Posteado por: Javier | enero 30, 2013

¿Quién es Liberal? (I)

Esta entrada es una reproducción en su totalidad de la primera de la GRAN SERIE de don Alfredo “¿Quién es Liberal?”, publicada hace unos años (en esta primera, sin embargo, no he incluido el final, pues es un anuncio de actualidad en el momento de su publicación original, sin relación directa con la temática del artículo).

Una serie útil y necesaria (las entradas sobre Lincoln de hace unas semanas iban en una línea similar) a fin de acabar con equívocos sobre lo que se entiende por “liberalismo” y lo que pretende pasar por “liberal” sin serlo, sobre todo, para mostrar y dejar patente que un liberal no es alguien, como mucha gente (jóvenes en nuestro país sobre todo) teme, malvado ni alocado, que pretende privatizar todo, dejar a los más desfavorecidos a “dos velas”, hasta sin educación ni sanidad (hasta dejando a los pobres enfermos y ancianos sin recursos morirse a la puerta de hospitales privados, los únicos que existirían en ese “sistema liberal”), implantar el despido libre, colocar al empleador en una posición semejante a la del capataz de una plantación sureña o caribeña del siglo XIX y al empleado casi como una propiedad más suya, legalizar el tráfico de órganos y la esclavitud por deudas, permitir la venta de pistolas en las tiendas sin requisito ni control alguno, como quien vende una bolsa de chucherías, etc. Igualmente, se desarrolla un concepto que me gustó hace tiempo: “Liberal Alto”.

Las restantes se irán publicando de miércoles a miércoles.

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Hoy y en los próximos días antes de las elecciones toca hacer una limpieza general en este proyecto. El fresquito pre-otoñal del aire madrileño me ha animado a recuperar fuerzas mentales y he decidido recurrir una vez más a mi corbata y chaqueta para sentarme a escribir este mensaje. Acabo de venir de dar una vuelta por el centro de nuestra capital y no sé, señores, pero me he animado mucho al ver la cantidad de gente preparada para echar a los socialistas del poder. Estuve hablando durante 3 horas con un grupo de jóvenes en un parque cercano a mi casa y un grupito que empezó con 4 jóvenes de entre 18-22 se convirtió en un grupo de por lo menos 20 jóvenes haciéndome preguntas y algo “sorprendidos” de ver a un joven de 29 años encorbatado en septiembre y “sermoneando” sobre lo bueno que es el capitalismo. Algunos hacían su “botellón” como es “habitual” desgraciadamente en nuestros parques urbanos pero todos estaban atentos a lo que les explicaba. Un “gracioso” me invitó a tomarme una copa pero yo solo bebí agua, como hago siempre que explico puntos importantes. Cerca de nosotros había una “barra” veraniega que abre todos los veranos y curiosamente hoy la temática nocturna era poner música ochentera. Tuvieron el buen sentido de poner la banda sonora de una famosa y buenísima película de los ochenta: “El secreto de mi éxito”, lo cual me ayudó a explicarle a esos jóvenes que ese es el tipo de “sociedad” que yo quiero para la nación — gente joven preparada, ejecutiva, con estudios, patriotas, constitucionalistas y capitalistas. Hay dos cosas dignas para un ser humano digno de serlo (sin excluir otras): querer ganar dinero en sus negocios o trabajo (es decir, siempre pensar en cómo sacarle algún durillo a alguien de forma legal, por supuesto) y ser cristiano-bíblico. Me despedí de esos jóvenes y espero que por lo menos haya dejado “huella” en al menos uno. Algunos, ya un poco “alterados” por el alcohol, se despidieron gritándome “¡¡BUENAS NOCHES CABALLERO DE HIERRO!!” Bueno: reconozco que me gusta mucho ese “título”. Hoy estoy repeinadísimo, como en mi mejor época universitaria política y he ido mirando muchos hilos al amanecer – y mientras miraba en la pared el uniforme militar de mi bisabuelo que luchó por España en 1898 tengo que deciros: Señores: aquí hay mucha basura y toca barrerla porque han ido dejando sus escombros intelectualoides aquí y eso no lo podemos permitir más. Hoy estoy muy “clásico” y en mis mejores formas. Por eso pienso que estoy capacitado para poder ir preparando a los lectores para sacar las escobas y que me ayuden a barrer toda la basura que hay aquí metida que lógicamente se ha ido acumulando debido a que son muchos los “libertarians” que dejan aquí sus deshechos y también ciertos fascistas. Yo no sé qué es lo que tendrán en esos cerebritos (tamaño guisante) que tienen en esas cabezas despeinadas y rockeras pero se acabó el cachondeo ideológico. Muchos lectores me han pedido por correo electrónico que vuelva a “dar caña” como suelo hacer contra los que prostituyen el liberalismo para que se acople a sus vicios particulares.

Mucho se ha dicho aquí en esta red sobre nuestra supuesta “manía” de emitir “autos de fe” sobre quién es o no es liberal. Francamente, ya me cansé de explicarlo y dije hace tiempo que aquí se iban a tomar medidas para eliminar a todo elemento que no sea propiamente “liberal”. Si hoy te sientes aludido, deberías entender que no eres bienvenido en este proyecto y lo más seguro es que tu hogar natural se encuentra en Red Liberal y otros sitios, lejos de aquí. Muchos se van a sentir aludidos y me alegro: no te queremos en este proyecto si no cumples con lo que voy a explicar hoy. Véte haciendo las maletas si no compartes estos mínimos ideológicos.
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Mi enfoque aquí no será el liberalismo filosófico sino las instituciones liberales y los rasgos principales que contiene cualquier constitución mínimamente liberal. Hablaré sobre 3 tipos de liberalismo donde podemos encontrar “liberales”: (1) liberalismo clásico, (2) lo que me gusta llamar “liberalismo alto”, (3) libertarianismo: Ron Paul, anarco-capitalistas y otros colgados que empobrecen el liberalismo histórico e ideológico. Los “grandes” filósofos del Liberalismo Clásico son, por ejemplo, David Hume y Adam Smith y más moderno y conocido, nuestro Friedrich Hayek. Utilizo el término “liberalismo clásico” en el sentido continental para referirme a un liberalismo que acepta la doctrina (parcial) del “laissez-faire” y que a la vez acepta que cierta redistribución de la riqueza es necesaria para preservar las instituciones de una sociedad de mercados libres. Con la frase “liberalismo alto” me refiero a aquellas ideas e instituciones que siempre han estado asociadas con el liberalismo filosófico, que entiendo que es la “alta” tradición liberal. Con la palabra “libertarianismo” o “libertarianos”, me refiero principalmente a la doctrina de Robert Nozick, Ayn Rand, Murray Rothbard y otros conocidos. Todos estos autores libertarianos tienen sus diferencias particulares, pero hay ciertos principios básicos que todos defienden. Mi argumento es que estos últimos no son liberales y no pueden ser aceptados en este proyecto como referencias — ni ellos ni sus acólitos. ¿Ya lo has pillado, Moisés? No me espero otra cosa y ojalá rectifiques lo antes posible antes de que se tomen las medidas constitucionales pertinentes. ¿Hay otros que se han sentido aludidos? Estupendo – lo mismo les digo. Ahora vamos al meollo de la cuestión.

Hay muchos que ignorantemente afirman que el libertarianismo es “liberal” y también es cierto que muchos que dicen ser “liberales clásicos” se autodenominan “libertarianos” y vice versa. Yo digo, porque es cierto, que cualquier parecido que el libertarianismo tenga con el liberalismo es superficial; y al final de todo, los libertarianos rechazan las instituciones plenamente liberales y esenciales en cualquier sociedad libre. Si logramos entender bien el “libertarianismo”, es una corriente de pensamiento contra la cual el liberalismo ha históricamente combatido: la doctrina del poder político privado que era la característica fundamental del feudalismo medieval. Al igual que el feudalismo, el libertarianismo defiende que el poder político “justo” se sostiene sobre una red de contratos absolutamente privados. Rechaza la idea, fundamental para el liberalismo, que el poder político es un poder PÚBLICO, y que este poder PÚBLICO tiene que ser imparcialmente ejecutado para el bien común.

CARACTERÍSTICAS INSTITUCIONALES DE UNA CONSTITUCIÓN LIBERAL

Igualdad de derechos y libertades básicas

El rasgo más característico de una sociedad liberal es su nivel de “toleración” (sí, digo TOLERACIÓN, no tolerancia, son distintos conceptos) hacia distintos puntos de vista y estílos de vida. La protesta, la retranca y la falta de asimilación son cosas asumibles y entendemos que son necesarias en cualquier sociedad libre. La “toleración” se debe institucionalizar debido al reconocimiento político de que hay libertades, ciertas libertades, que son más importantes que otras. Estas libertades básicas son necesarias, a través del Estado de Derecho, para salvaguardar la seguridad y la integridad de las personas y su libertad para vivir como eligen, DENTRO DE LÍMITES PRESCRITOS. Estas libertades básicas son iguales para todos los ciudadanos (no necesariamente para los extranjeros), sin importar clase u origen social. Hay distintas listas de derechos y no hay un consenso entre los liberales sobre qué son esas libertades básicas salvo algunas: por ejemplo, la libertad confesional — esto último es imprescindible para el liberalismo, ya que el liberalismo tiene sus origenes precisamente en el siglo XVII — época en la cual la Iglesia Católica Romana asesinaba con impunidad a todo aquél que no fuera católico y papista. Las libertades del famoso “Bill of Rights” de la Constitución de los EEUU: libertad de expresión, confesión, prensa, et cétera vienen de John Stuart Mill y de la Biblia.

Sin embargo, yo también tengo una lista básica. Más allá de esas, defiendo, como todo liberal — las libertades POLÍTICAS: el derecho al voto para nacionales, el derecho a poder reunirse (asamblea lícita, no ilícita), y el derecho a abrir asociaciones y partidos políticos. Todas estas libertades son FUNDAMENTALES E INALIENABLES y no pueden ser sacrificadas para satisfacer “mayorías democráticas”, ni para mejorar “la eficiencia económica”, ni para “perfeccionarnos” y darnos un nivel cultural de excelencia. La doctrina liberal sostiene y defiende que cualquier límite contra estas libertades básicas se han de imponer sólo para proteger y mantener las libertades básicas de otras personas y los derechos y deberes de la justicia que necesita sostenerlos.

He utilizado la palabra “inalienable” también: una persona no puede, ni aunque sea de forma “voluntaria”, transferir esas libertades básicas o cederlas voluntariamente. Ningún gobierno liberal ejecutaría un contrato en el cual una persona o un grupo se venda de forma voluntaria para ser esclavos, o donde cedan su libertad confesional y su libertad de asociación por el hecho de haberse convertido en miembros permanentes de una secta “religiosa” como el Opus Dei. Es una estupidez monumental comparar estas libertades con el “derecho a la propiedad” en lo particular. Es cierto que una persona puede, de forma involuntaria, ceder ciertas libertades tras cometer un delito que viole los derechos de terceros. Pero una pérdida involuntaria no es lo mismo que una alienación voluntaria. ¿Por qué se debe restringir la alienación voluntaria? Muchos “libertarianos” defienden la alienación voluntaria y sería preciso preguntarles para qué defienden que existan ciertos derechos básicos y libertades. ¿Se debe a que todos tenemos la capacidad de razonar y ser libres (como dirían los discípulos de Kant), o es porque quieren ser felices (como dirían los de Mill) o es porque todos somos hijos de Dios? ¿O quizás es porque tenemos la capacidad de perfeccionarnos? Bien, el problema en realidad no es ese – los liberales defendemos que, por ejemplo, una mujer guarra, si ella quiere así sea, mantenga relaciones sexuales con muchos hombres como cualquier puta si no altera el orden público y no se mete en la prostitución. También aceptamos que dos homosexuales o tres o veinte sodomitas asquerosos, si quieren, se reunan en una casa particular y se besen y hagan sus “cosas”. De la misma forma, defendemos que las personas, como muchos de nosotros, que pensamos que esas prácticas son repugnantes y vomitivas tengamos el derecho a decir alto y claro que son unos asquerosos, unos sodomitas y que probablemente arderán en las llamas del infierno por impíos. No hay nada que discutir en ese sentido y el liberal que no acepte esos derechos mínimos de asociación y expresión no es propiamente liberal.

EL PROBLEMA ES OTRO señores. El problema viene cuando los “libertarianos” exigen que estas relaciones, que son entre íntimos y por lo tanto desconocidas para la sociedad en sí, deben introducirse al mecanismo legal del concepto de “contrato” y la institución de la propiedad privada. Aquí ya no es aceptable porque ya no es un asunto “entre adultos” ni “consentimiento entre adultos.” Ahora ya es una cuestión civil, de Derecho Civil y un derecho públicamente reconocido. Lo que pretenden, por ejemplo, los amiguitos del cannabis y las putas es que los demás, la “ciudadanía” en su conjunto, reconozcamos como derecho algo que es un acuerdo PRIVADO pactado en la intimidad. Ahora nos llaman a adoptar una actitud pública paralela y tratar a una persona, no como un ser con derechos que merecen respeto y consideración, sino como propiedad. La alienación de estos derechos básicos, de ser reconocidos públicamente, impone deberes no sólo al cedente, sino también a los demás y nos quieren obligar a respetar y apoyar tales “transacciones”.

Estamos llamados a hacer caso omiso de la suerte moral y la condición política de los demás como iguales, y de participar en su degradación cívica y moral. Ahora la sociedad estaría obligada a aplicar su fuerza colectiva mediante la justicia para obligar a que una persona, ahora convertida en “propiedad”, esté obligada a cumplir con sus “obligaciones” contractuales. Por otra parte, en el reconocimiento y la aplicación de estos contratos, el gobierno y sus agentes están tratando a la gente en consecuencia.

El liberalismo sostiene que los mayores de edad no tienen derechos o facultades de imposición de tales derechos extraordinarios a los demás como resultado de sus acuerdos privados. Los beneficiarios de la servidumbre y otros pactos-chollos alienantes contra los derechos fundamentales no pueden exigirle al gobierno ese reconocimiento. Por otra parte, entra en conflicto con el interés público de mantener el estado de las personas como libres e iguales, y la calidad moral de las relaciones cívicas. Los liberales se niegan a utilizar las leyes públicas para tratar a las personas como objetos, sin derechos, incluso si la gente quiere ser tratada de esta forma. No hay lugar en el orden conceptual liberal para el reconocimiento político o jurídico de las personas como “propiedad” o como cualquier cosa menos que una persona que tiene ciertos derechos básicos fundamentales.

Algunos dicen que Locke defendía el derecho a la propiedad como algo “natural” pero lo que está claro, clarísimo, es que ni él ni ningún filósofo liberal importante afirma que los gobiernos no tengan ninguna autoridad para regular la propiedad y los contratos y también limitarlos si afecta el orden público y el bien común de una patria.

Continuamos con esta exposición mañana y en los próximos días — hablaremos de “coacción” y las doctrinas típicamente “libertarianas”.

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