Abraham Lincoln suspendió el Habeas Corpus para perseguir a sus oponentes políticos!! ¡¡Déspota!!”, clamaban y siguen clamando hoy los confederados.

Originariamente, el Habeas Corpus era una figura del Derecho anglosajón con reminiscencias en la Edad Media, cuando los jueces del rey viajaban por los condados de Inglaterra para impartir justicia, encargándose los alguaciles de llevar al preso ante el juez. Su presencia ante el juez se fue convirtiendo en una garantía de que le sería impuesto un arresto indefinido y arbitrario sin ser puesto a disposición judicial. El primer documento, que establecía la necesidad de justificar la detención de un súbdito, mediante un proceso público, controlado y sólo por voluntad del Monarca; fue la “Magna Carta Libertatum”, elaborada después de tensas y complicadas reuniones en Surrey entre los nobles normandos y la realeza inglesa. Después de muchas luchas y discusiones, entre los nobles de la época, la Carta Magna fue finalmente sancionada en 1215, en Londres, por el rey Juan I. El primer registro del uso de este recurso contra una autoridad establecida data de 1305, durante el reinado de Eduardo I, cuando se exigió al rey que rindiera cuentas de la razón por la cual la libertad de un sujeto era restringida donde quiera que esta restricción se aplicara. Más tarde se convertiría en la ley del Habeas Corpus de 1640, aunque no sería hasta la de 1679 cuando se establecieron los procedimientos correspondientes. La institución del Habeas Corpus estaba concebida como una forma de evitar agravios e injusticias cometidas por los señores feudales contra sus súbditos.

La Constitución americana, siguiendo la tradición jurídica inglesa, lo recogió en su Artículo I, Sección 9ª: “El privilegio de habeas corpus no se suspenderá, salvo cuando la seguridad pública lo exija, en los casos de rebelión o invasión”.

Justo la situación en que se encontraba el país en el momento del inicio de la Guerra Civil, con los confederados en abierta rebelión contra los EEUU. Y no solo eso, sino estando a un paso de invadir el propio territorio de EEUU. En el momento del estallido de la Guerra, con la secesión de Virginia el 17 de abril de 1861, el camino para tomar Washington estaba expedito para las tropas de la Confederación. El ejército estadounidense estaba compuesto en 1860 de unos 15.000 hombres repartidos por todo el país, del que unos dos tercios de los oficiales desertaron a la Confederación, y sin capacidad para movilizarse para defender Washington ante un eventual ataque fulgurante de los confederados, a quienes hubiera bastado la milicia de Virginia para tomarla, o sencillamente declarando la secesión en Maryland, donde la población estaba dividida casi en dos entre unionistas y pro-confederados, y cercando a la capital federal. A ello se unían los sabotajes de simpatizantes confederados en el propio territorio del Norte, como el que sufrieron en Baltimore las tropas llamadas a filas por Lincoln para la defensa de Washington: un intento de linchamiento por partidarios de la Confederación, destrozos en las vías del tren que debía llevarles a la capital, así como quema de algunos puentes por donde debían pasar esos trenes, solicitada al gobernador de Maryland por el propio alcalde de Baltimore.

La situación, por tanto, no era, en absoluto, normal. No solo existía una situación de rebelión por parte de una serie de estados del Sur, sino que, incluso en los estados que continuaban dentro de la Unión, tanto algunas autoridades públicas como simpatizantes de los confederados, hacían de las suyas con algunos actos que hasta podrían llegar a catalogarse como terroristas. Incluso había congresistas, como el demócrata Clement Vallandigham, que llamaban a la desobediencia civil, al boicot del reclutamiento en el Norte, a la rebelión en el Medio Oeste, incluso a la secesión de dicha región. Sobre todo, en los denominados estados fronterizos, había muchos ciudadanos e incluso oficiales del gobierno que eran simpatizantes de los secesionistas y ayudaban a la Confederación, saboteando las infraestructuras federales o simplemente haciendo manifestaciones públicas en contra de la Unión y a favor de la Confederación, en las que se incluían incitaciones a la sedición y la desobediencia civil.

Se critica que esto era una facultad no del presidente, sino del Congreso. El caso es que, no estando recogida tampoco como una facultad expresa del Congreso, tampoco nada obstaba al presidente asumirla dentro de sus poderes ejecutivos: y más en una situación de rebelión o invasión, en la que las propias posibilidades del Congreso para reunirse podían estar muy limitadas o ser prácticamente imposible. En el momento del estallido de la Guerra esta reunión era imposible, puesto que el Congreso no estaba en sesión y Lincoln ni siquiera podía esperar a convocar una sesión extraordinaria sin que se celebrasen varias elecciones parciales pendientes en algunos estados. El 4 de julio de 1861 convocó la Sesión Extraordinaria, la cual ratificó la suspensión del habeas corpus.

Pese a ello, en los cuatro años de la Guerra, y pese a que una parte importante del Partido Demócrata en el Norte se dedicaba a conspirar con los confederados, el número de casos en que hubo que llegar a la detención sin Habeas Corpus no paso de unos pocos miles, puesto que, así y todo, numerosas peticiones por parte de mandos del ejército sobre aplicación de la ley marcial fueron denegadas por Lincoln. ¿Qué decir en comparación, por ejemplo, con presidentes como Woodrow Wilson, quien encarceló a decenas de miles de estadounidenses por “delitos políticos”, o Franklin Delano Roosevelt, quien confinó en campos de prisioneros a 200.000 americanos de ascendencia japonesa durante la II Guerra Mundial? La actuación de Lincoln en absoluto superó lo que serían los parámetros normales en una situación excepcional de una ultra-violenta rebelión sediciosa, devenida en guerra civil.

Como bien dijo Lincoln al Congreso, “¿Deben todas las demás leyes dejar de aplicarse y el gobierno mismo romperse en pedazos no vaya a ser que una (la de habeas corpus) sea violada?”.

Otro punto:

Desde las bancadas libertarianas, hoy día también se tacha a Lincoln de ser el presidente que inició la expansión sin fin del gasto público y el agrandamiento del gobierno federal. Sí, Lincoln estableció un impuesto sobre la renta y permitió el aumento del déficit: que “raro”, ¿no?, en una situación de guerra, en la que había que improvisar a toda prisa una infraestructura militar, industrial y de transportes, así como reclutar a medio millón de hombres. Y, hombre, a Lincoln no es que nos lo imaginemos diciendo: “YO CREO QUE EL MERCAO SE AUTORREGULA SOLO”. No era un “laissez-faire”, pero tampoco es que fuera un “rojete” ni un “socialista”.

Más bien, antes al contrario: fue el padre del sistema económico capitalista norteamericano, con medidas, entre otras, como la dolarización de la economía o la legislación sobre sociedades de responsabilidad limitada, que permitió a los inversores crear empresas sin el riesgo de tener responder con el patrimonio personal de las deudas de la sociedad. Lincoln, convencido whig, llevó a la práctica los principios del “American System” que años antes habían enunciado Alexander Hamilton, John  Quincy Adams, y su Partido Nacional-Republicano, Henry Clay y el Partido Whig: apoyo a la industria naciente (mediante la defensa de aranceles), crear las infraestructuras para favorecer el comercio y el desarrollo de la industria (mediante la financiación del gobierno y la regulación de las infraestructuras privadas para asegurar que cumplían con las necesidades de la nación, como en el caso de la carretera de Cumberland y el ferrocarril Union Pacific) y la creación de una infraestructura financiera, así como la regulación del crédito para fomentar el desarrollo de la economía, e impedir la especulación. Hamilton había escrito en su “Informe sobre las manufacturas” que los EEUU no podrían llegar a ser totalmente independiente hasta que fuesen autosuficiente en todos los productos económicos necesarios. Henry Clay llegó a ser conocido como el “Padre del Sistema Americano” por su apoyo apasionado por este sistema que consiguió unificar la nación de norte a sur, de este a oeste, y la ciudad con el campo. Veinte años después de la presidencia de Lincoln, en la década de 1880, EEUU superaba al Imperio Británico y pasaba a ser la primera potencia económica mundial.

El gobierno federal hubo de aumentar su musculatura durante la Guerra Civil, sin embargo, a los pocos años, el presupuesto federal volvió a niveles anteriores a los de la contienda. Pero, es que hasta durante la guerra, el presupuesto federal era de unos 1.000 millones, incluso comparativamente, y actualizado al valor del dinero hoy día, muy inferior al actual.

Por contra, mientras el capitalismo se desarrollaba en el Norte, en el Sur, los supuestos “liberal-libertarios” confederados nacionalizaron todas las industrias, así como buena parte del comercio y la agricultura, subordinándolas al esfuerzo bélico, en una forma de economía casi planificada, que dio lugar a hiperinflación y una deuda galopante, así como en la incapacidad (como ha ocurrido con otras economías planificadas) en la tarea de intentar abastecer a sus tropas, contribuyendo esto decisivamente a la derrota.

En la tercera parte concluiremos.

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