Posteado por: Javier | febrero 2, 2013

Guerra a los “derechos humanos” (I)

Al hilo de la última entrada sobre el aborto, no es raro que la cosa esa del “derecho a la vida”, sea identificada como “derecho humano” o incluso de una forma muy cursi y rimbombante como “el derecho humano más elevado y esencial”. Precisamente, me ha venido la idea al pensar sobre lo que quieren los pesaditos estos del “derecho a vivir” o del “aborto cero“. Ya he dicho que en la mayoría de los casos me opongo al aborto por los motivos que hay detrás. Pero la estupidez en la que caen estos tipos del “aborto cero” es que, para llevar a efecto la utopía de estos plastas, poco menos que tendrían que dar a la mujer embarazada una calificación un poco (no mucho) superior a la de un mero recipiente o estuche que contiene en su interior el, sacralizado por ellos, feto. No puede ser más totalitaria ni liberticida la idea de estos tipos llevada al extremo, pero a estas contradicciones llevan conceptos tan tercermundistas como este de los “derechos humanos”. En cambio, como la vida se supone que es un “derecho humano sagrado”, claro, a un miserable asesino no se le podría ejecutar porque es que “hombreeeee, es que hay que respetar su derecho a la vida”.

Ciertamente, ya me tiene cansadito esto de los “derechos humanos” (o “derechos sub-humanos”, si lo prefieren así). Yo quiero LIBERTAD, NO “DERECHOS HUMANOS”.

¿Se han parado a leer detenidamente aunque solo sea un rato ese texto tan ridículo pergeñado por la ONU en 1948 y llamado “Declaración Universal de los Derechos Humanos”?

En España, lamentablemente, tenemos un artículo, el 10.2, que dice “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las materias ratificados por España”. No es que la Constitución en España, en este país en donde la norma fundamental ahora son los decretos alemanes, importe hoy día mucho más que un pimiento caducado, pero ahí está.

Todo esto plantea la pregunta: ¿qué son exactamente los “derechos humanos”? ¿Y en qué se diferencian de la ley común, constitucional y los derechos otorgados por Dios?

Pues bien, entre sus aspectos más cómicos, el preámbulo de la declaración describe el estar liberados del temor y de la miseria” como un “derecho humano” fundamental e inalienable. Y el artículo 22 describe el “desarrollo de la personalidad”, como uno de los derechos humanos, así. Cómo estos “derechos” pueden ser concebidos como derechos políticos, es algo que los redactores de la Declaración no revelan. Tampoco revelan ningún medio por el cual esos “derechos” pueden ser garantizados. Y la razón es, por supuesto, que todo es una mentira. Y una mentira ridícula. No existen tales derechos. Para cualquier persona. Pero, por cómico que parezca, también es un hecho que en su promesa de alivio del temor y la miseria, que habla de cosas que sólo se encuentran más allá de la tumba, y la promesa de la realización de la personalidad son cuestiones metafísicas sujetas a la única jurisdicción del Dios Todopoderoso.

Aparte de estas ideas cómicas, sin embargo, la Declaración también teje una red en la que entran los términos más nebulosos imaginables sin ningún intento de definición ni justificación: términos como “progreso social”, “elevar el nivel”, “mayor libertad”, etc, que se dejan a la libre interpretación de todas las partes supuestamente agraviadas en todo el mundo por no habérseles concedido esos “derechos”. Que cada cual se imagine la interpretación que más le convenga.

Aunque la idea de los derechos ha recorrido un largo camino a través de la historia, el concepto moderno de los “derechos humanos” se remonta a la época de la Ilustración.El documento principal en el siglo XVIII nace durante la Revolución Francesa: la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Los derechos humanos se desarrollaron como resultado de un intento de formar una versión secularizada de la ética que tuviera un carácter universalista. Más tarde, en 1948, al poco de acabar la II Guerra Mundial, las Naciones Unidas adoptaron la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, que puede considerarse como la fuerza impulsora detrás del desarrollo contemporáneo del “Derecho internacional”.

Ningún concepto de derechos puede existir independientemente de una fundación moral de los mismos. No basta con afirmar que algo es un derecho innegable y poner fin a la discusión allí, debe proporcionarse una base razonable (lo que los universalistas no pueden reconocer en estas discusiones es que los derechos y libertades que disfrutamos en Occidente tienen su raíz y origen fundamental en la Biblia y el cristianismo: si “da igual” el origen, triunfa el relativismo, lo mismo da la Biblia que el Corán que los Sutras o que la dichosa “Declaración de Derechos” francesa). Las bases filosóficas “seculares” de los “derechos humanos” es el comportamiento y los patrones de la sociedad, y probablemente la más aceptada por la filosofía de los derechos humanos en la actualidad es la teoría del interés, es decir, que la función de los derechos humanos es proteger y promover ciertos intereses fundamentales de la humanidad. La teoría del interés, dice que los derechos deben existir para proteger y promover ciertos intereses fundamentales de la humanidad, lo cual no responde a la cuestión acerca de cuál debe ser el contenido concreto de un “derecho humano”, ya que cualquier persona puede reclamar un principio racional en consonancia con su tradición heredada moral. Un concepto de “derecho humano” (igual que la idiotez del “derecho natural”): no es más que una superstición filosófica. Cuando la teoría del interés reclama la existencia de “ciertos intereses fundamentales de la humanidad”, es algo que carece de todo contenido significativo. En este campo de los “derechos humanos”, todos los principios son simplemente reducidos a la vida práctica, mientras que la vida teórica se declara inexistente. Así es posible montar un nuevo “derecho” cada vez que en la práctica convenga para salvar el escollo de legitimar casi cualquier cosa.

La Declaración Universal de la ONU no es más que un pufo, un documento infecto y nauseabundo que tiene su “ethos” en una idea de igualdad no bien entendida y en un sentido liberal, sino en el igualitarismo radical que surgió en la Revolución Francesa (con su Reinado del Terror y sus guillotinamientos) o la Revolución Bolchevique, y que ha generado más tumulto y matanza que cualquier otro concepto (como un moderno mito de Procusto, al cual se le trocean a serrucho todas las extremidades y la cabeza para que nada sobresalga de la cama), y con algunos artículos verdaderamente deleznables que veremos en la próxima entrada.

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