Posteado por: Javier | enero 14, 2013

Se veía venir lo del mundo árabe

La verdad es que, salvo en el caso de Libia y la alocada intervención a la que Francia arrastró a EEUU y el resto de la OTAN, no he tratado demasiado el tema de las revueltas en el mundo árabe y el panorama dos años después, aquello que de una forma un tanto romántica fue calificado como “Primavera Árabe”.

El mejor resumen que se puede hacer de en lo que han devenido esos movimientos (que llegaron a ser comparados con los que precedieron al hundimiento del comunismo en la Europa del Este) es que no hay nada que no se esperase ni se viniera venir.

No es que sea de los que se escandalice especialmente con cuestiones como la implantación y aplicación de la “ley islámica” o “sharia” en esos países. ¿Qué esperamos? Lo normal es que los moros quieran que en sus países y territorios se apliquen las leyes que prescribe su religión. Para mí, sí, en todo caso, lo que es un problema es el terrorismo y la manipulación que algunos puedan hacer de esas enseñanzas precisamente para llevar al terrorismo a quienes las reciban. En realidad, lo preocupante es cualquier terrorismo, sea islámico, de cualquier otra tendencia religiosa o “laico”, no en que los musulmanes apliquen la ley coránica en sus tierras o que una mora lleve un velo en la cabeza: si “occidentalizarlos” es que acepten celebrar allí cosas como “matrimonios” gays o convertir aquello en un puticlub, que es lo que parece que se pretende en muchas ocasiones, o usar la excusa de que allí no haya libertad religiosa para limitarla aquí (el famoso mantra “aquí ni una mezquita hasta que en Arabia Saudí no permitan construir iglesias”) conmigo que no cuenten. Lo que me interesa aquí son las implicaciones para nuestra seguridad.

Pero, por lo demás, era evidente que la mal llamada “primavera árabe” a donde iba a caminar era hacia turbas quemando edificios y sedes oficiales, los ejércitos leales a los dictadores de cada uno de esos países disparando indiscriminadamente contra civiles, inestabilidad, odio y enfrentamientos entre sunitas y chiítas, asesinatos, matanzas y persecuciones, violencia sectaria, descomunales problemas con los refugiados y un despertar islamista radical del que han ido aprovechándose grupos como la Hermandad Musulmana, Hamas, Hezbollah y regímenes pro-terroristas como el de Irán.

Era de ilusos pensar que unas “democracias liberales” iban a desarrollarse a partir de ese caos, cuando, según algunas encuestas realizadas en países incluso considerados “moderados” como Egipto, hasta un 77% de la población considera que la “sharia” debe ser la única fuente de legislación en su país. Evidentemente, en el momento en que pudieran celebrarse elecciones libres allí, tras la deposición de Mubarak, el islamismo radical iba a arrasar.

Ello en un escenario en el cual, paradójicamente, fueron las élites universitarias y la naciente clase media de esos países quienes se alzaron y comenzaron las protestas frente a la corrupción de las dictaduras “laicas”. Se trata de una generación que vivía en países no democráticos y con regímenes corruptos hasta las trancas, pero que a través de internet, televisión, viajes,
etc… vio la forma de vida occidental en comparación con la suya, comenzando a advertir que las oligarquías que les gobernaban eran las principales responsables de sus bajos niveles de vida. Sin embargo, una vez lanzados en busca del poder, lógicamente, regímenes como el de Gaddafi primero y ahora el de Assad no se han quedado de brazos cruzados, lanzando una brutal represión que, como suele ocurrir en estos casos, han soportado mejor los islamistas radicales, más numerosos y muchísimo mejor organizados y armados para resistir y luchar que estos incipientes partidarios de la democracia liberal, muy inferiores en número y sin capacidad real de oponerse a los dictadores cuando estos desaten la violencia para aferrarse como lapas al poder.

El error y la candidez occidental ante estos movimientos ha sido la identificación automática de “democracia” con “libertad”, así como pensar que la democracia tiene la misma acepción aquí que en otras partes del mundo. Lógicamente, es preferible un sistema democrático a otro en el que no la haya, pero la democracia ha sido también la puerta de entrada en muchos países a algunas de las peores dictaduras. Generalmente la historia nos ha demostrado que en un gobierno dominado por la voluntad de la mayoría, los derechos de las minorías no están garantizados, generalmente son descuidados y a menudo violentados por quienes detentan el poder. La historia política universal ha mostrado claramente que la democracia ha naufragado no pocas veces a manos de la masa entusiasmada, pero carente de ideas democráticas, ello ha dado paso a la anarquía y, eventualmente a las dictaduras. Cuando una sociedad se sume en el caos, como ocurrió en el mundo árabe tras las revueltas, los grupos mejor organizados y financiados (los islamistas en este caso) son los que se encuentran en posición aventajada para dominar el nuevo orden. Esta ha sido justo la evolución en estos dos años en Oriente Medio y el Norte de África. Al principio, el descontento contra estos regímenes despóticos y represores se canalizó a través de protestas protagonizadas sobre todo por habitantes de las ciudades, más habituados al uso de internet y redes sociales para organizar las manifestaciones. Cuando los medios de comunicación internacionales comenzaron a informar los eventos al mundo, personas de zonas rurales se sumaron a las marchas para protestar en aldeas y pueblos. Esto facilitó que grupos y facciones armadas y acostumbradas a la guerra de guerrillas, y con capacidad para enfrentarse a las tropas leales a esos regímenes, entraran en escena. Desde Túnez a Egipto desde Libia al Yemen, los más organizados y los mejores financiados, en muchos casos militares o grupos armados, se hicieron con el poder bajo el pretexto de facilitar futuras “elecciones democráticas”.

Una situación similar de caos fue, por ejemplo, la que crearon en Egipto durante semanas los islamistas durante las protestas en la Plaza de Tahrir tras la oración del viernes: Mubarak cayó ante un movimiento bien organizado que utilizó las protestas para generar un clima anárquico en el país. Tras el fin de la dictadura de Mubarak, la llegada democrática al poder de los Hermanos Musulmanes dio lugar al régimen de Mohamed Morsi, todavía peor y más represor que el de Mubarak. De hecho, al poco comenzaron unas maniobras de concentración del poder que en los últimos tiempos la comunidad internacional no había permitido, ni a Mubarak ni al Ejército egipcio, y ante a las que ahora asiste impávida. Y eso que Morsi, doctorado en ingeniería en California en los años 80, es un teóricamente “moderado” dentro del islamismo. Sin embargo, tanto EEUU, como Reino Unido y el resto de Europa (esto último no es tan raro), todos ellos en la inopia. Primero renunciaron a identificar a los suyos en el proceso que llevó a la caída de Mubarak, dejando a los pocos moderados del país sin reconocimiento ni ayuda externa. Después renunciaron a frenar los instintos liberticidas de los Hermanos Musulmanes y se engañaron a sí mismos afirmando que serían “moderados”, sólo porque su “sutileza” es mayor que la de los yihadistas o los talibán. Ahora, Morsi y los suyos, con pocas ataduras y con el Ejército inerte, pasan a la ofensiva contra los primeros, con lo que Egipto ineludiblemente pasará de ser de un régimen despótico y corrupto pero aliado a otro más despótico y tiránico todavía pero quién sabe si enemigo y aliado del terrorismo fundamentalista.

En Siria, el tirano Bashar Assad continúa dando cera (se cree que podría estar sopesando incluso utilizar armamento químico) a las fuerzas que se le oponen (todo puede pasar no obstante, desde que Assad mantenga la poltrona y aplaste a sus oponentes, hasta que caiga como otros de sus colegas del mundo árabe), en la que hay una confusa mezcla de grupos y facciones, con las ganas de derrocar al dictador sirio como pegamento entre ellos. Aquí la situación aún es más compleja. Irán difícilmente va a dejar caer a su amigo Assad, la cabeza de puente que tiene contra Israel y como apoyo a Hezbollah y Hamás. Éstos últimos son grupos, aparte de islamoterroristas de obediencia iraní, con numerosos contactos terroristas y yihadistas. Pero Assad, precisamente, acusa a sus opositores de ser yihadistas, supuestamente amigos de sus amigos los ayatolás iraníes. Una de las facciones más fuertes entre quienes combaten a Assad es el Frente Al Nusra, quienes sí parecen ser yihadistas, hasta el punto de que el Consejo Nacional Sirio (CNS) se ha desmarcado de ellos. EEUU los ha incluido en la lista de grupos terroristas del Departamento de Estado, pero el caso es que Obama sigue apoyando a cualquiera solo por oponerse a Assad, en lugar de buscar al grupo que pueda ser para nosotros (los occidentales, me refiero) más conveniente apoyar, cosa que se ha convertido en una constante en esta “primavera árabe”.

La única posibilidad de EEUU y el resto de aliados democráticos en la región es buscar un equilibrio y tener bien claro a quién se apoya. No hay que repetir el error de Carter, cuando dejó tranquila y estupidamente caer al Shah de Persia y aquello devino en algo incluso mucho peor (no hace falta ni reiterar el qué). Bien está que caiga un tirano grasiento y marrón, pero ojo con lo que pueda sustituirlo. Hay que dejar muy claro a los nuevos gobiernos que surjan estos procesos que solo recibirán apoyo y ayuda material para reconstruir sus países si colaboran en la lucha contra el terrorismo y el descabezamiento y aniquilación de organizaciones como Al Qaeda y sus adjuntos. Al mismo tiempo, hay que evitar que influencias terroristas como la de la propia Al Qaeda, Hezbollah o Irán se infiltren en esos países.

También deberían apoyar en Siria a los opositores a Assad menos “contaminados” de yihadismo, con las mismas exigencias: deben cooperar caso de que tomen el poder o el apoyo les será retirado. A fin de cuentas, para ellos sería o eliminar el yihadismo de sus filas y recibir el apoyo de EEUU y la OTAN, o ser ellos mismos eliminados por el sanguinario Assad. El tirano sirio intenta salvar el culo argumentando que quienes luchan contra él son todos “terroristas vinculados a la Yihad”. Pero el caso es que, en la práctica, quien tiene un largo historial de apoyo a un amplio surtido de grupos terroristas, sólo superado por su íntimo amigote Irán, es el propio Assad. Teherán ha apuntalado a Assad mediante el despliegue de la Guardia Revolucionaria para asesorar y ayudar a las fuerzas de seguridad sirias. La caída de Assad no sólo debilitaría a Irán, Hezbollah y a otros grupos terroristas, sino que también eliminaría una amenaza mortal para Israel, el Líbano (no está demás recordar como, a través de Hezbollah, Siria ha vampirizado a este pequeño país) y Jordania. Para ayudar a acelerar la caída del régimen, los aliados de la OTAN deberían trabajar conjuntamente, especialmente con Turquía, para endurecer las sanciones contra Siria. La escalada de sanciones podría agravar la situación económica de Siria y debilitaría el apoyo al régimen promoviendo el rechazo de la clase comerciante y urbana sunita que ha sido un importante pilar de apoyo para Assad. Pero, como he dicho antes, tener muy claro a quién se apoya dentro de los opositores a Assad. Es difícil que alguien sea más peligroso que Assad pero en medio del batiburrillo de grupos que pretenden sustituir a su régimen no sabemos qué puede salir igualmente ponzoñoso.

Es todo lo que tengo que decir sobre la mal llamada “primavera árabe”.

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Responses

  1. Hola Javier,

    Cuando comenzó la primavera árabe se sabía que la posibilidad de que se repitiese el caso de Irán existía ¿quién lo dudaba? Yo comenté en mis escritos que eso podía pasar, y aún así me mostré favorable a las primaveras árabes por una sencilla razón.

    Si hoy los partidos islamistas son mayoría es por una serie de procesos históricos que han llevado a que la población oprimida y a veces hambrienta buscase refugio en algo. Ante el hundimiento de las ideologías tradicionales la reliión era lo único que tenía ese potencial. Porque fíjese ¡Hace 30 años allí lo que era mayoritario era el Pan-Arabismo! El islamismo era minoritario, ¿Por qué es mayoritario ahora? precisamente por esos procesos y por esas dictaduras.
    La mayoría islamista existía a pesar de Mubarak u otros dictadores. Era cuestión de tiempo que alcanzasen el poder. Y como era cuestión de tiempo ¿qué era mejor? ¿qué entrasen en el sistema de la mano de una clase media liberal y que se pudiese llegar a un pacto? ¿O aguantamos unos años más para que vuelva a pasar lo de Irán?

    Yo creo que lo de Egipto y lo de Túnez fue algo relativamente autónomo, y en una política simplemente neutral no se podía haber evitado. Pero hubiese sido importante apoyar a los que luchaban contra Gadafi o contra Al-Asad siempre dejando claro que eso se hacía así si se comprometían al respeto de los derechos humanos y a regímenes relativamente liberales para las minorías.
    ¿Se hizo? No lo sé, lo sabremos con el paso de los años. Lo de Egipto o Túnez no es muy agradable pero tenemos que ver como se desarrolla esos países estos años y hasta qué punto la alternancia en el poder es posible.

    En cualquier caso nosotros tenemos una cultura política y unos valores y no podiamos ayudar a Mubarak o a otros dictadores. Eso hubiese sido indigno. Si erramos en algo fue en cambiar nuestra ayuda por ciertas garantías para las minorías allí.

    Saludos,

  2. Hola Pedro:

    Bueno, yo parto de la base de que si los árabes quieren darse a sí mismos la ley islámica como principio que rija sus países pueden hacerlo (y era evidente que en cuanto se celebrasen elecciones esa mayoría iba a ganar y hasta abrumadoramente) y no es nada ante lo que haya que sorprenderse ni rasgarse las vestiduras. Era evidente que por las multitudes que se han rebelado contra estas dictaduras mayoritariamente lo que se buscaba no era implantar exactamente una democracia liberal al estilo occidental, como sí desalojar a unos gobernantes “laicos” a los que veían como la causa de la pobreza y la corrupción en sus países. A partir de ahí habrá que ver como se van desarrollando las cosas país a país, si los nuevos gobernantes, aunque sean islamistas, son lo bastante pragmáticos como para permitir nuevas elecciones y mantener un cierto respeto a las minorías, sobre todo las religiosas.

    Mubarak estaba claro que era un dictador despreciable, tampoco era cuestión de apoyarle, pero sin embargo, los primeros pasos de los Hermanos Musulmanes parece que no son muy halagüeños, aunque está por ver si Morsi, que seguramente, como he dicho, será islamista, pero no estúpido, es lo bastante pragmático como para no buscarse la enemistad de Occidente.

    Curiosamente, por eso mismo de que el islamismo es un fenómeno relativamente reciente, de un par de década para acá aproximadamente, tengo alguna esperanza de que la situación quizás mejore progresivamente, aunque tengan que pasar décadas. Si nos fijamos en un ejemplo: durante la II Guerra Mundial, una parte importante de japoneses se puede decir que eran los “islamistas” de entonces; no se puede decir que hubiera mucha diferencia en cuanto a fanatismo, hasta el punto de que algunos llegaban a lanzarse como bombas volantes con sus aviones contra las cubiertas de los buques de guerra enemigos. Sin embargo, Japón terminó abandonando esa ideología fanática con el paso de los años (aunque fuera con una derrota muy traumática por medio). Determinadas ideologías agresivas surgen por factores diversos y en el caso del islamismo sobre todo se debe a que la mayoría de los musulmanes son muy jóvenes y radicales, además de pobres. Si cambian estas circunstancias puede que el islamismo tan radical vaya remitiendo, de hecho, algunos árabes que no padecen esos problemas por lo menos van practicando una versión del Islam digamos un poco más “templada”.

    Saludos.

  3. […] religioso y otros por cuestiones tribales, a los que solo une el odio a Assad, y con los que dije en una entrada en enero que habría que apoyar a los menos contaminados de islamismo, caso de que se pretendiera derrocar a la dictadura baazista. Está claro que existe el peligro de […]

  4. […] Una de las mayores torpezas de la diplomacia obamita en Oriente Medio está siendo enturbiar continuamente las relaciones con el aliado fundamental en la región después de Israel, Arabia Saudí. Es público y notorio que los saudíes están preocupados por el cada vez mayor desinterés norteamericano por los problemas de la zona, sobre todo la errónea valoración de en qué consistían en realidad las “Primaveras Árabes”. Mientras la Casa Blanca consideraba que las protestas y los levantamientos insurgentes en Egipto, Libia, Bahréin o Siria eran revueltas populares contra dictaduras represivas (esto último es cierto, lo de que eran dictaduras), en realidad fueron nada más y nada menos que guerras civiles y conflictos tribales o entre sectas islámicas dentro de las sociedades de cada uno de esos países, en los que islamistas, ejércitos y servicios de seguridad de cada uno de esos países se enzarzaron en una lucha a sangre y fuego (VER LA ENTRADA QUE PUBLIQUÉ EN ENERO). […]


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